REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
20 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Colección René Avilés Fabila para jóvenes


Dionicio Morales

Cuando echamos un vistazo a la cantidad de mexicanos que somos y que poblamos este territorio, nos damos cuenta de que este país es de jóvenes y, por añadidura, para los jóvenes. Es impresionante la cantidad de habitantes que van de los quince a los treinta años y, para los que al parecer, no existen proyectos de vida que puedan garantizarle a la mayoría educación y empleo, por decir lo menos, que además están señalados como una prioridad en la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos que actualmente nos rige, aún con los cientos de cambios que ha sufrido a través de los años.
Cada año somos testigos de las manifestaciones de descontento de los jóvenes que no alcanzan una matrícula en las universidades públicas y que tienen que pedirle a los padres realizar un esfuerzo económico más grande para el pago de una escuela privada; estas circunstancias también pueden hacerlos cambiar su vocación original para tomar una carrera que no era la indicada, o perder el año, lo que a veces equivale también a abandonar los estudios. Imposible negar los proyectos que a través de las instituciones culturales han sido programados para los jóvenes en todo el país, pero que, como ya sabemos por los ciento veinte millones de habitantes que somos, resultan insuficientes.
Por ello es saludable y ejemplar que una Universidad pública como la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, haya inaugurado, dentro de sus proyectos editoriales, una importante colección de libros exclusivamente para autores jóvenes no mayores de treinta años -dirigidos también de alguna manera a los lectores jóvenes que hablan el mismo idioma-, que empiezan a profesionalizar su vocación literaria. Y dentro de esta colección hay algunos nombres que publican por primera vez, y otros que ya tienen cierto camino andado.
También hay que decir que estamos acostumbrados a que un artista tenga que morirse o llegar a los ochenta o noventa años para que pueda rendírsele un merecido homenaje, ganado en buena lid por su aportación en la disciplina que escogió con un trabajo de tantos años. Es raro que alguna institución oficial o particular reconozca el valor de toda una vida de un personaje, que aunque bajo los disentimientos de tirios y troyanos de que si es bueno o malo, quieran o no, ha contribuido al panorama del arte en México. Hablando en términos generales, el artista tiene que morirse o pasar a formar parte de los hombres y mujeres que en la actualidad conocemos con capacidades diferentes, para que les hagan programas de televisión, para que los suplementos culturales de periódicos y revistas llenen sus páginas, o cuando ya se están muriendo. Y eso me parece innoble, porque no hay mayores homenajes o festejos que celebrarlo en vida.
Todo esto viene al caso porque la colección de los libros de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla que hoy presentamos, lleva el nombre de un escritor, René Avilés Fabila, en un homenaje auténtico que, para no entrar en más detalles hace poco pasó la barrera de los setenta años, y que está considerado como un narrador importante dentro de las letras mexicanas, ya sea como cuentista –su especialidad, dice él- o como narrador; y aquí no voy a mencionar sus virtudes y años de servicios como periodista y maestro de varias generaciones y como funcionario cultural.
Si bien es cierto que Avilés Fabila, sobre todo en los últimos tiempos, ha sido reconocido por algunas instituciones culturales y universidades del país -baste citar la medalla concedida por Bellas Artes, del Conaculta, y el Premio Malinalli otorgado por la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco-, ojalá y no tenga que esperar mucho tiempo para que lleguen los reconocimientos que sin duda merece recibir en vida. Por ello es importante resaltar esta decisión de que la colección exclusiva de jóvenes escritores publicada en Puebla y avalada por el Rector, Alfonso Esparza Ortiz, y por los académicos, lleve su nombre, ya que por su profesión siempre ha estado cerca de los jóvenes.
En una primera visión de la lectura de los tres libros, Los elefantes son contagiosos, novela de Jorge Jaramillo Villarruel, Usted quería saber, cuentos de Ivonne Vira y La pared del laberinto: Ceniza y destierro, poesía de Miguel Martínez Barradas, me llama la atención, desde el punto de vista formal, que los proyectos no comparten nada entre sí, como debe ser, la marcada diferencia de las escrituras.
La novela, entre otras cosas, es una obra abrumadora, diría yo, por la rapidez de su narración y la aglomeración de temas y disquisiciones que salen a flote en la que persiste, una y otra vez, una crítica ácida y a veces divertida de ciertos elementos de vida que conocemos o hemos vivido, aunque su autor diga que los personajes y las historias son ficciones; el libro de cuentos -que a veces parece caer en el relato, que no es lo mismo- está escrito, en contrapunto de la novela, con cierta severidad en el lenguaje, con versiones, la mayoría de ellas, cortas, con cierta intensidad que bordea los límites del largo silencio y de los espacios secretos; el libro de poemas, repito, desde el punto de vista formal, viene siendo el fiel de la balanza entre los dos géneros mencionados con anterioridad, porque su expresión va de un inicial y austero desbocamiento poético -propios de los poemas escritos en las primera épocas de la escritura- a la brevedad, a la síntesis, a la anunciada madurez en la que las sugerencias y aspavientos filosóficos redondean una obra.
Es cierto como dice Avilés Fabila en el prólogo a la novela Los elefantes son contagiosos, de Jorge Jaramillo Villarruel, que en varios sentidos es una novela experimental, yo agregaría que con algunos alcances ambiciosos para llegar a cierta propuesta que abarque muchas, por no decir que todas, de las preocupaciones históricas -aquí me refiero a las anécdotas contadas- que el autor quiere contarnos. Existe un afán, un tanto comprensible, de “decirlo todo” a través del personaje principal -el narrador- y el personaje de Sarita, que son el eje importante para conducirnos y adentrarnos a “su” mundo. A ratos esta novela de Jaramillo Villarruel me transporta a la obra Los juegos, de René Avilés Fabila, publicada en 1967, por su crítica acérrima al grupo mafioso que estaba en el poder cultural en este país en los años sesenta.
El autor de Los elefantes son contagiosos, claro, va tejiendo una red de historias vividas por los protagonistas, y aprovecha cualquier circunstancia que lo lleve a la crítica, con sentido del humor, con gestos de sonrisas ocultas o disimuladas, y nunca deja de aparecer el amor con todas sus declinaciones a través del tiempo. A veces creo, espero que el autor no me haga caso, hubiese sido necesario un freno expresivo en el laberinto de las anécdotas para evitar ciertos desbocamientos, lo que se justifica por un afán, siempre creativo, de no dejar nada en el tintero, aunque se haya escrito en una computadora.
El libro de cuentos Usted quería saber, de Ivonne Vira, tiene textos que a veces son viñetas largas -tomando en cuenta el espacio que debe ocupar una viñeta- y que de pronto reflejan una realidad cotidiana o una historia de sueño -iba a escribir de ensueño. La parquedad de su expresión es pariente lejano del maestro del cuento breve entre las letras mexicanas, el maestro Julio Torri. No me parece exagerado cuando el autor del prólogo -que no es otro que René Avilés Fabila- dice que “el libro es un apocalipsis de bolsillo.” Por supuesto que los textos hay que leerlos con detenimiento para que nuestra mirada recorra las palabras y podamos adivinar o descubrir el meollo de la cuestión, que esconde o vela historias que podrían llegar a ser tragedias. Existe un pudor silencioso de parte de la autora que prefiere en pocas líneas describirnos sus historias sin llamar a las cosas por su nombre ordinario.
En el libro La pared del laberinto: Ceniza y destierro, de Miguel Martínez Barradas, están escritos, de muchas maneras los tres temas que los conocedores literarios señalan como clásicos en la literatura universal: la vida, la muerte y el amor, aunque no estén desplegados en este libro en ese orden, y se puedan leer otras preocupaciones existenciales del autor de las cuales nos hace partícipe a través del ajedrez, la religión, la blasfemia -dicen que el primer acercamiento a la fe es la duda-. Me atrevería a decir que la primera mitad del libro que Martínez Barradas subtitula “La sangre del mundo”, son sus poemas primeros, quizá por la delectación de un reproche interno que no acaba de cristalizarse ni de alejarse. La segunda parte, es decir los subtítulos “Deseo de completud”, “Ser y parecer” y “Post Scriptum”, son poemas más acabados en su brevedad y en su expresión, que nos acercan al aforismo, al haikú libertino, que en su precisión encierran toda una propuesta filosófica y poética.
¡Bienvenidos a la literatura mexicana!