REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
13 | 12 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Literatura en Coahuila


Cirilo Gilberto Recio Dávila

       Ebullición de las letras: diálogo desbocado en el hipódromo de la novedad

El estado actual de la literatura en Coahuila es la ebullición. Hoy vemos gran cantidad de escritores que producen, se están tratando toda clase de temas, se abordan todos los géneros y existe una enorme gama generacional en expresión constante. Desde hace algunos años los escritores coahuilenses han alcanzado también romper la cápsula regionalista que por mucho tiempo caracterizó las letras de estos lares, existe una firme relación entre la escritura de Coahuila y los estados de la República y las formas se han diversificado, se han vuelto cosmopolitas. Ha pasado un poco como decía Vasconcelos: el hombre universal es aquél que logra nutrirse de su raíz original para alcanzar al mundo entero. No es una cita textual, sino de memoria pero tampoco es una cita excesiva.
Las glorias añejas como Manuel Acuña, Julio Torri, Artemio de Valle Arizpe, Vito Alessio Robles, José García Rodríguez y las más recientes pero aún ancilares de un tiempo donde privaba la tradición como Juan Martínez Tristán, Felix Durán (†), Alfonso Flores Rivera (†), Armando Fuentes Aguirre, Alfonso Arreola Pérez (†), Enriqueta Ochoa (†), Javier Villarreal Lozano, Francisco L. Urquizo (†) o Miguel Agustín Perales, son voces que se asimilaron a su momento. Sin embargo no se convirtieron en grilletes o férulas que inmovilizaran la creación literaria, porque las nuevas generaciones iniciaron sus propios caminos.
Atestiguamos entonces la aparición de nuevas camadas y mucha de esta renovación provino incluso de otras tierras como podemos notarlo en gran cantidad de escritores que se han publicado en colecciones del estado, por la universidad, el medio institucional, por la libre y desde luego en una proporción muchísimo menor a través de ediciones particulares y de la industria editorial.
Ese afán de publicar ha tenido sus altas y bajas en un ritmo que coincide con los distintos esplendores de las administraciones de gobierno, cosa comprensible si advertimos que la composición institucional marca las pautas del arte y la cultura: por los recursos de que dispone, por las naturales preferencias y pareceres de quienes están en determinado despacho, así como por la excesiva orientación en nuestros medios hacia los aconteceres burocráticos y sus presupuestos. Y por mil razones más que ahora no es posible desglosar.
Por ello volvamos a lo nuestro. Ese afán de publicar también nutrió a las ediciones con personalidades de otros mundos y lugares lo que posibilitó acrecentar los horizontes, horizontes ya de por sí extensos geográficamente. (Ramón Cortez Cabello, Nuevo Laredo; Javier Treviño Castro, Monterrey; José Santana Díaz, Ciudad Mante; Julián Herbert, Acapulco por ejemplo).
Por sus temas la literatura en Coahuila también es un hervidero. Antes de proseguir quiero acotar que en esta revisión breve no intento hacer un parangón inmarcesible de la literatura coahuilense como patrimonio de exclusión privilegiado. No. Aquí coincido con Vargas Llosa cuando afirma que la nacionalidad y la pertenencia a un pueblo no es un privilegio en las democracias modernas, puesto que entonces se vuelve excluyente y proclive a una competencia insana. La pertenencia es más bien un honor y un cariño. Parte del bien ser. La literatura como todo arte es perteneciente a la humanidad.
Hablar de literatura coahuilense, regiomontana, defeña o tibetana es solamente abordar el fenómeno artístico con un sentido de comprensión, de taxonomía, de estudio, contemporaneidad y coetaneidad. Se escribe en un tiempo, se escribe en un lugar, pero se escribe desde el corazón humano patrimonio de todos. Quien escribe no pone un límite a sus lectores, ese límite ya está dado por el lenguaje, la cultura, la educación y otros elementos humanos diversos, propios de la semántica, la filología o la filosofía.

Por un diálogo literario
Hablemos entonces de las letras en Coahuila para contemporizar y comprender lo que sucede en este terreno. Decía que por sus temas las letras en Coahuila están en efervescencia porque vemos de todo, novela policíaca, el campo, el erotismo, la ciudad, la guerra, el misticismo, la soledad, la violencia, el romance, la historia. Y esta efervescencia corresponde a lo que ha estado sucediendo en los años recientes: talleres, diplomados, ferias, conferencias, páneles, seminarios, encuentros, amén de la presencia de una escuela de letras.
Todo un conjunto de acontecimientos propicios al diálogo literario -en muchos momentos a contrapelo de las propias autoridades culturales si cabe el término; hablar de autoridad cultural parecería un imposible -dado que la cultura contiene al todo de la actividad humana, no solamente a los procesos y mecanismos del poder, que de hecho emana de los procesos culturales- parecería, sigo, un imposible, de no ser porque efectivamente el ejercicio del poder en materia de cultura es evidente.

Breve breviario en el tiempo
Desde los días enciclopédicos de Julio Torri, que se paseaba en la bicicleta del vasconscelismo y departía en el placer del infinito tiempo pasado por las aguas del jardín de las delicias terrenales y de las muchachas que daban sombra a Proust, desde esos días que retomaban la herencia del mecenazgo infinito de Antonieta Rivas Mercado y de la novela revolucionaria en su pasado con Martín Luis Guzmán, en su presente con Mariano Azuela y en su futuro con Juan Rulfo, al día de hoy han pasado inmensos océanos de letras. México atestiguó la sabiduría fetichista de los contemporáneos, los estridentistas, las vanguardias en un mundo en choque de reivindicaciones nacionalistas. Las dos guerras mundiales se presenciaron en el país desde las vanguardias futuristas. Antonio Caso, Fernando Benítez, Octavio Paz, Samuel Ramos fueron personalidades que recuperaron el antiguo tótem. En el norte el auge económico no alentó la creación. El regiomontano universal, Alfonso Reyes dejó una herencia de amor por el origen de la literatura occidental: los griegos.
Luego la guerra fría generó en el mundo la novelística de personajes como Graham Green, el teatro de Tennesssee Williams, T. S. Elliot, el existencialismo de Sartre y Camus, el teatro del absurdo de Becket y de Ionesco. Mientras tanto en América Latina el llamado subdesarrollo fue la incubadora de Alejo Carpentier, García Márquez, el fantástico Borges, Bioy Cazares, pero también de Bennedetti, Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos Fuentes. José Lezama Lima, o César Vallejo. Pero en las latitudes del noreste mexicano comenzaban renuevos de lo que sería hoy. Se iniciaban los balbuceos de una voz propia. Literatura nomádica, literatura de frontera, literatura sin atributos comprensibles, escarceos y aventuras que intentaban parecerse al realismo mágico o buscaban atrapar la descomunal palabra de un Octavio Paz, Jorge Luis Borges o Julio Cortázar como puede ser palpable en el poeta Samuel Noyola -regio que conviviera con Jorge Semprún- o en Alfredo García Valdés en la experimentación de formas poéticas perdidas en el transcurso del tiempo. También había propuestas que apelaban al surrealismo, a las visiones de los beat, a la literatura de la onda y hasta revisiones de los clásicos, del modernismo lopezvelardiano o del antiguo barroco que volvía cercana a Sor Juana Inés de la Cruz o a Lope de Vega.
En los setenta el torbellino de libertad que recorría el mundo, matizado por la visión impositiva que se basaba en el temor de lo ajeno, de la otredad, y la reverencia por las conquistas de la tecnología ideologizada llegó también al noreste mexicano. En Coahuila la Universidad conseguía su autonomía y con ello la edición de libros se empoderó. Las salas de cine de arte nos dieron a conocer a Fellini, Antonioni, Buñuel, Polanski, todos teñidos de rojo por los censores ojos de la ideología predominante y por lo tanto peligroso en un territorio tan cercano a los Estados Unidos. Pero las dos visiones del mundo eran frágiles en lo profundo y el fracaso gringo en Vietnam demostraba la magnitud de los desatinos.
Sin embargo no podíamos escapar de estas percepciones ideologizadas y por eso el boom de la literatura latinoamericano caló más hondo, claro que en una manera conflictiva. En Saltillo la creación del Instituto Estatal de Bellas Artes posibilitó la instauración de la colección de libros Segrel que inicia y sostiene la iniciativa de Domingo Ortiz. En el departamento de literatura se incorpora el maestro Juan Martínez Tristán, luego se pone en marcha el CAVIE (Centro de Artes Visuales e Investigaciones Estéricas) con proyectos como Cantata de Sol, la revista Desierto modo, Historias de entretén y miento, De viva voz. Simultáneamente se funda el Consejo Editorial del Estado. Al CAVIE le reemplaza el Instituto Coahuilense de Cultura (Icocult) donde se origina un interesante proyecto editorial. Aparecen colecciones de ensayo, poesía, narrativa, con el cuidado experto y dedicado de Nicolás Guzmán, Víctor Palomo, Julián Herbert, Miguel Gaona, Zeferino Moreno.
Cuando concluye la administración política de Enrique Martínez y Martínez (2005), ocurre el relevo de Rosa del Tepeyac Flores en el ICOCULT quien es sucedida en el cargo por Armando Guerra y los libros son literalmente embodegados en una casona de la calle de Morelos alquilada ex profeso. El proyecto editorial del ICOCULT se desintegra en el periodo de 2005 al 2011, merced a la magia sexenal que se significa por acabar con los programas instituidos por la administración anterior. Desaparece la producción editorial literaria, pero no desaparecen los creadores literarios y es gracias a esa presencia que comienzan a verse resultados de las letras ejercidas en Coahuila.
Constata esta afirmación la escritura constante de autores como José Chapa, Alfredo García Valdés, Claudia Luna Fuentes, Julián Herbert, Carlos Velázquez, Claudia Berrueto, Luis Jorge Boone, Alejandra Peart, José Domingo Ortiz, Mercedes Luna Fuentes, Víctor Palomo Flores, Javier Treviño Castro, Raúl Olvera Mijares, Jaime Torres Mendoza y tantos más. Pero ahora se requiere señalar un fenómeno que ocurre simultáneamente a la condición rítmica de la promoción literaria que sigue las pautas de los gobiernos en turno en nuestro medio. Este fenómeno es que la escritura parece producirse en función de un glamour que otorga el ser escritor y no por verdadera vocación o pasión por escribir. La proliferación de certámenes literarios en los últimos años ha tenido dos resultados contrarios entre sí: una mayor producción literaria y una producción anodina y vacua.
Entonces los promotores y creadores de arte y cultura se reúnen y promocionan un cambio en el status quo. En el enrarecido ambiente de la olla de presión se percibe que la cultura y la literatura no son negocio, pero pueden servir para solicitar recursos federales al estado y al municipio para luego destinarlos a otras áreas más prioritarias, como un puente vehicular, por ejemplo. La cultura puede no ser pan, pero sí funciona en cambio como zanahoria. Cierto, los recursos son etiquetados, pero si no son ejercidos se pierden. La labor de fomento y promoción entonces se deriva -entre otras cosas- a programas que tienen que ver con los festivales, los eventos, homenajes y programas ya preestablecidos como Leo… luego existo.

En el camino…
En este ínterin, ¿qué sucedió con la literatura? Siguió tres caminos a saber. Algunos escritores se lanzaron con denuedo al caldo de camarón de la dolce vita burocrática. Otros dejaron de lado el complicado ámbito cómplice del mole de olla y prefirieron adentrarse en el cocimiento seguro de la sopa instantánea: la antesala con los editores defeños, el cortejo de los certámenes literarios, la publicación guerrillera y el oficio de editar ajeno. Un tercer derrotero lo marcó seguir en la terca ilusión de todos los días, en el mismo pocillo. La UAdeC renovó su colección de escritores coahuilenses. El consejo editorial del estado se empequeñeció en su producción. En cambio Jaime Torres Mendoza prosiguió en su labor quijotesca de hervir a fuego lento su producción escogida.
¿Qué hace falta? Mucho es lo que hay por hacer. A pesar de certámenes como el de poesía Manuel Acuña, el premio de cuento Julio Torri, la Feria Internacional del Libro, etcétera, se perciben alternativas que hay que formar y robustecer. El hervor literario actual puede llevarnos a un agotamiento de energías o también puede lograr un cocimiento preciso. Como ejemplos de lo que puede hacerse: la defensa de los autores y escritores frente a una industria editorial desmesurada que recibe derechos de autor y en cambio ofrece pequeñas migajas en regalías, formar espacios para la escritura en los medios escritos con pleno reconocimiento y adecuada remuneración para los colaboradores, establecer y desarrollar formas para que los escritores se relacionen con medios de impacto creativo como la dramaturgia, el cine, la publicidad. Sí, en lo laboral y remunerativo, pero también y tal vez de mayor importancia en el desarrollo integral de la persona y de su entorno social. Bienvenida la lectura, sí, pero la lectura no puede estar desligada de la razón de leer, del propósito de leer, leer tiene un para qué, no es solamente leer por leer, como tampoco la cultura es sólo por la cultura, conlleva propósitos, intenciones, intereses, aspiraciones y pasión.

Saltillo, Coahuila. Miércoles 10 de diciembre 2014.