REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

Confabulario

La caperuza de puerto


Edgar Aguilar Farías

El puerto a medio día, en un domingo, todo está en calma, solo los barcos que las olas menean son el único movimiento que se ve del puerto a la distancia desde una minúscula playa de arenas amarillas y altas palmeras conocida como la playa del escondido, y que está a un kilómetro de la estructura del muelle.
Y en el malecón andan los muchachos morenos vendiendo a los citadinos de puerto alto y uno que otro despistado turista, sus bebidas, comidas, collares y todo suvenir que un hombre puede cargar. Más al oriente está la plaza de armas, y allí el magnífico mercado y la catedral de Santo Tomas que fundase el jesuita Bernardino en el año de 1777, cuando todo aquello era un pueblito sobre una colina y rodeado del mar.
Luego de ese centro de turistas al noroeste encontramos pueblo viejo o puerto viejo como los habitantes de allí prefieren llamarle, allí convergen los marinos, los pescadores, los pobres y los edificios más viejos de la ciudad, con excepción del supermercado que está al final de la empinada calle mártires de la conquista. Único sitio donde convergen las personas de puerto alto y de puerto viejo.
Delante del supermercado el regente ha fundado un lugar para que restaurantes y otros comercios se establezcan y atraer más visitantes al puerto pero donde no asisten los turistas que en cientos cada año se vienen de varias partes a conocer el muelle más largo de américa (en 1933) y hoy el cuarto en extensión y tráfico marítimo.
Allí va la hija de la tendera de la calle 8, los muchachos del colegio San Sebastián que está al otro lado de la ciudad, una familia de morenos que pretende festejar el cumpleaños del más pequeño, los locales. Gente común.
Pero lo interesante no está delante de este sobrevalorado supermercado, sino lo que está detrás de él, en la calle de Justino, luego de la desviación de avenida presidente Masarick que es la principal ruta por donde se llega a puerto alto, donde vive la clase media, los que tienen plata.
En toda la calle de Justino hasta la plaza del marino, están los anticuados hoteles que empezaron a proliferar cuando aquel muelle fuera fundado a finales del siglo XIX y hoy casi olvidado solo alberga diversión para marinos y seres pendencieros.
Y es justamente en la desviación de avenida presidente Masarick que conecta a la calle Justino y que está detrás del súper mercado donde ronda Felipe, allí se da sus vueltas entre el ruinoso edificio de correos abandonado y el hotel real de Madrid solo para ver a una docena de vespertinas putas que rondan por esas calles.
La Blanca Nieves, Senoscienta, Rupestisca son algunos de sus apodos de estas públicas mujeres, pero la que le llama más la atención a Felipe es una recién que han apodado la caperuza.
Ya sea de rosa o colorado esta muchacha precoz en esta profesión, siempre se le ve cubierta de la cabeza con una capucha, sea de sudadera o similar, el calor no parece afectarle más que la aparente vergüenza o el sol, que tuesta aun a la más prieta de las mujerzuelas que se paran por estas calles viejas.
Felipe que es más precoz que aquella muchachita, con su rostro bobo de muchacho entrando en la adolescencia, que no ha abandonado los juegos y las bicicletas y es por ese transporte que topo con ese lugar, en una competencia de velocidad desde lo más alto de Avenida Presidente Masarick hasta el súper mercado, donde torpemente se desvió y fue a dar a ese sitio apócrifo y en el cual, desde entonces ronda como un lobo al acecho de las ovejas.
Y allí se ve aquella muchacha de puerto, portando una de esas minifaldas de las películas americanas que pasan en los cinemas y que no se le permite la entrada a Felipe, o unos shorts comprados de la ropa americana que traen los barcos, con zapatillas carmín o botas de tacón rojas, ronda entre la callejuela de las brujas a un lado del hotel real de Madrid y la calle Intendencia detrás del antiguo edificio de correos. Apoyándose ocasionalmente en algún poste para sacar un cigarrillo de su bolsa o mascar chicle.
Felipe se ha propuesto perder la virginidad con esa niña callejera, pero por muy puta de puerto que sea, esas mujeres no son económicas y menos cuando son jóvenes y frescas como las olas del mar. Felipe no es un chico rico. Desde un tiempo atrás le suspendieron su domingo cuando empezó a ir a la secundaria y el único dinero que recibe de sus padres es para sus almuerzos, cosas del colegio y uno que otro caprichito barato que siempre le puede pedir a su padre, sin que éste objete o haga preguntas molestas.
Y se ha propuesto juntar ese dinero ayudado de cambios olvidados intencionalmente, pasar algo de hambre en las horas de recreo, ayudar a algún vecino en labores que le dejen alguna propina pero ya ha pasado más de un mes y todos los días cuenta sus ahorros y siempre parece que tiene las mismas monedas sin ningún cambio sustancial. Y a veces piensa que si estuviera juntando para otra cosa como unas revistas de monitos, un asiento nuevo para su bici, un guante de béisbol, o un boleto para una permanencia voluntaria, ya tendría el dinero y hasta le sobraría.
Y un día mientras estaba con unos amigos a la salida del colegio y andaba por esa alborada calle de Puerto Alto se quedó pensando en un momento de soledad como sacar ya esa plata y fue entonces que al analizar su situación llegó a la conclusión que el único que pudiera darle algo de dinero sería su abuelo.
Aquel viejo lobo de mar que es su abuelo materno; un ex capitán de un barco que se hundió tiempo atrás sin él y que debido a algo que “no entendería hasta que fuera mayor” logró que su abuelo se retirara con una buena pensión vitalicia y de un dinero que le permitió comprar una casa en la parte más bonita de Puerto Alto, allí en el pórtico se la pasa todo el día mirando el mar, bebiendo algo frío y esperando a la noche para bajar a Puerto Viejo y entrar a una de esas cantinas atiborradas de marinos y licor barato.
Aquel abuelo no se caracteriza por ser cariñoso o gustar de la compañía de su familia. Cuando tenía la madre de Felipe unos cinco años corrió a su mujer, o sea su abuela, a patadas de su casa, solo porque ya no la soportaba, de aquella golpiza le sacó un diente a esa mujer y jamás se le volvió a ver, así el padre de Felipe pasó de mujer en mujer, hasta que el barco del capitán se hundió y obtuvo aquel dinero y con él la metió a un internado de monjas donde le enseñaron los golpes de pecho y una actitud abnegada.
Sin embargo aquel viejo de mar se caracteriza por no ser tacaño y algo le inventará para que le preste el dinero que él necesita. Así que esa tarde tan pronto se cambió salió con su bicicleta y se fue por toda avenida Independencia para luego entrar a la colonia de Simón Bolívar.
La casa del abuelo está cerca de una pendiente en lo alto de un barranco reforzado con pilares para que no se deslave con las lluvias. Aquella casa de dos pisos, es la más modesta de toda esa colonia, pero no por ello no deja de ser elegante, con sus delgadas columnas blancas de madera y sus tejas rojas y paredes blancas, su amplio jardín enfrente, con altos y delgados pinos y su patio trasero en el cual se ubica el pórtico y que tiene una vista hermosa del mar o de algún barco que va a puerto o el sol del atardecer.
Felipe baja de su bicicleta tan pronto llega a la cerca de madera pintada de blanco por el abuelo, como su viejo barco, el Luz María. Abre el portón, avanza arrastrando la bicicleta y la deja junto a la alta puerta de caoba barnizada de color vino, como la puerta del camarote donde pasó incontables noches en alta mar.
Toca con fuerza la campana, no porque el abuelo esté algo sordo, sino para que sepa que es alguien de su familia, de lo contrario no abrirá, porque el abuelo no aguanta los malos vecinos y las visitas de los extraños. Pronto se oyen los pasos de ese viejo y sus maldiciones, él maldice mucho.
-¡Por belcebú, quien carajos es, condenación! -se oye desde detrás de la puerta la torcida voz de aquel viejo.
-Soy yo abuelo, tu nieto Felipe -dice Felipe calmado y acostumbrado al carácter pendenciero del viejo.
El abuelo abre de un portazo y se asoma la figura de un alto hombre, todo encanecido, barbado vestido de azul con una gorra vieja de capitán y una pipa sin tabaco.
- A ver, pasa cabrón de una buena vez, maldición -le dice el abuelo y entra para cederle el paso a su nieto -y cierra la maldita puerta, cabroncillo.
- Si abuelo -dice Felipe al pasar.
Cierra la puerta y deja la bicicleta arrinconada cerca del perchero de la entrada. El abuelo mientras tanto camina cojeando del pie izquierdo por todo el pasillo a su pórtico para seguir sentado en su silla favorita, Felipe lo sigue.
Ya en el pórtico y con el aire salado en sus rostros el abuelo se pone a un lado de una mesita que está a un costado de su silla.
- Quieres algo frío cabrón, dime -le dice el abuelo.
-Si abuelo Gracias -le dice él con toda la paciencia del mundo
El abuelo hace una mueca y toma un vaso de cristal colocado a un lado de la jarra de limonada, le sirve y se lo da sin decir nada más para luego sentarse.
-Y cómo te ha ido abuelo -dice Felipe luego de un sorbo a su limonada, cargada de limones con un piquete de ron como le gusta al abuelo.
-Como crees cabronete, de la mierda, de la vil mierda, aquí sentado y allá los barcos, los océanos, condenación, y yo aquí todo el puto día me la paso viendo el mar, como un tonto, un pendejo, a todas horas, que más crees que hago en todo el puto día, cabrón ¡eh decirme! -le dice el abuelo con su explosivo carácter.
-Que mal abuelo -dijo Felipe al momento de sentarse en un banco arrinconado cerca de la ventana del pórtico.
- ¡Y tú! a que venís, te ha mandado tu madre, o que pedo, eh decirme de una maldita vez, por belcebú.
- Bueno lo que pasa -dijo dudando un momento -quiero comprar un pastel, si un pastel para la clase…
-Que te dé tu madre, o el ojete de tu padre, ellos te mantienen ¡o no! -respondió aquel viejo sin dejar de ver el mar.
-Si bueno -le dijo él- pero no les puedo decir porque es una sorpresa… por un concurso de quién es el mejor padre y ellos ganaron sabes.
-Dime hijo -le dijo el abuelo acomodándose su gabardina -me veo muy senil o muy pendejo, dime.
-No te entiendo…
-A no es que soy un imbécil de mierda que se cree cualquier pinche puta tarugada que sale de tu bocaza de mierda, ¡o qué! -dijo el abuelo enardecido y golpeando la mesita.
-No abuelo, no lo tome así…
-Claro lo tomo con agua o con licor cabrón de mierda decirme ¡eh! -entonces se levantó el abuelo y saco su cartera de un golpe y le mostro su interior.
- Quieres plata ojete cabrón eh, querer, pos decirme para qué carajos…
- Bueno, bueno -pero cálmate abuelo, por favor dijo Felipe muy asustado.
El abuelo se calmó, bajando sus manos con su billetera y respirando lo tomó del hombro como señal de reconciliación.
- Pero no se lo dirás a mi madre…
- Quieres mota cabrón eso carajo es lo que quieres, condenación, como esos desarrapados Hippies hijos de puta que vi…
- No, no -dijo Felipe sabiendo que volvería con sus rabietas y asustado lo dijo de golpe con mucha vergüenza – ¡una puta!
- ¿una puta? – dijo el abuelo con otro tono de voz.
- Si eso -respondió Felipe.
-Ja jajajajaja -se rio el abuelo mientras ponía las manos en su barriga -ése; mi muchacho, ya es un cabronsote, un hombresote, venga a los brazos de su abuelo -le dijo éste en otro tono de voz, uno que no era de él y lo abrazó muy fuerte.
-Y yo pensé que eras como el marica de mierda de tu pinche padre cabrón. Pero tú si saliste hombrecito.
-Entonces no te molesta -dijo Felipe luego que lo soltara.
-Claro que no, si joder es lo más normal para los hombres, toda nalga es tu nalga, a no ser que alguien te reclame mi muchacho, jaja, pero tenga, un quinto para su puta -y el abuelo sacó un billete de baja denominación y se lo dio a su nieto.
-Gracias abuelo -dijo Felipe dudando al tomar el billete -pero…
-… Espera -le dijo el abuelo sin tomar en cuenta lo que le iba a decir -¿y donde piensas conseguir esa puta?
-Bueno…
-Por qué si se trata de mujerzuelas -volvió a interrumpir el abuelo- ahorita vamos a la hostería de la “petaca” y te presento con la manca, le falta la mano izquierda, pero está de buen cuerpo y no tan vieja para usted…
-No abuelo -dijo Felipe levantando sus manos en señal de negación. -Yo quiero otra, de otro sitio.
-¿Otro sitio? -dijo dudando aquel viejo -supongo que habéis visto alguna callejera rondando por allí y se la quiere refinar, no es así.
-Bueno sí, incluso estuve ahorrando algo -le dijo mientras sacaba un pañuelo de su bolsa para mostrarle el contenido.
-Ah -dijo él al ver las monedas de su ahorro -pero si con eso te ha de alcanzar para una vieja callejera, o solo para que te la mame mi marino.
-¿Me la mame? -dijo él sin saber a qué se refería.
-Si, que le chupe el popote, le extraiga la leche, cabrón se meta su verga en su boca, pa´ que me entienda carajo.
-Bueno -dijo Felipe sonrojado -pero yo no quiero que me lo chupe, yo quiero eso otro.
-Bueno -alegó el viejo capitán -pos entonces con lo demás que le he dado le debe de alcanzar, es una puta barata, chico, barata…
-Pero ésta no es tan barata, por lo que sé, y no es tan vieja, abuelo me vas a dar el dinero o no -dijo Felipe con más carácter.
-Mhmmm -dijo pensando el abuelo mientras se tocaba la barba -iré con contigo, para ver a esa puerca de puerto.
-No es necesario abuelo -alegó Felipe con algo de pena.
-¡Tonterías! Condenación -dijo el tomándolo del brazo -seguramente como te ven morrito se quieren aprovechar de ti esas cabronas, así son estas pinches putas aprovechadas, bien hijas de su puta madre.
Ambos salieron del pórtico en dirección a la cochera y se dirigieron a la calle de Justino detrás del supermercado.
El abuelo se estacionó donde pudo y caminaron una cuadra, allí el viejo lobo de mar las vio, y admitió para sus adentros que no sabía de ese lugar, pese a que podía presumir que conoce todos los puteros de toda la ciudad, que son muchos.
-Es ésa abuelo -le señalo Felipe a la Caperusa, una muchacha rubia y pecosa con sonrisa maliciosa y ojos castaño claros, unos delgados labios de tono rosa y vestida con un rompe vientos con capucha sobre su cabeza, unas medias rojas y unas botas de tacón blancas.
El abuelo al verla dar la vuelta por la esquina de Brujas y Justino admitió el buen gusto de su nieto en mujeres y lo tomó del hombro, lo miró y le dijo.
-Entonces esa puta te quieres follar Felipe.
-Si abuelo…
-¡Eh tu…! -quiso gritarle el abuelo a la Caperuza pero Felipe lo detuvo.
-No abuelo yo quiero ir solo.
-¿Tu solo? ¡Condenación! Bueno, bueno, y cuanto dices que pide para que te revuelques a la puta ésa…
-Sé que cincuenta -respondió Felipe.
-¡Cincuenta! -dijo sorprendido el abuelo -por todo el día o que más hace, te da el orto, o que coños maldita sea, con un carajo.
- No sé bien -dijo Felipe admitiendo su ignorancia.
-¿Entonces cómo sabes? -le preguntó el abuelo.
-Lo oí, de lejos de otros que preguntan.
-Déjate de pendejadas y ve directamente con esa perra puta y pregúntale al tú por tú cuando -entonces saco la billetera y extrajo uno de a veinte -ten con veinticinco te debiera hacer la faena completa cabrón, no se deje por esas vivales de mierda y dígale que trae veinticinco, que lo tome o lo deje, que no se haga la mosca muerta, esa hija de mil putas. Así como hombre, como si tuvieras bolas bien puestas y bastante verga, aunque apenas la vas estrenar, pero al chile, ahora váyase de una vez. Y el abuelo empujó a su nieto para que hiciera lo que él tiene planeado hacer.
Éste corrió por la calle sin fijarse si venían carros y entró al callejón de Brujas lo cruzó, pasó detrás de otras dos que estaban allí paradas y que lo vieron de reojo cruzar hasta la otra esquina, en Revillagigedo que está entre el hotel Real de Madrid y otro edificio para llegar a Intendencia. Y allí a la vuelta estaba la Caperuza caminando coquetamente, moviendo sus nalgas y con cada movimiento levantaba algo su minifalda y el rompe vientos que tenía puesto. Un Volkwagen, uno de esos que parecen escarabajos se para a un lado y el conductor llama a la Caperuza, todo indicaba que se le iba a escapar la presa a Felipe.
Ella se inclina y al hacerlo se descubre las nalgas al agacharse, mientras habla con el conductor, luego con su mano derecha se baja la falda para acomodarla en su sitio, pasa un minuto y el Volkwagen arranca con la risa maliciosa del conductor detrás del smog del carro, la caperuza se le queda mirando con desprecio, le saca la lengua primero, luego levanta su mano, su dedo y su ademán es obsceno.
Pero para Felipe es su gran oportunidad y toma valor y saliva, se siente nervioso pero va derecho a ella. Al llegar junto a ella, se queda petrificado, quieto como una estatua observándola. Ella mira para un extremo y otro de la calle, esperando a otro en carro.
Al notar su presencia se agacha, pues Felipe es más bajito, de hecho es el bajito de su clase, pese a sus trece años, casi catorce.
-¿Y a ti se te perdió algo chaval? -dijo ella de forma desidiosa.
-Si y no… quiero -dijo Felipe con una garganta traicionera que no lo dejó hablar.
-¿Quieres un helado? ¿Tu biberón? -alegó ella dando media vuelta y a punto de mandarlo al diablo.
-No -dijo Felipe y trabado como estaba solo se le ocurrió mover sus brazos como según le dijeron se hace al tener sexo; los brazos doblados y adelante y atrás, atrás y adelante.
Ella al ver eso entendió a Felipe, sonrió se agachó un poco y le preguntó esperando que saliera corriendo.
-Y tienes ¡con qué! Amiguito.
Sacó su dinero de su bolsa y se lo mostró. El billete de veinte, el de cinco y unos centavos.
-¡No! si se ve que tienes, pero si tienes verga niñito -dijo ella burlonamente mientras lo tocaba del pantalón.
-Si claro -se le destrabó la lengua y se armó de coraje -y mucha, así que vamos de una vez puta.
-Ah se ve que sí eres mayorcito. Bueno, pero son cincuenta, por un ratito, nomás para que te enseñe como parártela…
-No, no -dijo en voz alta Felipe -sé que son veinticinco, por tiempo completo, no te hagas, que no he follado, pero no soy imbécil, así que tómalos, allí están.
-Bueno, no sé qué te dijeron, pero te falta lo del cuarto…
-Aquí traigo los catorce del cuarto, aquí en el real de Madrid, así que ve moviendo tu culito, para allá -dijo Felipe levantando el brazo para señalar el otro extremo de la calle.
La Caperuza resignada se adelantó con él detrás. Felipe caminó muerto de miedo por lo que iba a suceder. Al doblar la esquina, vio a su abuelo mirando arriba como si le hablaran del cielo; él estuvo todo ese rato allí, listo para ayudar a su nieto a follarse a su primer puta, pero vio con orgullo que no necesitó intervenir y se apartó físicamente, pero no en lo espiritual.
Entraron por la vieja puerta de aluminio y vidrio soplado del hotel Real de Madrid y caminaron por el oscuro pasaje que conduce a la recepción, allí detrás de una reja un sucio hombre recibe el importe del cuarto de manos de Felipe y le entrega la llave y papel higiénico al muchacho.
Luego de eso el recepcionista saco su cabeza de entre las rejas y grito.
-Qué rico polluelo de vas a comer Caperuza jajaja.
Pero ninguno de los dos hizo caso.
El cuarto de cuatro por cuatro sin incluir el baño que goteaba de la regadera, tenía una cama King size con una gastada cabecera y unas descoloridas cortinas que oscurecían la habitación, una silla, unos ganchos y nada más.
Al entrar Felipe, sintió unas mariposas en el estómago pero al mismo tiempo unas ansias de empezar.
La Caperuza se sentó en la cama, se abrió un poco el rompe vientos y se descubrió la cabeza, mostrando una corta cabellera rubia y las pecas de sus mejillas en su juvenil rostro de quinceañera.
-Bueno dame los veinticinco -dijo ella extendiendo la mano.
-Y que me vas a hacer… -dijo Felipe torpemente.
-Vamos a Follar, que más -dijo Ella con algo de fastidio en el tono de su voz.
-Pero… ¿Cómo empezamos? ¿Qué hago yo? -Dijo él.
-No sabes nada de nada, nadie te medio explicó…
-Me comentaron de la mamada, que te lo metes en la boca -dijo él tratando de no verse tan torpe.
-Bueno es algo. ¿Quieres que me desvista? -se inclinó y sus pechos colgaron dentro del rompe vientos.
Felipe entonces sintió su primera erección. Ya antes había notado eso, pero era leve, como si apenas calentara en esas ocasiones, ahora lo sentía más firme y vigoroso y sobresalía de su pantalón. Y entonces respondió.
-Sí, claro, completo por favor.
-Mis veinticinco, caballero -replicó la Caperuza.
Y Felipe se los dio y ella se sacó el rompe vientos y le mostró sus jóvenes pechos, al recargarse en la cama.
-Te gustan mis senos -dijo ella con descaro.
Él solo afirmó con la cabeza.
Luego se paró, se bajó la minifalda y las pantaletas y se recostó mostrando las líneas curvas del contorno de su cuerpo y lo claro de su peluche que sobresalía de entre sus muslos.
Para Felipe aquella visión era completamente nueva, un misterio revelado que quiso tocar y lo hizo, puso la palma de sus manos en su pierna derecha y acarició su bota, su media de nylon, la carne y se acercó a aquella maraña de pelos, posó su mano allí sin saber qué iba a encontrar y ella levantó su pierna izquierda, la arrumbó a un costado y le mostró aquello que escondía. Felipe quedó fascinado.
-Es la primera concha que miras ¿verdad? -dijo ella con fingida ternura, mientras Felipe afirmaba con su cabeza.
-Bueno -se levantó y lo tomó del cinturón. Veamos a tu soldado.
Lo apartó y él se acomodó a un lado, de rodillas, sobre la cama mientras ella le desabrochaba el cinturón y le abría la cremallera y bajaba su pantalón azul, luego sus calzones largos y reveló aquel firme cabo listo para la batalla.
-Sí que es largo y grueso para tu edad -le dijo mientras lo sostenía con su mano y lo empezó a frotar.
Luego se recostó de lado para estar cómoda y comenzó a enjuagarlo. Cerró los ojos la Caperuza mientras Felipe sentía aquella nueva sensación, y veía en un vistazo abajo el movimiento de péndulo que hacía con su cabeza la Caperuza.
Al poco rato le dijo ella.
-Recuéstate, para que continúe la mamada.
Él obedeció y ella siguió, con sus caricias y apareciendo y desapareciendo su rabo con su cabeza. Pasaron unos minutos y Felipe le preguntó.
-¿Eso es todo? ¿Solo eso es follar?
Ella terminó su labor, lo tomó entre sus manos y lo miró, para luego decirle.
-Párate, déjame recostarme.
Él obedeció y ella se recostó, se acomodó la almohada, se abrió de piernas y lo instruyó.
-Bueno, ponte encima mío, como si fueras a hacer lagartijas.
Él obedeció, se puso entre sus piernas, colocó ambos brazos a cada lado de ella y su cara quedó delante de sus pechos, que caían eróticamente a los costados, como dos globos llenos de agua.
-Y ahora ¿Qué?
-Espera -dijo ella metiendo su mano derecha entre ambos cuerpos y la otra en la cadera de Felipe para acomodarlo.
-Lo sientes, allí, lo sientes con la punta.
-Sí, sí…
-Entonces empuja, sin miedo, pero con cariñooo…
Él hizo lo que le ordenaron como pudo hasta que ambas caderas chocaron y comprobó qué era estar dentro de una mujer.
-Ya llegó, ahora sácalo despacio, pero no todo, para que lo…
Y obedeció y entendió qué debía hacer y lo hizo, sintió algo de ardor primero, mucho calor, luego eso, esa sensación, ésa que es agradable a la fricción.
Luego sus manos de la Caperuza se posaron en sus asentaderas y lo corrigieron en su pose, en su ritmo y ella, la Caperuza respiraba, daba unos pugiditos y como él aumentaba sus movimientos.
Parecía que Felipe duraría más, pero se emocionó mucho y ante su inexperiencia, cuando ambos cuerpos se movían a la par, cuando estaba dando todo de sí, él lo sintió, algo salió, se paró muy firme al hacerlo, y luego esa explosión de sensaciones, el éxtasis.
-Bueno, ya acabaste, eso es todo.
Su relación no pasó de los cinco minutos, pero Felipe se sintió satisfecho, agradecido, sucio, pero conforme.
Ella en su rutina, tomó papel higiénico y se limpió allí, donde momentos antes estuvo unido con Felipe.
- Que pasó ¿te mie o algo así?
-Algo así -dijo ella volteando a ver al recién graduado -te corristes, me llenaste la concha de leche, eso pasó, así uno termina de follar, ya me jodistes, entiendes.
-A ya -dijo Felipe -mientras se miraba el miembro húmedo y recto todavía -¿y no podríamos hacerlo otra vez?
-¿Tienes otros veinticinco? -dijo ella
-No, me quedan como treinta centavos y una paquetito completo de Gum bomb sabor tutti frutti.
-Entonces es todo -dijo ella indiferente.
-Algo me tiene que alcanzar con eso -alegó ya confiado.
-Mhmmm… te lo enseño abierto, pero dame también la goma de mascar -le dijo ella sabiendo que iba a estar jodiendo con su cosa recta todavía.
-Bueno, bueno -y saco de sus pantalones el dinero que le quedaba y el chicle y se los dio y ella lo recostó se puso encima de él con las piernas a cada costado mostrándolo.
-¿Y dónde está la leche? -pregunto él.
-Ya me la limpie, pero basta, ya acabamos.
Se apartó, se vistió rápido, pero no tan rápido como él, que solo quedó con los pantalones abajo, y pareció entonces una carrera por llegar a la calle.
El primero fue Felipe y en un poste frente al hotel lo esperaba su abuelo con una gran sonrisa y extendió su brazo para recibirlo.
-Por belcebú. Se ve que te gustó joderte a esa puta muchacho, o mejor debería decirte mi hombresillo.
En ese momento salía por la puerta la Caperuza que no volteó a ver a Felipe hasta que sintió una mano que lo tomaba de la muñeca, lo jaló y ella y Felipe quedaron frente al abuelo.
-Deme otros veinticinco, vea abuelo todavía tiene ánimos -y con su mirada le mostró el bulto de su pantalón que sobresalía.
-¡Condenación y mil maldiciones! Ah qué bárbaro, esa verga no se está quieta verdad cabrón, bueno -sacó su cartera y le dio un billete de a cincuenta -dése gusto muchacho.
-Y lo del hotel, son catorce -dijo Felipe emocionado, aun cuando la Caperuza no lo creía y se le quedaba mirando al viejo.
-Bueno cabroncete ten, pero es la última vez que te pago una puta cabrón, mientras yo creo que iré a entretener a este comandante Vergara un rato. Cuando acabes de revolcarte con esta puta cualquiera nos vemos aquí, bien marino.
Pero Felipe no dijo nada y jaló a la Caperuza adentro para que ella siguiera ganándose su dinero.
Era un nuevo día en la casa de Felipe y como cada mañana su madre se levantaba temprano a prepararles su desayuno a Felipe y su marido para que se fueran a sus labores como todos los días hábiles.
Y los cuatro, la mama de Felipe, su papa, su hermanita de cuatro años y él estaban sentados alrededor de la mesa degustando unos huevos con tocino y pan tostado, muy a la americana, como lo ven en la televisión. Cuando alguien toca el timbre y es el padre el que amablemente se levanta para abrir, luego que su mujer se sentara a desayunar.
Hubo una pausa, una muy sospechosa y luego la voz ronca de marino del abuelo gritando.
-Felipe, Felipe.
Felipe se puso en alerta al oír a su abuelo, aquél que le sirvió de alcahuete en su aventura de ayer con la Caperuza.
El abuelo entró con una gran sonrisa y cargando en su hombro la bicicleta de su nieto, que al verlo Felipe se levantó para saludarlo.
A su madre y al marido de ésta se les hizo extraño tanta familiaridad, sabiendo que el viejo lobo de mar no es así.
-Padre que haces aquí -dijo ella limpiándose las manos en su mandil florido.
-Tú qué crees… le traigo su bicicleta a mi nieto, que dejó olvidada en mi casa ayer -dijo él tomando a Felipe del hombro.
-¿Dejaste tu bicicleta en casa de tu abuelo? ¿Y qué hacías hasta allá? -preguntó el padre esperando que alguien contestara sus preguntas.
-Por eso llegaste a esas horas ayer Felipe -dijo la madre.
-Si te dije, pero estabas ocupadísima cosiéndole su vestido para el kínder a mi hermanita, ni me preguntaron por qué no traje la bicicleta -dijo Felipe calmado.
-Maldición. Si yo lo traje ayer en mi viejo Chevy del 52. Hija que distraída eres, con un cab… perdón mi lenguaje -dijo el abuelo tratando de moderar su tosco vocabulario y evitándose problemas con su yerno.
-Abuelo, abuelo -dijo la hermanita de Felipe mientras corría a abrazar a aquel viejo.
Sí, si no me di cuenta ayer; pero Felipe ¿por qué ayer no me dijiste nada cuando te pregunte? -ijo la madre.
-¿No te dije?, pensé que te había dicho que me trajo el abuelo -dijo Felipe muy seguro de sí que hizo dudar a la madre.
-Tal vez tengas razón -acabó diciendo ella luego de un minuto y con la mirada de su marido sobre ella.
-Bueno, bueno -acabó diciendo el papa de Felipe -no tiene mucha importancia al final, por lo menos sabemos que estuvo con el abuelo todo ese rato, en todo caso es mejor olvidarlo, ya que se nos hace tarde…
-Tienes razón yerno, yo llevaré a mi nieto a su colegio, traigo mi carro… y dejo aquí su bicicleta.
-Pero Felipe, no te vayas, no has acabado tu desayuno -dijo la madre preocupada pero Felipe respondió.
-No te preocupes madre -entonces se acercó a la mesa, tomó el tocino y lo puso entre dos panes tostados y se retiró de la mesa sin antes darle un sorbo a su leche -nos vemos en la tarde madre.
Entonces él salió comiéndose aquel improvisado sándwich acompañado de su abuelo y se retiraron con una gran sonrisa. Para los demás miembros de la familia de Felipe era sorpresivo el cambio de carácter del abuelo, pero en sus mentes no concebían el porqué de esa actitud.
En todo el trayecto al colegio de Felipe, el abuelo le explicó algunas cosas sobre las mujeres y lo que pasó ayer para que no surgieran preguntas posteriores, así como del hecho que Felipe, luego de su tercer palo y quedar agotado, salió con la Caperuza detrás de él y esperó al abuelo un rato sin saber que su tardanza se debido a que al comandante Vergara, simplemente ya no le es posible ponerse firme con la velocidad que es requerida.
Al llegar a las puertas del colegio el abuelo felicitó a su nieto porque ya era un hombre y le hizo entender que pronto tomaría las riendas de su vida, como debe ser su género.
Felipe bajó del carro, entró por la puerta antes que la chicharra sonara y se encontró con sus amigos, pero no hubo mayor plática que los deberes. Sin embargo en el receso, todos se reunieron a intercambiar almuerzos como es la costumbre y entonces surgió la plática por obra del Benavides.
-¡Oigan! miren lo que traigo pero hagan casita.
Entonces Benavides sacó de entre sus cosas un calendario algo maltratado de sus puntas, donde mostraban a una morena con los senos desnudos.
-Qué chulada -dijo alguien que le pasaría después el calendario a Felipe, pero éste apenas lo vio haciéndosele poca cosa.
-¿Qué te pasa a Felipe? Qué no te gustan las niñas -dijo Benavides burlonamente.
-Si me gustan, pero no es lo mismo ver una foto que tenerlas en las manos -dijo él muy confiado.
-Y tú cuando has tocado unos pechos…
-Ayer, me jodí a la Caperuza, luego de tanta espera -dijo Felipe
-Entonces ya no eres virgen -dijo uno de los muchachos muy sorprendido.
-Si ya soy todo un hombre -dijo Felipe muy orgulloso
-Por fin juntaste ese dinero para eso ¿y cómo fue?...
Felipe ya les había platicado sus planes pero nadie creyó que lo haría. Pero tan pronto contó a detalle lo sucedido, con algunas exageraciones y los rumores se propagaron y Felipe se volvió una celebridad, en poco tiempo, pero así como fue famoso dejó de serlo antes del mes. Así su actitud cambió ligeramente y comenzó a crecer, pero jamás regresó a aquellas calles para volver a estar con la Caperuza, la cual desaparecería con el tiempo como muchas de su profesión.
Y aun así Felipe siguió creciendo y pronto comenzó a rondar a otras jovencitas de su barrio. Sedujo a varias chicas de la cuadra y de otros colegios y como su abuelo le aconsejó las desechaba antes que se volvieran mandonas, en especial cuando no le daban la prueba de amor, que les pedía siempre que las sentía suyas.