REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 07 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Castellanos, el inmortal


Roberto Martínez Garcilazo

    “¡Y enfurécete contra los enfermos de mansedumbre,
   fustiga su negación al pensamiento,
   azota la quietud y muérdela para que despierte!”
(88)

Hay un corazón en todas partes: el corazón omnipresente, polimorfo, omnisapiente, del día. Porque sólo existe un día y es el presente. Gilberto Castellanos pregunta por la vida, por el misterio de la enfermedad, por el don de la salud.
Cada uno de los 91 textos poéticos que integran Senderos de grana (BUAP, 2013) es un canto singular, una oda a la creación. El número 91 es por excelencia el Salmo 91, el salmo del lugar secreto, del refugio sagrado, de la revelación del sentido, de la comunión del poeta y el lector: “El que habita al abrigo del Altísimo…” ese lugar, ese topos, es la enunciación poética, el decir, la palabra, el logos, el corazón del día, que ilumina y muestra los senderos de grana, de fuego, que conducen al destino. Ese lugar no es un espacio, es un estado de conciencia. Es la cumbre donde habla sus palabras de fuego la zarza:
41. “El torso celeste”
Te ves corazón, en el vértice de la montaña, ¡con cuántos estallidos ya estás en la garganta! La sien parece reventar y su rojez compite con la brasa, ¿optarías por lo sereno de un manto de luna reposada en sus reflejos y el agua es pupila que le admira?, ¿no quisieras caer en la seducción reseca de la zarza?, el nopal inesperado: grito que te asusta, cada paso que resbala: suelo que se pierde. La hierba que resiste tus caídas sigue amarga y te cubre la esperanza; si miras abajo el pavor amenaza los recuerdos; cuando miras a lo alto la cima parece llegar hasta el torso celeste y te reprime. ¿Cómo te has visto, corazón, cuando sabes que has llegado a la mitad y de lo incierto falta poco?, buscas la respuesta con esa ecuación que se despeja y suma tu estro a la insistencia; ¿en qué sitio de la cumbre halla el ser aquel candil de su futuro? ¿Qué otra sombra de los bosques altísimos, insinuación disfrazada de tentaciones ubicuas y perversas, podría confundirse con la verdad que te ha llamado?; ¿te sentirías profeta que ungió la persistencia en lo que quiere y los escarbos al mañana? ¿La resequedad en la voz del agonizante anuncia que volverás amoroso?; parece que no fuiste bendecido en las aguas de otras edades porque tu palabra vuelve a enseñar llegando a cada instante; ¡qué libro ha sido el cuerpo en todas partes y ahí están tus escrituras!; entre pausa y pausa de los retumbares respiran los niños, el alcatraz, la caoba y las parvadas porque aprenden, van siguiendo el magisterio de tu índice que les hace repetir: “Voy dando hachazos”, y eres tú quien lleva el cansancio por delante; la fe te da el báculo, los olivos; suenan las cavas, teclado, números del tiempo.
Textos poéticos que alcanzan los 38 versos de hasta 29 sílabas que cuestionan las nociones convencionales de la composición estrófica y de la rima. A partir del texto 77 el metro se acorta (5 sílabas), se recupera furiosamente en el texto 86 (26 sílabas) y luego se abrevia (4 sílabas) en los textos finales. Pero en general su verso es largo porque la cadencia de su decir es de gran aliento.
La ética escritural de Castellanos: Confiar en la Humanidad, creer en la divinidad, dar amor. En el texto 46. (“Rutinas ignoradas”) dice:
La obra de las manos sabe de su perfección porque cada rasgo aloja lo helado de lo bello y es un rasgo de fervoroso amor. (…) Todo vive y lleva en la punta de la nariz la sentencia de continuar viviendo

Cultivar la esperanza en el día de mañana, el día del milagro. En que el tiempo volverá a ser benigno. En que la fe reverdecerá y florecerá nuevamente como los eternos rosales de su jardín. Esperanza de que su corazón será otra vez aquella joya incandescente e incansable que me lo hacía resplandecer en los días de gloria de su juventud. Aspirar a no tener recuerdos, a ser presente perpetuo, infinito devenir circular inagotable.
Sobre el arte de no morir nos brinda lecciones Castellanos:
33. “A lo que resucita”
¿Qué sitio ha de ser más perfecto que tú si estás en todas partes?: asteroide que indaga oscuridades en las venas, ¿ha sido lucero que lleva la esperanza sin que trastabillen sus pies en las espumas? ¿De las alturas que alumbran la fe has descendido y como estrella de otro destino, destilado por las edades del hombre, no termina, continúas tu viaje por ese tiro de parábola, geografía que religa y no ha llegado a un fin? Eres el cero de la Tierra, renaces en la movilidad pluricelular de tejidos que se perpetúan en su tránsito de ser amiboideo a medusa, de saurio a trino y pensamiento; antes, ave que ya enloquecía por volar hasta un álbum; fuiste, corazón, cuadrúpedo civil que con sino herramentado quiso ser alhaja de amores, casa, brasero, quinqué de calles, dubitación en los rincones, templo y heridas veneradas; entonces eres hijo de un corazón, hermano y albacea universal de ti, corazón en su llegar sin fin a lo que resucita; ¿por qué la soledad quiere ser el poderío mayor para someter también a las constelaciones, a la erección cervical de la cumbre y la vela de iridio que a su paso roban los cometas para tener caudas extensas y brillantes que no decepcionen a los niños y los ancianos rehagan el cielo
La publicación póstuma de sus libros nos crea una inquietante sensación —espejismo tal vez se pueda llamar— de que Castellanos nos habla desde la otra orilla de la Estigia.
Si lo sublime es lo que nos excede, lo que nos atrae peligrosamente, lo que nos permite recuperar nuestra sed de absoluto, estamos entonces ante una poesía sublime.
Porque, en la de Castellanos, su torbellino verbal nos excede; sus luminosas profundidades nos arrastran como un remolino de aguas fluorescentes y melodiosas; su diálogo tentador en el que sólo podemos asentir ante la elocuencia erudita de sensaciones nos siembra una necesidad de eternidad que trasciende nuestra poquedad doméstica.
En fin, porque Castellanos se conoce a sí mismo y ese saber se torna espejo cuando enfrentamos, encaramos, las páginas de su libro: Senderos de grana, sentidos, sentido.
Al borde del mundo, en el filo del mundo está su poesía. O, mejor dicho, los senderos de grana conducen al fin del mundo, a su frontera a su precipicio, allí donde termina la tierra firme, la faz de la tierra, y comienza el vuelo del abismo. Caminar por los senderos de aire, caminar por sobre los senderas del mar, sobre las aguas.
4. “Un tejido que conmueve”
¿Quién podrá leer para elevarlos al corazón del día esos párrafos ambiguos, misterio circular, con requiebros y en tangente a la esfera corporal de la verdad? El rumor sanguíneo que discurre por las venas del instante irriga el cuerpo de la noche, vega donde sólo florecen los deseos. ¡Qué prestancia de guardián de la vida que hace del tropel festivo de sus cabalgatas la discreción pura del rojo que fluyendo ha hecho el escándalo más glorioso y es veloz con su silencio!; sus fanfarrias anuncian regresos, pasos al frente, a izquierda y derecha, en todos los rumbos de los naipes cobrizados que hacen calzadas en el aire pero nunca van al regreso que sólo ve pasillos de las agonías que también han sido célula cautiva; crecimiento de dos en su aprehensión de sólo un corpúsculo de aliento que contigo siempre será un feto, un tejido que conmueve, un respirar tan puro como el regreso de tus bosques cuando algún mal se rinde y deja pasar por tus cavas la eclosión de un titán que se bebió las auroras y otra vez, matraz que libera el pensamiento, impulsa.
La de Castellanos es una obra pedagógica: aquí aprendemos que la vida no es un episodio, una travesía, una contingencia, insulsa. Aprendemos que es, por lo contrario, una manifestación de lo trascendente, de completamente significativo, de la belleza sublime. Un deslumbramiento. El corazón del verbo, el centro del logos, la llama incandescente del amor que alimenta los hornos del cosmos.
Y es que su poesía no se dirige al público, esa ficción, sino que se endereza hacia el lector singular, hacia uno solo, hacia el que abre su libro y se refleja en sus palabras. No hay otra pretensión porque ésa es la máxima cima que puede alcanzar un poeta: ser leído por un lector gemelo.
Largas meditaciones y anhelos sin nombre; alegrías que danzan; ternezas que conmueven; sutilezas de comprensión de la vida antes nunca presentidas. Sus palabras, la poesía de Gilberto son semillas que caen en la tierra fértil o yerma del espíritu del lector.
Y así el hombre que lee a Castellanos convive con el prodigio que lo protege de la intemperie del sentido. Y se liberta de “los grumos del tiempo”, “Para volver a la pureza de un cielo, donde sólo tú respiras, elevándonos y no caerá el ser” (65. “Máscara final”).
El poeta exclama y pregunta. Llama, pide, lamenta. E instaura con su voz nuevas realidades. Sus versos encierran tesoros del habla, criaturas insólitas con vida propia. Es taumaturgo Castellanos: “Corazón, lector de ti mismo” (90).
Escuchemos:
91. “Un corazón tan grande que ya no se veía”
El niño sonreía con todas las estrellas en su rostro, dibujó en su cuaderno un árbol frondoso con el tronco y las ramas en tonos azules, verdes matizados de bondad y cobre con su vigor a punto de madurar y muchos corazones rojos en lugar de frutos, ondeaban triunfantes hacia las alturas y los horizontes, pensativo, dijo: “es mi padre”. Dibujó en otra página un corazón enrojecido, grande, abarcando medio formato: sabana dorada con trigales, tuvo una ebullición en su pecho, seguía sonriendo, “es mi madre”, dijo; desde muy lejos llegaban ladridos y cantos anunciando que su pensamiento recorría las distancias. Dibujó un corazón con sus musculaturas azules y rojas, era imponente con su calor humano expandiéndose a punto de alcanzar las orillas de la página, el niño enderezó la cabeza mirándolo sorprendido, “es la Tierra”, dijo; imaginó que de sus manos brotaban bosques, montañas nevadas y huertas donde los niños eran otros frutos. En otra página comenzó a dibujar un corazón que fue creciendo hasta llegar a los cuatro lados y desbordarse, manchas rojas y azules, puntitos de colores claros que brillaban, un corazón tan grande que ya no se veía, “es el cielo”, dijo; y ya reía incontenible asombrado de haberlo hecho, estaba en su pupitre con la compañía de palomas blancas en el tejado de su casa.
Atento lector, termino preguntando, usando la voz del poeta:
¿Cómo detener el día, cómo impedir que el amor destruya lo que ha creado?