REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Confabulario

Los asesinos (Anamnesis de Hieronymus


Ares Demertzis

     Hieronymus Bosch: “El amo de lo
     monstruoso… el descubridor del
     inconsciente.”
     Carl Gustav Jung

La diminuta, anoréxica y encorvada mesera china aspiró con ruidoso escándalo el moco gelatinoso que congestionaba su nariz, dejándolo resbalar al fondo de su boca para luego escupirlo a través de dientes descoloridos y astillados sobre los mosaicos gastados y rotos cubriendo el piso de la cocina. Dejó de colocar diligentemente pequeños platillos de Dim Sum en una bandeja ovalada para volver a secar el espeso sudor fluyendo por su cara con la manga mojada de su blusa que envolvía un brazo delgado y frágil. Con un gemido audible de queja, alzó el pesado receptáculo sobre su hombro arqueado por escoliosis y caminó rápidamente con pequeños pasos precisos fuera de la vaporosa cocina al área de los comensales del restaurante chino.
El establecimiento se encontraba en el sótano de un edificio abandonado, construido de ladrillos, que hace años había sido devastado en una conflagración de origen incierto. Estaba al final de un callejón solitario y laberíntico, escondido de las muy transitadas y congeladas calles del barrio chino de Nueva York, iluminadas hoy por un sol del mediodía ínfimo por el invierno glacial. No era un lugar con el cual uno se topaba por casualidad; uno tenía que irlo a buscar deliberadamente.
Desde el frío penetrante y helado de la calle, una larga y sesgada escalera angosta se dirigía hacia abajo a una desolada oscuridad donde una puerta de vidrio transparente se encontraba caída; desprendida de sus bisagras. En la puerta, un letrero a lápiz, pegado improvisadamente con una cinta roja tenía escrito: “Abierto 24 Horas”. Parado justo dentro de la puerta, un negro africano alto, vestido con un Kente de seda natural tejido a mano, ostentaba alrededor de su cuello largo y elegante un collar que señalaba su grado privilegiado en la tribu que tiempo atrás había abandonado. Su función era verificar las reservaciones de los clientes en una pequeña computadora instalada precariamente a su lado sobre una tarima de madera Makonde. Música estridente rap, de los perenemente molestos negros norteamericanos berreaba ruidosamente de bocinas ocultas.
El comedor del restaurante era sórdido y desaliñado. Opresivo. Asfixiado por un calor bochornoso e intolerable, aún durante este invierno gélido que castigaba a la ciudad sin misericordia. A través de una ardiente niebla que empañaba todo menos los alrededores inmediatos, se podía distinguir con dificultad sillones deteriorados, sus resortes de alambre oxidado perforando la tapicería de vinil roja. Suspendidas de un techo incómodamente bajo, esferas de papel de arroz blanco, desgastadas con el tiempo a un gris sucio y manchadas con excremento de moscas, dejaban caer, desde sus borlas colgantes, gotas de vapor caliente por todo el ambiente mefítico; pequeños focos incandescentes proporcionaban una tenue iluminación amarilla.
Una sola decoración colgaba chueca sobre el tapiz rojo que se estaba pelando, dejando al descubierto los ladrillos fracturados de la pared. Era una fotografía alargada, pintada a mano, del antiguo panorama de Shanghái vista como una irregular y achaparrada línea horizontal emergiendo de un Yangtzé turbulento y fangoso. Bajo el vidrio cuarteado, el papel se había rizado y torcido por la humedad ambiental, haciendo que los colores corrieran juntos, dando a la imagen la engañosa apariencia de una valiosa obra de arte abstracta contemporánea. Es indiscutible que la Shanghái actual no conserva ninguna relación con esta representación incómoda y vergonzosa de una China que se había demorado en florecer por un socialismo absolutista; la semilla de su eventual triunfo sembrado por un occidente fatigado y banal.
La mesera se acercó a una mesa ocupada por dos individuos, uno beborroteando té caliente. La persona más joven era una mujer de proporciones imponentes, transpirando copiosamente. Su tez pálida era como porcelana; su cabeza adornada con pelo rubio en un elaborado tocado. Sus mejillas exageradamente pintadas en un color artificial de rosa intenso le proporcionaba la ilusión de una llamativa muñeca matryoshka. Un costoso y llamativo collar y unos aretes recargados estaban arrojados negligentemente sobre la mesa en donde ella los había tirado. Era evidente que tenía una preocupación excesiva con respecto a su imagen; el perfil que ella ansiaba proyectar a la sociedad.
La mujer respiraba laboriosamente, tragándose el aire fétido y estancado por su boca abierta. Había quitado el saco de un impecable traje hecho a la medida, acomodándolo con cuidado junto a un abrigo largo de mink a su lado. Abrió el cuello de su empapada blusa de seda blanca que se adhería tenazmente a su torso, así exhibiendo unos senos abundantes sin sostén, pero curiosamente con sólo un duro y erguido pezón. Era su pezón izquierdo, el derecho había perdido esta idiosincrasia femenina innata desde que un injerto de silicona aumentó considerablemente su escaso busto. La operación la había realizado hace años en Washington, D.C., en un fracasado intento para hacerla parecer ingenuamente seductora. Una operación cosmética en su abdomen, realizado al mismo tiempo, la había dejado con dos ombligos, y una cicatriz permanente justo encima de su línea de bikini. Estos desperfectos incompatibles siempre le causaban un desconcierto desmesurado cuando su existencia llegaba a ser aparente en la intimidad. El cirujano cosmético elite de Georgetown le había prometido que la cicatriz desaparecería con el tiempo, y que ambos pezones se le iban a parar de igual forma en los momentos apropiados. De hecho eso nunca pasó.
Ella recordaría para siempre, con precisión fotográfica, aquella ceremonia en la capital de la nación. Se encontraba en el sitio del monumento, culebreando paulatinamente en la profundidad de la tierra, soportada con circunspección contra la honda herida cubierta en mármol negro y grabado con 58,267 insignificantes nombres. Al final de la serpentina llaga, se asombró al ver un hombre en harapos soldadescos orinando sobre una putrefacta recolección de sangre y vómito, atestado de moscas. Ella pestañó. El fantasma militar se desvaneció. La sangre, el vómito y las moscas permanecieron.
Sentado en frente de ella estaba un hombre serio, de edad incierta, obeso y chaparro, como una escultura tallada de un bloque de granito cuadrado. Exhibía cejas negras, tupidas y gruesas debajo de una cabeza calva, y ostentaba un bigote delgado, meticulosamente recortado, suspendido encima de unos labios exóticamente sensuales. Indiscretamente admiraba los senos de la mujer con un interés descarado, por ojos oscuros e insondables insertados en la tez canela de su cara. Ella especuló que era probablemente latinoamericano. Mexicano, posiblemente, o venezolano; acaso argentino. No. Argentino no. Puede ser colombiano. Le era difícil ubicarlo con precisión, y eso, como cualquier incertidumbre en su vida, la molestaba sin moderación.
Una protuberancia redonda le abultaba al hombre la espalda de su esmoquin blanco, lo cual le confirmaba su aflicción de un jorobado. Un clavel rojo y marchito decoraba su solapa; una corbata y un pañuelo de color azul celeste de seda, metido extravagantemente en el bolsillo completaban su aspecto de dandi. Él parecía indiferente al ambiente ahogador; saboreaba su té caliente con placer.
El único otro cliente, apenas perceptible por la bruma, era un joven árabe que vigilaba con ojos desconfiados su entorno. Estaba sentado rígido y aprensivo detrás de una mesa vacía en un rincón tenebroso e impenetrable, vestido en atuendo islámico tradicional; su cabeza cubierta con un shumagg de cuadritos rojos y blancos, fijado con unos aros negros que paradójicamente parecían aureolas de santos cristianos. Tenía abrasado a su lado una caja de cartón sospechosamente envuelta en una funda verde salpicada de carmesí y amarrada con un nudo grande.
La mesera arregló los platillos pequeños de Dim Sum delante de la pareja sentada. Gotas grandes de sudor escurrían incesantes por su frente y caían para salpicar descuidadamente la agrietada superficie de la mesa.
La mujer respiraba con dificultad, secando con dedos toscos, parecidos a los de una campesina muzhik, la ardorosa humedad acumulada en sus pálidos ojos sanguinolentos en donde el rímel se había escurrido, dejando manchas que le daban una apariencia de bufón.
—-¿Usted lo matará en esta semana, correcto? —la mujer preguntó
El hombre discretamente cabeceó, quedando de acuerdo. Hablaba de manera deliberada, en una voz callada, pronunciando cada sílaba con un acento difícil de identificar.
—Él expirará esta noche, camarada.
—Ya no usamos esa expresión, desafortunadamente.
—En verdad lo lamento. Pensé que te complacería. Aquel desdichado suceso en tu país ha afectado mi profesión negativamente, aunque tengo que aceptar que los musulmanes recientemente me están proporcionando una compensación muy apreciada. Quisiera preguntarte, querida… oh, ¿es aceptable que me refiera a usted como querida?
—No hay cuidado. Citando mi maldición favorita china: “vivimos en tiempos interesantes”.
—Muy cierto, muy cierto, querida. La persona de tu interés y yo tendremos un encuentro después de su discurso en la Asamblea General. Hice la reservación en un pequeño restaurante italiano que frecuento, cruzando Canal, en el barrio de la pequeña Italia.
—Deberías de haberlo invitado una hamburguesa. La comida chatarra representa la contribución cumbre de su país al mundo.
El hombre encontró el comentario gracioso, pero se sintió obligado de hacer emanar de su boca un ligero sonido de reproche.
—¿Mas té? —la mesera preguntó.
—Más té sería glorioso, gracias, —el hombre respondido cortésmente.
—¿Tienes alguna bebida fría? ¿En lata, o botella? —preguntó la mujer con una voz irritada.
La mesera contestó gritando, en su acostumbrada, brusca y desagradable manera oriental: —No. No bebida flía. Lefli decopueto. Yo tlae té caliente.
Sin esperar una respuesta, la mesera desconsideradamente abandonó la mesa con apuro, sus pasos pequeños y rápidos la transportaron hacia la cocina, sus zapatillas arrastrándose ruidosamente sobre los mosaicos rotos y sucios del piso.
—Usted me invitó a comer y me estoy muriendo de hambre, ¡pero no comería uno de esos ni para salvar mi alma!
—Los dim sum son verdaderamente deliciosos.
Masticando con apreciativo agrado, el hombre alzó otro bocadillo desde su plato con sus palillos de marfil, la piedra preciosa de su anillo de oro en el dedo índice chispeando.
—¡Este lugar huele a ratas podridas!
—Sinceramente lamento que usted esté desilusionada, querida. Conozco otros restaurantes por todas partes de la ciudad, y estaba seriamente considerando un pequeño y exquisito establecimiento árabe que me imagino le hubiera encantado. Me ordenan ir a comer allí con cierta frecuencia. Curiosamente, y lo menciono en estricta confianza, el chef era una figura importante en los niveles más altos de su gobierno, hasta que los americanos decidieron que había llegado el momento de imponer un cambio de régimen por otro político más acorde a sus intereses. Él, por traicionar a su patria, fue premiado con una residencia en el ¡país de las maravillas! Ahora, en la república de la libertad, es un cocinero -el hombre hizo un gesto de reproche. Sin embargo, en verdad tuve un antojo repentino de comer Dim Sum.
—Yo nunca estuve cómoda en el barrio chino. Pero me interesa saber ¿por qué eligió este hoyo? ¡Hay millones de restaurantes chinos en la ciudad!
—Me conocen aquí, querida. Al igual que en los restaurantes árabes, me consideran familia.
La mujer le disparó una mirada penetrante, preguntando con sarcasmo: —¿Y en los restaurantes alemanes? ¿No lo consideran también familia en los restaurantes alemanes?
—¡Desde luego, querida! ¡Particularmente en los restaurantes alemanes! Sin embargo, el sauerbraten posee el desafortunado efecto de contribuir negativamente a mi dispepsia crónica.
La mujer estalló en una larga e inmoderada carcajada.
—Me han invitado a lugares funestos en mi vida, pero éste… ¡Santo Cristo! ¡Estoy fundiéndome en esta mierda de calor!
—Le ruego, señora, que no mencione el nombre de nuestro Señor, y por favor no emplee vocabulario soez en su plática. No es digno de una persona de su estatura. Gracias.
La mujer sacó un sobre de su elegante bolsa y se lo pasó a través de la mesa, mientras desde la cocina se escuchó el estruendo de la mesera expectorando.
—Esto es el cincuenta por ciento. Recibirá la otra mitad cuando usted termine el trabajo.
El hombre aceptó el sobre silenciosamente. Lo abrió y corrió su dedo pulgar sobre la orilla de los billetes que se encontraban adentro.
—Todo está allí, ella afirmó.
—Confío en usted. De todos modos, es simplemente papel impreso. En realidad no vale nada.
La mesera volvió con una tetera de metal redonda, mugrienta y abollada. Gotas pesadas de sudor caían por su frente salpicando otra vez la mesa. Extendió su esquelético brazo entre los dos para alcanzar la tetera vacía, mientras una secreción caliente filtraba por la saturada tela gastada y traslúcida, dejando observar sus peludas axilas empapadas.
—¿Qué va a hacer usted con el cuerpo? Si se encuentra, la repercusión política será severa y complicará la actual situación.
—No se preocupe, mi estimada.
Indignada por lo que ella interpretó como una respuesta sexista que procuraba subestimarla, se defendió agresivamente:
—¡Ah, pero sí estoy preocupada! El hallazgo del cuerpo los enviará directamente a mí.
Sosteniendo la jarra vacía de té en la mano, la mesera se colocó a un lado de la mesa preguntando servicialmente —¿Tolo bueno? ¿Dim Sum bueno?
Levantando con destreza una esfera de Dim Sum con los palillos, el hombre depositó el suculento bocadillo delicadamente en su boca pequeña y angelical.
—Sí. Todo está exquisito, como de costumbre. Lo aprecio infinitamente —el hombre respondió en su acostumbrada manera, siempre exagerada y ceremoniosamente cortés. La mujer se encontró irritada por la insistente civilidad; un imperativo cultural obviamente adquirido en su país de origen, pero no compartido entre los habitantes de Nueva York. Mirando con intensidad a la mujer, él continuó:
—Regresando a su infortunada contestación a lo que usted considera ser mi actitud arrogante: si no está al tanto de ninguna otra cosa, debe saber que éste no es mi primer encargo, mi estimada. Desafortunadamente usted parece ser novata en este negocio. ¡Apuesto que ni siquiera sabe para quién está trabajando! ¿Realmente considera que ese simple disfraz de rusa que utiliza me está engañando?
—¡Prende un ventilador! ¡Es difícil respirar aquí! la mujer ordenó con visible molestia.
Ella siempre había sido acusada de ser insensible y brusca en su trato con todos a su alrededor; ahora utilizó esa reputación para desviar el incipiente desacuerdo con el hombre, lo cual podría culminar en diferencias inconvenientes.
—No polel. Ventilalol loto, la mesera respondió con impertinencia.
—Lo sospechaba, —la mujer murmulló inaudiblemente entre dientes. ¡Tráeme un vaso grande de agua helada!
—Agua caliente. Ningúl hielo.
—¡Por supuesto! ¿Por qué tendría un restaurante hielo? ¡Qué tonto de mí parte! la mujer contestó con sarcasmo, subiendo la voz con irritación. Soltando una risotada áspera y exasperada, giró impulsivamente para dirigirse a su compañero con resentimiento.
—¡No puedo creer que usted no esté sudando! Me estoy derritiendo en un charco de agua apestosa y usted está sentado allí sin una gota de sudor. ¡Fresco como un pepino!
—Estoy acostumbrado al calor. Me gusta.
—“¡Ay, Dios! Necesito salir de aquí.”
—Por favor, no mencione el nombre del Señor. Gracias.
La mujer se inclinó hacia él agresivamente, aplastando sus voluminosos pechos contra el borde de la mesa.
—¿Por qué es usted tan cortés y religioso? Considerando su negocio, me parece una contradicción.
—Ah, sí. Así es. Soy muy cortés, y asimismo profundamente religioso. Considero la conducta grosera y desconsiderada imperdonable, mi estimada. ¿Me entiende usted?
La mujer se volcó para atrás con aprensión, sin responder. Abruptamente se ocupó en secar su cara mojada con una servilleta que se desintegraba en su mano al absorber la humedad excesiva. Lanzó los trozos al piso en manifiesta repugnancia.
—¿Me puede decir, mi estimada, si se le ha ocurrido a usted que quizás la persona que quiere eliminar pueda tener la misma idea con respecto a usted?
—Seguro. Pero yo compré al mejor profesional. Ése es usted, ¿verdad?
—Eso es correcto. Todos le dirán que no hay nadie mejor que yo.
—A usted le llaman el Ángel de la Muerte.
—Un apodo desafortunado mi estimada, sin embargo, sí, así me llaman.
—Entonces el asunto es un hecho.
El hombre levantó la jarra de té y le ofreció llenar la taza de la mujer.
—¿Más té?
—No. Mi taza está llena. No la he tocado. No puedo entender cómo usted puede beber este líquido ardiente. ¡Y en este lugar asqueroso!
El hombre sonrió suavemente en respuesta y sorbió su té caliente con satisfacción.
De la cocina vino el sonido inconfundible de la mesera aspirando fuertemente el moco de su nariz, llenando su boca con la flema gelatinosa y escupiendo toscamente. La mujer se paró con asombrada brusquedad, su cuerpo oscilando, sus movimientos inciertos; parecía estar ebria.
—Tengo que ir al baño. ¿Asumo que tienen uno aquí?
El hombre señaló por la ardiente niebla hacia el fondo del comedor, la piedra preciosa en su dedo resplandecía.
—Ahorita regreso. ¡Y me largo de este infierno!
—Lo tengo de buena fuente que uno puede acostumbrarse a los rigores del infierno, mi estimada.
—¡Yo no! Me voy de aquí tan pronto regrese.
La mujer bamboleó confundida hacia la dirección indicada, su mente entorpecida por el calor que la asfixiaba, su cuerpo avanzando hacia el frente con piernas febriles. Deslizó con manos temblorosas su pelo empapado, deshaciendo la impecable peluca; los rizos artificiales chorreando copiosamente alrededor de su cabeza. Aventó las cortinas sucias que se encontraban debajo de un anuncio mal escrito a mano indicando la entrada al baño unisex y desapareció en la abrumadora negrura que la consumió.
El hombre gozó con delicadeza otro Dim Sum, seguido de un sorbo de té caliente. Miró miopemente su Rolex de oro para confirmar la hora, y de la bolsa de su esmoquin sacó una pistola de pequeño calibre.
La mesera se acercó a la mesa. —¿Tolo bueno?
—Sí, —él respondió, ahora con sorprendente brusquedad, mientras apretaba su cuerpo corpulento para emerger del espacio estrecho. Con la mano libre se rascó sus genitales públicamente, sin vergüenza y con evidente alivio.
—Me voy en unos minutos. Tráeme el periódico y la cuenta.
—Cuenta. Peliólico. Si señol, y la mesera volvió apresuradamente a la cocina.
El hombre cortó cartucho. Se alejó de la mesa y caminó tranquilamente hacia la dirección del baño, desapareciendo paulatinamente en la neblina. Dos descargas suaves rizaron por el aire denso del restaurante. Segundos después, el hombre surgió materializado entre las cortinas rojas, las cuales súbitamente estallaron en llamas espontáneas.
Caminaba con impudente confianza, indiferente al encolerizado incendio que lo seguía con largos dedos cruzando horizontalmente el tapiz de la pared, provocando ennegrecidas fumarolas; saltando de forma vertical en ráfagas de energía para alcanzar las esferas blancas de papel arroz que se consumían violentamente en ardientes globos de fuego.
El hombre echó una mirada indiferente hacia la cabeza humana colocada sobre la mesa en frente del torso ahora decapitado del joven árabe. Recibió una discreta y agradecida sonrisa de esta degollada cabeza al pasar.
—Alahu akbar, los empalidecidos labios susurraron con entusiasmo; roncamente en conspiración; temblando con violenta rabia. Era un saludo que fue rebatido con una mirada de desdén.
El hombre regresó a su mesa al mismo tiempo que la mesera emergió como un enigmático fantasma entre las turbulentas y oscuras nubes de humo quemado que velozmente impregnaban todo el ambiente.
—No tenel hoy peliolico. ¿Peliolico mañana o.k.?
—El periódico de mañana será apropiado.
Al mismo tiempo la mesera le presentó la cuenta. Aceptando la pluma ofrecida, el hombre la inicialó ceremoniosamente con unas confusas y enredadas líneas hasta formar un símbolo enigmático personal indescifrable. Dejó ver el forro escarlata de su smoking al sacar el sobre que le fue entregado por la mujer.
—Es para ti, dijo con inconsiderado desprecio.
La mesera tomó el sobre con agradecimiento, apretándolo entre sus manos sostenidas delante de sus pequeños senos en la postura de plegaria asiática. Inclinó su cabeza ceremonialmente repetidas veces, expresando corporalmente una profunda gratitud con esta reverencia hacia el hombre. Como una mariposa emergiendo de su rígida y aprisionada crisálida, en una metamorfosis abrupta, se convirtió en una elegante y serena Geisha japonesa; su delicada cara blanca empolvada y sus sensuales labios eróticos pintados de escarlata creaban un dibujo de refinada belleza oriental. Su manchada túnica blanca de mesera se transformó en un kimono ceremonial de seda Heian, bordado a mano y sostenido en la cintura por un elaborado acabado Obi presionando su columna -obligándola a abandonar su postura arqueada. El dibujo delicadamente elaborado sobre el kimono era de seda envuelta con hilo de oro y revelaba a un fénix ascendiendo, rodeado de aves en vuelo; el símbolo de la eterna fidelidad.
El hombre colocó el periódico sobre la mesa y separó la primera página que llevaba escrita con letras grandes en la cabecera, “Asesinato Doble. Barrio Chino y Pequeña Italia”. En letras más chicas: “Embajador de las Naciones Unidas asesinado”. Y en caracteres mucho menos significativos: “La corrupta organización registra la más baja confianza”. El hombre dobló con cuidado las páginas del periódico para crear un barco de niño, asegurándose que la fotografía de la mujer rubia con la cual unos minutos antes compartía su mesa quedara visible en el lado izquierdo, y la de un hombre de mediana edad, con una fingida sonrisa, en el lado derecho. Después de colocar ceremoniosamente el barco de papel sobre su cabeza, lo cual le aportó una apariencia lúdica, luchó para acomodar su jorobo bajo un abrigo pesado. No se dio cuenta que una pequeña pluma negra emergió de su saco, flotando de forma desigual hasta chocar bruscamente con el piso. Envolviendo su cuello en una bufanda suave de cachemira, se marchó hacia la entrada, apoyándose en un bastón con empuñadura brillante de plata, ignorando con indudable soberbia las continuas fastuosas reverencias de la Geisha/mesera quien sumisamente lo siguió a los tres establecidos pasos.
De un tazón de vidrio cortado Tiffany, el negro africano, ahora transformado en un repulsivo, deformado enano albino, le ofreció a su salida una piruleta. Desenvolviéndola, metió el delgado palo blanco en la boca al salir por la puerta transparente, dejando atrás la infernal conflagración que consumía todo en su rabia. La dificultad obvia de su padecimiento lo obligó a subir las vertiginosas escaleras oscilando lentamente de escalón en escalón hacia el callejón nevado. Cuando alcanzó el nivel de la acera vacía, su apariencia era la de un cadavérico ciego, mirando fijamente de frente con ojos vacantes. Lo cubría un abrigo haraposo, sosteniendo una taza en una mano mientras con la otra agitaba un bastón blanco con la punta roja mientras avanzaba. Caminaba tranquilo, curiosamente sin dejar huella visible de su paso sobre la nieve profunda y prístina. Sólo un conjunto de huellas eran visibles, llegando por la dirección opuesta, caminando hacia el restaurante. Esas huellas las había dejado marcadas la mujer joven en su llegada.
La diminuta, anoréxica y encorvada mesera china aspiró con ruidoso escándalo el moco gelatinoso que congestionaba su nariz, dejándolo resbalar al fondo de su boca para luego escupirlo a través de dientes descoloridos y astillados sobre los mosaicos gastados y rotos cubriendo el piso de la cocina. Dejó de colocar diligentemente pequeños platillos de Dim Sum en una bandeja ovalada para volver a secar el espeso sudor fluyendo por su cara con la manga mojada de su blusa que envolvía un brazo delgado y frágil. Con un gemido audible de queja, alzó el pesado receptáculo sobre su hombro arqueado por escoliosis y caminó rápidamente con pequeños pasos precisos fuera de la vaporosa cocina al área de los comensales del restaurante chino.
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