REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
20 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

TRANCO I
En este Tranco del maestro Bracho vemos con claridad meridiana algunos aspectos de lo que a él le preocupa, de lo que le interesa, de lo que le causa asombro. Este siete veces H. Consejo Editorial, en donde casi siempre coincidimos con el maestro. Y cómo no estar de acuerdo con él: le fascina el tequila y la comida mexicana, le encantan los frijoles negros refritos adornados con queso Cotija y con chilitos toreados en los alrededores del molcajete. Se muere por las tortillas de maíz morado, y queda petrificado de gusto cuando de la sartén salen los chilaquiles bañados en salsa roja y con un huevo -blanquillo, dicen las almas puras de su pueblo Colotlán- estrellado. Y luego el guacamole que reverbera en la mesa y sólo espera ser comido con largueza citadina. Y claro, al lado de todo este manjar un caballito de tequila blanco, del que raspa, y una cervatana bien helodia que hiberna en un tarro de cristal de Tlaquepaque. Y lo que más nos atrae de sus Trancos son sus querencias con las bellas mujeres que lo atienden en Mi Oficina -o sea la cantinucha a la que todos los viernes asiste nuestro amigo escritor y polaco. Y resulta que el viernes pasado, invitados que fuimos todos los de este H. Consejo a saborear los tequilines y a comer como pelones de hospicio y que nos va presentando a María, personaje que nosotros, ilusos, creíamos a pies juntillas que se trataba de una musa imaginaria que sólo vivía en los sueños eróticos del compañero Bracho. No. Allí estaba ella. Alta, con un porte como de doncella de bronce. Con ojos de color capulin, con unas piernas que bueno, no podremos ahora describir porque son indescriptibles, son dos columnas que sostienen un cuerpo que al verlo, al contemplarlo un ¡ah! y un ¡oh! salen de nuestras bocas. Y oiga usted, qué par de Paricutines fastuosos son los que “empitonan” su camisa. Y su risa que nos deja ver unos dientes que han de morder los labios de Bracho con una fuerza y un calor que lo lleva al quinto infierno amoroso. Total. Ese día comimos todo lo que la dulce María nos puso en aquella mesa de aquelarre. Y sí, una mordida a los tacos de huitlacoche y otra mirada a las piernas de María, un trago al tequila y un rabioso mirar los pechos de María. Que tarde aquélla que pasamos en ese viernes inolvidable. Claro, el coraje nos llenó el alma y la ira nos nubló la vista: sí, resulta que cuando más admirábamos a María, cuando nuestros ojos nos se cansaban de mirar sus brazos y admirar su boca y celebrar sus muslos, el tal, el condenado, el insensible maestro Bracho, la tomó por la cintura y salió tan campante con ella. Y ni un adiós ni un agitar la mano en señal de despedida. Evidentemente que María lo había absorbido por completo y no tuvo miramientos para con sus invitados. Los vimos como se alejaron por aquella callejuela. Nosotros, pobres hombres desconsolados y tristes, ni pudimos saborear el postre, que eran unos chongos zamoranos. La envidia -de la buena, como dicen los que saben de envidias- nos dejó el hígado hecho añicos. Aunque luego, al calor del café de olla endulzado con piloncillo, ni tardos ni perezosos, en pleno conciliábulo, dijimos al mismo tiempo que esa noche el maestro Bracho se la pasaría volando por las nubes que cubrirían el cuerpo de María, y que la luna estaría iluminando sus dos cuerpos que se enlazaban en tórrido abrazo nocturnal. Total. Dos días después de esta aventura, tuvimos junta de trabajo con el maestro Bracho. Las ojeras que todavía le colgaban de su rostro y los leves arañazos que marcaban su cuello nos narraron la pelea a cuatro manos que sostuvo con la bella María. Pero que quede claro, que nadie, nadie absolutamente hizo ningún comentario al respecto. Por supuesto que Bracho tampoco hizo mención de los “curitas” que llevaba pegados en brazos y cuello. En fin, amigas lectoras, amigas insumisas, hemos consumido un espacio valioso para ustedes, que claro, esperan con ansia loca lo que el señor Bracho les tiene preparado. Con él las dejamos.

Muchos amigos me dijeron: -“Bracho no vaya a votar, no tiene caso darle validez a ese proceso de porquería”. Y yo me quedé pensando en esas palabras incendiarias. No podía dejarlas volar al aire. No. Era una propuesta válida. Sí, porqué votar por tanta gentuza que está en las boletas. Porqué avalar un proceso que está, como siempre, plagado de desvíos, desencuentros y mentiras y promesas que jamás se cumplirán, y frases que son un insulto a los que todavía creen en Juárez, en Morelos, en Zapata. Actitudes de muchas y muchos que son una vergüenza para los sentimientos de una nación que se precia de serlo. Y pensé, arrimando a mi escritorio un mezcal y encendiendo mi Cohiba Lanceros, sería bueno el no votar, pero que el no votar fuera seguido por todo el pueblo perseguido y ninguneado. Que nadie de los obreros despedidos votara por nadie, que ningún indígena votara por los que los van a meter a la cárcel, que ninguna ama de casa votara por los que les subirán el precio al gas, a la luz, a los huevos, a los jitomates, al azúcar, que ningún estudiante rechazado y golpeado por soldados y policías emitiera un voto. Pero eso es soñar, millones de mexicanos votarán y con ello se echarán la soga al cuello y con su actitud a nosotros también nos apergollarán con la soga. En fin. Cansado de este rito del fraude y de la mentira, me voy corriendo a meterme a Mi Oficina y raptaré en mi caballo retinto a María, y con ella pasaré al saco del olvido este sucio proceso electoral. Sí, amo a María. La amo más que un día soleado, la amo más que a las chalupas de Xochimilco. La amo… Vale. Abur.