REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
05 | 12 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

TRANCO I
Trancos van y Trancos vienen. Llegan volando, pegados al Búho, y van por los aires y aterrizan en las ipads o en las compus de nuestras dilectas amigas insumisas. Y al leerlos quizá logren hacer que la sonrisa salga a flote, o si es sobre los actos deleznables de los deleznables políticos mexicas, puede que el enojo sea compartido y eso me reconforta. Y si he escrito muchas cosas sobre los amores que tengo con María, creo que por solidaridad de sexo, las mujeres lectoras me absolverán de cualquier pecado cometido: “pecamos, señor, pero fue sólo por amor”, eso, esa frase me salva, y me cobijo en ella y me resguardo en todo lo que vale esa aseveración tan sabia y tan emancipadora. Porque ahora mismo, en que estoy en mi sillón preferido y que mira a la ventana y la ventana mira los árboles y las nubes pasajeras y sigue el vuelo de uno que otro pájaro ruidoso y que registra los vuelos zigzagueantes de los colibríes, y evidentemente, una botella de buen vino tinto me espera en la pequeña mesa que se junta con el descansa brazos, y el puro habano que lanza su humo al infinito de mi paladar, ahora mismo, digo -después de tomar un trago y darle una fumada al habano- que no tenemos remedio, que la violencia y el crimen y los asaltos y los robos y los procesos electorales viciados y a los políticos dignos de quemarlos en leña verde, son parte consustancial de la vida diaria de este nuestro México que antes era nuestro. Sí, ahora lo que priva o está en la conciencia colectiva y en todos los órdenes de la sociedad, es saber que vivimos plenamente la cultura del fraude y de la irresponsabilidad y de la impunidad. Ante eso, ante esa cruel realidad, ante ese panorama apocalíptico, lo mejor es lo que ahora mismo, como arriba lo expongo, vivir -sin olvidar el coraje y la lucha por erradicar eso- con una botella al lado, con un puro lujurioso en la boca y estar todas las noches con María, arrullándonos, abrazándonos, besándonos, y charlando sobre la vida y la muerte, platicando de esto, de lo otro, y lo de más allá. Y con ella pegada a mí y yo pegado a ella, ver las “cintilaciones del zodíaco” y contemplar el “cíngulo morado de los atardeceres” y esperar a que la luna aparezca para cantarle y para pedirle que el amor sea el que rija las vidas de todo hombre y de toda mujer libre. Para escuchar su lento paso por los cielos y ver cuando está en cuarto menguante y admirarla cuando esté llena y rozagante. Y descubrir además, cuando Venus nos parpadee desde las profundidades del infinito y también a ella a la Venus distante decirle que siga lanzándonos sus luces amorosas y que estamos dispuestos a seguir el rito carnal, como ella lo manda, como lo pide, como esta diosa celestial lo ordena. Sí, amigas no pripanistas, amigas que no dan su brazo a torcer y que protestan con rudeza ante actos de algún macho atrevido, es mejor seguir la ruta de la Venus tan distante, pero tan cerca de nuestros cuerpos, que es un acierto seguir el impulso de las manos y de la boca y de la lengua cuando se tiene a una María al lado. Que es tonificante besar y besar y admirar la desnudez de los cuerpos. Vale más un cuerpo de mujer que un discurso del presidente en turno, que una mirada de una mujer es más valedera que las promesas de los políticos, que las caricias que ellas nos dan son más vibrantes que cualquier discurso de algún político chafa. Y por cierto, hoy, ya he tomado mi vino tinto y ya he fumado varias veces mi puro habano y ya veo desde mi atalaya cotidiana cómo la luna se va asomando por el horizonte, y viene blanca como blanca es el alma de María, y surge sin ropas, como lo ha hecho en toda la historia, así como veo yo a María, y que al hacerlo se me olvidan -por fortuna- los engaños de los senadores, las traiciones de los diputados, y a María la veo como el madero al que se va a sujetar para su salvación el náufrago, y claro, me sujeto a ella cuando me hundo en la desesperación y la rabia me hace torcer los labios, me aferro a María y la rabia, por arte de su amor, desaparece y los gestos agrios, con sus caricias, desaparecen de mi rostro. Por eso yo, como tarea, como rito, como manda, como impulso irrefrenable, pienso en María, y luego de pensar tanto en ella, voy por ella, y cuando está ya conmigo, nos vamos por las calles que a esa hora en que a diario huimos, la oscuridad es casi completa. Algunas veces nos acompaña en nuestro andar la luz de la luna lunera, cascabelera, y eso nos ayuda a no caer en algún bache, a no pisar el charco, a no caer en una alcantarilla abierta.
Bien. Amigas, pues por hoy, por esta ocasión este Tranco ha terminado. Yo corro a Mi Oficina, sí, ya son las doce de la noche y la luna está arriba, esperando a que María y yo aparezcamos por los senderos que ella iluminará gustosa pues son los senderos que desembocan, invariablemente, en eso que usted puede que esté pensando: los mullidos colchones y las sábanas y, ya no sigo, ya no agrego nada más… por hoy, basta. Vale