REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Confabulario

Gloria, ocaso y extinción del Derecho Vampiro


Héctor Nezahualcóyotl Luna Ruiz

En días recientes se develó uno de los misterios mejor guardados en la historia de la Humanidad: la certeza de que los vampiros de forma humana existieron. El asunto se torna aún más fascinante, pues se reveló también que los vampiros de forma humana vivieron en sociedad y se confundieron como si nada con el común, realizando actos jurídicos en el trance. Tal vez convivió usted con uno y nunca lo supo; tal vez se relacionó una o varias veces con otro y usted en la ignorancia total; pero como hay gente que en verdad piensa que los vampiros de forma humana existen, el asunto carece de toda importancia. Sin embargo, la certeza histórica del hecho es ciencia jurídica, y en tal virtud se comprueba con esto la existencia y positividad del llamado “Derecho Vampiro”, esto es, el conjunto de normas jurídicas que regulan los aspectos de la vida, no vida, propiedad, libertad, justicia, injusticia, y en general todos los aspectos de tan terribles seres de la noche.
El aspecto frustrante del asunto es que era un secreto a voces entre las auténticas “vacas sagradas” de la Facultad de Derecho de la UNAM y jamás lo compartieron (¡los muy canallas!), llegándose a descubrir incluso que se había dejado testimonio por escrito mediante noticias puntuales de esa sospecha. Particularmente escalofriante es el garrapateo en una hoja de envolver tabaco que se localizó en las oficinas de cierto director de la Facultad, experto en Derecho mercantil, que dejó constancia de sus pesquisas:

“Creo que el profesor Ricardo Franco Guzmán es un vampiro. El otro día se me acercó de manera sigilosa, pero amable, y mientras me preguntaba por una estratagema para hacer valedero un cheque en evicción, se me acercó mucho, como si observara un insecto en mi cuello, se acercó aún más y me clavó sus colmillos y me chupó la sangre, lo que me debilitó a un extremo lamentable. Si no corrí o grité fue porque creí que tenía buenas intenciones”.

Otro de los que, se dice, conocían tan terrible secreto, era el profesor Ernesto Gutiérrez y González, quien en una ocasión, horrorizado hasta los pelos, contaba en plena clase de Derecho Administrativo que en diversas ocasiones se había encontrado con dos estudiantes de la Facultad:

“…más pálidos, casi transparentes, que cualquier güero que haya visto; sus narices son respingadas, así, como de quien le huele feo todo. La tez de los dos son lisitas lisitas, como nalgas de bebé. El más alto, pero que es el menor de ellos, anda con el pelo largo y siempre de chaleco; y el otro es más estrafalario, porque hay veces que lo he visto con bombín, sombrero y bermudas”.

Para desilusión nuestra, cuando dijo esta última frase, supimos que se refería tan sólo a los abogados hermanos Federico y Juan Jaime Anaya.
En uno de sus viajes a Austin, Texas, el profesor Guillermo Floris Margadant encontró en la Biblioteca del estado un manuscrito rumano extraído de la Biblioteca de Bucarest, y después de traducirlo detalló que era un diario que refería la existencia de un vampiro retirado hace 150 años, que había medio vivido en una casa cercana al bosque de Calea Victoriei. El vampiro comenzó a ejercer como tal sólo durante dos semanas, cuando enfermó de hepatitis y abandonó la vida de chupasangre que consumía su inmortalidad, llevando ya 150 años de retiro en su isba, sentado sin hacer nada. El profesor Margadant agregó una nota en el fichero:

“Nö sé qué inflüyó más ën mï änimo de abandönar esta invëstigación, si la perëza de viajär hasta un país tan exóticö y feräz como Rumania (atravesaba lo mejor del final de la Guerra fría, nota del R.), o contar de manera indubitäble con la certeza que, vistös los antecedentës de su biografía intelectuäl, no tendría nadä importante ni por lo menös söbresalientë qué cöntarmë”.

Muchos tratadistas ya habían abordado las semejanzas entre los Ministros de la Suprema Corte y los vampiros: nunca se exponen a la luz para no quemarse; desangran que da gusto; tienen media vida, porque ganan tanto que sólo con la mitad de existencia se satisfacen con los privilegios que ellos mismos se otorgan; y mientras más oscuros son los proyectos, más insisten en defenderlos. Pero ante la escasez de confesiones de parte, se antoja críptico avalar cualquier afirmación. Afortunadamente, también acaba de ser presentado el tratado de Derecho Vampiro “Institutas de Derecho Hematófago”, del docto profesor, abogado, filósofo y borracho húngaro Bela Tepes, quien ofreció su libro en los jardines de la Secretaría de Hacienda (emplazamiento ad hoc), en medio del entusiasmo de la comunidad docente, alumnos, exalumnos, trabajadores y trabajadoras sociales y boleros. Desafortunadamente, habiendo sido convocada la presentación a altas horas de la noche, las preguntas y debate se prolongaron toda la velada, siguió el brindis y cuando la aurora comenzaba a despuntar en los jardines de la Secretaría y los rayos del sol a herir los ojos de los asistentes, el profesor Bela Tepes se convirtió en ceniza. Lamentable fue el fin del profesor Bela, pero más lamentable fue que también su libro se perdió con él, pues su pasta y hojas, hechas de la piel de vampiro de su último némesis (como se sabe, todo vampiro tiene el suyo), también sufrió los efectos del sol y se consumió. Aunque él mismo lo había contado en corrillos durante el convivio, es más que obvio que el vino también provoca lagunas mentales en los vampiros y nuestro autor por la borrachera olvidó guarecerse (junto con el libro), con los resultados descritos. Por ello, la única noticia de las “Institutas de Derecho Hematófago” son las notas tomadas por el que esto escribe, así como el testimonio de los asistentes, que, en virtud de lo ya descrito, dudo que puedan corroborar o refutar lo que aquí se refiere.

Capítulo I. Problemas de denominación.
La denominación “Derecho vampiro”, coinciden los tratadistas en boca del doctor Tepes, es la más socorrida y, por ende, la más popular, proveniente sobre todo del universo del cine y la literatura, que de un uso amplio y extendido por los verdaderos doctores de la Ley hematófaga, que era la primera conceptualización: Derecho hematófago. Estos tratadistas se vieron continuamente asediados, cercados, cuando no por lo menos atosigados, por el célebre y casquivano doctor Ernest Gutier Ygor Nzalez, conocido experto en Derecho Administrativo Vampiro y Derecho Civil Vampiro, que no dudó en tratar a todos sus colegas de “imbéciles”, “ignorantes”, cuando no “farsantes”. “¿Cómo se les ocurre?”, cacareaba el doctor Gutier, “llamar ‘hematófaga’ a la disciplina jurídica cuando los mosquitos y las sanguijuelas y la chinches son hematófagas… y ya se ha visto que estas especies, a diferencia de la nuestra, no pueden alegar ni invocar la protección de sus derechos. Si aceptamos la denominación ‘hematófaga’, estaríamos aceptando que también deberíamos incluirlas y eso es por demás absurdo de toda absurdez”. Su archirrival, la doctora Manuela Cost Romer, colega de materia, elude la confrontación directa, pero alude: “…si los hematófagos insectos no pueden defender sus derechos es su problema. Cuando se habla de ‘Derecho de la gastronomía’ se sabe que el único ser vivo que puede cocinar es el humano (o medio humanos, como nosotros) y nadie se preocupa en aclararlo. A nadie le quita el sueño el Derecho de la gastronomía de los gatos, los perros, los monos, los reptiles. Así nosotros, si queremos cambiar la denominación ‘derecho hematófago’ por la vulgar ´derecho vampiro’, podemos hacerlo, aunque no podamos velar por las garantías de insectos u anélidos”, termina ironizando. Sin embargo, ambos tratadistas coinciden sobre las ocho fuentes del Derecho vampiro o hematófago: 1) Varney el Vampiro, de Thomas Peckett Prest y James Malcolm Rymer; 2) Drácula, de Bram Stoker; 3) El ataúd del vampiro (Abel Salazar y Germán Robles); 4) Las películas del Santo (sobre todo Santo contra las mujeres vampiro); 5) Drácula de Bram Stoker, de Francis Ford Coppola; 6) Nosferatu el vampiro, de W.F. Murnau; 7) Nosferatu el vampiro de Werner Herzog; y 8) Las memorias del licenciado Ricardo Franco Guzmán (de próxima aparición).