REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 07 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Parménides García Saldaña, Abanderado de “la Onda”


Ignacio Trejo Fuentes

Me sorprende que la mayoría de los textos que he revisado sobre la obra de Parménides García Saldaña (DF, 1944-1982) se constriñan a pasajes de la vida del autor, ciertamente tormentosa, y que puede dar para una o más novelas, y se olviden de analizar sus libros. Es lugar común apuntar que su obra se inscribe en el rubro “literatura de la Onda”, término acuñado por Margo Glantz y que sólo Parménides aceptó sin remilgos (Gustavo Sainz, René Avilés, José Agustín y otros etiquetados lo despreciaron desde el principio).
En efecto, no puede deslindarse sin escándalo lo que este narrador, poeta y ensayista narró y lo que vivió. Se sabe, en síntesis, que tuvo líos con su familia, que se inscribió en una escuela en Estados Unidos y que la dejó para irse a rocanrolear a Nueva Orleans y a disfrutar de las drogas y el alcohol, que era lo que en verdad lo dañaba, en muchas otras partes. Al volver a México escribió la novela Pasto verde, publicó el volumen de cuentos El rey criollo, el poemario Mediodía y el de ensayos En la ruta de la onda. Escribió en revistas y suplementos, sobre todo textos de rock and roll y de literatura. Se le conoció como irreverente, grosero y provocador. Casi siempre andaba drogado, y peleaba con todo mundo. Vivió largas temporadas en la calle, en parques, en albergues; estuvo en la cárcel y en el manicomio. Intentó asesinar a su madre y murió, solo, abandonado, víctima de pulmonía en un cuartucho de azotea que su familia le había conseguido.
Esto, con detalles, es lo que acapara la atención de quienes se ocupan de PGS y su obra. ¿Pero qué dicen del contenido de la última, de sus alcances, de sus méritos, de su carácter vanguardista? Poco, casi nada.
Parménides fue un joven sobradamente culto, sabía por lo menos inglés y francés e italiano; estudió algún semestre de la carrera de Economía y fue lector asiduo de las ideas de Carlos Marx, que compartía. Sus lecturas fueron variadas, aunque serias: desde los clásicos grecorromanos a las literaturas europeas y estadunidenses de vanguardia; su gusto por la música era asimismo plural, aunque se inclinaba por el rock y la música “clásica”. Una y otra -música y literatura- son referencias permanentes en su obra.
Lo de “literatura de la Onda” obedeció a que el término “onda” era una muletilla en el habla de los jóvenes de los años sesenta y aun de los setenta: “¿qué onda?”, “qué mala (o buena) onda”, “está en onda (o in)” o “está fuera de onda (out)”; “me saca de onda”, “qué ondón agarramos”, etcétera. Algo como ocurre en la actualidad con “o sea” o con “buey” (o “güey”): quienes utilizan esas muletillas, de inocultable carencia de vocabulario, las usan a manera de signos de puntuación: “qué crees, buey, el buey ése me dijo que mi novia es puta, buey, y que le parto el hocico al buey, buey”. De seguro, y en desagravio de Margo, alguna vez hablaremos de la “literatura del o sea” y de la “literatura del buey”.
Fueron precisamente esos decenios en los que Parménides vivió la ebullición de su juventud, y es precisamente el tiempo en el cual ocurren los sucesos que narra y/o poetiza o analiza. Eran los días en que el blues y el jazz, Elvis Presley, los Rolling Stones y los Beatles ocupaban de manera obsesiva la atención de la juventud internacional; cuando imperaba el lema “amor y paz” abanderado por los hippies, esos astrosos de pelo largo, amantes de la marihuana y que vivían en comunas; tiempos en que los poetas beatnick (Kerouac, Borroughs, Corzo…) enloquecían a los jóvenes lectores; épocas aciagas del asesinato contra el presidente estadunidense John F. Kennedy, la guerra de Vietnam, la llegada del hombre a la Luna, el avance de la tecnología (los satélites, la televisión), la píldora anticonceptiva y la consecuente liberación femenina. Y drogas, muchas drogas y música a carretadas (el festival de Woodstock y más tarde su versión totonaca de Avándaro). ¿Cómo diablos no iba a aprovechar todo ese maremágnum vivencial alguien tan al día, tan moderno como García Saldaña?
Los otros dos escritores directamente involucrados en eso de la “literatura de la Onda” -Sainz y Agustín- y algunos metidos ahí como con calzador: René Avilés Fabila, Orlando Ortiz, Margarita Dalton, Gerardo de la Torre… lo son por una cuestión peculiar y de especial relevancia en la ficción mexicana: incorporaron a los sectores juveniles del Distrito Federal al primer plano de nuestra narrativa. Chicos recién salidos de la pubertad, adolescentes secundaristas y preparatorianos de colonias de clase media como Narvarte o Del Valle, fueron puestos en escena como protagonistas centrales de sus novelas, no como meras comparsas o como elementos decorativos. Antes parecían no existir, no existían, a la vista de los escritores nacionales. El efecto de la aparición de Gazapo (Sainz) y La tumba (Agustín) escandalizó en dos sentidos: a los críticos “serios” de la época les hizo exclamar furibundos, casi histéricos y aterrados: “Esto no es literatura. ¿Qué me importa que esos niños se enojen con sus padres y con el mundo, que vayan de un lado a otro tratando de seducir a las muchachitas, que escuchen música extranjera y vean películas y hablen inglés? Eso no me dice nada y es basura”. A los lectores -jóvenes, por supuesto, y en números sorprendentes- les fascinó la oferta de aquellos muchachos-escritores (Sainz publicó su novela antes de los veinticinco años, Agustín a los ¡veintiuno!) por la nada sencilla razón de que se reconocían en esas historias frescas y tan cercanas, era su voz, su circunstancia, su mundo, eran ellos mismos retratados con fidelidad. ¡Cómo no quererlos, de qué modo no amarlos! Y es que además tenían noticias de ellos por la prensa, y sobre todo por la radio: hábiles, sagaces, José Agustín y Gustavo Sainz se metían a las estaciones de radio apropiadas y hablaban de sus libros, iban a las redacciones de los periódicos…
Podría parecer broma, pero antes de “los onderos” los jóvenes no recibían atención en nuestra narrativa; si bien hubo tímidos intentos por retratarlos o resultaban paternalistas o del todo ajenos, falsos. Jorge López Páez abordó en sus muchas novelas y cuentos la niñez, pero los adolescentes seguían ausentes. A fin de cuentas, al referir las apetencias de los jóvenes clasemedieros de la capital, sus fobias, su inagotable rebeldía, los novelistas estaban anticipando lo que muy poco después, en 1968, se hizo patente en París, Praga, Pasadena y tantos otros lugares, entre ellos nuestro Distrito Federal: los chicos protagonizaron movimientos inicialmente estudiantiles, pero que habrían de convertirse en poderosa arma política y de cambio social: a raíz del Movimiento del 68 muchas cosas cambiaron y el rostro del país se transformó. De modo, pues, que los autores de “la onda” no sólo no contaban cosas insustanciales como opinaron los críticos, sino asuntos de lo más relevante. De ahí la importancia de esa generación de narradores.
Parménides García Saldaña fue el más radical de “los onderos”, quizá porque había descubierto que a Sainz y Agustín les faltaba garra, que eran hasta lights. Con todo el respeto que les debo como maestros y amigos, debo decir que ambos, Sainz y Agustín, son peritas en dulce comparados con PGS, vamos, salvo por albures y alguna expresión altisonante, en sus novelas no hay “malas palabras”, ésas que perturban a las almas puras, en cambio en los textos de Parménides son una constante abrumadora: el personaje central (alter ego del autor) despotrica contra todo: familia, Dios y el Diablo, el país, la política, etcétera, y hace apología del desmadre, de los excesos: él mismo tomó la bandera de sus postulados. Gustavo Sainz siempre fue, ha sido, un obseso del trabajo y la disciplina: no bebió ni fumó ni se metió drogas, y leía compulsivamente y veía películas y escuchaba música seria y daba clases y etcétera. Agustín fue más liberal, frecuentó las drogas, estuvo en la cárcel…, pero nunca a los niveles de Parm, como le decían.
Sainz volvió a asediar temas juveniles en su segunda novela, Obsesivos días circulares, y en las posteriores se ocupó de otras cosas, “dejó la Onda” en paz y optó por la experimentación técnica y formal, al grado de convertirse en el máximo innovador de los modos de contar, de hacer novela; incluso, muchos de sus libros son tan opresivos que resultan ilegibles. Una vez le dije: “Gustavo, estás perdiendo lectores, ¿por qué no vuelves a la frescura de antes, como en La princesa del Palacio de Hierro o Compadre Lobo?” Su respuesta me apabulló: “¿Por qué mejor los lectores no aprenden a leer?” Quizá su mayor experimento sea La muchacha que tenía la culpa de todo, porque no hay narrador en primera ni en segunda persona, nada de eso, y la obra se construye sólo con preguntas: las respuestas se infieren al plantearse una nueva interrogante.
José Agustín conservó la frescura y el tono juguetón en casi toda su obra posterior, y quizá puedo decir que la novela suya que más me gusta es Se está haciendo tarde (final en laguna). Cerca del fuego es su novela más experimental, difícil; tras ésta, se reencontró con la “normalidad”.
De Pasto verde dijo alguien que es un caos, deshilvanada y por eso prescindible. Opino que no tan sólo está perfectamente organizada y que en todo caso es un caos muy bien controlado, si se vale el oxímoron. El desordenado es su personaje, y por eso su flujo de conciencia puede parecer ilógico; pero así pensamos todos, en desorden. Y me parece admirable que pueda sostener los desfiguros de Epicuro en tantas páginas: un autor menos hábil los hubiese hecho ilegibles. ¿Y cuáles son los recursos de que se vale PGS para una hazaña tal? La feliz mescolanza del habla coloquial con referencias cultas, la intercalación del español y el inglés, las poderosas imágenes provenientes de la música, de otros libros. Hace mención de sus escritores favoritos (los beatnicks, J.D. Salinger, Norman Mailer, el Marqués de Sade,), sus músicos de cabecera, sus óperas preferidas, y de un alud de músicos populares…
Debe rescatarse su capacidad de conjugar sub historias en apariencia ajenas unas de otras, y al final, ese torrente, tal diarrea verbal, termina por seducir a los lectores: llega un momento en que nos sentimos por completo involucrados con los personajes y su circunstancia. Sospecho que la abundancia de palabras en inglés, o compuestas, o in ventadas, irritó a algunos lectores, mas en mi opinión son necesarias para mantener el discurso general. En muchas partes prescinde de la puntuación, efecto que se volvería popular entre los narradores, algo casi como una plaga, que exigía de los lectores total participación, de lo contrario se quedan fuera (a finales de los 70, Luis Zapata publicó El vampiro de la colonia Roma, donde no emplea puntuación sino espacios mayores y menores para dar idea de la transcripción de una cinta magnetofónica; y José Rafael Calva, en Utopía gay prescinde completamente de la puntuación).
Algo que irritó a los lectores de Parménides fue su acendrado machismo. Creía que las mujeres eran inferiores y debían estar al servicio de los hombres. En alguna parte dice: “Hay unas menos brutas que otras; sólo eso”. Por supuesto no comparto esa postura, pero en aquellos tiempos era común el machismo entre los mexicanos y, queriendo o no, era aceptado por las damas, empezando por las mamás que enseñaban a sus hijas a obedecer y ser fieles a sus maridos. Y como puede verse, ese espíritu permeaba aun círculos supuestamente más liberales y avanzados: PGS es prueba de ellos.
Pasto verde está plagada de desplantes machistas, Epicuro es incapaz de sostener una relación más o menos estable con las mujeres, y mucho menos de enamorarse: prefiere la juerga a la compañía femenina, y va de arriba abajo dizque enamorándose de mujeres idealizadas en su cabeza delirante. En los cuentos de El rey criollo tales actitudes son más mesuradas, los personajes masculinos andan en permanente búsqueda de las féminas, es decir del amor. En “Aquí en la playa” un joven capitalino va a Acapulco con sus amigos, aunque los abandona para instalarse en un burdel donde se relaciona con una prostituta y se dedica a beber como loco: es una suerte de temporada en el infierno. Sin embargo, en el relato que da título al volumen reaparece el machismo descarnado: los jóvenes que asisten al cine para ver una película de Elvis Presley, se dedican a echar desmadre, y las principales víctimas son las mujeres jóvenes: las novias son dejadas en su casa, las que asisten son tratadas como “carne” y son obligadas a bailar en forma ridícula ante el temor de una posible violación; el narrador habla de golpear a las damas, y vuelve a los temas básicos del autor: la burla de todo: iglesia, familia, país, política… Si no quiere o no puede leerse la novela de Parménides, su libro de cuentos es un magnífico escaparate para conocerlo.
Dice Enrique Montes García:
“De todos sus contemporáneos, Parménides fue de los pocos -el único acaso- que se mantuvo fuera del sistema. No tuvo riquezas o poder. No entró en arreglos con nadie. Rebelde, antagonista, contestatario y maldito, fue coherente con su realidad. Fue un eterno disidente y, en consecuencia, un golpeado y marginado del mundo literario y cultural de México. Un auténtico beat”. (En Parménides: rey criollo, rey de la onda. UAM-Xochimilco, México, 2001; p. 53.)
Otra aportación importante de “los onderos”, con García Saldaña a la cabeza, fue abrir puertas literarias que a su vez abrirían otras y otras. Guiados por sus numerosísimas lecturas (leían en otras lenguas), por su vasta información, por sus viajes, y sobre todo por quien fue sin duda su modelo sustancial, J.D. Salinger (El cazador oculto), comprendieron que la juventud era un rico filón que podía -debía- explorarse y al mismo tiempo se dieron cuenta que la naturalidad narrativa y aun la irreverencia podían ser tan eficaces como la prosa más exquisita. De la literatura nacional conocían a Martín Luis Guzmán, a Agustín Yáñez, a José Revueltas, a Juan José Arreola, a Juan Rulfo; y luego a Carlos Fuentes y a Fernando del Paso y a Sergio Pitol… Y se hicieron de sus propias herramientas, de su sello personal.
Y lo verdaderamente significativo: hicieron escuela. Sus entonces muy jóvenes lectores, que a la postre serían escritores, parecieron decirse: “¡Ah, se puede escribir de otro modo. Hagámoslo!”. Y eso permitió la existencia de obras tan desconcertantes como Chin Chin el teporocho, de Armando Ramírez, o El vampiro de la colonia Roma, de Luis Zapata. Y a estos los leyeron Juan Villoro, Enrique Serna, Guillermo Fadanelli y muchos más.
No quiero pasar por alto que si bien no se asumían como autores de “la Onda”, René Avilés Fabila (Los juegos) y otros contemporáneos, optaron también por la desfachatez narrativa, por el juego, que amparaba una serie de ideas políticas y sociales de primer orden. Y en esos tiempos surgió la llamada “literatura de Tlatelolco”, que abrió nuevas puertas a nuestros narradores.
En fin, que a pesar del rechazo de los críticos “serios”, los jóvenes escritores de “la Onda” no sólo no escribían insustancialidades, sino que tocaron fibras muy sensibles de la cultura nacional. Su desparpajo, su atrevimiento y, otra vez, su irreverencia, son más que suficientes para otorgarles un lugar en la primera fila de la narrativa mexicana y, por qué no, internacional.