REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Juan Rulfo, el maestro


René Avilés Fabila

No es fácil hablar del Juan Rulfo maestro, en una universidad, ante académicos. Era narrador. Las clases de literatura son de otra índole. Se carece de metodología o en todo caso el maestro explica su propio método y estilo, los que son imposibles de repetir exitosamente. El lenguaje no es formal, el trato es distante de lo universitario y con facilidad las relaciones son ajenas a los buenos modales y al rigor científico. El método como el estilo se posee o no, son parte de la magia. Fernando del Paso me dijo en una entrevista: El estilo se lleva en la sangre. ¿Cómo explicar literatos notables, Gorki en Rusia, Rulfo en México, que carecieron de largos estudios formales? Mi única clase de literatura castellana la recibí de Ermilo Abreu Gómez. Le llevé mis cuentos iniciales y luego de leerlos preguntó qué leía. Mi lista se centró en autores norteamericanos, rusos y franceses. Irritado, me dio una larga lista de escritores de habla hispana, sobre todo del Siglo de Oro, y una recomendación aforística: El toro es fuerte, poderoso, come yerba. El león es asimismo fuerte y poderoso, come carne. Cámbieles la dieta y morirán. Usted tiene que leer a los clásicos españoles. Al preguntarle a Ricardo Garibay a quién me sugería para que fuera mi maestro en materia literaria, me respondió: ¿Y para qué quiere maestros? Cada libro es un profesor de literatura. No son escasos los grandes escritores que han hecho libros con recomendaciones para hacer novelas, cuentos y poemas. Es posible que tengan alguna utilidad. La mayoría muestra consejos que le funcionaron al autor, no es fácil que a los aspirantes a narradores o poetas, les sea de gran utilidad, como los de Horacio Quiroga, Rilke, Sábato o Vargas Llosa. Es verdad, en literatura el único método es que no hay método o en todo caso, el método, el estilo incluso, es el propio escritor. Con Rulfo la situación en tal sentido era, como su memorable literatura, única.
Juan Rulfo recibe homenajes cotidianos con cada lector que lee sus cuentos o su novela. Provoca deslumbramiento. No requiere festejos oficiales. Nada detiene a esos dos maravillosos, soberbios libros que nos legara el escritor taciturno, de pocas palabras, sombrío, enigmático, de una gran cultura silenciosa, permanente inconforme, riguroso en extremo. Rulfo jamás ha sido olvidado. Jorge Luis Borges, en un libro formidable, Borges oral, observa −y esto es algo fascinante− que Inglaterra ha seleccionado como su representante a Shakespeare, Alemania a Goethe, Francia a Víctor Hugo, España a Cervantes, Argentina al autor de Martín Fierro, a José Hernández. En México, pienso, elegiríamos a Juan Rulfo. Nadie como él para representarnos.
Juan Rulfo es un autor que desde el principio impresionó a escritores, críticos y público en general. Joseph Sommers expresa que Rulfo “encuentra la clave de la naturaleza humana en otra parte. Él se aproxima al lado opaco de la psique humana, en donde residen los oscuros imponderables: Este mundo, que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndose en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre. ¿Qué hemos hecho? ¿Por qué se nos ha podrido el alma? Es esta zona, intemporal y estática como una tragedia griega, la que, en su misión, decide los avatares del encuentro del hombre con el destino.” En este aspecto, el valioso crítico Luis Leal, uno de los que más de cerca estudiaron a Rulfo, insiste: “...los personajes por lo general son seres desolados que dudan de sus propios actos y se entregan, con característica resignación, a lo que el destino les depare. Los personajes de Rulfo, por lo tanto, parecen ser movidos por fuerzas que no se derivan de sus propias convicciones, sino que emanan desde fuera.” Y esto es justamente lo que a Rulfo le da universalidad: la poética hondura de sus personajes, que son griegos, rusos, argentinos, españoles, portugueses, y tremendamente mexicanos. Álvaro Mutis, por su parte, ha contado con entusiasmo y regocijo la impresión que le produjo leer Pedro Páramo de Rulfo. Su primer encuentro mexicano con García Márquez lo obliga a hablarle de esta obra de extraña perfección. Pronto García Márquez se contará entre los enamorados del escritor jalisciense. Carlos Fuentes y Mario Benedetti son otros que al nacer a la fama declaran la importancia de Pedro Páramo y de El llano en llamas. Y no hace mucho tiempo, el escritor español Arturo Pérez-Reverte le dijo con rabiosa claridad a un joven novelista mexicano que la maravilla de Juan Rulfo “es el caos de la lengua en una explosión imaginativa, que aparte de mexicano, tiene mucho de español… Pedro Páramo es una obra espléndida, la novela del siglo y no me explico por qué en España no está junto a Cien años de soledad.” Era, pues, imposible trabar relaciones con escritores, críticos o lectores de otras latitudes sin que apareciera el tema Rulfo. ¿Cuándo aparecerá el nuevo libro de Rulfo, La cordillera o lo que sea? ¿Qué responder? Sólo pedir respeto para quien no desea o no puede escribir más. Mejor hablemos de Comala. O de la extrema lentitud con la que sus personajes e historias se mueven, con penosas dificultades, en un mundo opresor. Pero, en efecto, ¿lo habrá paralizado su enorme y veloz éxito? No creo que esta discusión sea significativa. No es historia, es pura conjetura torpe. ¿Podríamos reprocharle a Tolstoi la larga extensión de La guerra y la paz o a Balzac el haber creado una Comedia Humana en tantos volúmenes? Hay que centrarnos en lo hecho y en todo aquello que surgió a partir de dos libros formidables, inagotables: el universo rulfiano, una compleja mezcla de realismo y fantasía que probablemente sólo las peculiaridades de México permitieron, pero que fue creada desde la cima del planeta, mirando hacia todos los puntos cardinales. Me parece que si otro hubiera sido el carácter de Juan Rulfo, bien hubiera podido afirmar con arrogancia lo que dijo hace muchos años Juan Ramón Jiménez; “todos los poetas españoles e hispanoamericanos jóvenes me deben algo; algunos mucho y otros todo”.
Sin embargo, Juan Rulfo, sigue siendo enigmático. No he leído muchos trabajos que hablen de él como discreto empleado del viejo Instituto Nacional Indigenista, desde donde se empeñó en mostrar el dolor de los indígenas y tampoco aquellos que señalen las tareas del Rulfo gremialista, de su labor por defender los derechos autorales en la Sociedad General de Escritores de México, al lado de Rafael Solana, José María Fernández Unsaín y Luis Spota. Todo se ha concentrado en su complejo universo literario y en su natural tendencia fotográfica. Acaso sobre las muy polémicas versiones cinematográficas de sus cuentos y de Pedro Páramo. Sabemos que Rulfo poco estuvo de acuerdo con las películas que sobre sus temas hicieron cineastas despreocupados. En lo personal, no me gusta ninguna. Sé de las dificultades de convertir el lenguaje literario en fílmico, pero con frecuencia, los cineastas no pudieron siquiera transmitir la atmósfera mágica y misteriosa que su literatura posee. Un universo imposible de reproducir o de captar cinematográficamente. De todos los filmes sobre Rulfo, es probable que sólo La fórmula secreta de Rubén Gámez haya sido capaz de apropiarse de esa atmósfera terrible y hermosa, solitaria y densa de claroscuros, que el rigor del narrador sabía producir. Para conseguirla, Gámez se apoyó en Jaime Sabines y en el propio Rulfo.
Sobre el maestro, me ha tocado hablar en la Cátedra Juan Rulfo que mucho me honró. Como Juan José Arreola, Juan Rulfo fue maestro de muchos escritores. El primero tuvo marcada vocación magisterial, el segundo no tanto, pero igual supo contribuir a formar docenas de prosistas y poetas en el Centro Mexicano de Escritores, donde fue por años asesor. Conversaré, pues, de Juan Rulfo como profesor, de aquél que con atención y amor a la literatura escuchaba cuentos, novelas, ensayos, poemas y obras de teatro en el desaparecido Centro Mexicano de Escritores. Juan Rulfo conocía una enorme cantidad de novelistas y los conocía a profundidad. Cada conversación con él era una auténtica clase de literatura. Lo conocí en tal sitio, cuando obtuve una de sus codiciadas becas, alrededor de 1964, entonces situado en la colonia del Valle, en la calle de Artemio de Valle Arizpe, en la casa que tenía arriba de la puerta el escudo de don Artemio: Nada vale tanto como vale un Valle. Pienso ahora que fui muy afortunado. A lo largo de mi vida he tenido la oportunidad de tratar a un puñado de grandes escritores, quienes me han dado algo más que simple amistad, me han entregado algunos de sus secretos. Recuerdo a Alejo Carpentier, José Revueltas, Juan de la Cabada, Juan José Arreola, Jorge Luis Borges, Demetrio Aguilera Malta, Haroldo Conti, Antonio Di Benedetto, Rafael Solana y por supuesto Juan Rulfo.
En la adolescencia yo había leído a Rulfo y me acerqué a él porque su timidez me inspiraba confianza. Del otro lado, en esa misma sala del Centro Mexicano de Escritores, Juan José Arreola, mi maestro de siempre, el que formó a mi generación y nos dio sentido al crear una revista legendaria, Mester, para que en ella arrancáramos, chisporroteaba, deslumbraba con citas agudas y comentarios eruditos, con el inteligente abuso de las palabras y los autores. La aguda cautela de Rulfo me atraía, a pesar de que era evidente que no le gustaba la literatura que hacía mi generación, la que Margo Glantz calificó desatinadamente como “de la Onda”.
Comencé una modesta conversación con Rulfo. De ella me queda un fragmento: habló del arte de José Luis Cuevas, quien impetuosamente atacaba a la Escuela Mexicana de Pintura y en particular a los muralistas y me explicó que era un dibujante notable y hombre de fina y antigua educación. Tardaría muchos años para ser amigo de Cuevas y comprobar que Rulfo tenía razón: su voz mesurada, sin altas ni bajas, era capaz de analizar las artes visuales y a las personas. Imposible dejar de lado que Rulfo fue fotógrafo de genio. En esa plática quise decirle que yo comencé escribiendo bajo su influencia poderosa (y la de Edmundo Valadés y Francisco Rojas González) cuentos rurales, pero que había fracasado debido a algo fundamental: desconocía y desconozco el campo mexicano, a sus pobladores misteriosos y explotados. No me atreví. Pensé que sería una irreverencia. Rulfo era un ser reservado, mítico, rodeado de enorme prestigio nacional e internacional, de pocas palabras en público, taciturno, a veces sombrío, que fumaba mucho. La fotografía que con motivo de la llegada de esa promoción de becarios nos fue tomada, muestra a Juan Rulfo serio, absorto en un punto que no era la cámara, como ajeno de lo que ocurría a su alrededor.
Estuve bajo la tutela de Juan Rulfo, Francisco Monterde y Juan José Arreola, durante más de un año. No fue fácil. De pronto Arreola se irritaba y dejaba su gracia natural para transformarse en un crítico destructivo o Rulfo se incendiaba y sabía ser mordaz, terrible. La lectura entonces se hacía nerviosa, tensa. Yo no padecí los enojos ocasionales y momentáneos del segundo. Alguna vez me objetó que en uno de mis cuentos un país desapareciera por voluntad de sus habitantes. Aquellos comentarios me desconcertaban viniendo de un hombre que había hecho hablar a los muertos. Sus comentarios, a diferencia de los de Arreola (el hombre que en sus conversaciones con Jorge Luis Borges le permitía intercalar algunos silencios), no eran brillantes, pero eran mucho más profundos. Sabía dar en el punto exacto y mostrar los defectos y virtudes de un cuento, un poema, de un fragmento de novela o de un ensayo con terrible precisión. Más de una ocasión fue duro, especialmente con un Jorge Arturo Ojeda soberbio, quien más tarde lo recordaría en un diario prematuro. Ojeda a su cuento le falta luz, póngale fuego.
Pero en términos generales, y como todo buen profesor, Rulfo no era agresivo con sus alumnos, tampoco complaciente. Se situaba en un razonable tono intermedio. No solía generalizar. Le gustaba recomendar lecturas según las aficiones y tendencias de sus alumnos. Mi generación, ahora lo pienso con claridad, fue injusta con Rulfo. Buscando una completa ruptura con lo predominante, lo rural, se fue hacia el otro extremo: Arreola y su mundo cosmopolita, cercano a Kafka, Schwob y Borges. Algo semejante nos ocurrió con Alfonso Reyes. Lo enfrentamos a su compañero ateneísta Martín Luis Guzmán y le reprochamos sus recreaciones del mundo helénico, lo acusamos torpemente de vivir de espaldas a la Revolución y a los valores políticos de la izquierda de aquella época. Pero con Rulfo la injusticia fue directa y en vida. Uno de los mejores representantes de mi generación, José Agustín, explicó públicamente y por escrito que Revueltas anticipaba cualquier Rulfo y que siempre sería superior. ¿Qué sentido tenía aquello? Cada uno de los for¬midables narradores tenía su propio mundo, razones precisas para edificarlo y enfrentarlos era una torpeza o una secreta venganza. Nos agradaba el natural y desenfadado exhibicionismo de Juan José Arreola, que venía más del teatro que de la prosa narrativa. Rulfo siempre parecía ajeno a la publicidad, la que Octavio Paz y Carlos Fuentes amaron pasionalmente y utilizaron en su búsqueda de éxito y poder. Sobre este punto, Emmanuel Carballo, autor de la obra crítica de mayor relevancia en México, ha señalado que la humildad de Juan Rulfo, fingida o verdadera, resultó a la larga más productiva que las jactancias en voz alta de los dos escritores citados. Tanto en Europa como en su continente, disfrutó de hazañas soberbias: homenajes y reconocimientos, traducciones y un sinfín de tesis y trabajos críticos sobre su obra. De cualquier forma, tengo la impresión de que alguien que intenta poner distancia real entre su fama creciente y su sencillez y modestia, no permite ser fotografiado tan abrumadoramente como él lo toleró, quizá pensando en la posteridad. Alguna vez José Revueltas pidió, ante los destellos de vanidad de Mario Vargas Llosa, humildad. Considero que, por último, esto es algo que poco importa en arte; es de interés, a lo sumo, para la historia o las curiosidades biográficas y anecdóticas. Es mucho más fascinante sumergirse en las obras de Rulfo y disfrutarlas a plenitud.
La reacción de Rulfo ante las humoradas de José Agustín vino meses después. Recuerdo bien la escena porque la revista Tiempo, dirigida todavía por su fundador, Martín Luis Guzmán, publicó un par de fotografías. Allí aparecemos un grupo desigual de narradores mexicanos en torno a un editor afamado español: la casa es de Paco Ignacio Taibo I y aparecemos Huberto Bátis, Emmanuel Carballo, Fernando del Paso, Juan Rulfo, Juan José Arreola, yo y acaso alguien más que se me escapa. El dueño de la empresa editorial nos invitaba a publicar, en ediciones de obras completas nuestro trabajo. Comenzaba tal proyecto con las de Juan Rulfo. Agustín, con dos obras publicadas, La tumba y De perfil, dijo un tanto soberbio: Yo acepto publicar las mías, pero eso sí, sin la censura franquista. Rulfo de inmediato repuso lapidario: Pero José Agustín, la literatura infantil nunca ha sido objeto de censura.
Concluida la beca del Centro Mexicano de Escritores, seguí cerca de Arreola, pero cuando podía me gustaba conversar con Rulfo en un café de Insurgentes. Las pláticas con Rulfo no eran intercambios de monosílabos como algunos han dicho, eran clases informales de literatura. Tengo la fuerte impresión que su conocimiento acerca de la novelística del orbe era preciso. Una tarde me habló de los autores brasileños. Comenzó con José María Machado de Assis, padre del realismo en su patria. Lo desmenuzó poniéndose en su época, algo que de pronto a más de un crítico se le olvida y entonces el autor pierde méritos. Concluyó con Jorge Amado y Joao Guimaraes Rosa. Del primero hizo énfasis en Capitanes de arena y del segundo, habló largamente de Gran Sertón Veredas. Eran pláticas, con frecuencia monólogos, enriquecedores. Hablaba con profundidad y extrema facilidad de Asturias o de Carpentier o de autores europeos poco conocidos en México. Un maestro memorable. Rulfo, de pronto se interrumpía y me ofrecía un pequeño dulce y continuaba su clase magistral camino a su casa, sin mirar a la gente que caminaba a nuestro alrededor. Absorto en los autores que emocionado con regularidad traía hasta esa avenida.
En algún momento me percaté de algo terrible: no tenía la firma de Rulfo en sus libros. Tratando de subsanar el error, en la cajuela de mi automóvil llevé por años El llano en llamas y Pedro Páramo en espera del encuentro que me diera su autógrafo. Jamás ocurrió el milagro. No me importó tanto, a cambio, Rulfo me había regalado una foto suya con una hermosa dedicatoria. Pero el hecho de traer en mi coche los libros de Rulfo me hacía pensar en él, en sus formidables estructuras, en sus bien pensadas historias. “Talpa”, por ejemplo, es un monólogo que apenas dura unos minutos, quizá no más de tres, lo que dura el llanto callado de Amalia entre los brazos de su madre. Sin embargo, en este reducidísimo tiempo, encontramos una infinita riqueza de sentimientos y pasiones, un triángulo lleno de perversiones y arrepentimientos, de amor-pasión y crueldad, que ocurre a lo largo de una angustiosa, dolorosa peregrinación en busca de alivio para el hombre que agoniza y que debe morir para que florezca una nueva relación. Este tipo de relatos, de compleja estructura que normalmente requerirían de grandes extensiones, Rulfo los consiguió en unas cuantas páginas. Por ello, un crítico estadunidense, James East Irby, señaló la influencia de William Faulkner en el trabajo de varios narradores latinoamericanos, Onetti, Revueltas y el propio Rulfo. Es probable, particularmente al leer los cuentos del norteamericano como Estos trece y Miss Zilphia Gant, obras breves y agudas, de temas tormentosos, cuyos andamiajes ponen en entredicho la grandeza de las novelas-río. No estoy seguro. Una vez le pregunté a Revueltas si ello, en su caso, era cierto y me dijo que en la época en que escribió sus principales relatos, no leía inglés y Faulkner aún no estaba traducido al castellano. Pero independiente de las afanosas búsquedas de influencias que los críticos padecen, en Rulfo se conjugan los grandes méritos de muchos más narradores, propios y extraños y sobre todo la presencia de un universo profundamente mexicano. Es difícil volver al tema rural nacional luego de Pedro Páramo y de El llano en llamas.
No sé si decir que Juan Rulfo, en tanto maestro, era temperamental. Dije que no le gustaba mi generación. Es, desde luego, una generalidad. En esos tiempos vi cómo ayudaba con algún entusiasmo a quienes tenían relación con su universo. Recuerdo principalmente a dos: el mexicano Raúl Navarrete y el peruano Edmundo de los Ríos. El primero estuvo en mi promoción de becarios, el segundo al año siguiente. Ambos recibieron atención especial de Rulfo e incluso dio frases para apoyar la aparición de sus respectivos libros, los dos han muerto. No sé si mis cuentos le agradaban a Rulfo, a veces era tolerante con ellos, en otros momentos, severo. Con “El proceso de las ratas”, dijo fastidiado: no es posible imaginar que un pueblo medieval lleva a juicio a unos roedores por devorar la cosecha. Pensé que Arreola me apoyaría, pero guardó silencio y sólo Marcela del Río se atrevió a defender mi texto. Salí desolado.
Tres días después, apareció una nota en los diarios: un burro había sido detenido en Iztapalapa por invasión de propiedad privada. Al poco tiempo, le dejaron en libertad por “falta de méritos”. Recorté la noticia y se la llevé a la sesión siguiente a Rulfo. La miró y me dijo con su usual voz baja: Bueno, René, la realidad suele superar a la fantasía. No tuve, pienso, otro desacuerdo. Alguna vez me dijo poco antes de comenzar la sesión: René: usted tiene un defecto: escribe demasiado y con facilidad. No entendí sus palabras en ese momento. Ahora comprendo que era un consejo extraordinario y generoso que por desgracia desdeñé.
Las clases del Centro Mexicano de Escritores, acaso un amplio y magnífico taller literario, en mi caso las únicas que tuve, transcurrían con nerviosismo. El Dr. Francisco Monterde solía conducirlas, mientras que los comentarios definitivos provenían de Arreola y del propio Rulfo. No era frecuente que en público este último recurriera a su enorme cantidad de lecturas, pero de pronto solía hacerlo. Pasaba de una novela a otra casi sin transición y buscaba la manera de ponernos en contacto con autores que apenas conocíamos o que de plano nos eran ajenos. En privado, extendía sus recomendaciones: sus numerosas lecturas sorprendían.
Arreola solía recibirnos en su casa y ayudarnos a corregir un cuento o un poema. Rulfo no. De allí que a veces yo procuraba salir con Rulfo y caminar algunas calles. Entonces era otra persona, hablaba y hablaba y exponía puntos de vista críticos sobre política. Alguna vez le pedí una entrevista y me dijo que tomara lo que quisiera de la plática que acabábamos de tener. Un fragmento lo publicó Fernando Benítez en su afamado suplemento. Rulfo fue un hombre que conservó la pureza y la sencillez. El éxito nacional e internacional no lo perturbó. Mantuvo sus costum¬bres y fue poco afecto a las declaraciones periodísticas. Recibía a cuanta persona deseaba verlo. Y en nada contribuyó al mito Juan Rulfo. Como José Revueltas, con las diferencias ideológicas sabidas, fue de una gran limpieza moral y honestidad. Sus mejores enseñanzas Rulfo las dio con su prosa espléndida, con sus brillantes metáforas y con estructuras inteligen¬tes, muy elaboradas y luminosas. Es decir, su mejor ejemplo fue el rigor y la perfección. Le bastaron dos libros tan sólo para alcanzar reputación internacional y ser guía de escritores de muchas partes del orbe. Efectivamente, he estado en diversas ciudades, París, Buenos Aires, Lisboa, Moscú, Madrid y en todas ellas siempre hubo personas que ansiosas preguntaban por Rulfo y su próximo libro, el que nunca llegó, atrapado como quedó en su mente por el tremendo obstáculo que significó el éxito de sus dos obras anteriores.
Rulfo supo permanecer imperturbable ante un éxito sincero y abrumador. Obtuvo infinidad de premios y reconocimientos. Nacionales e internacionales. Hoy su nombre prestigia concursos y premios. Como Borges, no obtuvo el Premio Nobel de Literatura, pero nadie duda que dentro de siglos, como Cervantes, Shakespeare y Borges, seguirá siendo leído y discutido, mientras los hay por docenas que lo consiguieron y hoy pocos recuerdan sus nombres y obras.
Antes de concluir, debo señalar un lugar común: Juan Rulfo fue uno de sus más notables becarios del Centro Mexicano de Escritores y enseguida del éxito, se transformó en uno de sus mentores. No es posible imaginar a las letras mexicanas sin la legendaria institución que formara la norteamericana Margaret Shed. En medio siglo produjo muchos y muy notables narradores, poetas, ensayistas y cuentistas. Sin el Centro, es seguro que no hubiéramos avanzado tanto. Por ahí pasaron todos los escritores importantes de México: Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Salvador Elizondo, José Agustín, Héctor Azar, Vicente Leñero, Rubén Bonifaz Nuño, Ángeles Mastreta, Jorge Volpi… Nuestra literatura está en deuda con quienes lo crearon y condujeron, todos generosos y distinguidos.
Me han preguntado qué aprendí de Rulfo y Arreola, tan distintos, rigor y devoción por la literatura. El genio no se aprende. Se tiene, simplemente y Rulfo lo tuvo y es probable que no se haya percatado. Me sigue pareciendo asombroso que solamente con dos libros perfectos, haya obtenido la inmortalidad. A punto de concluir esta plática, vino el recuerdo de una importante periodista española que vino a México a preparar un reportaje sobre nuestras letras. Supo que en el Museo del Escritor que yo formé está la mesa donde docenas y docenas de becarios trabajaron para conseguir el éxito. Emocionada sólo pudo decir: Estoy sentada frente a la mesa donde estuvo Juan Rulfo, el más grande novelista, el más perfecto de los cuentistas…
En los libros de Juan Rulfo tengo permanentemente a mi mejor profesor de literatura.