REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 11 | 2019
   

De nuestra portada

50 años de Beber un Cáliz y de Farabeuf


José Miguel Naranjo Ramírez

Beber un cáliz
Es el primer libro publicado por el gran escritor y periodista Ricardo Garibay (1923-1999). La obra fue publicada en el año 1965 por la editorial Joaquín Mortiz. Hoy a 50 años de su publicación, sigue siendo una de las obras más importantes que se escribieron en la segunda mitad del siglo XX en México.
Para algunos especialistas la obra: Beber un cáliz, no es una novela, sólo definen el libro como un testimonio. El escritor Henrique González Casanova, sobre esta obra escribió: “En una prosa recia, clara, hermosa; en uno de los mejores lenguajes literarios que haya producido la narrativa en lengua española.”
El libro Beber un cáliz, es una crónica que realiza el escritor de la agonía y muerte de su padre Don Ricardo Garibay. El relato inicia el 28 de mayo de 1962, cuando cae en agonía Don Ricardo. Es un libro de dolor, de reflexión, de preguntas, dudas, afirmaciones, esperanza del más allá, pero mientras ese más allá no llega, Beber un cáliz es un libro que te mantiene como la propia vida, en tristeza, recuerdos, y sobre todo en la realidad inevitable de la vida que es morir.
La interpretación de esta obra se puede realizar desde muy diversas perspectivas, compartiré las que el escribidor percibió al momento que la leyó. El primer mensaje que encontré en esta obra, es que cuando estamos fuertes, sanos, con nuestras facultades físicas y mentales en plenitud, hacemos de todo, menos reflexionar para tratar de vivir mejor. Alguien podría preguntarme ¿Qué es mejor? ¿No te parece que es una arrogancia afirmar que es mejor o peor? ¿Quién puede atreverse a dar respuesta o consejos de cómo se puede vivir? Mi respuesta es que por supuesto que nadie puede decir cómo se debe vivir, pero es innegable que hay principios básicos que pueden hacer nuestras vidas más vivibles y un ejemplo es el siguiente.
En Beber un cáliz, Ricardo Garibay describe a su padre mientras estuvo sano, como un hombre bueno, honesto, trabajador, pero al mismo tiempo un hombre frio: “Estábamos en la casa solos, él y yo. Él era un hombre colosal que oscurecía cuanto tocaba. Sus pasos cuando llegaba del trabajo, a mediodía, eran como avanzar de penumbras. Decía: “Que hay, buenas tardes”. Éste era todo el diálogo entre padre e hijo, en ocasiones el hombre estresado por el trabajo, preocupaciones, regañaba o pegaba a sus hijos, todo ello hizo de la figura paternal, un hombre respetable, pero también temible, todo era dureza, rigidez, prejuicios y juicios.

Por lo antes narrado, la pregunta que surge es ¿Valdrá la pena tanta seriedad para vivir la vida? No olvidemos la enseñanza del maestro Ortega y Gasset, que se trata de vivir y convivir. Por lo tanto, no dejemos las cosas que pensamos ordinarias y que naturalmente no lo son, para los momentos donde ya poco valen, o si bien valen igual, no dejemos pasar toda una vida para vivirlos, porque Ricardo Garibay sobre este punto manifiesta:
“Hace tres días lo llevamos a que le tomaran radiografías urgentes. Cuando acabaron me quedé solo con él y se me derrumbó helado en los brazos; sosteniéndolo palpaba sus cabellos, fríos, su piel, tirante y exhausta; vi sus ojos, que se abrían sin ver, y tenté sus manos; lo besé en la cara. Lo besé en la cara: nunca lo había hecho: tengo treinta y nueve años de edad. Era, ¿nadie? Un anciano abrumado de cansancio, acostado por la muerte, en mis brazos. Esto era el padre terrible que siempre recordé con temor o con odio o con servilismo. Momentos después empezamos a vestirlo. Él no podía resistir más.”
Esta magistral obra va narrando las vivencias del autor con su enfermo padre, con su familia, y sobre todo con su interior. Su padre padecía cáncer y gangrena, la larga agonía era de un enorme sufrimiento, es por ello que el autor hacía las siguientes reflexiones: “Hemos estado varias veces frente a este dilema: ¿Se le aplica la inyección para reanimarlo?, ¿lo dejamos morir sin tósigos médicos?, ¿qué debe hacerse?, ¿no estamos ya hartos de verlo agonizar? ¿De quién es la vida?, si podemos hacer que sufra menos ¿No deberíamos aplicar cuanto antes la inyección? –Míralo como está. Ya dijo el médico que no tiene remedio, que ya nada es posible, ni siquiera conveniente intentarlo.”
El padre del escritor de nombre homónimo, Don Ricardo Garibay, murió un sábado 9 de junio de 1962. Cuando la muerte llegó, esta obra apenas empezó a escribirse, porque además de todo lo vivido y sufrido previo a la muerte, nos narra todo lo padecido posterior a ella: “Parece ser que la tristeza ha venido acomodándose, haciéndose aquí una casa a la medida. La tristeza, sí. Porque la Gracia, que también anega este cuerpo y este espíritu, está quieta, esperando la hora de intervenir, de hacer ascender este cuerpo y este espíritu. La Gracia reposa mientras la tristeza trabaja. Hasta que aparezca la Gracia en su tarea, la tristeza gobernará el ilimitado espacio donde yerran las miradas de mi padre, el ilimitado espacio de su memoria, de su entendimiento y de su voluntad: espacio ilimitado para la tristeza.”
Con el transcurso de los años, es innegable que mientras vivimos todo se va convirtiendo en recuerdos, por supuesto que hasta el espíritu más fuerte y lúcido, le será imposible no sentir tristeza, no recordar, no extrañar, esos sentimientos son inevitables, sin embargo, lo que sí está en nuestras manos, es cómo se va a extrañar, porque no es lo mismo sentir y decir, te extraño porque te amé y te amo, a sentir y decir, cómo me hubiera gustado decirte que te amo.
Finalmente, si el estado de Gracia algún día se hará realidad, no lo sé, pero por si las dudas, mi vida me gusta disfrutarla mucho aquí, y si bien la tristeza es inevitable, tampoco tiene porqué ser permanente, apuesto más por la tranquilidad que por la felicidad, y para conseguirla no hay que beber, sino solo leer: Beber un cáliz.

FARABEUF
En el presente año también se cumplen cincuenta años de la publicación de Farabeuf, un libro escrito por Salvador Elizondo (1932-2006). Farabeuf es de los libros más enigmáticos que se pueden leer, de lectura compleja, ambigua, donde no hay una historia lineal, los personajes son oscuros, es difícil identificarse con la voz narrativa, sin embargo, a pesar de estas y otras características, es de los libros referentes de la literatura universal.
El libro fue publicado en el año de 1965 por la editorial Joaquín Mortiz y traducido a distintas lenguas, como el inglés, alemán, portugués, entre otros. Cuando se interesa uno por la lectura de Farabeuf, lo primero que se escucha de los especialistas y críticos literarios, es que el lector se encontrará con una lectura muy complicada, porque prácticamente es un libro de escritores para escritores. De manera sincera quiero decirles que no sé si sea un libro solo para especialistas, pero realmente es un verdadero reto su lectura, además, es innegable que te mantiene interesado de principio a fin, y aunque poco vayas comprendiendo la trama y las reflexiones, no dejarás de leer la historia hasta conocer el final.
El libro inicia y concluye con la siguiente pregunta: ¿Recuerdas? A pesar de lo complejo de la obra y la gran variedad de interpretaciones, intentaré describir brevemente la historia. El personaje central es el doctor Farabeuf, de entrada Salvador Elizondo en la novela recrea a un personaje tomado de la realidad, como es el doctor de origen francés Louis Hubert Farabeuf. La mujer que aparece en la historia quien es enfermera, primeramente es nombrada como la señora Farabeuf y después aparece el nombre de Melaine Dessaignes, todo indica que es el mismo personaje.
La historia central consiste en que la mujer antes señalada, espera en su casa al doctor Farabeuf. Ésta mientras llega el doctor, está consultando la ouija (güija), conocido juego donde supuestamente se puede entablar contacto con los espíritus y recibir respuesta de lo que le preguntes sólo con un sí o no. Más historia no puedo escribir porque no la hay, a partir de aquí, todo es recuerdos, voces, rememoraciones e incluso se repiten algunos diálogos y escenas. A pesar de ello, hay temas centrales que sí se pueden ir descubriendo en la lectura y son el instante, el erotismo, el amor, la crueldad, la muerte, y me atrevo a escribir que los ritos.
De todos los temas antes señalados, el que más claro queda en la lectura es el instante, cada presente es un instante, pero al transcurrir cada milésima de segundos se va convirtiendo en pasado, y el pasado ya no lo puedes tener, tocar, percibir, e incluso hasta se duda si existió ese hecho de amor, de odio, ese pensamiento, esa conducta, etc. luego entonces, todo se va convirtiendo en recuerdos, es por ello la importancia de la memoria, porque a través de ella, mantenemos vigentes nuestros recuerdos que implica vida y muerte, hasta aquí tenemos una gran solución contra la nada, pero, ¿y si falla la memoria?
Sobre el punto antes señalado en el capítulo III, pág. 73, el maestro Elizondo escribió: “En efecto, existe algo más tenaz que la memoria -pensó-: el olvido.” Con esta afirmación se oscurece el panorama, si a veces pensando lúcida y ordenadamente, dudamos del pasado, ¡imagínese! si el olvido llegara a superar la memoria, esto sí sería un verdadero caos, porque es caer en la nada, tal como lo señala en el capítulo VII pág. 134, donde está escrito: “Todo se vacía. No queda nada de nosotros mismos y esa ausencia de todo nos embriaga.”
Parte de lo meditado en la obra Farabeuf, es el eterno problema existencial del ser humano pensante. Si el individuo está basado en una fe, su existencia tiene respuestas teológicas, no obstante, las dudas y los temores son parte de su condición humana, porque la naturaleza reflexiva del ser humano nos lleva casi siempre a dar por válida la siguiente reflexión que se encuentra en este libro:
“Se trata de un hecho que por ningún concepto debe ser dejado de lado al hacer cualquier apreciación acerca de la existencia, propia o ajena, y que de él deriva un sinnúmero de posibilidades capaces de trastocar radicalmente el sentido de nuestro pensamiento; me refiero al hecho posible, aunque desgraciadamente improbable, de que nosotros no seamos propiamente nosotros o que seamos cualquier otro género de figuración o solipsismo –¿es así como hay que llamar a estas conjeturas acerca de la propiedad de nuestro ser?- como que, por ejemplo, seamos la imagen en un espejo, o que seamos los personajes de una novela o de un relato, o, ¿por qué no?, que estemos muertos.”
Hasta lo aquí desarrollado es parte de los temas que se abordan en esta difícil pero magistral obra, de hecho hay fragmentos del libro donde el autor está consciente de que su historia y la forma de escribirla, es compleja, en el capítulo III, pág. 69, señala: “Muchas veces pienso que no he pasado nada por alto, absolutamente nada, pero hay resquicios en esta trama en los que se esconde esa esencia que todo lo vuelve así: indefinido e incomprensible.”
En el año 2005 cuando se festejaban los cuarenta años de la publicación de Farabeuf, el periódico El Universal publicó una entrevista que le realizaron al maestro Salvador Elizondo, y hay una respuesta que describe brillantemente lo que es el libro: “¡Farabeuf no es novela! Ataja. Quiero aclararlo. Novela es algo como Madame Bovary o Crimen y Castigo. Este nada más es un libro para leer.”
Finalmente, por supuesto que Farabeuf es un libro para leer. Hoy a cincuenta años de su publicación sigue siendo una lectura obligada, la cual sinceramente no sé si la vaya a disfrutar, pero lo que sí le puedo garantizar es que lo mantendrá interesado e intrigado de principio a fin, y con el transcurso de los años, si la memoria no nos falla, seguro estoy que en cualquier instante de nuestras vidas, nos preguntaremos ¿Recuerdas a Farabeuf?


miguel_naranjo@hotmail.com