REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Confabulario

Son on the Viet puta nam


Edgar Aguilar Farías

En un punto perdido en Vietnam, a orillas del rio Da, tres pelotones de marine viaja en cinco helicópteros Bell UH–1 Iroquois luego de la ofensiva del Tet que ha dispersado a varias unidades estadunidenses por todo el territorio del Vietnam, siendo la zona más peligrosa el dominio de Vietnam del norte plagado de bien adiestrados “gruñones” o “charlies” como les apodan sus contrincantes a los patriotas que solo defienden su nación, y lo mismo sucede a su no menos poderoso brazo, el Viet-kong, que diariamente un soldado Viet-kong causa la baja de diez soldados, sean de norteamericanos o del Vietnam del sur.
El coronel Harry “Sam” Shullman o mejor conocido por su nombre de guerra: el Coronel “Sodom”, dirige esta operación de búsqueda y destrucción. El coronel señala al copiloto del helicóptero a donde van aterrizar luego de ver un mapa y le ordena le dé la radio, mira su reloj una vez que tiene el micro-altavoz para ver la hora y luego se dirige al operador al otro lado de la onda radiofónica y ordena que se bombardee el cuadrante 34-512.
Regresa el micro-altavoz y luego gira órdenes de prepararse a un manojo de nerviosos soldados, que están sudando por los nervios o solo muestran su indiferencia con expresiones hurañas. El coronel con su voz dura y autoritaria da las mismas órdenes a los pilotos de los cinco helicópteros Bell UH–1 Iroquois, para que vuelen bajo.
En uno de los helicópteros suena una cancioncilla country titulada “Hello Vietnam” mientras esperan el bombardeo.
En las alturas tres F-15 vuelan a velocidades supersónicas y en un punto donde se ven unas chozas de una aldea dejan caer su carga de napalm en una línea de unos 300 metros de largo. Las llamas se elevan espectacularmente y su nube negra pronto eclipsa el sol de la mañana.
Los helicópteros de la marina de los Estados Unidos bajan y con ellos los soldados, luego el Coronel Sodom, y con una gran sonrisa dice a todo pulmón.
-Me encanta el olor a Napalm en la mañana, soldado…
Por eso es apodado como el Coronel Sodom; fue uno de los primeros oficiales en aplaudir el uso de Napalm y agente naranja en toda el área que corresponde a Vietnam del norte y como un sello muy personal, antes de desembarcar le gusta ver cómo el Napalm incinera toda una zona y luego de haber “pacificado” el lugar otra ronda de Napalm no cae nada mal, según su opinión , a ese lugar liberado del comunismo, solo para que quede claro las buenas intenciones del ejército norteamericano en la perla de la indochina.
Sus marines han bajado, armados y nerviosos, como un coyote que entra a una granja y solo espera a que el granjero salga, reclame su propiedad, y dispare con su escopeta al intruso.
Avanzan, pero la aldea, o los palos y las cenizas que se supone son esa aldea, parece deshabitada incluso desde antes que llegaran y esto informan sus subalternos al coronel, que lleva puesta su boina sobre su calva cabeza y sus finos lentes para el sol.
Luego del informe, se acomoda la pañoleta amarilla de su cuello, se sacude un bien planchado uniforme que más parece de desfile militar y prende un habano, da una inhalación al humo del fino tabaco y dice.
-Diablos. Parece otra treta comunista, esos gruñones son más mañosos que una comadreja… - exhala el humo por su nariz. -Sargento quiero una búsqueda exhaustiva en toda el área y destruyan cualquier signo de Viet-kongs o cualquier gong, ¿me doy a entender?
Aquel sargento saludó a su superior y dijo el “sí señor” reglamentario ante cualquier orden dada por un superior.
Entonces dos helicópteros de los cinco están listos para partir, por órdenes superiores pues van de regreso a la base para reabastecerse. Estaban a punto de elevarse cuando uno de ellos voló en pedazos ante la sorpresa atónita de todos los soldados que ya se organizaban para partir en distintas direcciones. Luego un disparo que se ocultó en la conmoción de la destrucción del helicóptero, que dio en la cabeza del sargento que recién había atendido las órdenes, ahora ese marine tenía en su sien derecha un enorme agujero de un Ak-47 soviética.
El coronel y los demás marines se agacharon y se pusieron a cubierto, los oficiales de los pelotones dieron la orden de disparar y las balas salieron de sus armas a borbotones y en todas las direcciones posibles, todo era un blanco, en todos lados estaban esos charlies tramposos.
El coronel Sodom, tenía su escuadra en su mano y miraba por donde se movían esos malnacidos, como les decía cuando atacaban, y cuando morían les decía que estaban salvados de la marea roja.
Luego de cinco minutos de disparos y granadas por aquí y por allá, el coronel dio varios disparos al aire y ordenó el cese al fuego, y todos sus hombres dejaron de disparar, pero nadie se atrevió a dejar su puesto, solo el coronel se levantó y llamó al de la radio, este temeroso se levantó con su M-14 apuntando a todos lados, esperando que saliera el enemigo como un tigre al acecho.
Tomó el coronel el Micro-altavoz e hizo saber su posición y su situación a la base.
-Aquí papa grande a foxtrost, aquí papa grande… cambio
-Diga papa grande, aquí foxtrost… cambio
-Tenemos un posible pelotón de Charlies en la posición 34–512, ya destruyeron uno de mis helicópteros y deseo más apoyo aéreo… cambio.
-Tenemos otros ataques cerca de su posición y nos resulta imposible mandar refuerzos a su posición papa grande… cambio.
-Maldición -dijo el coronel sin oprimir el botón del micro-altavoz para ser escuchado del otro lado de la línea. -Aquí papa grande… Foxtrost nos adentraremos en la zona e iremos a el punto 37-234… cambio.
-Entendido papa grande aquí foxtrost… cambio.
-Muy bien muchachos reagrúpense; sargento Malory, suba usted a un helicóptero y cinco de sus muchachos y reconozca el área de aquí al punto 37-234.
Le dijo el coronel a un alto marine, que saludo con su “sí señor” y luego tomó el hombro del tipo de la radio y a otros tres hombres que fue llamando con la mano, y subieron a uno de los helicópteros y cuando éste se elevaba, surgieron de entre un grupo de palmeras a la distancia varias ráfagas de misiles antiaéreos soviéticos que volaron en mil pedazos aquel helicóptero, el que iba a salir pero que se acobardó al último minuto y uno que estaba apagado y muy quieto. Luego que todos levantaron la cabeza ante los disparos de los misiles el quinto y último helicóptero voló en pedazos y nuevamente se dio el tiroteo.
El coronel Sodom estaba de pie cuando todo esto sucedió, tiró su habano, maldijo y levantó a varios de sus muchachos de forma brusca y les ordenó atacar a donde estaba el grupo de palmeras. Luego de cinco minutos de disparos y de fulminar aquellas palmeras con fuego de granadas y ametralladoras, el coronel dio órdenes de un cese al fuego y mandó a que buscaran cuerpos de esos desgraciados en toda el área, pero entonces tres ráfagas de Ak-47 soviético dieron justo en las cabezas de otros tres oficiales y nuevamente los disparos a diestra y siniestra. Y otra vez el coronel ordenó a un cese sabiendo que el enemigo solo hacía que gastaran sus municiones tontamente, y de nueva cuenta cuando se calmaba una ráfaga de esa arma vietnamita, volaba la cabeza de algún soldado.
Y nuevamente disparan a todo y nuevamente el coronel cesó el fuego y nuevamente alguien moría por un francotirador que se escondía en alguna parte y peor aún se movía con una agilidad sobrehumana.
El coronel harto de esa ridícula rutina ordena de forma enérgica a todos sus soldados que salgan de sus “refugios de nena” y busquen a esos malnacidos, muchos obedecieron pero otros simplemente se hicieron los tontos cubriendo a sus compañeros que comenzaban a caer como moscas y el coronel atento miraba de dónde venían esos disparos y ordenaba que se movieran a esa dirección y dispararan donde le parecía habían disparado.
Pero al hacerlo aniquilaban toda un área de ese cuadrante, había muchas llamas y destrucción y aun así seguían cayendo en el primer descuido.
El coronel luego del fracaso de esa estrategia cae en una trinchera hecha por las granadas lanzadas por ellos y miró a cada lado y se cercioró que tenía a cada lado un soldado recientemente ascendido de rango al morir sus superiores, los miró de forma burlona con una sonrisa en su rostro pero esa expresión risueña solo ocultaba su furia y les dijo a sus subordinados solo para resaltar la ironía del momento.
-Supongo muchachos que a eso se refieren con el fantasma del comunismo, maldición… nadie ha visto al enemigo.
-No señor -dijo un negro, que temblaba como gelatina y cargaba un arma contra misiles caloríficos soviéticos.
-¿Por qué usa esa arma aquí soldado? -dijo el coronel furioso por todo.
-Señor. Me he quedado sin balas señor -dijo el soldado.
-Maldita, maldita, maldita, maldita sea… parece que lamentaremos no tener más balas para pelear después de todo… -y el coronel tiró su boina al suelo y se acarició la calva.
-Reúna a todos aquí ahora… me oyeron los dos -dijo el coronel al ver las piltrafas de marines que iban quedando.
Y agachados fueron en busca de sus demás compañeros. Luego de un rato se reunieron seis soldados en esa improvisada trinchera, incluyendo a los dos oficiales que compartían la trinchera con el coronel.
-¡Son todos los que quedan vivos! -dijo el coronel Sodom encolerizado -bien muchachos… Maldita sea… Bueno tenemos que hacer un plan para poder sacar a descubierto al enemigo.
Todos se vieron y pronto se sintió un miedo y una tremenda confusión entre todos los soldados.
-¡Que pasa! ¡Qué no se les ocurre nada maldita sea! -dijo el coronel iracundo.
-Señor. Con todo respeto señor, se nos entrenó para seguir órdenes, no para hacer planes, señor -dijo un soldado de lentes saludando marcialmente a su coronel.
-¡Entonces le ordeno haga un maldito plan! ¡o lo mandaré a una corte marcial por insubordinación! ¡me oyó soldado! -grito el coronel poniéndose rojo de coraje.
-Señor. Se me ocurre que podemos dispararle al enemigo, señor -dijo un soldado que era el más bajo de todos los presentes, saludando con la mano izquierda.
-Que buen plan y dígame es usted universitario soldado.
-Sí señor, de Notre Dame señor -dijo aquel soldado.
-Si supongo. Y dígame se graduó de licenciado en estupidología, no es así, soldado.
-No señor, me gradué en administración de empresas, señor -dijo aquel soldado sin entender la burla.
-Señor, permiso para hablar señor -dijo un alto y fornido soldado portando en todo su cuerpo carretes de balas.
-Permiso para hablar soldado -dijo el coronel.
-Señor. Y si volamos toda esta maldita zona con una bomba atómica como a los chinos, señor.
-Soldado, hágale un favor a la humanidad y a su madre, -dijo el coronel quitándose sus gafas luego de toda esa hora de lucha sin quitárselas y mirando a los ojos de aquel alto marine.
-Si señor…
-No tenga hijos, por amor a Dios…
Entonces un objeto negro cayó justo en el centro de aquella trinchera y un unísono grito de granada se oyó y todos salieron despavoridos.
Dos soldados murieron tan pronto sacaron la cabeza y los demás empezaron a disparar y a huir o ver por donde podían escapar como era su costumbre.
El coronel había saltado desde dentro de la trinchera y cayó directamente en un fango que apestaba, ensuciando su fino traje de coronel de los Estados Unidos y desde el fango vio cómo todos sus subalternos caían uno a uno por unos certeros disparos, que no les daban ningún chance. El último en caer fue aquel fornido soldado que con una potente ametralladora disparaba a todo con un tino que sorprendió incluso al coronel. Lanzaba maldiciones y blasfemias y donde sus ojos se posaban todo volaba por los aires hasta que las balas se le acabaron y al momento de cargar más, un disparo en la frente lo fulminó en un instante.
Entonces el coronel se vio solo contra el enemigo y ante esa situación revisó su pistola, y la recargó de balas, se arrastró y tomó el M-14 de uno de los caídos, revisó que tuviera balas y pese a que estaba a la mitad el cargador se aventuró con esa arma. Se arrastró por donde percibió salió el último de los disparos y se levantó abruptamente y grito.
-Salgan malditos, den la cara como hombres, no me tengan miedo, maricones, enfréntenme.
Entonces el coronel oyó unas hiervas detrás de él, pero en vez de voltear y disparar, apuntó al lado contrario y dio unos disparos donde la visión decía que era menos probable hubiera un enemigo, y entonces una figura salió y se volvió a esconder tan pronto la luz le dio.
-Tramposo comunista ya sé cuál es tu estrategia.
Y esperó, y estuvo muy atento a los sonidos de su alrededor, pero entonces un guijarro golpeó su cabeza volteo y vio una pequeña y delgada figura; apuntó con toda su audacia pero su contrincante no titubeó al disparar, tampoco el coronel, pero ella fue más rápida al final como en los duelos del viejo oeste y desarmó al coronel.
Al verse desarmado levantó las manos y se fijó más detalladamente en su enemigo. Se sorprendió que era una vietnamita, delgada, algo desnutrida, que apenas llegaba al uno cincuenta de estatura, en chanclas y un uniforme viejo que más bien le quedaba grande, con una pañoleta roja y unas trenzas, muy parecidas a las de la propaganda China.
Ella, dijo unas palabras en vietnamita que obviamente no entendió aquel blanco bruto, y en cambio respondió.
-¡Eh tú! diles a tus demás camaradas ojos de ranura que salgan que no sean cobardes.
Pero ella entendía muy poco inglés pese a haberse esmerado en aprender el idioma de oídas, y nuevamente repitió esa frase en vietnamita.
-Carajo. Que no hay nadie más que tú, porque ¡no lo creooo! -grito el coronel esperando que alguien saliera de entre los escombros llameantes y las cenizas humeantes.
Ella miro a todos lados, pensando que tal vez uno de los enemigos se le había escapado y saldría de repente, por la forma en que hablaba aquel coronel. Pero su agudo oído y su instinto no le decían nada y luego de ver la actitud de su prisionero entendió que él no creía que ella sola, con astucia, dos granadas, unos lanzacohetes soviéticos amarrado a un ingenioso sistema de poleas, unos intrincados y bien escondidos túneles habían hecho la magia y le daban la victoria.
Y se rio, se rio de aquel hombre blanco que se cree amo del mundo, por sus aparatos, sus armas y su dinero, con los cuales piensa esclavizar a todos los pueblos, se rio por lo tonto que era, por su inflado ego, y su soberbia tonta.
Y solo el coronel al verla reír de esa manera entendió que ella estaba sola y ella sola había acabado con tres pelotones, con sus pocos recursos y fue cuando su orgullo propio se quebró y se puso rojo de un coraje que jamás había sentido y cuando su aura asesina crecía, ella le disparó dos veces en la entrepierna con su AK-47 de construcción soviética.
Aquel dolor fue inenarrable para el coronel, que cayó y se enroscó como un feto, e incluso lloró un poco por el dolor. La vietnamita se sintió más segura al ver al enemigo derrotado, guardó su arma, tomó su cuchillo y se acercó al enemigo.
El coronel no sabía qué le iba a hacer, pero estaba tan herido, no solo físicamente sino espiritualmente, que no le importó qué fuera a hacer con él.
Ella lo miró por última vez y le dijo:
-Tú, no bum bum, ja.
Estiró su brazo y tomó los collares que escondía en su cuello y vio aparte de la placa de identificación un collar de plata con la estrella de David y se quedó atónita por un instante, pues ella estaba acostumbrada a ver cruces en los cuellos de sus enemigos, y jamás vio que alguno de ellos tuviera esa estrella colgando de su cuello.
-Qué, jamás habías visto a un judío con la estrella de David, colgada del cuello maldita.
Le dio un culatazo al coronel Sodom, sin importarle verdaderamente qué significaban aquellas palabras que pronunció y arrancó ambos collares, los guardó y se retiró al oír a la distancia más helicópteros que se acercaban. Corrió, se adentró entre la maleza y en un escondido agujero se metió, se arrastró varios metros como si fuera una lombriz y luego llegó a una parte del túnel que era más amplia. Caminó agazapada y mientras avanzaba en la oscuridad la altura de aquel pasadizo subterráneo aumentó lo suficiente para ponerse derecha y que el techo fuera casi el doble de su estatura, en esa sección todo era iluminado por unos focos rojos, y más adelante una desviación que más que llevar a otro camino era un cuarto donde se colocó una mesa y varios soldados comían allí mientras oían la radio nacional de Hanói con el informe exacto de la guerra luego de unas palabras del presidente Ho Chi Minh.
Se asomó y saludó a todos los camaradas presentes que le sonrieron al verla y le dieron las buenas tardes en vietnamita. Luego intercambiaron opiniones y noticias de sus misiones y cuando fue el turno de la chica vietnamita ésta arrojo el collar de identificación del coronel Sodom, y al verlo sus camaradas, les dijo lo que le hizo, uno de ellos satisfecho se levantó y en el muro poniente de ese improvisado comedor están unas altas tablas que sirven de muro y allí pegadas las fotos de los principales oficiales norteamericanos donde muchos de ellos están tachados con rojo, con dos líneas, algunos con una.
Cuando se tacha una foto con dos líneas es que el oficial está muerto, cuando es con una es que ha quedado tan mal herido que no regresará a la batalla y por ello tachan con una línea al coronel Sodom y ponen debajo el nombre del oficial que acabó con él.
Luego hubo brindis y felicitaciones, para después poner su nombre en dos lugares en el rango de oficiales del Vietnam que más oficiales han eliminado.
Luego de las muestras de alegría ella se alejó, dejando a sus camaradas comiendo y se adentró más en los túneles hasta una sección muy apartada, donde se colocaron unos cuartos muy rudimentarios, en uno de ellos tenía su catre la vietnamita y a un lado un vistoso altar budista con las fotos de Ho Chi Minh a la derecha y del general Vo Nguyen Giap a la izquierda de la dorada imagen de Buda y más retirado pero no por ello menos importantes, fotos de Lenin, de Marx, del Che, de Fidel Castro e incluso de Mao, como si fueran santos patronos de su fe.
Ella se arrodilló y encendió un poco de incienso, tocó una campana juntó las manos y se puso a orar al Buda en agradecimiento a otra victoria, sobre las malignas fuerzas del imperialismos y sus esbirros que dañan al pueblo de Vietnam y de otras partes del mundo y pidió a la divinidad que pronto los proletarios del mundo se unan en una revolución global por la justicia y la libertad que le son negados por el capitalismo y los amos del dinero.
Luego de orar a aquel verdadero dios, se apartó a una mesita y encendió una lámpara, abrió una caja de madera donde tiene una copia del manifiesto comunista en vietnamita y Diario de prisión escrito por el presidente Ho Chi Minh, puso ambos libros cerca de su corazón como sus objetos más preciados y luego los puso a un lado para sacar un pedazo de goma, un lápiz a la mitad y un libro para aprender a escribir, lo abrió y repasó sus lecciones para poder aprender a leer y prepararse para el día no tan lejano en que Vietnam se unifique como una nación libre, cuyos medios de producción no estén en manos de unos extranjeros codiciosos y sean los vietnamitas dueños de su destino.