REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 07 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Sobre la fe. Reflexiones a partir de la lectura de La Virgen del Internet


R. Mauricio del Olmo Colín

Presentar un libro siempre es complicado, pues el presentador debe conversar sobre el texto haciendo comentarios entre inteligentes y graciosos para no aburrir a la concurrencia; además, no puede arruinar la historia para el posible lector y debe encargarse siempre de que el festejado lo mire de reojo con beneplácito y cariño, aunque sea momentáneo; por si fuera poco, todo se debe hacer bajo el escrutinio de familiares y amigos —del autor, claro— que aguardan ansiosos —digamos la verdad— el primer error del temblorino que presenta para ir a pinchar las llantas de su auto, moto o bici.
Estos temores sumados al cariño que tengo por Jorge Luis Herrera me motivaron a compartir las reflexiones que suscitó en mí su nueva novela: La Virgen del Internet (Premio Nacional de Novela Tintanueva 2014); pienso que mi trabajo es provocar a la audiencia para que le apetezca leerlo y, si con estas palabras no lo logro, al menos lo comprarán para satisfacer la duda que provoco al no relatarles la historia. Yo quedo bien, o con ustedes o con el autor o con quien vino a cobrar los libros —a menos, claro, que otro presentador lo arruine todo y yo esté en este momento frente a ustedes pasando un momento embarazoso—. Así que es mejor comenzar.
Mientras bebíamos café, un casi hombre-casi niño me contó una historia: una tarde, como cualquier otra, a través de la ventanilla del microbús vio por primera vez el mundo exactamente como era: un sitio lleno de contaminación, de tránsito, de basura, de odio, de dolor, de indiferencia; un mundo hediondo.
Durante muchos, muchísimos años, sus padres, su familia, los grupos sociales que frecuentaba, intentaron inculcarle las creencias católicas que mueven a este país ideológicamente; él, con sus problemas con la autoridad y su adolescencia floreciendo, buscó amigos, canciones, lecturas que se confrontaran directamente con las buenas costumbres de rezar, dar gracias antes y después de comer, ir ocasionalmente a misa —de preferencia sólo en bodas, bautizos, quince años y funerales— y considerar que todas nuestras fallas serán absueltas no importa qué tan mal nos portemos pues, si pedimos perdón y nos arrepentimos, tendremos un lugar en una nube con un arpa y mucha gente sin ropa.
Entonces encontró la Biblia satánica en sus cuatro ediciones: la de diez, la de cincuenta y la de cuatrocientos pesos, y la versión digital gratuita; encontró también una larga tradición de rockeros que le gritan a quien sea que mande en la casa, en el trabajo o en la sociedad, que no van a tolerarlos más, que se dan cuenta de lo que hacen y que están ahí para romper el orden cotidiano y subvertirlo. Con un poco más de tiempo y menos furia, encontró Las flores del mal y Las bodas entre el cielo y el infierno; eso, y amigos que tomaban largas tardes para comentar la en-ese-entonces absurda idea de Dios, piadoso y sonriente, amoroso con todos sus hijos, o terrible y ejecutor de los peores castigos contra quienes incumplan su mandato. La Iglesia —como institución— siempre estuvo descartada; en este país ya no es difícil adivinar quién es el corrupto, el abusivo y el que saca beneficio para sí antes que para el otro: casi siempre es el panzón con cara de perro o el flaco guapetón con mirada de odio.
Después de muchos años de renegar contra la fe que le inculcaron en su comunidad, una tarde, como cualquier otra, a través de la ventanilla del microbús vio por primera vez el mundo exactamente como era: y lloró. Se sintió profundamente solo, abandonado a una humanidad en la que es tan difícil confiar, sin nadie que lo protegiera, sin ninguna promesa, con un tiempo de vida que en ese momento le pareció significativamente breve e injusto. ¿Qué le pasa a las rosas cuando las cortas y las regalas? Nada, mueren y terminan en algún tiradero, en alguna cloaca: nada. ¿Por qué debería ser distinto con nosotros?
Cuando terminó su historia entendí, o decidí entender, que la autopista que conecta la fe y el agnosticismo no tiene retornos y sólo se puede transitar una vez.
Me explico: cuando uno es niño, apenas comienza a comprender el mundo, así que si nos cuentan que hay un trío de señores observando si nos portamos bien o mal para traer regalos una vez al año, así será: no hay motivo para desconfiar de tal afirmación; si nos dicen que nuestro padre espiritual, vigía y protector, nos observa desde el cielo junto a aquélla que en la Tierra fue su madre y desde allá nos cuidan, ¿por qué no? Tener fe es como habitar una posada sin techo: desde determinado punto cardinal recibiremos todo lo que provenga del cielo, el sol, la lluvia, los animales, el polvo, el calor de la primavera, la abundante cosecha y la nieve invernal; incluso, renegar de esta condición de vida por cualquier motivo no es enfado para nuestro Dios, pues, mientras lo odiamos, seguimos en su casa y él nos observa, piadoso y sabio.
Para alejarnos verdaderamente de él, de ellos y de su estirpe, debemos construir un techo a nuestra morada que nos proteja si es que consideramos que algo en ese páramo blanquiazul o en su atmósfera nos daña. Abandonar la fe, cualquiera que sea, es una decisión de vida que toma muchísimo tiempo concretar; primero vienen las dudas, después los reclamos y las decepciones, finalmente, nuestro sistema de defensa está completo y comenzamos a construir ese límite, la separación casi material entre lo divino y lo humano, un simple techo.
El día que, bañados en cemento, arena y polvo, logramos poner la última loza de mármol sobre nuestra cabeza, comprendemos entonces que nunca más tendremos oportunidad de mirar a Dios a la cara. Hemos perdido cualquier contacto con él, salimos de su reino sin castigo, sin furia y sin premio; sólo decidió dejar de amarnos porque nosotros dejamos de creer en su existir.
Por poco atractivo que esto suene, hay que recordar que para muchos implica la más absoluta de las libertades; no más explicaciones, no más jueces secretos, no más visores omnipresentes, no más límites en qué decir, qué hacer o qué desear.
Por más atractivo que esto suene, para muchos otros representa la más absoluta soledad espiritual, pues de la piel para adentro no existe nadie más que un infinitesimal yo y los ecos que tiene del mundo.
Aquellos que viajan en sentido contrario tienen un camino igual de ajetreado. Adoptar la fe —como dice el padre Francisco que en la novela parafrasea a Kierkegaard— es dar un salto riesgoso, a ciegas, es la más tremenda de las incertidumbres, es la suspensión del juicio en espera de una gran recompensa, con el temor de, al final, verse despojado de lo uno y de lo otro. Es derrumbar el techo, un poco por curiosidad y un poco por necesidad de saber qué hay del otro lado: un cofre lleno de oro y amor o el caldero con veneno y pus hirviente.
El habitante que aparta con cincel y martillo la primera piedra y ve una nube, algo de oscuridad o sólo no ve nada, dudará un tiempo indeterminado, hasta que la bendita ansia humana lo consuma y presuroso golpeé hasta hallar el primer rayo de sol. En ese preciso momento se pondrá eufórico, sentirá calor en la piel y en la sangre, y dispondrá de todas las herramientas que tenga a la mano para eliminar los obstáculos que se interpongan entre él y esta nueva experiencia. Por supuesto, en cierto punto, el techo se le vendrá encima y lo lastimará, pero si lo que encuentra al elevar la mirada es placentero, le dará igual y disfrutará el momento, creerá —como lo creyó aquel otro al poner el techo— que por fin su existencia está completa, pues ha encontrado la paz y la libertad.
Adquirir o despojarse de la fe es un proceso extremadamente delicado, lento y casi siempre inconsciente. Es una decisión de vida costosa, pero liberadora la mayoría de las ocasiones. Este acto secreto, incluso para nuestra voluntad, no está hecho para los cínicos; sujetos como Diego Hernández, protagonista de la novela, o el ficticio arzobispo de Guadalajara, Anacleto Morones Íñiguez, hacen trampa, pues detectan de antemano los posibles premios materiales de uno u otro camino; se vuelven listillos abusones que creen tener lo mejor de los dos mundos al poner, en vez de techo, un sencillo parasol y se acomodan plácidamente donde les conviene en el momento que lo necesitan.
Pobres; ellos realmente no tienen nada: ni soledad, ni amor, ni libertad, ni protección.
Dejo a los lectores en la entrada de esta cabaña; ya les he advertido lo que encontré yo. Dado que estamos en la puerta y pienso que la escritura de un libro es, antes que cualquier otra cosa, un acto de amor —si no de quien escribe, sí de quienes les rodean— cito la dedicatoria para hacer públicos los afectos y los desafectos:
La Virgen del Internet está dedicada, en especial, a Pilar Aramayo, Luz Elena Zamudio y Jorge Herrera, quienes a lo largo de los años han mantenido su fe en este escritor en ciernes.
Y en general a todos los habitantes del planeta, excepto a Karol Jozef Wojtyla, Joseph Aloisius Ratzinger, Norberto Rivera Carrera, Juan Sandoval Íñiguez y a aquellos individuos que también lucran o han lucrado con la fe de las personas.

Adquirir o despojarse de la fe es casi tan delicioso como oler lavanda y albahaca por la mañana, como los besos de los que se aman, como comer en casa después de un largo viaje.
Entonces, sí, Jorge Luis, diez mil veces malditos los que tienen sombrillas en vez de techos o en vez de sol.

* Herrera, Jorge Luis. La Virgen del Internet. México: Tintanueva Ediciones, 2014.
Texto leído en la presentación de esta novela en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia de la Ciudad de México el 12 de mayo de 2015.
** R. Mauricio del Olmo Colín. Maestro en Humanidades, con especialización en Teoría Literaria, en la UAM-I. Ha tomado cursos de periodismo, educación y hermenéutica filosófica. Ha trabajado como docente a nivel medio superior y superior. Como investigador ha presentado varios proyectos, por ejemplo: El carácter literario de dos historietas hispanoamericanas del siglo XX: Mafalda y La familia Burrón y La poesía de Miguel Hernández: de la trinchera al reproductor. También se ha desempeñado como director editorial y como editor de publicaciones académicas, literarias y de narrativa gráfica.