REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 07 | 2019
   

Confabulario

El abrevadero


Ares Demertzis

La cantina, aunque pequeña, era exageradamente cara por estar ubicada en la esquina de la calle 49 y la avenida Madison, en el corazón del mendaz y provocativo negocio ilusionista de publicidad en la ciudad de Nueva York. La clientela que frecuentaba este establecimiento cosmopolita eran los “yuppies”: jóvenes universitarios, urbanos, profesionales, que trabajaban en los rascacielos circundantes y quienes se referían a este lugar como el "abrevadero". Abrevadero era una descripción apropiada para esta empresa, distribuidora de cuantiosos volúmenes de alcohol; una alusión vaga y a la vez precisa a esos peligrosos charcos de agua en donde animales salvajes sacian su sed. Un lugar para el intercambio de información, tanto real como imaginada; la oculta participación en intrigas empresariales; la aquiescencia a relaciones íntimas clandestinas; y en donde uno alcanzaba incómodamente escuchar confesiones vergonzosas, susurradas en las profundidades de una de sus tenebrosas esquinas.
Los hombres, monocromáticamente uniformados, habían aflojado sus obligatorias corbatas, o disfrutaban haberlas arrancado, como un molesto collar, de sus nucas por completo. Las jóvenes habían cambiado su calzado elegante por cómodos zapatos de tenis que eran una refutación a su formal traje de negocios. Ambos actos pretendían proclamar una supuesta independencia de las aceptadas convenciones sociales. El aire era denso con el aroma de alcohol y perfume; cada uno en su propia manera insistiendo en atraer la atención de las apretadas manadas voluntariamente cercadas por género.
Nadie fumaba cigarrillos; la insidiosa erosión de ese singular placer había tomado años en llevarse a cabo. En subestimados incrementos cautelosos, una oposición minoritaria originalmente expresaba su inconformidad verbalmente, hasta lograr verla consagrada en ley. Los que seguían interesados en disfrutar de un cigarrillo fueron desterrados a la acera, hasta que este espacio también se declaró prohibido para lo que fue considerado por algunos como una conducta personal censurable.
Sentados en los taburetes al final de la larga barra de madera pulida estaban dos hombres. En la pared de enfrente se encontraba una de las varias pantallas de televisión revelando en colores vivos una variedad de deportes competitivos actualmente popular, enfocando a miles de personas en los abarrotados estadios gritando su aprobación o protesta por el espectáculo que se jugaba delante de ellos; todos exaltados participantes en el pan y el circo de su época.
–Vi en las noticias anoche que un ave grande golpeó en su vuelo a un hombre y lo mató. ¡Muerto! ¡Al instante!
Leonardo, un hombre musculoso con revuelto pelo blondo informó a su compañero, sentado en el taburete de al lado; un individuo prematuramente calvo que parecía anoréxico. El amigo hizo un gesto de no estar convencido.
–Era un ave muy grande… –Leonardo añadió a modo de explicación, tomando otro trago de su vaso. Tú no quieres creerme, ¡pero es cierto! La gente estaba tan indignada que agarraron a esa ave y en represalia la mataron. ¡La mataron! Ahora el fiscal los acusa de violencia contra una especie en peligro de extinción. Él pide a la corte que los castigue con un mínimo de diez años o ¡hasta cadena perpetua para cada persona que participó!
Al no recibir respuesta a su intento de iniciar una plática, Leonardo tomó otro ruidoso sorbo de su bebida y continuó.
–Sabes, estas cosas de especies en peligro de extinción son un montón de mentiras. A lo largo de la evolución, especies han ido y venido. Ahora se considera políticamente indispensable preocuparse por todas las especies que nos rodean. ¡Hasta las malditas moscas! Pero la pérdida de especies siempre ha ocurrido, desde que el mundo empezó. Piensa en los dinosaurios. ¡Ah! pero nadie menciona a las miles de nueva flora y fauna mutándose o siendo creadas por la naturaleza cada año.
Leonardo miró a su compañero silencioso.
–No quieres hablar hoy, ¿eh? –y de nuevo alcanzó la barra para tomar su vaso.
–Quiero a mi esposa –el hombre sosegadamente le confesó.
–Ah, sí. Eso me parece bien.
–No. Realmente te lo digo. Quiero a mi esposa, Leo.
–O.K. Ya lo dijiste. Quieres a tu esposa. Toma otro trago. –Leonardo puso una copa en la mano inestable del hombre y la guio hasta la boca de su compañero. Los labios adormecidos dejaron que el líquido chorreara por la barbilla, manchando su camisa.
–Quiero a mi esposa. Pero estoy enamorado de mi secretaria.
–No digas eso. Ni lo pienses.
–Me la estoy cogiendo.
–¡Oh, no! Mierda, que no te la estás cogiendo. ¡Dime que no te la estás cogiendo!
–Lo estoy haciendo.
–¡Estás jodido!
–Lo sé. Lo sé. He pasado toda mi vida trabajando. Para mi familia. La casa. El club. Los niños. La escuela privada...
–¡Estoy hablando de acoso sexual, hombre! ¡A-co-so se-xual! Tú no te la estás cogiendo, ella está jodiéndote a ti. Cuando ella demande a la empresa (y de paso te demande a ti) y seguro que lo va hacer, es adiós trabajo, adiós casa, adiós esposa y niños. ¡También adiós a ella! ¿Estás entendiendo lo que te estoy diciendo?
El torso frágil del hombre cedió, quedando encorvado e inmóvil en su taburete. Quedó en silencio. Finalmente murmuró vergonzosamente:
–Le escribo poemas.
–¡Ay, caray!
–Sí. Escribo poemas para ella. Como un chamaco enamorado. Pero no he tenido la valentía de darle ninguno.
–¡Bueno! ¡Qué bueno! No lo hagas. ¡Y deja de escribir! –Leonardo señaló nerviosamente al cantinero pidiéndole dos copas más.
–Escúchame, hombre. Déjame informarte de lo que no está considerado acoso sexual, en caso de que no lo supieses. Son elementos que no puedes introducir a tu favor en un juicio para explicar a la corte tu conducta, y así quizás salvar tu miserable trasero. Para tu información, aquí, en los Estados Unidos ganó la liberación femenina. Ni Bill Clinton podía usar como excusa el hecho de que Mónica levantó su falda para enseñarle todo antes de bajarle el cierre de sus pantalones.
–Tal vez nadie le creyó a Clinton; también insistió que nunca inhaló el chubidu.
–Tal vez. Hillary fue acusada de ser una mentirosa congénita; Bill es probablemente un farsante también. Lo que sea; a nadie realmente le importa ya. En cuanto a ti, la ley no excusa lo que considera tu sórdida y depravada conducta simplemente porque tu secre se viste provocativamente en ropa transparente, dobla su cuerpo para alcanzar el cajón inferior del gabinete vestida en una faldita cortita, cortita, enseñando su tanguita, cruzando y descruzando sus piernas mientras le dictas alguna carta, o rozando sus tetas “accidentalmente”, pero en realidad a propósito, contra tu hombro.
–Tiene pequeñas tetas. Hace que mi esposa parezca una vaca.
–No importa. Tetas grandes, tetas pequeñas; la ley no considera acoso sexual el que ella las aplaste contra tu cuerpo. No se considera legalmente acoso sexual incluso si ella se sienta con sus piernas abiertas de lado a lado ¡hasta que puedas ver sus amígdalas! Pero ella sí puede acusarte de acoso sexual si le escribes un poema, o le das algún regalito, hasta si la felicitas por hacer un buen trabajo. ¡Es la ley! ¿Entiendes lo que te estoy diciendo?
Un largo suspiro cansado atravesó los labios fruncidos del hombre.
–Inclusive, ella te puede inculpar de acoso sexual si de casualidad tienes una erección. No intencional, no premeditada. Simplemente una reacción varonil normal al mirar lo que ella provocativamente te está mostrando. ¡Y peor para ti si declara bajo juramento que la mirabas con una mano en la bolsa de tu pantalón!
El cantinero colocó dos copas en la barra delante de los hombres.
–Me sentí tan contento cuando nos casamos. ¡Hacíamos el amor sin cesar! Y luego nacieron los bebés, y el sexo llegó a ser irrelevante.
–¡Aja! Apuesto que a veces obligaste a tu esposa a atender tus necesidades hormonales ¡como un animal incontrolable! Esto se considera un crimen en los Estados Unidos; tú puedes ir a la cárcel. El gobierno reserva el derecho de controlar todo lo que haces, hasta en tu propio dormitorio, ¡incluyendo la forma como haces el amor! Somos una nación de leyes, y hay leyes hasta para la intimidad.
El hombre empieza a sollozar dócilmente.
–Estamos acabados como país. El gobierno nos tiene aterrorizados. Este concepto de ser una nación de leyes, aparte de ser una mentira, está obsoleto, pero se sigue acatando. Nadie debería tener que obedecer las leyes chifladas que no tienen nada que ver con la justicia, que son en verdad motivadas políticamente para imponer un nuevo contrato social a la ciudadanía. Las leyes ordenan absolutamente todo en nuestras vidas. Todo. Y nuestros políticos están ocupados ¡creando aún más! Hemos dejado de confiar en nuestro sentido común; nuestros instintos.
El hombre profirió un débil gruñido de asentimiento.
–¿Tienes alguna idea de lo que te va a pasar?
–Lo sé. Lo sé. Estoy arriesgando todo, pero creo que puedo conseguir otro trabajo. Soy ejecutivo de una empresa transnacional de publicidad; vendo productos superfluos a millones de personas. Tal vez podría vender autos usados. No sé. Sólo quiero estar con ella –explicó el hombre trabajosamente; el alcohol consumido afectaba su respiración.
–Déjame hacer de tu conocimiento que tu amor no quiere ser la esposa de un vendedor de coches y vivir en un departamento barato. Ella quiere ser la esposa de un ejecutivo con futuro alentador quien gana mucho dinero para vivir en una casa gigante, disfrutar de docenas de tarjetas de crédito, y tener una costosa membresía de un exclusivo Country Club. Tienes que terminar con esto. ¡Ahora!
–No puedo. La amo.
–¿Ves a todas estas ficheras aquí? ¿Las ves? ¿Por qué crees que trotan al baño cada quince minutos? ¿Para aspirar coca? Bueno, tal vez. Pero lo que les interesa realmente es mirarse en el espejo, rociarse de perfume, refrescar su lápiz labial, y enderezar sus pestañas postizas; haciéndose irresistibles para que algún macho se interese y supere su temor a preguntarle tímidamente si quiere hacer el amor con él. ¿Sabes cuál es su mayor queja? La mayoría de los varones hoy día no están interesados en mujeres. ¡Así es! Los chicos americanos ya no están interesados en mujeres liberadas. Lo sé, porque lo leí en una encuesta.
–¿Has pensado que lees demasiado?
–Bueno, tiene sentido para mí. Los hombres lo pasan bien juntos con otros hombres porque piensan igual. Te casas con una de estas brujas y luego descubres que no puedes vivir con ella. Ella no piensa como tú. Es así de sencillo. Ella tiene otras ideas, otras prioridades. Pero ahora estás casado con ella, en el peor de los casos tienen hijos, y tienes que lidiar con eso, ¿entiendes lo que te quiero decir?
De pronto, se escuchó un gruñido gutural. Un ronquido. La cabeza del hombre cayó sobre su pecho, sus labios fruncidos vibrando al exhalar ruidosamente. Leonardo, disgustado, terminó su bebida, abandonó a su compañero y salió por la puerta giratoria de la cantina. Solo.
Afuera, esta especie en peligro de extinción halló su mundo. No había ninguna acera. Ningún automóvil. El ruido del tráfico fue reemplazado por el sigiloso suspiro de una brisa tibia, y los edificios de gran altura habían desaparecido misteriosamente. Sacudiendo su voluminosa cabellera, Leonardo rugió su rebelión y olfateó con gusto el aire transparente. Con un resuelto contoneo por la alta hierba selvática, huyendo del sol que ahora parecía una enorme bola roja desvaneciéndose precipitadamente sin ardor, caminó hacia el horizonte, hacia el este, hacia el edén. Alcanzó el abrevadero, en donde su manada lo esperaba, celosamente mirando a los amenos y dulces rebaños que se agrupaban a esta hora para saciar la sed que se les había acumulado durante el acalorado día.