REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
20 | 11 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

Paladines de la libertad


Isidro Fabela

Dos grandes libertadores de México: Hidalgo y Morelos
Hace años, en México se hablaba con auténtica veneración de los iniciadores de la gesta de independencia. Ahora se han deslavado en manos de políticos y funcionarios más interesados en los cargos y en el dinero que en la patria. Isidro Fabela fue uno de sus hombres, un intelectual y un funcionario probo y autor de muchas hazañas nacionales e internacionales que le concedieron prestigio al país. Su libro Paladines de la libertad es una de las mejores pruebas de que Fabela tenía en alta estima las luchas por la libertad. En esta obra hace breves e intensos recorridos por las hazañas de Hidalgo, Morelos, Juárez, Bolívar, Sandino, Carranza, Madero y muchos otros héroes auténticos.
De este libro, considerando que septiembre es considerado el mes de la Independencia, hemos seleccionado a los dos primeros, a Hidalgo y Morelos. Vale la pena señalar que la biografía de este último hombre que de sacerdote pasó a militar libertador, don Isidro recurre a la obra del profesor René Avilés Rojas, quien también fue de los creadores del Libro de Texto Gratuito. En sus páginas aparecen dos figuras notables que si bien murieron a manos de los españoles y no llegaron a ver la independencia y en consecuencia el nacimiento de una nueva nación, México, sí pusieron con muchos sacrificios las bases de una lucha por la libertad.
Escrito con fines de divulgación de las gestas de héroes latinoamericanos, la obra de Fabela fue editada masivamente (veinte mil ejemplares) por una colección afamada en esa época (alrededor de 1958) llamada Populibros La prensa. Eran sin duda mejores tiempos y el país, todavía de escaso desarrollo y con menos problemas económicos que hoy, abrumado por la ineptitud y la corrupción, en la que tanto el gobierno como muchos empresarios se entregaban a despertar una activa vida ciudadana con valores cívicos.
La inteligencia y capacidad literaria de Isidro Fabela consiguieron dos viñetas o retratos de los mayores héroes de México, junto con Benito Juárez. Ahora nuestra revista los rescata, de entre una pléyade de figuras de América Latina, para contribuir al recuerdo de figuras señeras que arriesgaron sus vidas por una causa patriótica. Por desgracia ya no existen esos héroes con altos valores y devoción por la libertad y que desean el bienestar de todos los mexicanos.
Finalmente, para dejar constancia de que el continente americano de habla hispana tiene raíces semejantes y que juntos podemos hacer una fraternidad poderosa.

El Búho


Paladines de la libertad *
Isidro Fabela

HIDALGO

El padre don Miguel Hidalgo y Costilla inició nuestra lucha por la independencia de la patria, pero no fue su precursor ni tampoco su consumador.
Hernán Cortés, decía el primero:
“...Esta tierra nosotros la hemos ganado, nuestra es; ya que el rey no nos la da, nosotros la tomaremos...”, y sus adictos agregaban: “No es la tierra de rey sino de Hernando Cortés que la ganó”.
También los frailes evangelizadores, Bartolomé de las Casas y Motolinía, con ánimo diverso del egoísta de don Hernando, propusieron al emperador, no una sino varias veces, la independencia de Nueva España: Porque tierra tan grande y tan remota no se puede gobernar bien de tan lejos…”
¿Y qué dijeron los ilusos hermanos González de Ávila al tener la osadía de querer independizar a la colonia de su metrópoli? “Alcémonos con la tierra démosla al marqués, pues es suya...” Siendo resultado de la absurda aspiración y conspiración, que los hermanos Ávila fueron a la horca, y don Martín Cortés, hijo del conquistador, fuera deportado a España.
Asimismo, tres nobles de la Colonia, los condes de Santiago y De la Torre de Cosío, y el marqués de Guardiola, en 1775, en nota secreta que dirigieron al rey Jorge III de Inglaterra, le pidieron su valiosa ayuda para que apoyara un movimiento emancipador de la Nueva España contra la corona. La nota de referencia decía lo siguiente:
“Sire: Es en nombre de la ciudad y del Reino de México, de quienes somos representantes, que osamos tomarnos la libertad de implorar vuestra poderosa protección. Oprimidos y vejados por la corte de Madrid, ella nos hace sufrir diariamente toda clase de impuestos malos tratamientos, el despotismo tiránico que viola la constitución y la libertad que nos son debidas, y nos coloca en la condición de viles esclavos de la costa de Guinea.
“Tal es, sire, la conducta que la España sigue hacia nosotros y el reconocimiento de los buenos y leales servicios que nosotros hemos hecho siempre a Es paña; nosotros, que la hemos ayudado en la última guerra con más de setenta millones de pesos para el sostenimiento de sus ejércitos, tanto en América como en Europa, y por todo agradecimiento nos pone en la dura necesidad de sacudir el yugo que nos oprime, por la fuerza.
“Después de esta exposición, sire, nos vemos forzados a tomar medidas convenientes para procurarnos la libertad de que se nos ha privado, a cuyo efecto nosotros tenemos tesoros suficientes y a la primera señal nosotros podemos poner sobre las armas cuarenta mil hombres y hacernos dueños de todo este reino.
“Nos hacen falta armas y municiones de guerra necesarias para esta grande empresa. La proximidad de la Isla de Yawaica 1 con este reino, nos pone en condiciones de proveernos de fusiles, balas, pólvora y otros objetos de que tenemos necesidad, pero además de que abrigamos el temor de que no hubiere suficientes, tememos que quizá el gobernador general nos pusiera dificultades para vendérnoslos, no sabiendo nuestras verdaderas instrucciones; nosotros hemos tomado de consiguiente el prudente partido de enviar cerca de V. M. al señor don Francisco de Mendiola, en nombre y representación de este reino. En esa virtud le hemos dado plenos poderes para tratar este negocio y al mismo tiempo para asegurarnos vuestra poderosa protección, así como para hacer un tratado de amistad y comercio con Inglaterra.
“Nosotros aprobamos de antemano, sire, el arreglo que nuestro enviado Mr. de Mendiola celebre, en nombre de este reino, con V. M. y sus ministros, y tan pronto como nosotros tengamos una respuesta favorable, haremos llegar a Yawaica prontamente, dos millones de pesos, para procurarnos las armas de que tenemos necesidad...”
El licenciado don Francisco Primo de Verdad decía ante el cabildo de la capital del virreinato, “que aunque las autoridades del gobierno eran muy dignas de respeto, no eran el pueblo mismo y el gobierno de Nueva España debía ser para sus naturales”, declaraciones entonces temerarias, que lo llevaron a la muerte.
Así como el licenciado Verdad pagó con su vida el anhelo de que la Nueva España se desligara de la tutela del gobierno central de Madrid, también el fraile peruano Melchor de Talamantes, quien tuvo estrecho contacto con varios connotados propugnadores de la ruptura con la metrópoli, pereció en la triste prisión de San Juan de Ulúa, mártir de sus propósitos independizantes.
Mas es fácil comprender que aquellos precursores no podían triunfar porque las ideas de independencia no estaban maduras en estos lares, como no lo estaban en las demás colonias hispánicas del continente. Y, por otra parte, el imperio de Carlos V había llegado a su máximo de grandeza, porque verdaderamente las hazañas del pueblo español habían “fatigado a la gloria”, dando al imperio un poder omnipotente e incontrastable.

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Pero cuando la colonia inglesa de América rompió sus lazos con la corona británica, y un hombre con estatura heroica. Jorge Washington, que tenía los perfiles de un genio universal, luchó y triunfó contra la opresión de la potente Inglaterra, surgiendo así la primera república en las tierras que descubrió Colón; entonces cambiaron las circunstancias y las ideas en el resto del Nuevo Mundo.
Pareció en aquellos momentos históricos, como si por las vértebras de la Sierra Madre y de Los Andes vibrara un temblor nunca sentido; el temblor de la libertad. Y como después, ante el asombro del mundo, la Revolución Francesa, conmoviendo a todos los espíritus del orbe, después de cometer el doble regicidio de Luis XVI y María Antonieta, predicó por el orbe entero un evangelio político contrario a todos los despotismos, rebelde al poder absoluto de los reyes y propugnador de un nuevo sistema de vida nacional que se transformó en internacional: el de fraternidad, la libertad y la igualdad, resultó que desde los dilatados con fines de Texas y Arizona hasta las tierras surianas de la Argentina y Chile, todos nuestros pueblos hermanos, sacudiendo sus conciencias, entrevieron en el horizonte de América la aurora de su santa libertad.
Y por último, cuando todas las colonias de la corona de Castilla y Aragón se fueron enterando de la invasión de las tropas napoleónicas en la Península Ibérica y del levantamiento gallardo del pueblo contra sus opresores, entonces, como si se hubieran puesto de acuerdo, casi al unísono, fueron, una a una, lanzando el grito de rebeldía que habría de trocarlas en estados autónomos.

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En la Argentina, la Junta Revolucionaria de Buenos Aires, impuesta por el pueblo al cabildo, se consideró como el primer gobierno nacional independiente de la metrópoli, el 25 de mayo de 1810; y poco más tarde, el Congreso de Tucumán nombró director supremo de las provincias argentinas a don Juan Pueyrredón, a quien le tocó en suerte arrancar a los legisladores la declaratoria de independencia, el 9 de julio de 1810.
En Chile, el 10 de septiembre del mismo año, se creó el primer gobierno nacional bajo la presidencia del doctor Rosas, habiendo presentado a la junta respectiva, el doctor Eguía, un plan de gobierno en el que sentaba “la necesidad de que todos los pueblos americanos celebren una especie de alianza o federación para presentarse fuertes y poderosos ante el extranjero”, idea que formó cuerpo en la “declaración de los derechos del pueblo de Chile”, que al fin fue libre por la briosa acción conjunta del glorioso San Martín y don Bernardo de O’Higgins.
En el Brasil, el emperador don Pedro de Braganza convencido de la bondad de las ideas emancipadoras inclinándose ante la voluntad de los brasileños, permaneció en Río de Janeiro con el título de Defensor Perpetuo del País, hasta que don José Bonifacio de Andrade e Silva proclamó, posteriormente, la independencia absoluta de la metrópoli portuguesa, en su famoso grito de Ipiranga.
Artigas, el paladín uruguayo, defendió bravamente la independencia de la Banda Oriental, su tierra, no sólo contra las armas españolas, sino contra las expediciones portuguesas, también absolutistas, contra los monárquicos de Buenos Aires y contra los brasileños dejando al fin, tras lucha tesonera epilogada en el infortunio, el cimiento de las ideas democráticas troqueladas en el apotegma que sirve de escudo a la República del Uruguay: “Con libertad ni ofendo ni temo”.
El Paraguay, después de resistir al ejército argentino del general Belgrano, que intentó someter la provincia a la Junta Revolucionaria de Buenos Aires, sintió también sus anhelos de transformación política; de suerte que, después de obligar a Belgrano a firmar una capitulación (9 de marzo de 1811) que le reconocía su libertad, proclamó su independencia de las autoridades españolas.
En Centroamérica, el pensamiento libertatorio se hizo popular, no sólo contra España, sino contra México, que por algún tiempo y por la voluntad de los guatemaltecos, dominó aquellas regiones. El 15 de septiembre de 1821, en la ciudad de Guatemala, la diputación provincial convocó a una junta general de autoridades que había de decidir si la nación reconocía el plan de Iguala y al emperador don Agustín de Iturbide, o si se declaraba independiente del Imperio Mexicano. La concurrencia pidió a gritos se reconociese la independencia absoluta de España, de México y de cualquier otra potencia, y esto fue lo que se aprobó.
En el importante virreinato del Perú, donde España tenía acumulados sus mejores recursos sudamericanos, las palpitaciones autonomistas se sintieron también al propio tiempo que en el resto del continente. En 1813, un grupo de valientes atacó en el Cuzco el cuartel de la guarnición. En 1814 los insurrectos aprehendieron al presidente Concha y a casi todos los residentes, organizando al día siguiente (3 de agosto), un gobierno provisional que le dio el mando militar de la plaza al egregio José Angulo, siendo su más importante auxiliar el indio Pumacagua.
En 1820, al cabo de mil congojas nacionales, recibieron los peruanos, entre palmas, la expedición libertadora del argentino San Martín, ese gran escultor de patrias que todos los hispanoamericanos debemos amar y honrar como uno de los representativos más nobles y heroicos de nuestra raza.
En la capitanía general de Venezuela, los revolucionarios de Caracas quedaron constituidos en junta gubernativa el 19 de abril de 1810, bajo el influjo del tribuno don José Madariaga, y el 6 de julio de 1811, los patriotas se declararon libres de toda sumisión y dependencia de España, organizando un gobierno federal que adoptó la bandera del infortunado general Miranda, bandera que habría de recoger el más grande libertador de pueblos de la historia universal, Simón Bolívar, ante quien, como dice Rodó, “catorce generales de España habrían de entregar en Ayacucho, al alargar la empuñadura de sus espadas rendidas, los títulos de aquella fabulosa propiedad que Colón pusiera, trescientos años antes, en manos de Isabel y Fernando”.
El padre Hidalgo oyó las clarinadas de Norteamérica, de la toma de la Bastilla, de la declaración de los derechos del hombre en Francia, y del himno de Riego en España, y se conmovió hasta lo más hondo de su ser; y por eso en su Despertador Americano, que publicaba en Guadalajara, propagó, con la precaución y habilidad que eran precisas y en él características, los hechos, comentos e insinuaciones relativas a la situación política del mundo.
Las ideas de los “enciclopedistas” encabezados por Diderot y D’Alambert, e integrada por una falange de pensadores: Voltaire, Buffón, Montesquieu, Condorcet Tugort... llegaban a la Nueva España, filtradas con más cuidadoso sigilo, a manos del señor Hidalgo, que estaba al cabo de las corrientes luminosas del pensamiento francés, que también le sirvieron para consolidar en su bien preparado espíritu, su ya firme y decidida resolución de llevar a cabo la independencia de México.
Era el momento psicológico, porque las almas estaban prontas a la rebelión de las ideas; eran los instantes pertinentes para conspirar y lanzarse a la lucha. Y se hizo conspirador, para después asumir la dirección del movimiento libertario.
Hidalgo sabía que era el hombre que la patria necesitaba para su eclosión autonómica. Él conocía sus valimientos personales y era sabedor consciente de las grandes ventajas que reportaría a la causa su intervención personal, y por eso encabezó la epopeya.
Su talento, desde mozo, llamaba la atención. El canónigo Pérez decía de él que era un joven en que el ingenio y el trabajo formaban hermosa competencia. Como rector de San Nicolás había sido un prócer en el mando, la administración y la sabiduría; porque según la fama, era inteligentísimo, “erudito y prudente”.
Quienes le trataban de cerca, le reconocían virtudes eminentes, diciendo que era de “gran cultura”, “doctísimo de mucha distinción”, “fino teólogo” y “notable argumentador”.
Para ser versado en cosas de religión y doctrinas filosóficas y llegar al prestigio eminente que había alcanzado, contaba con dotes especiales para las lenguas, ya que era polígloto de siete idiomas: español, francés, italiano, latín, otomí, tarasco y mexicano; lenguas estas tres últimas, que le fueron utilísimas para su obra redentora de catequización de los indios. Es decir, que don Miguel Hidalgo, en su tiempo y en su medio, era lo que se llama un espíritu selecto que había desarrollado armónicamente su inteligencia, su sentimiento y su voluntad, las tres facultades del alma innatas en la persona humana.
Por su inteligencia preclara se daba cuenta de lo que él mismo valía, de lo que era la familia, la patria y la humanidad. Por su talento avaloraba la vida, lo que era el mundo en general y su pequeño mundo en que vivía.
Por el sentimiento expresaba su amor al prójimo y especialmente a los pobres, que amparaba con su gran corazón, a los indios que eran esclavos y que él quería contemplar libres para los demás hombres. Por el sentimiento admiraba las bellas artes y las sentía y las interpretaba, pues es bien sabido que en su curato representaba obras de Moliere y de Racine, traducidas por él mismo; haciéndonos saber la historia este otro hecho: que deleitábase en sus tertulias, de gente de pro, con la orquesta que él prohijaba y que estaba en las manos de su amigo Santos Villa.
Gente de pro decimos, ya que, aparte de sus amigos íntimos, contaba entre sus contertulios a los condes de Jaral, de la Canal y de San Martín; al marqués de Raya, a su condiscípulo, el corregidor Miguel Domínguez; al intendente Riaño, que fuera después su ilustre vencido de Granaditas, y al obispo Abad y Queipo, que al correr de no muchos días, habría de dictar la excomunión contra el patriota Hidalgo.
Por su voluntad, el padre Hidalgo era un carácter, dirigía recta y verticalmente sus propios actos; trabajaba sin descanso, era como le decía el canónigo Pérez:
“hormiga trabajadora” y “abeja industriosa”. Por su voluntad, que era el motor de sus pensamientos y de sus sentimientos, hacía sus cosas y las hacía bien. Su feligresía fue ejemplar, porque no era sólo sapiente cura almas sino aliviador caritativo de los menesterosos.
Fue amante y propugnador del progreso material; creo industrias que él patrocinaba y dirigía: la de la seda, la textil, la alfarera, aparte de que, siendo la tierra su pasión y su deleite, ayudaba a los labriegos y amaba a los animales.

***

Desarrolladas al unísono sus facultades espirituales, el padre Hidalgo fue, como decimos, un hombre de superior intelecto, y, como tal, era feliz y hacía felices a quienes lo rodeaban. Porque ésa es la verdad, el hombre culto tiene en sí mismo un caudal inacabable de dichas, una ventura íntima, exclusivamente suya, que nadie puede arrebatarle, porque radica en su propio ser. Es la sensación de considerarse más y más ilustrado, más consciente de su valer, más confiado en sus pensamientos, más seguro de sus actos, con más fe en sí mismo.
El señor Hidalgo, según Abad y Queipo, era “la mejor cabeza que había en el clero”. Si se perdiera la historia eclesiástica consignada en las bibliotecas, decía Riaño, “no lloraría la pérdida siempre que viviera Hidalgo, pues es muy hombre para describirla con crítica”; y según el testimonio de su buen amigo, el marqués de Raya, el padre de la patria fue “hombre de literatura y vastísimos conocimientos en toda la línea...”
Por eso, el señor cura don Miguel Hidalgo se sentía más libre y con más vigorosa personería que cuantos le rodeaban; porque, además lo alentaba en todos sus actos, su prestigio, y el prestigio en el hombre lo eleva hasta la eminencia del respeto, la consideración y la simpatía admirativa de la sociedad en que vive.
Por todas esas causas que tanto lo enaltecían, el padre Hidalgo, en la cima de su renombre, era el indicado para fraguar la revolución de independencia.
Sí, por todo eso y porque además era el sacerdote venerado a quien todos obedecían y seguirían llegado el caso; era el ser bueno en quien todos depositaban confianza; el tipo de carácter que habiendo sabido obedecer, sabía también mandar; el intelectual en quien todos creían, porque su palabra docta convencía, porque sus ideas generosas conquistaban adeptos, y sus pensamientos libertarios admiraban y arrastraban. Era el padre Hidalgo el patriota que con su genio político comprendió que había llegado el momento para la Nueva España de hacerse libre de sus dominadores, después de tres siglos de servilismo y esclavitud; y era, en fin, el héroe que el destino había elegido para que diera con la voz de su alma superior, el grito redentor que debía de llevarlo a él al martirio y a México a la libertad.

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La revolución de independencia vino a su tiempo; ni antes ni después de cuando estalló, sino con la oportunidad que las circunstancias demandaban.
En su arenga de Dolores, después de dar el grito de independencia, el señor cura expresó al pueblo, según la versión de Pedro García: 2
“...Llegó el momento de nuestra emancipación; ha sonado la hora de nuestra libertad; y si conocéis su gran valor, me ayudaréis a defenderla…
“Pocas horas me faltan para que me veáis marchar a la cabeza de los hombres que se precian de ser libres, os invito a cumplir con ese deber. De suerte que sin patria ni libertad estaremos siempre a mucha distancia, de la felicidad... La causa es santa y Dios la protegerá. Los negocios se atropellan y no tendré más tiempo de hablar con vosotros. ¡Viva nuestra Virgen de Guadalupe! ¡Viva la América por la cual vamos a combatir!”
Y agregó:
“Unámonos todos los que hemos nacido en este dichoso suelo, veamos desde hoy como extranjeros y enemigos de nuestras prerrogativas, a todos los que no son americanos.”
Y ya en plena contienda, en sus manifiestos fue expresando sus anhelos para el futuro de la patria: quería la abolición de la esclavitud, que proclamó cincuenta años antes que el apóstol Lincoln; la abolición de los tributos para las cortes; reprobaba la monarquía; indicó la república; pugnó por la democracia. “Establezcamos un congreso que se componga de representantes de todas la ciudades, villas y lugares de este reino”, dijo.
La junta de Zitácuaro, convocada por don Ignacio Rayón, y el congreso de Chilpancingo, ideado por el cura Morelos, fueron obra de Hidalgo, hecho histórico comprobado por las declaraciones de los mismos patriotas Rayón y Morelos, cuando con franca modestia dijeron separada y honradamente: “Lo hice porque así me lo encargó el señor Hidalgo”. La Constitución de Apatzingán viene siendo así el fruto de las ideas, proclamadas por el libertador.
Su rebelión fue de carácter social. Por eso dice el encomiable autor del Hidalgo, publicado por el Instituto Nacional de la Juventud Mexicana, don Agustín Cué Cánduas: “De los aspectos de su vida y de su obra, el de reformador social es el que agiganta su figura prócer, convirtiéndolo en un genial precursor de la reforma social y agraria, iniciada francamente hasta más de un siglo después de su muerte dolorosa y fecunda”.
Y ahora para terminar el esbozo de su figura heroica, recordemos las frases de Hidalgo prisionero, para que nos sirvan a los mexicanos de orgullo y ejemplo: “Me lancé a la revolución con el derecho que tiene todo ciudadano cuando cree a la patria en riesgo de perderse...” “No deseaba otra cosa que la felicidad de todos mis paisanos...” y “Poner en independencia este reino” porque “el americano debe ser gobernado por el americano”. Y a la postre de dejar estampada en la historia una muchedumbre de ideas inflamadas por el patriotismo y la verdad, concluyó con la sentencia de los grandes héroes: “No me queda otra cosa que morir, puesto que hemos tomado el camino de los redentores, cuyo nombre se adquiere con el sacrificio de la existencia…”

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Hidalgo fue en la vida y es en la Historia Patria nuestro héroe epónimo, el iniciador de la gesta independizante, el maestro de ideas libertarias, ilustrado y talentoso; el paladín siempre erguido en la brega diaria de la revolución; el jefe militar animoso y activo en el combate, eufórico en la victoria, sereno y vertical en la derrota; el caudillo respetado y respetable de una causa que nadie entendió mejor que él y nadie quiso más que él; el venerado generalísimo de los ejércitos insurgentes, que lo eligieron con entusiasmo y lo siguieron con plena confianza, porque sabían que él representaba la verdad y el derecho en la tierra y la justicia de Dios ante sus conciencias, porque llevaba en sus manos sacerdotales y patrióticas el lábaro de la Virgen de Guadalupe, que los llevaría al triunfo de su fe religiosa y humana.
El padre Hidalgo era el iluminado, el convencido de que en su espíritu alerta, documentado en los libros y en la inspiración de la Providencia, se albergaba la verdad; y que esa verdad le ordenaba luchar hasta morir por la independencia de su patria y la emancipación de su pueblo.
Para Hidalgo, la tierra mexicana era de los mexicanos y de nadie más. Sus compatriotas eran hijos de este suelo que vivificaron con su trabajo y santificaron con su amor. Por eso debía volver a ellos. Era de los indios que de siglos lo poseyeron; era de los criollos y mestizos, porque el mestizo y el criollo son como frutos de sus sementeras. Su sangre era de sus padres, pero su alma era de su cielo, de sus llanuras, de sus montañas, del frío de sus relentes y el calor de sus estíos. La savia que corría por su cuerpo vino de España, pero su amor por la vida, por la naturaleza, por la mujer, y por Dios, nació aquí, se crio aquí, vivió aquí, amó y se reprodujo aquí.
Cuando el criollo nacía, el padre sol le besaba la frente en tierra americana; lo arrullaba el rítmico poema de las frondas mexicanas; la polifonía de los pájaros cantores de América; el reguero de cristal de los regajos vernáculos. Supo lo que era el perfume, porque las flores de sus praderas y de sus tiestos hogareños le revelaron la esencia divina de la naturaleza; y cuando ya puberto sintió que su sangre hervía y sus sentimientos se hacían ensueño, lloró y cantó aleluyas; era que para el criollo la visión maravillosa de una mujer india, española o criolla, le habían descubierto, en esta tierra suya, la floración perfecta de los dioses: el amor, el amor que había de ser la razón de su existencia y la razón de ser de sus hijos bienamados y de su larga estirpe puramente mexicana.
Y por eso adoraba entrañablemente, no a la patria de sus padres, sino a ésta donde había nacido.
Y si la amaba con la pasión ferviente que tienen todos los hijos de todas las patrias del mundo, la quería ver libre, porque sólo en la libertad los pueblos pueden ser dichosos; porque la libertad es la base de la justicia, “el alma de las democracias”, la causa primera de las conquistas políticas que algún día habríamos de tener; y porque la libertad iba a ser muy pronto el fundamento más firme de la nacionalidad mexicana.
Hidalgo tenía incrustado con troquel indeleble en su espíritu superior, el apotegma del español más grande de todos los tiempos, Miguel de Cervantes Saavedra, que decía: “La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”; e Hidalgo, consciente del certero pensamiento, aventuró vida y ofrendó su sangre para alcanzar la libertad que es “la eterna esposa de las grandes almas, la fecunda madre de los héroes”.

EL HÉROE MORELOS

El genio militar de nuestra guerra de independencia, no era un estadista que trajera el prestigio de ninguna hazaña gubernamental, ni un orador que en sus labios llevara el arrebato de las multitudes; ni un intelectual capaz de ser el director pensante de su grey; no era un paladín guerrero que ostenta en su pecho las señales gloriosas de ninguna victoria; era mucho menos que todo eso y llegó a ser mucho más que todo eso.
Era humilde. Cuando se acercó al padre Hidalgo, no puso a su servicio ni notoriedad, ni fortuna, ni poder, sino su vida y, con ella, el sentimiento más puro de amor a la patria.
Llegó hasta el “buen cura”, viniendo de muy lejos, después de recorrer las pesadas rutas surianas, “donde cada paso es un abismo y una insolación cada jornada”, únicamente a demandar un puesto humilde en que pudiera colaborar en la obra libertaria emprendida. Cuando se puso a las órdenes del jefe de la noble causa, comenzó cohibido, exponiendo sus cariños a la patria y sus anhelos para terminar, según cuenta la historia, con “un acento tempestuoso y terrible”, hablando en favor de la independencia de México.
Después que el nuevo paladín recibió instrucciones del jefe de la insurgencia, regresó a su destino con un nombramiento miliciano que, dándole autoridad, fue el principio de su carrera política y guerrera, y la base de su eternal renombre.
Don José María Morelos descendía de clase humilde, por eso supo ser intérprete de la masa popular que se revolvía entre las ansias incontenibles de su libre acción coartada. Su corazón palpitó al unísono del pueblo, porque con él estaba identificado y sabía de sus amarguras, comprendiendo sus aspiraciones.
Abandonó a sus paupérrimos feligreses de Carácuaro para empuñar la espada y fundar, como Guillermo Tell, “entre las rocas, un asilo para la razón y la virtud”.
Venía de la gleba, como vino después Garibaldi, y, como el héroe itálico, odiaba a todos los opresores, amaba a su pueblo, aspiraba al bien, despreciaba la muerte, rehusaba los honores y adoraba a su patria.
Era convincente e insinuante; por eso pudo fundar en Zacatula su primer ejército, triunfando sobre la ignara gente que lo recibiera hostil; dejándose conquistar cuando el héroe apeló a la elocuencia de la verdad y el sentimiento.
Para hacerse estimar, practicó el buen ejemplo. Cuando sus tropas, dispersas y medrosas, huían del español, en El Veladero, avanzó a un paso estrecho, y arrojándose a la tierra que lo vio nacer esclavo, invitó a sus soldados a que pasaran sobre su cuerpo; pero aquellos fieles no podían macular con su planta al venerado general que les predicara como un profeta la buena nueva, y se detuvieron en su huida avergonzados, para seguir peleando con mayor denuedo.
Era un valiente. Cuautla y Orizaba, Oaxaca y Tixtla miraron asombradas al valeroso combatiente, recto en sus planes, feroz en el ataque, tranquilo en el peligro.
La hazaña de Morelos en la ciudad de Cuautla es de una heroica grandeza, cuando pudo resistir, en 1812, el cerco del poderoso ejército realista. A Calleja, que se jactaba de “ser el vencedor en cuatro acciones generales y cinco parciales”, le hizo reconocer el vigor y la fe del patriotismo mexicano.
Morelos jamás sintió el miedo, ese inesperado complejo nervioso que han sentido, en un momento dado los más insignes capitanes de la historia. Cuando antes del sitio, el generalísimo se abalanza a reconocer al ejército enemigo y está a punto de caer prisionero o de morir, y Galeana le grita: “Vamos, pronto, señor” Morelos le contesta:
“Vamos, vamos, sin darnos prisa.”
El enemigo se acerca insolente y, ante el peligro las tropas patriotas huyen sin que sus oficiales puedas contenerlas. Galeana, que ha medido el peligro, insiste “Corramos, señor”, y Morelos, impasible, le responde “Es que mi caballo no tiene otro paso... Más vale morir peleando que entrar en Cuautla corriendo.”
El gran soldado, en medio de tremendas penalidades resiste setenta y dos días, asombrando al mismo Calleja quien le escribe al virrey:
“El enemigo continúa resistiendo con el mismo tesón fanático, reparando las ruinas que le causa nuestra artillería, situada a medio tiro de fusil de sus baterías apagando los fuegos, bailando y repicando a cada bomba que les cae, sin salir para nada del recinto, ni el clérigo Morelos de su casa, desde la que, con aire de inspirado, dicta providencias que ejecutan fielmente Galeana, los Bravo, dos frailes dieguinos, Diego Ramírez y Manuel Muñoz; él clérigo Matamoros y otros.” (René Avilés Rojas) 3
El general español está impaciente, pero Morelos confía en que debido a las lluvias tendrá que levantar el sitio. Entretanto, sus soldados caen vencidos por el hambre, por la desesperación... Calleja entonces, a cambio de la rendición, le ofrece el indulto, y el estupendo patriota le contesta:
“Dígale que les concedo igual gracia a él y a los suyos.”
Morelos rompe el sitio el 2 de mayo. No hay otra salvación, y marcha en orden, a la cabeza de su destrozado ejército, seguido de civiles, hombres, mujeres, niños y ancianos. Toma la ruta de Zacatepec, donde se produce la feroz acción de Calleja. Centenares de patriotas e inocentes perecen en la bizarra retirada, pero Morelos salva el decoro de las armas insurgentes y da a la historia una lección de lo que es el honor del mejor de los soldados de nuestra insurgencia.
Y es que la inspiración patriótica lo guiaba en los momentos cruciales de su vida batalladora. Tal vez como a Juana de Arco, una voz extrahumana le murmuraba al oído: “salva a mi patria”, y un mandato divino la repetía: “para eso has nacido”; por eso despreciaba a la muerte, como los bravos soldados hijos del sol.
Supo también ser inexorable con los traidores, cercenando sus cabezas para ejemplo de menguados, y, consciente de su deber, no prodigó el perdón para mantener vivos los temores del contrincante altivo.
Era un carácter. Llamado a operar en su país una obra depurativa de salud pública, dirigió todos sus actos a ese fin, sin vacilaciones ni desmayos, sino derechamente, con una voluntad inalterable y uniforme, y una coordinación perfecta en su conducta cívica y militar.
Fue un perseverante. Laboró sin tregua, laboró siempre, lo mismo en la ciudad que en la montaña, en la revuelta que en sus aparentes descansos.
Estaba al tanto de todas las necesidades políticas o materiales de sus subordinados, atendiéndolas con la acuciosidad y diligencia propia de un gran organizador.
Al mismo tiempo era legislador y soldado, político, artesano y sacerdote.

***

Morelos fue el mejor estratega de nuestra lucha independizante. Para el arte de la guerra, simple y de mera ejecución, es indispensable un constante buen sentido, que el héroe tuvo en todos sus hechos de armas, sin prejuicios ni claudicaciones y con el alto interés preciso y claro de su objeto magnánimo.
Se sobrepuso a todas las dificultades, se sometió a todos los trabajos, soportando con denuedo las mayores penas, con tal que fueran en beneficio de los suyos. Antes de dominar a los demás, aprendió a dominarse a sí mismo.
En su espíritu inteligente abundaban más que la sabiduría, el supremo buen juicio y la sensatez, inherentes a los directores de colectividades.
Tuvieron todas sus cualidades tan armónico conjunto, que completaron su personalidad pujante con las características constitutivas del genio de su raza.

***

En su obra política, Morelos no conquistó el ideal que perseguía. Sin embargo, la obra del político, aunque inalcanzada y naturalmente imperfecta, es la más potente prueba de sus purísimos anhelos, de su talento y de sus avanzadas ideas institucionales.
Él soñaba fundamentar al fin de sus campañas, una paz de pueblo autónomo, y crear así una nación respetable y respetada, con el gobierno requerido por un pueblo de iguales: la república.
Meditando siempre en ese noble empeño, no descansó en la lucha diaria hasta lograr reunir, el 13 de septiembre de 1813, el Congreso de Chilpancingo, que fue el mejor premio a sus virtudes y la más bella de sus realizaciones.
Tuvo que sobrellevar las envidias inevitables y las escisiones vergonzosas, para llegar a tan ansiado término, hasta que al fin, ante los representantes populares reunidos después de ímproba labor, dio al Primer Congreso Nacional sus famosos Sentimientos de la Nación, inflamados del más acendrado patriotismo. En este histórico documento expone sus ideas para terminar la guerra, y sienta las bases de la futura Constitución, que debe hacer feliz y grande entre todas las naciones a México.
En tal documento, Morelos se eleva sobre la cumbre del patriotismo. Se coloca a la par de Simón Bolívar, de San Martín y de los egregios libertadores de nuestra América.
De los veintitrés puntos del importantísimo mensaje, insertamos algunos:
“1°. Que la América (hay que observar que no sólo habla de México) es libre e independiente de España y de toda otra nación, gobierno o monarquía, y que así se sancione, dando al mundo las razones.
“3o. Que todos sus ministros (sacerdotes) se sustenten de todos y sólo los diezmos y primicias, y el pueblo no tenga que pagar más obvenciones que las de su devoción y ofrenda.
“5o. La soberanía dimana inmediatamente del pueblo, el que sólo quiere depositarla en sus representantes, dividiendo los poderes de ella en legislativo, ejecutivo y judiciario, eligiendo las provincias sus vocales y éstos a los demás, que deben ser sujetos sabios y de probidad.
“Que los empleos los obtengan sólo los americanos.
“Que no se admitan extranjeros, si no son artesanos capaces de instruir y libres de toda sospecha.
“Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro congreso deben ser tales que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejoren sus costumbres, aleje la ignorancia, la rapiña y el hurto.
“Que la esclavitud se proscriba para siempre, y lo mismo la distinción de castas, quedando todos iguales, y sólo distinguirá a un americano de otro, el vicio o la virtud.”
Y por último, dice: “Que se solemnice el 16 de septiembre todos los años, como el día aniversario en que se levantó la voz de la Independencia y nuestra santa libertad comenzó, pues en este día fue en el que se abrieron los labios de la nación para reclamar sus derechos y empuñó la espada para ser oída, recordando siempre el mérito del grande héroe, el señor don Miguel Hidalgo, y su compañero don Ignacio Allende.”
Más tarde, al fin de un éxodo de intensa abnegación, escoltando a los portaestandartes de la nueva democracia, dio al pueblo, en Apatzingán, su primera constitución política, que si no es un conjunto práctico de principios de gobierno, lleva en su fondo teorías fundamentales de derecho y justicia, de igualdad, de paz y de confraternidad humana.
Elevó a categoría de derechos del hombre, la propiedad, la seguridad personal y las libertades físicas y de pensamiento, cimentando así, en el primer código político mexicano, el ideal que más tarde lanzaron al mundo los constituyentes del 57.
El Siervo de la Nación, como él mismo se llamara, reducido a la impotencia, debido a los fracasos de Valladolid y Puruarán, vio con profunda amargura que algunos miembros del congreso pensaban sólo en sus propios beneficios, y lo despojaban del mando supremo.
El congreso, perseguido, tuvo que huir de un lado a otro, pero ahí estaba Morelos, acompañándolo, como su principal servidor. ¡Qué desprendimiento de suprema humildad y sublime patriotismo!
Mientras tanto, todas las noticias de la guerra eran desconsoladoras, y el congreso, no obstante, seguía sesionando. Los españoles triunfaban en todas partes. Ya no había un Morelos que se les enfrentara, y así fueron cayendo los héroes: Miguel Bravo, poco después “Tata Gildo”. Morelos, al conocer estas noticias, acaso recordando a Matamoros, exclamó:
“Acabáronse mis brazos, ya no soy nada...”
El congreso, el 22 de octubre de 1814, expidió, por fin, la Constitución. “Un testigo cuenta que ese día —ha escrito René Avilés—, los insurgentes, que andaban casi desnudos, estrenaron uniformes de manta. Agrega, además, que se sirvió un banquete y que al caer la tarde, se efectuó un baile al aire libre. El general Morelos depuso su natural mesura, y con jovial alegría, danzó y abrazó a todos, y dijo que aquel día era el más feliz que había gozado en su existencia”.
Y aquel magno paladín, sin embargo, no tuvo hasta su muerte la sonrisa plácida de la fortuna, ni escuchó las trompetas de la fama. Cayó en la contienda cuando era más necesaria su acción para salvar al estado.
Debilitado en las derrotas por servir de salvaguardia al congreso que él veía como medio indispensable para su fin histórico, fue aprehendido, vilipendiado y escarnecido.
En sus últimos combates, la desgracia le acompañaba por doquiera, acongojándolo, pero no abatiéndolo. Por eso dijo a Quintana Roo, después de Puruarán: “Es preciso llevar con paciencia las adversidades..., aún ha quedado un pedazo de Morelos, y Dios entero...” Palabras que denotan una excepcional reciedumbre.
No perdía la esperanza ni menguaba su fe: era el impulso de su temple de acero que lo mantenía siempre sereno. Los infortunios lo agigantaron, nunca fue más noble ni más bueno, ni más bravo, ni más digno que en la adversidad.
El congreso, rectificando su imperdonable error, pidió a Morelos que tomase otra vez el supremo mando militar. No obstante que el alto cuerpo le había prohibido ocuparse de asuntos militares por ser miembro del poder ejecutivo, Morelos, noblemente y sin protesta alguna, aceptó la tremenda responsabilidad.
Y empezó su holocausto. La tarea era demasiado riesgosa. Había que trasladar a los miembros del congreso desde Uruapan a Tehuacán, por entre el poderoso enemigo, que estaba apostado en todas partes.
Entonces se reveló en toda su magnificencia el altruismo de su conducta; entonces resplandeció blanca y soberbia su inalterable pasión por la patria. El 27 de septiembre de 1815 salió de Uruapan. Su ejército no pasaba de mil hombres, la mitad sin armas. Pidió auxilio a Nicolás Bravo y otros generales que se encontraban cerca, y salió de esa plaza para seguir luchando. Pero advertidos los realistas de sus pasos, por la infamia de un traidor, el enemigo lo sorprendió en Texmalaca, la mañana del 5 de noviembre. Aun cuando era casi imposible que se defendiera, el libertador insigne dispuso el combate. Inútil fue la súplica del general Bravo:
“Póngase, señor, a salvo... Yo le cubro la retirada.”
“No —le contestó—, vaya usted a escoltar al congreso y déjeme pelear, que aunque yo perezca, importa poco”. Aquel gesto de sublime heroísmo significaba la abdicación completa de su personalidad, la excelsitud suprema de su amor a la patria.
¡Oh, sí!, Morelos amaba a la patria, porque la patria era hija suya, y como Séneca, no la amaba por grande, sino por suya.
Amaba a la patria, porque su amor es dulce y compasivo, porque podría mirar sus dolores con estremecimientos paternales.
Amaba a la patria, como decía Mazzini, no por su territorio, que no es sino su base, sino por la idea que brotara en él, de comunión de pensamiento que estrechara a todos sus hijos.
Amaba a la patria, porque era un virtuoso, y la primera de las virtudes, según el verbo napoleónico, es la devoción de la patria.
Amaba a la patria, porque el extranjero se adueñó de sus montañas, de sus lagos, de sus campos y de sus cielos, porque la patria tenía sus pensamientos y se los había arrebatado; porque él había venido al mundo a rescatarla del intruso y ponerla a los pies de sus hermanos, y porque las cenizas de sus héroes ancestrales le demandaban la libertad perdida.
Morelos, pensando como Cicerón, que las mejores y más nobles facultades deben consagrarse a la patria primero que a sí mismo, no tuvo más descanso que sus noches, ni soñó más retiro que el eterno, si conseguía salvar a su patria.
Amémosle infinitamente, amémosle siempre. Sigamos en los momentos de angustia su fuerte ejemplo. Los muertos inmortales son más poderosos que los vivos; que él conduzca a nuestro pueblo.
La fama de Morelos no es producción imaginaria del mexicano; ni una falsa gloria forjada por la leyenda nacional, es algo fuerte como el bien e imperecedero como la verdad.

NOTAS
1 Jamaica
2 En esta breve semblanza del padre de nuestra Independencia nos hemos guiado principalmente por el estudio concienzudo y documentado que constituye la obra monumental de don Luis Castillo Ledón: Hidalgo.
3 José María Morelos, por René Avilés. México, D. F.
*Fuente: Isidro Fabela. Paladines de la libertad. Populibros La Prensa. División de Editora de Periódicos, S.C.L. 17 a 39 Pp.