REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Verdades y recuerdos de la sociedad holandesa


Luis David Pérez Rosas

Holanda ha sido una nación que desde siempre quise visitar; antes de realizar aquel viaje ya contaba con cierta información y conocimiento. Se trata de un país europeo que representa a una sociedad muy avanzada, con altos niveles de civilización y calidad de vida; y que tiene mucho que enseñar a México. Para que los mexicanos aprendamos de otras culturas, no es necesario dejar de lado nuestras tradiciones y costumbres; eso nunca, pero sí saber asimilar lo mejor y lo más civilizado de cada contexto. Afortunadamente, las ortodoxias cerradas e irracionales van cobrando cada vez menos vigencia (obviamente, no todas las ortodoxias son así), y nos encontramos inmersos en la posmodernidad, época que anuncia y exige sabios eclecticismos; son los tiempos de las alianzas económicas, mezclas raciales, combinaciones socio-culturales, intercambios políticos, incluso, híbridos musicales.
Hace algunos años visité dicha nación, y de hecho celebré con unos mexicanos que nos encontramos mi ahora (ex)novia y yo, el día 15 y 16 de septiembre. Al recorrer las calles de Ámsterdam, pudimos apreciar una pulcritud impecable, limpieza extraordinaria, paisajes bellísimos, hogares (hermosas casas al estilo europeo) flotantes encima de canales acuíferos, lagos por doquier; agua y bicicletas son lo que sobra en aquel lugar. No es frecuente el clima soleado en Ámsterdam, recuerdo que el clima era fresco, soleado pero con algo de viento frío, aire puro, no contaminado.

Recorriendo las calles y el afamado Barrio Rojo de Ámsterdam, nos dimos cuenta de algunos elementos que, considero, demuestran un gran avance en materia de civilización con respecto a otras culturas. En primer lugar, la prostitución se ejerce de manera libre, profesional y con permiso oficial, o sea, no existe algún tipo de prejuicio o moralismo hacia este fenómeno social tan evidente; sin embargo, en otras sociedades se ha tratado de evitar hasta la náusea su reconocimiento; paradójicamente, el oficio más viejo de la humanidad. Aquellas damas (algunas de ellas provienen de otros países) que prestan sus servicios, se encuentran en bikinis y exhibiéndose en vitrinas, y los niños, las mujeres, los ancianos... todos asimilan este hecho social como algo absolutamente normal.

En segundo término, podemos percibir que aquel humo prohibido en muchas partes del orbe, pero no en todas: el olor de la marihuana, es aprovechado por jóvenes, mujeres, señores, etcétera, que se encuentran tomando un café y reposando en un bello atardecer. Este ejemplo sería valioso retomarlo para abordar con mayor amplitud y conocimiento el debate sobre la legalización de la mariguana en México. Recordemos que no sólo en Ámsterdam está permitido su consumo, sino en otros lugares del mundo como en algunos estados de la Unión Americana (“en California existe Oaksterdam en analogía a Ámsterdam”). Hipotéticamente, no pocos investigadores sociales consideran que con la legalización de la droga, se podría eliminar sustancialmente el narcotráfico.

Como tercer punto, podemos nombrar que las personas con discapacidad no son relegadas hasta el olvido como en México suele suceder, a pesar de conformar aproximadamente el 11% de la población nacional. En Holanda, la gente con alguna discapacidad tiene derecho a la educación, a la sexualidad, a la diversión, es decir, a la vida, al placer, al trabajo, tanto como los demás ciudadanos. No hay discriminación en ese sentido.

La existencia de la libertad sexual es el cuarto ámbito de reflexión. En pocas palabras, es permitido el matrimonio entre individuos del mismo sexo, o sea, el lesbianismo y la homosexualidad no son perseguidos, tampoco la bisexualidad ni la heterosexualidad. No hay algún tipo de segregación por motivo de preferencias sexuales; Francia es otro caso similar, entre otros países europeos.

El quinto aspecto interesante se refiere a que los holandeses son personas muy conscientes de la problemática de la contaminación ambiental, que es producida por los vehículos. Por ello, una opción ciudadana ha sido el uso habitual de la bicicleta, así que niños, niñas, ancianos, mujeres, señores con traje y corbata, jóvenes... todos viajan en bicicletas para ir a la escuela, al trabajo, al bar, a la fiesta, a la tienda. Y lo curioso e interesante del caso es que no hay algún tipo de pudor o pena. En cambio, ¿en México quién se atrevería a llegar a un “Antro” en bicicleta? Apuesto a que abundarían las críticas y los prejuicios a quienes asumieran “la cultura de la bicicleta”. (Para mayores comentarios al respecto, remitirse a un texto donde abordé la cultura de la bicicleta: Búho: Núm. 129, 5 de julio de 2011, p. 73)

Como sexto rubro, la cultura cívica es el pilar de la ciudadanía holandesa. Esto se puede apreciar en la limpieza de las calles, del metro, en la forma totalmente civilizada de conducir de la gente, el respeto a los ciclistas y a los transeúntes, la seguridad y la tranquilidad con que se vive en aquella nación.

Por otro lado, los quesos y los chocolates son exquisitos y, a mi gusto, insuperables. La política, la economía y la sociedad mantienen su carácter de estabilidad y crecimiento sostenido, lo cual irradia seguridad y progreso a sus habitantes. Por el puerto más importante de Holanda: Rotterdam, ingresan grandes cantidades de mercancía, las cuales se convierten en enormes cifras monetarias que son administradas en la ciudad de La Haya, y que son tremendamente invertidas en Ámsterdam. Tal parece que esta ciudad tiene méritos suficientes para postularse como la ciudad más democrática del orbe.

Por último, en Ámsterdam estuvimos en el aeropuerto más grande del mundo, que se llama Schipol, que de hecho es inmenso y extremadamente elegante; ahí hicimos escala y tuvimos que correr sin parar para no perder el otro vuelo de conexión. Allí también, fue donde un agente de aduana holandés me pidió que le entregara mi navaja de uso doméstico y “para días de campo”, y me explicó en idioma inglés que el motivo era la precaución por los atentados del 11 de septiembre. Volteé y miré que atrás de él había diez navajas similares decomisadas y con la mía serían once. No tuve más remedio y se la di. Esa navaja era de mi abuela, luego fue de mi padre y después mía, así el valor no sólo era material sino moral, familiar, histórico, místico... Me sentí triste y mi novia me consoló al tomar el vuelo. Pero tengo ganas de volver a Ámsterdam.

luisdavidper@yahoo.com.mx