REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 11 | 2019
   

De nuestra portada

Incendiemos la ciudad…


David Martín del Campo

Quizá esto sea simplemente sacrilegio. Aquí a 50 metros rechinaba y traqueteaba la primera imprenta traída a América, en 1539, con todo y el impresor Juan Pablos… El gobernante de entonces era el vice rey Antonio de Mendoza y Pacheco, y trajo en barco y mulas esa tipografía primigenia en la que se imprimió la Primera Doctrina Cristiana en Lengua Mexicana. Ahora, 476 años después, en que el lugar de don Antonio lo ocupa el licenciado Enrique Peña, estamos celebrando el lanzamiento de una novela sin papel, sin imprenta y sin libro.
Aquélla, la prensa de Gutemberg, tardó 22 semanas en llegar desde el puerto de Cádiz hasta esta casa de impresión. La novela de Emilio Losada, en cambio, ha tardado segundo y medio en cruzar el Atlántico para quedar inscrita en el 2º Premio Internacional Ink de Novela Digital. Y ha ganado, por cierto.
Debo confesar que es la primera vez que leo así, de jalón, novelas en pantalla. Algo de herejía hay en ello, pues fui educado en la creencia de que los libros eran de papel, la sopa de fideos y las mujeres difíciles.
La novela de Losada es deslumbrante, muy divertida, a ratos dolorosa y, por lo mismo, entrañable. “Robert”, el protagonista, es un hijo perdido de la vida. Ha estudiado la Universidad, quiere escribir algún día su primer libro, lo abandona su primera y su segunda mujer, cree que la vida habita en los cafetines y los bares donde mira pasar a los habitantes de su Barcelona indómita, porque la novela se anuncia como eso, una “historia verídica barcelonesa”.
Cuando decidimos que este manuscrito debería de ganar el concurso, percibimos que en el aire había un homenaje a Rayuela, la inmortal de Julio Cortázar, sólo que él celebraba al París de los años 50, mientras que Losada festeja a la Barcelona de estos días… “la Barcelona de siempre… –machaca el protagonista–, la de patillazas y mariconeras, la mestiza y guarrindonga, la de la Charo y el Pepe del queridísimo Manolo Vázquez Montalbán, la Barcelona sin Cataluña y sin España, sin patria ni bandera, ¡la pecaminosa y charnega!, la muerta y enterrada en serpentina y colorín, la Barcelona-Barcelona… la eterna Barcelona”.
No por nada el autor abre su novela con un poema de Jaime Gil de Biedma, barcelonés por adquisición, quien nos previene: “Es ésta la ciudad. Somos tú y yo. Calle por calle vamos hasta el cielo. Toca la piedra mansa, la paciencia del pretil” …porque Aviones de Fuego es también un homenaje a otros autores que han amado la ciudad condal: el memorioso editor Carlos Barral, los hermanos Goytisolo, Juan Marsé y su hondísima Últimas tardes con Teresa.
En ese tenor se inscribe Aviones de fuego, de este escritor catalán y andaluz (o al revés) quien ganó el año pasado el Premio de Poesía Villa de Peligros, Granada, y el año pasado fue finalista del Premio Internacional Contacto Latino con su novela Los ángeles rasos. Y lo digo porque Aviones de Fuego es más que una metáfora… ese juego infantil de arrojar avioncitos de papel encendidos, desde el quinto piso, y a ver qué pasaba. Uno tras otro, toda la tarde, porque ninguno llegaba entero al piso y alguno habría de ingresar por algún balcón y tal vez incendiar el piso y el edificio… o Barcelona entera, en un azaroso ajuste de cuentas.
Además que los personajes que acompañan a Robert son del todo admirables, como la Marta… “que con sus oquedades no dejaba de ser una mujer, sus atributos mamarios y demás y que se haga constar que en alguna ocasión permitía conatos eróticos nada serios, tal vez un toqueteo por los bajos, pero nada de cuidado. Todo lo contrario que la espirituosa Alasanfán, o el Tonet, o la Sophie, o el Eusebi, o la Vespa misma que todos comparten, pero sobre todo “el Ente”, Asdrúbal, el fotógrafo muerto que no ha muerto y se pasea como un fantasma por el piso que ha ocupado Robert.
Al principio se hiela del miedo, luego se hacen amigos, luego cómplices… ¿y qué es lo que pide un fantasma que fuma y fuma, luego de siete años de contención y cementerio? Una mujer, así que el protagonista ha de contratar una putilla rumana para que el Ente, tenga por fin y por 200 euros entregados a regañadientes, trato íntimo e indispensable.
Lo decía, Aviones de fuego es una novela espléndida, plena de amenidad, a ratos espeluznante y a ratos de rodar en carcajadas.
Es la novela que merece Barcelona en estos días en que decide su futuro. Si española o catalana, o ambas o ninguna, ya lo sabremos, pero la novela de Emilio Losada estará ahí para testimoniar un tiempo y una ciudad que arde de vitalidad y entusiasmo.