REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

Tranco I
Aquí va un diálogo -entre un joven, Raúl y su abuelo Vicente- que creo nos será de mucha utilidad para comprender mejor las historias de la lenta entrega del país a los intereses extranjeros. Estos diálogos los podemos situar en el transcurso de los años cincuenta del pasado siglo:
EL PRESIDENTE WILSON
-“Pues mira, Raúl, acomódate bien y goza tu café. Sucedió en 1914, aquí en esta misma ciudad de Veracruz. Voy a contarte desde el principio, claro: Mira, en el mes de mayo de 1913 salió publicado en un periódico norteamericano el Saturday Evening Post el artículo siguiente, y que habla sobre la situación que privaba en este país y sobre la política que hacia México instrumentaban en los Estados Unidos y que el presidente Wilson ejecutaba a carta cabal. -Y de su bolsa de cuero sacó un recorte periodístico- :
“Es cosa curiosa que todas las demandas porque se establezca el orden toman en consideración no el orden para beneficio del pueblo, sino para beneficio del antiguo régimen de los aristócratas, de los intereses creados, de los hombres que son responsables precisamente de estas condiciones de desorden.
Nadie piensa en el orden para ayudar a que la masa del pueblo obtenga una parte de su derecho y de su tierra. Es mi intención, una vez que he comenzado esta empresa, no desistir de ella, si no se me fuerza a ello, hasta que se me den seguridades de que las grandes injusticias que ha sufrido este pueblo están en camino de ser reparadas. Por supuesto que no nos incumbe exigir un procedimiento para la partición de la tierra, por ejemplo, porque eso nos colocaría en la posición de un dictador, lo que no somos, pero nuestra intención es no cesar en nuestra amistosa oficiosidad hasta que se nos asegure que todo está en camino de arreglo feliz.”
Raúl escuchaba con atención lo dicho por el presidente Wilson, y se intrigaba y se preguntaba acerca del verdadero contenido y alcance de ese artículo.
Lo expuesto por el presidente que representa los intereses imperialistas y que es la voz cantante de los Estados Unidos, no dejaba duda alguna de lo que sabía sobre la realidad mexicana. Con esas palabras, Wilson, dejaba expuesta una verdad que dolía. Lo dicho por el presidente norteamericano era cierto. Ésa era la triste y cruel realidad en la que el pueblo mexicano está situado. Vicente, el abuelo, le decía a Raúl que lo expresado por el presidente Wilson era de una verdad total, -“pero no admito-, decía Vicente, con el coraje apenas disimulado, que haya injerencias extranjeras en nuestros asuntos internos.
Y lo peor de todo, hijo, es lo que aquí en nuestro México se publicaba sobre estas cuestiones tan dolorosas, mira, -y de su bolso sacaba otro recorte de prensa-, éste es un pasquín que dirigía un tal Paul Hudson, y que era portavoz de la colonia norteamericana y de otras fuerzas intervencionistas y claro, la voz de las empresas estadunidenses que hacían pingües negocios en nuestro México.
Te lo voy a leer: “Estamos absolutamente seguros de que la gran mayoría de los mexicanos inteligentes y las clases propietarias de México, preferirían a ojos cerrados ver la intervención americana y no que su país caiga en manos de las devastadoras huestes revolucionarias.”
Vicente, en un arrebato de ira republicana, arrojó luego a la mesa, que hizo temblar el café de Raúl, aquél periódico. Y con las manos y labios todavía temblorosos, sorbiendo su todavía caliente café, le soltó a Raúl otra andanada de historia:
LA INTERVENCIÓN NORTEAMERICANA
-Ahora, Raúl, te voy a contar, aunque sea brevemente, pues tengo al rato una reunión muy importante con varios amigos de mi generación, la relación que encuentro entre lo que dijo el presidente de los EEUU, Wilson, y otra nota sustentada por otro gringo, dizque periodista, con la intervención norteamericana a nuestro país en el año de 1914. Y cada vez que lo recuerdo, -sigue diciendo el abuelo Vicente-, la rabia me llena y nubla mi vista, y el tartamudeo no me deja para nada. Va: Era el mes de abril de 1914 y en Tampico se libraban las batallas entre los federales, esto es, el ejército federal huertista y los rebeldes, o sea el ejército constitucionalista, acciones que eran dirigidas para tener el control militar de ese puerto. Y ello ante la presencia ominosa de la 4ª. División de la Flota Atlántica norteamericana dispuesta en esas aguas nuestras para resguardar la zona petrolera norteamericana de la localidad. Pero me voy a ir un poco antes de esto para que te resulten más claros estos terribles hechos. -Otros tragos a sus respectivos cafés y Raúl mordisqueaba su pan y “paraba” los oídos-. Lo que en diciembre de 1913 sucedía era que el general constitucionalista Cándido Aguilar se había acantonado en una región muy cercana a la ciudad de Tuxpan, en el estado de Veracruz, y dominando por esa situación estratégica la zona petrolera.
El almirante Fletcher -sí, el mismo personaje que tomaría, invadiría, meses después, la ciudad de Veracruz- había amenazado a Cándido Aguilar, desde el acorazado Nebraska con el desembarco de sus tropas para resguardar los bienes de sus compatriotas, y lo haría si el general mexicano no se alejaba de esa zona vital.
El general Aguilar, ni tardo ni perezoso, le contestó a esas amenazas imperialistas, que sus tropas habían establecido garantías a todos los extranjeros, pero que en caso de que Fletcher cumpliera su amenaza, estaría en la obligación republicana de atacar a las fuerzas que desembarcaran, procediendo luego a incendiar los campos petroleros y pasaría por las armas a los yanquis que allí se encontraran. -Dicho esto, el abuelo Vicente se levantó de su asiento y con voz plena y potente lanzó al aire un ¡Viva me general Cándido Aguilar! ¡Vivan los mexicanos de a de veras! Y una furtiva lágrima, que sólo Raúl pudo ver, se escurrió por la mejilla del abuelo-.Y era tal la algarabía que privaba en ese entrañable café de la Parroquia, que un grito más o un grito menos no merece la atención de nadie. Allí en ese café porteño está claro que cada loco puede tener su tema, de manera que esta manifestación patriótica del buen abuelo de Raúl, tampoco mereció ser escuchada o atendida por los parroquianos que a esa hora atestaban el lugar.
-Sigo -dijo don Vicente-, continúo, y perdón, pero estoy un poco eufórico con esa actitud de macho de mi general Aguilar. Ay, cuántos generales como éste necesitamos el día de hoy. Pues cuando sobrevino la intervención norteamericana de 1914, cuando las tropas invasoras penetraron en nuestra tierra mexicana, y en contraste con la actitud del general Aguilar, el general del ejército federal Gustavo A. Maass, por cierto, claro, tenía que ser, sobrino del usurpador Huerta, huyó de la plaza. En su gran prisa por salvar su vida, olvidó las condecoraciones, su espada y, esto es insoportable, la bandera del batallón a sus órdenes.
Por fortuna para el honor de la patria, en el puerto quedaban unos cien reclutas para hacer frente a los invasores y fueron los alumnos de la Escuela Naval quienes ofrecieron la mayor resistencia, y también pusieron su gran grano de arena muchos veracruzanos que no se quedaron con las manos en la espalda. Al segundo día de la invasión artera, Andrés Montes se dirigió a su mujer y le dijo:
-“Aquí te dejo colgado este machete, anoche lo afilé bien para que al primer gringo que se atreva a entrar en esta casa le mochas la cabeza”. Luego de escribir una carta a su hijo menor, Andrés salió de casa para morir en el fragor del combate.
-Y aquí, Raúl, cuando te digo esto, guárdalo bien dentro de ti, no olvides nunca estas muestras de valor y de entrega, estas acciones extremas que toma la gente del pueblo ante un caso así. Tenlo siempre presente, hijo, siempre.
-Bien, pues cuando la soldadesca gringa pisaba nuestras banquetas, tiroteaba nuestras casas sucedió un hecho ignominioso, otro más, y qué te digo, más indigno, más aberrante, más afrentoso todavía: El 26 de abril fue izada la bandera norteamericana de manera oficial. ¡Qué humillación! Y te cuento esta otra gesta popular en donde se ve que, por fortuna, todavía quedan unos pocos mexicanos con dignidad y con sentido patriótico: El 28 de abril, el ejército norteamericano pidió evacuar la cárcel. Entonces el anciano coronel que era el jefe de la fortaleza, exigió que se le permitiera retirarse con la bandera desplegada, a tambor batiente y con los honores de ordenanza, por parte de las tropas invasoras. Todo lo cual fue aceptado por los norteamericanos. Y mira -de su bolso extrajo otro recorte periodístico- Raúl, muchacho, este recorte nos narra este suceso: “De la fortaleza salieron libres todos los presos políticos, los pocos soldados sin armas, el jefe del castillo y el jefe de la prisión, coronel Aurelio Vigil, un octogenario que abrazando la enseña tricolor desfiló entre los invasores que le presentaban armas y batían marcha en honor a la bandera, y todos los que formaban el triste cortejo, derramaban lágrimas de emoción.”
En la mesa del abuelo se hizo un breve silencio. Raúl miraba las lágrimas de don Vicente Espejo que resbalaban por su curtido rostro. Lágrimas que secundaban a las que en su tiempo le salían al coronel Aurelio Vigil.
Por supuesto que Raúl, no olvidó jamás esas páginas y retuvo para sí las enseñanzas que florecían en ellas.
Ahora, Raúl, por el hecho de ser estudiante, y luchar por un México libre, sufría la realidad mexicana encarnada por granaderos y soldados y judiciales que los torturaban.
Sentía en carne propia cómo la violencia estallaba en las ciudades. Por eso mismo, ante la devastación oficial, ante la agresión y los golpes, ellos no iban a ceder nunca en su lucha revolucionaria (Raúl formó parte de la Liga 23 de Septiembre).

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