REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
13 | 08 | 2020
   

Confabulario

Tarde de magia y amistad


Martha Figueroa de Dueñas

No fue fácil llegar hasta él; me abrí paso a empujones. Los saludos, el beso amistoso y el gracias por invitarme me detenían. Yo deseaba estar a su lado. Y sus manos estaban tan lejanas. Por fin cuando llegué, mi sitio estaba ocupado. Recordé en El Aleph el cuento de “La busca de Averroes” cuando: Farach preguntó si la ciudad quedaba a muchas leguas de la muralla que Iskandar Zul Qarnain1 levantó para detener a Gog y Magog. -Desiertos la separan dijo Abulcásim, con involuntaria soberbia. Cuarenta días tardaría una cáfila2 en divisar sus torres y dicen que otros tantos en alcanzarla.

Así sentí la distancia que me separaba de Borges al ver a su lado derecho a Octavio, del izquierdo, a María. Pero qué podía hacer, obviamente no iba a levantarlos. Pero ese momento era mío. Me aproximé lo más discretamente que pude y me senté en el piso, recargándome en las piernas de Octavio a manera de respaldo. Atravesé mis manos sobre sus piernas, para tomar la de él, tibia, regordeta, pulcra. Mano frágil, ligera, con la magia de ese oficio sólo suyo. Mano temblorosa siempre en busca de algo, sin recepción, sin entusiasmo. Mano frígida. No me era agradable su tacto. Disimulé. En ésa y por esa ocasión era mía. Yo lo había llevado. Todos aplaudían lo que él decía; yo no. Yo no escuchaba, sólo oía y trataba de limpiarme la saliva que salpicaba al hablar. Desde abajo, lo veía lejano, como a un personaje de sus propios cuentos fantásticos.

¿Por qué admiraba a ese hombre si me era tan desagradable? ¿Cuál será su fascinación? ¿Qué me encandilaba de su presencia? ¿La música de su voz? ¿O su cuerpo tan inerte como sus manos, despidiendo calor y robándome la energía, la de Paz, la de María para poder soportar la atmósfera, sin mirarlos, sin percatarse con todos sus sentidos que estaba rodeado de seres extraños, que lo someten a preguntas y él no sabe la respuesta de su vida? “Hay quienes dicen que mira con todo su cuerpo y que al tacto recuerda la piel de durazno”.

Pasado un rato Octavio me dijo: -pero Martha, tu eres la anfitriona. Me senté. Ahora yo guiaba su mano, la del vaso hacia la boca. Le daba de comer; qué importaba que la abriera y siguiera escupiendo partículas que se instalaban sobre su traje. Qué importaba, ya no estaba abajo, ahora lo veía de frente, directo, sus grandes ojos blancos que una vez fueron azules veían más de lo que yo nunca había visto. La amplia cara sostenía unas orejas considerables, como si a fuerza de no usar los ojos ellas crecieran. Qué importaba que él no me pudiera ver, si ahora lo escuchaba, lo veía, lo tocaba. ¡Lo oía reír! Ya era mío. Mío como lo había soñado, con la ilusión infantil de un deseo imposible, o una quimera.

Habló de él, de otros, de su madre, de su soledad, de la ausencia y las ausencias, gimoteó un poco. Analizó los personajes de algunas de sus obras, le pregunté por Sábato y sus Diálogos; acerca del programa que vino a participar. Habló con Daniel, con Capistrán. Preguntó por Arreola, por Wimer, por Rulfo, por Fuentes. Por sus amigos de ahora, de antes, de siempre. Habló, habló y una luminosidad lo cubría. Ya no veía la lluvia de su boca. Sólo lo veía a él. No había otro como él, no habrá otro como él. Bebió, comió, rió, creo que hasta fue feliz. Reconoció a sus amigos y encontró otros, noche sin agresiones. Sólo de magia.

Llegó el momento de ausentarse, de dejarnos sin su presencia que ya sería imborrable. Le tomé de la mano, le pedí que esa noche fuera yo su lazarillo. Daniel nos acompañó. Los amigos le abrían paso y aplaudían, volvían a darnos las gracias.

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1 Alejandro Bicorne de Macedonia
2 Caravana