REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
20 | 07 | 2019
   

Confabulario

La victoria de la cobardía


Diana Ramírez Luna

Siempre he creído que enamorarse después de la primera vez es un acto de audacia y osadía, así como volver a meterse al mar con sus desenfrenadas olas tras haber sido arrollado, revolcado y escupido por ellas en la arena. Fue por eso que, en un acto de vil y sucia cobardía, decidí decirle a Juan que estaba perdidamente enamorada de alguien, alguien que había llegado a cimbrar mi vida, y que no tenía ojos para nadie más que para ese hombre cuya presencia me inspiraba el amor más puro que jamás había sentido. No mentí, sencillamente no le dije que se trataba de él.
Lo conocí, o más bien, lo reconocí un día de marzo. Por esos días yo había tenido una buena y cuantiosa producción literaria y él me pidió con especial fervor dejarlo asomarse a esos textos. Se lo permití, no había nada que me maravillara más que un lector ávido de mi palabrería. Por curiosidad, yo también pedí dar un vistazo a su trabajo y, quizás, ahora lo pienso, ése fue el momento de la rendición, porque descubrí y comprendí el prodigio de que esa persona transparente me dejara observar hacia su interior a través de la poesía, de una poesía alta e inteligente, llena de mitos y momentos históricos, de volcanes mexicanos y pasión desbordante.
Días después nos encontramos en un café. Me encantaría decirles, porque la circunstancia se presta para ello, que en un café de Ménilmontant o algún otro barrio parisino, pero no. A cambio de ello, nos reunimos en una apacible calle de Lindavista y conversamos breves instantes. Casi enseguida sacó de su pequeño maletín un original y no sólo me dejó leerlo, sino que me pidió que lo hiciera. A mí, que nada sé de poesía, que tanto me falta por leer, que me considero una inculta de la literatura y a veces hasta profanadora de la prosa. A mí que ya comenzaba a quererlo.
Estuve largo rato leyendo el original y haciendo correcciones nimias mientras él dibujaba en una servilleta, casi sin mirarme, como si yo no estuviera ahí. Esporádicamente yo hacía pausas en la lectura y preguntaba o comentaba algo respecto a los poemas, él contestaba y yo retornaba mis ojos al papel.
Así se fue ese día y así tuvimos tantos otros. Siempre quise e intenté que un poco de ese lenguaje suyo me contagiara aunque sea los rastrojos del padecimiento de la poesía, pero nunca lo logré. A cambio de ello, él me regalaba esas tardes de andanzas literarias. A cambio de esa discapacidad mía para el aprendizaje, él me volvía los días poesía, me regalaba las más grandes hazañas de mi propia vida con sólo hablarme, con sólo escucharme y leerme.
Un día me habló del valor, la valentía y la carencia de estas dos virtudes humanas. No pude sino relacionarlo con lo que me estaba pasando en ese momento. Cuando conocí a Juan, yo tenía poco menos de un mes saliendo con Rodrigo, Ro, como todos nos referíamos a él. Era una relación sin aspavientos, sin ataduras, sin sobresaltos ni celos. Era la relación que todo mundo desearía, una pareja que es tu amigo, tu equipo de trabajo, tu compañero de fiesta, tu amante y el ancla que te mantiene en el piso. Era una relación cómoda.
Ro es un chico de tez blanca, con visos a la transparencia, guapo, que apenas me lleva cinco años, ambicioso como yo, inversionista con presencia y clase; un portento de hombre. Y sin embargo. Carecía y carezco de la valentía para lanzarme de nuevo a ese mar implacable, inmenso, que representa el amor, el de verdad; no el que te mantiene en una deliciosa zona confortable donde las olas no hacen sino balancearte de un lado a otro hasta la inducción de mantenerte a flote únicamente, sin necesidad de avanzar, patalear, atragantarte con unos sorbos de agua salada y luego regresarte la respiración. No tuve las agallas para saltar y abandonar ese salvavidas que era Ro en mi vida ni para decirle lo que todos sabíamos, que esa relación era un sinsentido porque no nos dirigíamos hacia ningún lado, no teníamos propósitos ni puerto; no teníamos futuro. Y a mí siempre me ha gustado mirar hacia el frente.
Ésa era una relación, pero ¿qué tenía con Juan? ¿Qué me había llevado a sentir todo eso por él, cuando ni siquiera nos habíamos rozado la piel? Porque él no era como los demás, él no intentaba tomarme por la cintura o besarme. Con él me bastó una palabra, un poema suyo para saber que era todo lo que yo quería y necesitaba. Él era diferente. Y una está perdida cuando tiene la certeza de que ese hombre es diferente a los demás.
El mayor contacto físico que tuvimos Juan y yo sucedió un día en que nos quedamos en su carro a platicar, ver el arrebol y escuchar a Bach. Sí, tiene a Bach en su repertorio básico de música para escuchar en medio del tráfico capitalino. Ese día le conté acerca de la muerte de mi abuelo, de lo dolorosa que fue para mí y de que a casi un año de ésta, no lograba superarla. Él me escuchó con atención y no dijo nada. Creo que le causé cierta incomodidad por haberle confiado algo tan personal, tan profundo; ahora pienso que quizás su gesto fue de desconcierto, pues no entendía por qué le contaba eso a él. Tras un gélido silencio me despedí y al darle un beso en la mejilla, me abrazó. Me abrazó fuerte y me dio las gracias.
Y es que qué falta nos hacía entonces tocarnos las manos, los cuerpos, si ya nos habíamos tocado las memorias, pues él ya se había instaurado en la mía sin solicitudes ni opción a dar marcha atrás. Unos meses bajo las mismas circunstancias bastaron para que no me cupiera la menor duda de que estaba enamorada. Perdida, irremediablemente.
Cada una de las salidas al parque, a beber tinto, a escuchar a Bach por la ciudad, a comer helado en alguna banca del centro, a escucharlo interpretar a Vivaldi o a los Beatles en su piano personal, se convirtieron en el momento más esperado de la semana y en el constante motivo de irritación de Ro, quien, a diferencia de mí, no reparaba en hacerme ver que el tiempo, las palabras e incluso las miradas que le dedicaba a Juan no eran propios de una amistad.
Entonces pensaba en las ganas de besar que me provocaban los labios de Juan, y que ya para entonces me parecían irreprimibles. Pero a la sazón volvía a pensar en la valentía y en la cobardía y así caí en cuenta de que estaba actuando como mejor podía proceder; así me tuviera que morder los labios, no los dejaría llegar hasta él, porque no arruinaría el amor más puro que he sentido con algo así. “Ya he estropeado demasiadas cosas en mi vida como para, también, estropear mi muerte” escribió Fresán, y por aquella época lo citaba todo el tiempo, porque él pudo haber sido mi muerte, mi última muerte, y yo no me habría perdonado estropearla.
Siempre he creído que enamorarse después de la primera vez es un acto de audacia y osadía. Fue por eso que, en un acto de vil y sucia cobardía, decidí decirle a Juan que estaba perdidamente enamorada de alguien, cuya presencia me inspiraba el amor más puro que jamás había sentido. No mentí, sencillamente no le dije que se trataba de él. Se lo dije, sin importar lo cursi y cliché que pudiera resultar, en el mismo café donde nos encontramos por primera vez a leer sus poemas y donde en alguna ocasión me regaló el borrador de uno de ellos.
Permaneció impasible, escuchando, mientras yo, con la alegría de una enamorada y la angustia de una cobarde, que a la vez se libera de la materia turbia del amor, sabe que está firmando su carta de renuncia a él, aunque con una esperanza. Con la ilusión de que alguna palabra suya me diera el valor suficiente para renunciar a todo y confesarle que era él, que siempre se había tratado de él.
Entonces me tomó una mano, como si no lo quisiera hacer, como un compromiso, y me dijo que no tuviera miedo, que hiciera lo necesario para estar con ese hombre y que me agradecía la confianza depositada en él. Luego, con un apretón final, me dijo que le entusiasmaba la idea de verme enamorada porque me podía imaginar perfectamente así, con los ojos iluminados y la sonrisa radiante; que le daba gusto porque él, en ese momento de la vida no tenía cabeza ni ganas ni tiempo de hacerlo y que incluso había renunciado a la ilusión de volverse a enamorar algún día.
Como siempre, me llevó a casa y nos despedimos como si no fuéramos a volver a vernos jamás, sin palabras, ironía entre un par de escritores. Y estuve a punto de besarle los labios antes de desprenderme de su abrazo y después de inhalar fuerte esa fragancia que uno encuentra única en el ser amado, pero me limité a juntar mi mejilla con la suya y dedicarle una falsa sonrisa forzada.
Esa noche recibí un mensaje suyo donde me deseaba suerte con el hombre de mis sueños y me recordaba la importancia de la valentía. También me decía que se iba unas semanas o quizás meses a un pueblo de Oaxaca, su tierra natal, a terminar un proyecto que había postergado, así que no sabía hasta cuándo nos volveríamos a ver.
Le cedí la victoria a la cobardía y no contesté ese último mensaje, ya había callado demasiado como para hablar ahora. Hablar y ensuciar. No había vuelto a Lindavista hasta ayer y, al pasar por ese mismo café, su recuerdo se transformó en una imagen recurrente, no como persona sino como instante. Cobré consciencia de lo efímero de cada uno de los momentos que suceden en nuestra vida y pensé en la hermosa manera que tiene Juan no sólo de verla, sino de materializarla en palabras.
Aunque nunca me ha gustado ni lo he sabido tomar, pedí un espresso, lo que él bebía cuando íbamos a ese lugar. Me senté en la misma mesa que ocupaba con él y no tardé más de cinco minutos en ponerme existencialista. No le encontré sentido a seguir ahí, pagué y me fui. Al salir del lugar me embargó esa sensación que me persigue desde hace años cada que abandonó algún sitio, la certeza de que estoy olvidando algo, de que sin darme cuenta algo de mí está siéndome arrebatado de manera burlona, sin que yo pueda darme cuenta ni hacer nada al respecto. Como si me robaran algo que no puedo ver y no sabré qué es porque no lo volveré a ver.