REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
11 | 11 | 2019
   

De nuestra portada

De Quincey, Poe y Baudelaire: espíritus afines


René Avilés Fabila

Siempre me han llamado la atención los espíritus afines, las almas gemelas o las vidas paralelas, según la terminología de Plutarco. No es frecuente encontrarlas. Podrían ser algunos casos de amistad entrañable y semejanza cultural como los de Liszt y Wagner, Kafka y Max Brod, Borges y Bioy Casares, Marx y Engels, donde las similitudes espirituales e intelectuales eran de hecho muy parecidas. Un caso notable es el de Edgard Allan Poe, Thomas de Quincey y Charles Baudelaire. Las suyas son realmente vidas paralelas: todas de hondura poética, de complejo y rico pensamiento, historias trágicas amparadas por las drogas y el alcohol. Pareciera que el centro de esa relación distante en lo físico, cercana en lo espiritual, es Baudelaire. Él tradujo a Poe y escribió un dolido libro sobre la muerte de Thomas de Quincey.
Baudelaire nació en 1821 y murió paralítico y afásico en 1866. Su vida, como la de Poe y De Quincey, no fue la mejor. Las deudas y los problemas económicos lo agobiaron buena parte de su existencia. Su prodigiosa obra literaria (Las flores del mal, Paraísos artificiales y Poemas en prosa…) le atrajo persecuciones y escándalos. Poe fallece joven en 1849, igualmente perseguido por la pobreza y el alcohol. Mientras que Thomas de Quincey, el más enigmático de los tres, se extingue en 1859, dejando tras de sí aprietos y carencias. Es decir, Baudelaire los sobrevive y de hecho es quien escribe sus últimas palabras, sus epitafios. Los tres fueron los más intensos y originales escritores de su tiempo y cada uno de ellos fue incomprendido en su propio país.
Thomas de Quincey escribió, entre otros, dos libros memorables: Confesiones de un comedor de opio y El asesinato como una de las bellas artes. El primero, publicado en 1821, es una dramática autobiografía, el minucioso y desolado relato de una vida atormentada. En esta obra su novedoso sentido del humor, su capacidad para la sátira refinada y elegante, desaparece para dar paso a una serie de reflexiones duras e inteligentes sobre su tiempo. Al saber de su muerte, un apesadumbrado Baudelaire escribió Un comedor de opio para explicar la dimensión de la pérdida, tal como en su momento lo hizo con Edgard Allan Poe: “Así que Poe se fue a Richmond; pero al ponerse en camino se quejó de escalofríos y de debilidad. Al llegar a Baltimore seguía encontrándose bastante mal, y tomó algo de alcohol para reanimarse. Era la primera vez desde hacía meses que ese maldito alcohol mojaba sus labios; pero eso bastó para despertar al demonio que dormía en él. Una jornada de excesos le llevó a un nuevo ataque de delirium tremens, su viejo conocido. Por la mañana, unos policías le recogieron del suelo en estado de estupor. Como no le encontraron ni dinero ni amigos ni domicilio, le llevaron al hospital; y en una de esas camas fue donde murió…”
Si en Confesiones de un comedor de opio inglés, De Quincey relata de los sorprendentes efectos de la droga en materia musical, en el texto apologético, el poeta francés resalta esa cualidad del opio. No sólo es capaz de prolongar los sueños más allá del reposo sino que estimula su llegada y los embellece; son las flores del mal.
Thomas de Quincey elogia al opio, le concede ciertas cualidades tales como la exaltación del espíritu y la agudización de los sentidos, algo semejante a los producidos por drogas modernas como el ácido lisérgico, más conocido como LSD y que tanto éxito tuvo en la llamada década prodigiosa, cuando el rock and roll llegó a sus más altos niveles de importancia, distante de los vulgares aspectos comerciales y en afanosa búsqueda de otros valores, poéticos y sociales.
Baudelaire no juzga al opio (que él mismo consumió), más bien señala sus grandes posibilidades para desarrollar facultades poco utilizadas. Más adelante, Aldous Huxley llamaría a este fenómeno Las puertas de la percepción y sus efectos de modo especial en los ojos, en los ricos matices y luminosidad de los colores.
Los sufrimientos de estos tres genios por razones explicables de la época y vidas azarosas se vincularon a las drogas o al alcohol, como en el siguiente siglo lo hizo Joseph Rooth, que escribió La leyenda del Santo Bebedor, 1939. En México algo similar le sucedió al talentoso Silvestre Revueltas, muerto en 1940, y cuyo alcoholismo justifica su hermano José en un libro conmovedor: Apuntes para una semblanza de Silvestre, 1966, versión dramática que me reconfirmara el músico Luis Herrera de la Fuente. Sin dejar de lado a temperamentos notables de las letras contemporáneas que permitieron la seducción, por una razón u otra, por las drogas y la bebida, tales son los casos de los norteamericanos de la Beat Generation, Charles Bukowski y Truman Capote, quien llegó al extremo de confesarse sin temores adicto al alcohol y a los estupefacientes. La lista es interminable, pero no es el objetivo de este texto. Es vislumbrar las temibles relaciones entre los estimulantes más agresivos y la sensibilidad artística que, por ejemplo, desataron la poética de Paul Verlaine. Particularmente en Baudelaire, De Quincey y Poe, tres inmensos literatos que abonaron las flores del mal con alcohol produciendo obras de luminosa eternidad.
¿Pero qué tienen que ver las drogas y el alcohol con la música y el arte en general? Pienso, basándome en las lecturas de Baudelaire y De Quincey, que son importantes porque entre otras cosas aguzan el oído y la vista y permiten multitud de interpretaciones distintas de lo escuchado o de aquello que los compositores imaginaron al escribirlas. No fueron las tesis de su contemporáneo, el notable musicólogo Eduard Hanslick (De lo bello en la música), que descartaba los sentimientos en la música y rechazaba la posible estética de los “sueños opiáceos”; tampoco las de Wagner, quien veía la poesía en la ópera ni las de Copland al recomendar cómo escuchar una sinfonía o un quinteto.
Al respecto, vale la pena cederle la palabra al propio Thomas de Quincey: “El difunto duque de Norfolk solía decir: ‘El lunes próximo, si el viento y el tiempo lo permiten, me emborracharé’; del mismo modo, yo solía fijar de antemano para un tiempo dado la frecuencia, cuándo y con qué circunstancias accesorias y detalles agradables perpetraría una incontinencia de opio. Esto me ocurría raramente más de una vez cada tres semanas, pues en aquella época no podía aventurarme a pedir a diario (como hice después) ‘un vaso de laudanus negus caliente y sin azúcar’. No; una vez cada tres semanas era suficiente; y el día elegido era un martes o un sábado por la noche; mis razones para ello eran éstas: martes y sábados eran los días en que durante muchos años se celebraban funciones nocturnas en el King’s Theatre, Opera House; en esas funciones cantaba la Grassini (Giuseppina Camila Grassini, contralto, 1773-1850) y su voz era para mí la más encantadora que había oído hasta entonces…, en aquel tiempo era con mucho el lugar de Londres donde se podía pasar más agradablemente una noche. La entrada de patio costaba media guinea, pero hay que añadir la molestia de la etiqueta. En cambio, por cinco chelines se entraba en la galería, menos incómoda que el patio de muchos teatros. La orquesta se distinguía de todas las orquestas inglesas por su dulce y melodiosa grandeza, aunque confieso que su composición era insoportable a mis oídos por el predominio de los instrumentos estridentes y, a veces, por la tiranía del violín. Estremecedor era el placer con que casi siempre oía a esta angelical Grassini. Me sentaba temblando de expectación cuando se acercaba la hora de su dorada epifanía; temblando me levantaba del asiento, incapaz de sosiego, cuando aquella voz celeste de arpa cantaba su propia y victoriosa bienvenida en el threttánelo-threttánelo del preludio. Los coros eran una divinidad y cuando la Grassini aparecía en algún intermedio, como ocurría a menudo, y vertía su alma apasionada como Andrómeda en la tumba de Héctor, yo me pregunto si algún turco, de todos los que han entrado en el paraíso de los opiómanos pudo haber tenido la mitad del placer que yo sentía. Pero, en realidad, hago demasiado honor a algunos bárbaros suponiéndolos capaces de voluptuosidades semejantes a las intelectuales de un inglés. Porque la música es un placer intelectual y sensorial, según el temperamento del que la oye.”
De Quincey, pues, poseía una explicación filosófica de la relación entre el oído y la música. Qué significan las palabras musicales, los sonidos: “...basta con decir que un coro de armonía complicada despliega ante mí, como en un tapiz de Arras, toda mi vida pasada, no como si fuera recordado por un acto de la memoria, sino como si estuviera presente y encarnado en la música; sin ser ya penoso de contemplar, pues el detalle de los incidentes ha desaparecido, o aparece mezclado en una abstracción caliginosa, con sus pasiones exaltadas, espiritualizadas y sublimadas.”
El resultado que obtenían los fumadores de opio era sorprendente. Algo más que limitarse a escuchar la orquesta o las voces e imaginar trazos y arabescos. Puede ser utilizada para reconstruir y evocar. Se trata de un sui géneris diálogo entre la persona que escucha la gran música y aquello (la orquesta) o aquél (cantante o instrumentista) que la emite. Y en todo esto, al decir del hombre que escribió la más formidable versión de La monja alférez y La rebelión de los tártaros (entre nosotros traducida por Salvador Elizondo), el opio o cualquier otro poderoso estimulante juega un papel destacado. Thomas de Quincey descubrió que un intelectual, un artista, puede valerse de las drogas para aumentar un goce estético más profundo al escuchar a los grandes maestros.
Los comentarios de Baudelaire machacan en la contralto favorita de De Quincey: “Eran los felices días de la Grassini. La música penetraba entonces en sus oídos, no como simple sucesión lógica de sonidos agradables, sino como una serie de memoranda, como los acentos de un embrujamiento que evocaba ante la mirada de su espíritu, toda su vida pasada. La música interpretada e iluminada por el opio, ésta era la orgía intelectual cuya grandeza e intensidad puede fácilmente concebir cualquier espíritu un poco refinado. Muchos preguntan cuáles son las ideas positivas que contienen los sonidos; olvidan, o más bien ignoran, que la música, bajo este aspecto es pariente de la poesía, representa sentimientos más que ideas; sugiriendo ideas, ciertamente, pero sin contenerlas ella misma…”
Esas imágenes es posible recuperarlas oyendo al jazzista que ensimismado e intoxicado desgrana las notas tristes de un blues.
Thomas de Quincey solía escuchar la gran música para reconstruir su vida y darle un sentido positivo a sus actos. “Cuántas veces --insistía Baudelaire-- debió volver a ver en este segundo escenario, interiormente iluminado por el opio y la música, los caminos y las montañas recorridos en su época de estudiante emancipado…”
Baudelaire desmenuza las memorias de Thomas de Quincey y las interpreta con inteligencia y sensibilidad, en especial su amor por la ópera italiana, imaginándolo en los intermedios operísticos: “¡Después, en la sala, durante los entreactos, las conversaciones italianas y la música de una lengua extranjera en boca de mujeres, venían a añadirse también al sortilegio de la velada; ya se sabe que la ignorancia de una lengua hace el oído más sensible a su armonía!”
No se trata de hacer una apología del opio o del alcohol ni de algunas otras drogas, nada más alejado de ello. Tanto uno como el otro padecieron sucesivas intoxicaciones y desintoxicaciones, Baudelaire habla de los horrores del opio, de “las torturas del opio”; cuando éste pasa de amigo generoso a enemigo mortal y no será sino hasta mediados del siglo XX, que otro enorme artista, Jean Cocteau, vuelva a escribir de las atrocidades que significan las drogas y las dificultades para concluir positivamente el proceso de liberación: Opio (diario de una desintoxicación), del mismo modo que el norteamericano William Styron narra en Esa visible oscuridad el coraje que necesitó para independizarse de la agonía que le provocaran su adicción al ativán y a otros somníferos, salir de la depresión profunda en que transcurría y de la posibilidad del suicidio que parecía inevitable o una posibilidad liberadora.
La admiración de Charles Baudelaire por Edgar Allan Poe lo condujo a escribir varias posibilidades sobre su persona y su literatura. En casi todos los trabajos señaló que Poe, como Balzac, llevaba en la frente un extraño tatuaje: “Mala suerte”. Su vida entera fue sombría. Para Edgar, Estados Unidos era una enorme cárcel, “una gran oficina de contabilidad”, un país con “hedor a almacén”, “satisfecho de su potencia industrial y algo envidioso del viejo continente. ¿Apiadarse de un poeta a quien el sufrimiento y la soledad podían llevar a la locura? Para eso no tiene tiempo. Siente tanto orgullo de su joven grandeza, tiene una fe tan ingenua en la omnipotencia de la industria, la cual, en su convicción, acabará por comerse al Diablo, que siente una cierta conmiseración ante todas esas extravagancias”, como en realidad le aconteció.
Ciertamente, así fue la vida (muy corta, en verdad) del poeta, ensayista y narrador: marcada por la mala suerte. Vivió en perpetua pobreza, cayendo en el alcoholismo una y otra vez, alucinando seres monstruosos e historias infernales, alimentándose de pesadillas y desengaños, siempre distante de la felicidad, del amor y naufragando a cada paso en el amplio mar de la soledad. Murió como indigente en un hospital “vencido por el delirium tremens” en algo equivalente a un suicidio, concluye Baudelaire. Su genio de golpe consiguió darle al cuento las mil posibilidades de las que ahora disfruta; dicho en otros términos, lo reinventó y como poeta maldito pudo ingresar en un mundo oscuro del que jamás pudo salir; más correctamente, quiso que fuera parte íntima suya.
Sin embargo, Poe tuvo golpes insuperables de fortuna: el propio Baudelaire le dio uno al convertirse en su noble traductor al francés. Un siglo después, Julio Cortázar le daría otro al traducir su obra completa al castellano. Hoy no se entiende el relato breve sin sus cualidades bienhechoras y capacidades creativas. Inventó o rehízo todos los géneros de límites reducidos.
Baudelaire veía a Poe como a Balzac. Pero con el tiempo, Poe ha quedado muy cerca del escritor genial de Las flores del mal (el propio Baudelaire decía que era un “hombre que tenía cierto parecido conmigo”) y asimismo de Thomas de Quincey. Los tres padecieron el desdén de su tiempo, la estupidez de la crítica, la perversión del espíritu humano y la pasión por las drogas y el alcohol. Son vidas paralelas, almas afines, seres atormentados y felizmente para el arte, desdichados.
De Quincey y Baudelaire gozaron y padecieron aquello que implicó el opio. Dejaron constancia memorable de sus dificultades, pero asimismo de la utilidad estética que la flor maligna concede a muy alto precio. A su vez, Poe batalló siempre con el alcohol, el de los groseros efectos, según Baudelaire. Ello les hizo ver más allá de lo permisible. Rompieron barreras de toda índole, su literatura significó una revolución estética. Reunido todo les acarreó censura e incomprensión, miseria y deudas. Los tres escritores vivieron pésimos tiempos, su transcurrir fue ingrato e injusto y sus muertes dolorosas, sin embargo, nada les impidió alcanzar los sitios más significativos de la literatura universal y dejar honda huella en el arte y en la vida. Pocas veces la cultura produjo vidas sublimes, capaces de transformar el arte sin que les importara su propio dolor.