REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
16 | 10 | 2019
   

Arca de Noé

Filosofía como terapia


Hugo Enrique Sáez A.

En una de las varias épocas en que como objeto de estadística pasé a formar parte del ejército de individuos y familias en situación de pobreza, cayó en mis manos un libro de Alan Watts que marcaría un antes y un después. Sin trabajo y sin papeles migratorios, encontraba en la lectura un hábito gratuito que se podía ejercer con libertad en la biblioteca del Colegio de México. Aún me sorprendo que desde los ocho años yo me había declarado ateo, motivado por una enigmática decisión de mi padre (un librepensador, como se definía) que me envió a un colegio de Salesianos, identificados con los mismos sujetos -los comerciantes- que Jesús había expulsado del templo, según los Evangelios. Fui discriminado por ellos y, como es natural, se engendró en mí un resentimiento, que Nietzsche se encargó de extirpar en La genealogía de la moral. A mis quince años, luego de deslumbrarme con el Discurso del método de René Descartes, mis intereses espirituales y terrenales se orientaron a la filosofía y a la militancia política clandestina, en las que transité entre Heidegger y Marx, aunque parezca contradictorio.
¿A qué viene esta acumulación de antecedentes personales tan superfluos? Precisamente, al adquirir cierta madurez conocí sacerdotes católicos muy humanos con los que incluso trabé amistad, pero eso no me vacunó para alejarme de cualquier discurso con tufillo a misticismo. La querida Soledad Ruiz, distinguida chamana, me hizo girar 180 grados en mis creencias al presenciar yo cómo ella en 24 horas sanaba la fractura de un brazo con masajes tradicionales hechos con una crema color rosita. Al confesarle que yo había desconfiado de sus poderes y disculparme por mis torpes prejuicios, sólo me miró a los ojos y me dijo: “¿Y a poco crees que los nahuas no se quebraban los huesos? Esta técnica la aprendí con ellos”. Carlos Castaneda vino a completar la obra de que mis sentidos empezaran a percibir más allá del estrecho mundo de las categorías filosóficas elaboradas por muertos con los que yo dialogaba sin respetar que estaban muertos. Entonces, eran letra muerta. Don Juan, ese indio yaqui inventado por Castaneda, era un auténtico budista. Ahí recordé que Althusser, antes de estrangular a su pareja, había declarado que el budismo no era una religión y que coincidía en gran medida con el marxismo. Después, en su recuperación psiquiátrica, admitió que sólo había leído un tomo de los tres que constituyen El capital, y que con esa mísera información se había atrevido a exhortar para que otros digirieran con apetito sus páginas. Sin embargo, quedó rondando en mi mente el asunto del budismo.
A diferencia de algunos esnobs que se disfrazan de orientales, Alan Watts estudiaba el budismo Zen y el Tao sin dejar de ser inglés. Es más, en El gurú tramposo ridiculiza esas poses afectadas con un finísimo humor… inglés. Su conocimiento de los pensadores occidentales le permitió adentrarse en la India, China y Japón sin inclinarse al enciclopedismo erudito. Buscaba puentes entre las terapias de occidente (el psicoanálisis de Jung, por ejemplo) y los caminos de liberación propios de los grandes maestros orientales. Al mismo tiempo, era un observador atento del entorno, con la idea de que el centro se halla donde nosotros nos hallamos. Cuenta que al pasar migración en Estados Unidos el empleado le preguntó si tenía alguna discapacidad, porque llevaba un bastón. Picado en su curiosidad respondió que no, que en Londres era muy común ir acompañado de un bastón y que a él le gustaba esa costumbre. También relata que en una ocasión, mientras esperaba la hora de una cita, pidió que le lustraran los zapatos. Sometido a una actividad tan cotidiana, despertó su admiración la forma en que el negro encargado de ese menester combinaba sus movimientos con una música que llevaba en su alma. Un hombre, hundido en el fondo de la escala social, le daba una lección de armonía plena de placer. De ahí surgió su idea de que si no convertimos el trabajo en juego, mejor cambiemos de trabajo.
El libro que mencioné al inicio se titula Psicoterapia del Este. Psicoterapia del Oeste. Me transformó en muchos sentidos. Dejé de concebir el pensamiento como una penosa escalada a las cumbres del Partenón, donde habitaban conceptos complejos y casi ninguna imagen estimulante. Entendí que si el cuerpo entero no participa en la filosofía, nos hemos quedado en la versión burocrática de esta disciplina. Me hizo bien escuchar a un bardo en Toledo recitar de memoria a Quevedo en su texto Gracias y desgracias del ojo del culo. Profundicé una frase de Gramsci que guardaba en mi memoria: todos somos filósofos. Todos vivimos presos, hasta el menos letrado, de premisas filosóficas. Ponerlas en cuestión, vaciarlas de contenido, constituye una práctica terapéutica muy efectiva. Estamos en el mundo y nuestra mente nos expulsa de la realidad hipnotizando nuestros sentimientos con extravagantes espejismos. Luego, liberarse del deseo no es liberarse del desear, es liberarse del deseo que nos esclaviza y que nos empuja a ocuparnos de problemas que no tienen solución. Quiero incluir a continuación una extensa y reveladora cita de aquella lectura.
“Tomado en un sentido estrictamente lógico y académico, el Madhyamika no es más que una refutación sistemática de toda opinión filosófica clasificable entre las “cuatro proposiciones” de la lógica hindú: a) es b) no es c) es, pero también no es, y d) ni es ni deja de ser; o también: a) ser b) no-ser c) ambos ser y no-ser y d) ni ser ni no-ser. De este modo, por ejemplo, a) podría declarar al Ser o Sustancia como realidad última, a la manera de Santo Tomás de Aquino, b) descartaría esto como mera cosificación de un concepto, al estilo Hume; c) conforme al espíritu sintetizador de Hegel, afirmaría ambos términos, subrayando su mutualidad; y d) implicaría alguna forma de agnosticismo o nihilismo. Pero puesto que el lenguaje es dualístico, o relativista, toda afirmación o negación sólo tiene significado en relación con su propio opuesto. Todo enunciado, toda definición, establece un límite o frontera; clasifica algo, y por lo tanto puede demostrarse, siempre, que lo que se halla dentro del límite debe coexistir con lo que está fuera. La propia idea de ilimitación, incluso, carece de sentido si no es en contraste con la de lo limitado.”

En primer lugar, resalta en este párrafo que nuestra actitud cotidiana determina qué debe considerarse el ser y el no-ser; por consiguiente, qué es importante y qué no lo es. Evoco el caso del actor Rock Hudson, un galán de Hollywood en las décadas de 1950-1960. Era homosexual. Su agente Wilson lo obligó a casarse con su secretaria Phyllis Gates, y hasta viajaron a Jamaica en luna de miel. Un galán no-era galán si era gay. Hoy decimos gay por respeto a las diversas preferencias sexuales, aunque un macho remataría calificándolo de “puto”, término empleado para humillar al portero rival en los estadios de futbol en México, lo que ocasionó cuestionamientos durante el último campeonato mundial de este deporte celebrado en Brasil.
A partir de las consideraciones anteriores, no se entienda que la salud se adquiere con el diccionario buscando términos neutros. Sólo se indica que la violencia simbólica nos educa las emociones, y éstas determinan hacia dónde se orientan nuestros deseos, que en el capitalismo están colonizados por el consumo de mercancías hasta el infinito y más allá. Quienes viven atrapados en el consumismo o en la competencia económica para enriquecerse corren el peligro de estar repitiendo la carrera de la tortuga y la liebre representada en un segmento. La liebre, confiada en su velocidad, le da 100 metros de ventaja, por mencionar una cantidad al azar. Cuando la tortuga ha recorrido esos 100 metros parte la liebre. Al llegar la liebre al punto 100, la tortuga se ha movido, digamos, 10 metros. Esta paradoja sirvió de base para desarrollar el cálculo infinitesimal en matemática. Y así sucesivamente, de manera que la liebre nunca alcanza a la tortuga. Un individuo adinerado al servicio de la acumulación siempre encontrará alguien que lo supere en fortuna, y eso significa un reto para seguir amarrado a la noria de los incomibles billetes, que gozan de más devoción que los santos mejor “rankeados”.
En consecuencia, una premisa de esta terapia es abandonar la idea de ganar o perder (uno de los ocho vientos que juegan con nuestra mente). Otra condición es que el cuerpo debe de actuar más que la mente, y los ejercicios de Chi Kung son los más apropiados. Los ocho vientos mundanos que menciona Chang Chen-Chi son: la ganancia y la pérdida, la difamación y el elogio, la solemnidad y el ridículo, la tristeza y la alegría. Somos hojas del otoño con nuestro deseo encandilado por alguno de estos vientos.
¿Cómo calmar la ansiedad, esa peste de nuestro tiempo? Según Alan Watts, se trata de desplazar nuestro interés por 'lo que debiera ser' hacia 'lo que es'. Muy sencillo, ¿verdad? A ver quién encuentra el camino menos escabroso para lograrlo. En mi caso estoy tratando de destruir la ficción de un ego y busco cómo escapar de la caverna platónica que han construido los medios. No se trata de abandonarlos sino de sentirlos como pura apariencia inconsistente. El único problema son los sentimientos artificiales que controlan el deseo. Por eso, la soledad y la depresión son síntomas de que hemos perdido el rumbo que nunca tuvimos. Por ahora, es un simple adelanto, por si alguien se pliega al diálogo.