REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
13 | 12 | 2019
   

Confabulario

La visita


Martha Figueroa

...al principio no sabía lo que era, pero me di cuenta que eran pasos que se acercaban a mi cama. No quise despertarme del todo, ni siquiera abrir los ojos pues daba por hecho que era Daniel o Daniela que habían entrado un momento, a buscar algo en mi habitación. Lo absurdo empezó cuando aquellos pasos no terminaban nunca. Todo el tiempo los escuchaba y empecé a tener miedo. Cuando tuve esta sensación, los pasos empezaron a sentirse cada vez más cerca de mi cama, cada vez más cerca, más cerca, más próximos hasta que de repente ya no se escucharon. ¡Mi cama se hundió!, ¡Mi almohada también! ¿Quién se había acostado?

Dejé de respirar durante un rato, lo que pude aguantar sin gritar, sentía que me ahogaba, seguía de espaldas a la puerta, no iba a dar la vuelta, no podía, estaba aterrada, no me podía mover, estaba entumecida en esa postura, no lograba estirar las piernas, me pesaban, más bien tenía un peso sobre de ellas. Ese olor a flores, a hierbas, a naranja que invadió mi cuarto me relajó por un momento. Empecé a respirar muy hondo y me di cuenta de que no podía hacerlo más despacio del pánico que sentía..., saber que a mis espaldas había alguien, me aterraba. Por un momento no escuché nada, sólo mi jadeo, que no dejaba de ser profundo, fue entonces cuando escuché una segunda inhalación; es decir la mía, yo respiraba. Cuando soltaba el aire escuchaba cómo lo soltaban también. Ya no sabía qué me estaba pasando, ¿lo estaba imaginando? Lo comprobé cuando dejé de respirar por un momento. Dios mío. Aquel suspiro lo sentía más apremiante, ¡había alguien a mi espalda! Ese extraño soplo estaba cada vez más próximo, cada vez más cerca, hasta que pude apreciar el aire en mi oído... tus labios fríos estaban pegados a mi oreja, me susurrabas, supe que eras tú. Toqué mi oreja, estaba congelada, me dolía del frío.

En un instante estuve sentada, incorporada en la cama esperando a que se levantaran asustados por el grito que había expulsado, pero nadie abrió mi puerta. Nadie me había escuchado. Era imposible, jamás había gritado con tanta fuerza.

Fue la experiencia más aterradora que he tenido en mi vida... y ahora que la cuento no puedo evitar soltar una lágrima de afecto.

Por la mañana Daniela me preguntó, ¿mami, quién es ese señor sentado en la mecedora que me sonríe?