REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 11 | 2019
   

Confabulario

Cuentos


José Luis Velarde

De lúgubres mentones y sonrisa refrescante
El mentón lúgubre resalta como la proa de un barco maltratado. El rostro es apacible, inspira confianza. La dueña parece dispuesta a darte el regalo de un abrazo, pero pocos se acercan a las estatuas de los panteones basándose en tales evidencias.
A mí me bastan para ir más allá de los límites que hubieran detenido al prójimo. Robo un ramo de flores tan secas que bien podrían confundirse con vegetales deshidratados y sigo el camino hasta la tumba donde ella destaca.
La mano gris se colorea cuando mi frente se aproxima hasta descansar en ella. Vuelvo a verla y el sol del poniente me nubla la vista. Me recuesto en sus piernas y no quiero retornar a mis asuntos.
Elijo morir y ella no hace nada para respaldar mi voluntad de amarla hasta la muerte.
Me alejo unos pasos y le digo en su cara que es ingrata e insensible como todas las damas empeñadas en entristecer mis días.
Salgo del panteón.
Descubro una mujer hermosa desplegada en un anuncio publicitario. Afirma ser tan refrescante como la bebida que promueve. Quiero beberla en tragos descomunales. Quiero adentrarme en los misterios puestos a mi alcance con sabores de frutas dulces en el verano intenso de la sed aún insatisfecha.
El rostro colorido ilumina mi búsqueda.
Adquiero un ramo de rosas y camino hacia el cartel donde ella aguarda por mí.
El rostro es apacible, inspira confianza.

Espacio patafísico
Altura para distanciarme de ti es lo que necesito. Bastará siempre y cuando no repliques mi rumbo. En algunas posibilidades tendré que desplazarme en otras direcciones. Arriba, hacia los lados, abajo. En realidad no importa hacia dónde; siempre y cuando sirva para restablecer la soledad donde me encontraba antes de conocerte. Decir altura no tuvo intención ofensiva ni aires de superioridad. Pude haber dicho que necesitaba ir hacia el norte o a un infinito confín de la galaxia. Pude emprender un descenso hacia las profundidades de mi sinrazón para dejar claras mis intenciones de abandonarte sin añadir lastimaduras, porque supongo que todas las ausencias duelen. Tal vez pronuncio demasiadas pistas en vez de partir en silencio como lo hacen aquellos que se alejan para siempre. No pretendo emprender un movimiento rotativo, apenas anhelo marcharme seguro de que no voy a regresar. Debería descubrirme seguro de mis pensamientos y no logro romper el encantamiento que me mantiene aquí. Es como encontrar las tres dimensiones repletas de tus imágenes. No todas duelen y mi semblante ajado titubea al descubrirme festivo en otras realidades. No son las escenas más abundantes, pero más allá de las ocasiones enturbiadas por la tristeza, la rabia o los malos entendidos predomina la calma. Me pregunto si huyo de la paz, pero me respondo que puede ser tan nociva como los combates emprendidos en nombre del amor. Afirmo y desmiento con afán más creativo que fatal. Pospongo la ausencia. Te nombro y pienso en la altura que necesito para aproximarme a ti.

Serpentear al sur
Se queja. Le duele todo. Intenta acomodarse en la almohada y encuentra el alivio imposible. Cascarrabias, como siempre, refunfuña. La maldita vejez se empeña en azotarlo con una palangana tan maltrecha como la que usa para lavarse la cara. Si fuera nueva sería un milagro. Sabe que los ancianos viven en otro sitio, quizá en el extranjero, mejor en Marte. Se dice que las casas de familiares y amigos tienden a distanciarse por más que se encuentren cercanas. Es una regla que las matemáticas ni siquiera intentan definir. El azote del sol no lo intimida cuando decide ir al mercado. Quisiera arremolinar los años y dejarlos ir en giros cada vez más rápidos por el drenaje. Las rodillas crujen como la grava situada bajo los pies.
Avanza despacio cinco calles. Llega al mercado y en vez de adquirir los productos que le hacen falta decide extender el paseo. Hace años que no visita los jardines de Tamatán.
Desdeña subir a un transporte urbano. El sudor es intenso. Le duele todo. Se queja. No advierte el serpentear de los pasos. Intenta acomodarse en la acera y encuentra el alivio imposible.

Encuentro matinal con las posibilidades del carbono
En el insólito urdir de la mente todas las ideas son posibles durante el sueño. Al despertar, una tenaza invisible y gigantesca aplasta deseos imposibles, visiones disparatadas, espejismos optimistas, fantasmas prófugos de nosotros mismos, anhelos de grandeza, vanidades sublevadas y todo cuanto somos al dormir. El espectacular apretón produce desencantos, corbatas con fleco, optimismo jovial, abismos espeluznantes, mantos pedregosos, ilusiones maravillosas, renovadas fantasías y cualquier visión capaz de regresarnos al mundo cotidiano. Un buen sueño asegura descanso y nuestra salud. Lo que pocos saben es que en ocasiones las tenazas generan la presión requerida para convertir los sueños en diamantes como si fueran carbones en lo más profundo de la Tierra. Es algo tan inverosímil como obtener guayabas del nogal o entregar un oboe a una langosta para sentarse a escuchar la melodía resultante, pero ocurre de vez en cuando. Uno se descubre millonario mientras implora que la tenaza no interrumpa un sueño confundido con un despertar mucho más optimista que de costumbre.

La tecnología aún espera el futuro
A buena parte de la tecnología le apena su origen lumpen. Quisiera contar su historia a partir de relojes o siderúrgicas; quizá nanociencia o circuitos de silicio. Le parece terrible hablar de los años en que los magos la descubrían por azar mientras buscaban la piedra filosofal o cualquier otra lindeza. Más le apena oír las historias donde fue empleada por los humanos para destruir a diestra y siniestra. Considera un obstáculo que tanto se investigue la contaminación ambiental que provoca. No quiere ser conocida antes de tiempo, pero no pasa un segundo sin que alguien exponga secretos que desearía ocultar.
A esa parte de la tecnología le gustaría aparecer en un balcón de amplio ventanal para exponer su actualidad y futuro en un solo paquete solidificado.
Un paquete con pies y cabeza de robot.
Un ser resplandeciente para un futuro inhumano y perfecto.

El departamento más alto del bosque
Pocos hubieran pensado que en el undécimo departamento del undécimo piso habitaba un hombre que parecía un oso, pero bastaría verlo tomar un salmón con una sola garra para dudar de la cordura. Uno miraba la mano propia sin encontrarle parecido a la mano gigantesca del hombre que solía cruzar el pasillo bamboleándose. Era como si se adentrara en la montaña más que en un edificio céntrico de finísimas personas de modus vivendi irregular. Esa fórmula mágica con la que se representa la pobreza.
Al regreso de la escuela nos arremolinábamos afuera para verlo llegar. No era extraño contar historias de crímenes cometidos en el departamento más alto del bosque o en las calles inmediatas. Nadie podía comprobarlas, pero de tanto repetirlas aún se cuentan algunas como si fueran ciertas. Bien podrían ser una serie de mentiras, pero nosotros evitábamos el aburrimiento. Miguel, uno de mis amigos, decía que el gigante no era oso y que sólo se trataba de un luchador al que había visto combatir en la Arena Olímpica, pero ninguno de los otros niños podía confirmarlo. Ni siquiera los que nunca faltábamos a la lucha. Desde entonces pocos creen en Miguel, ahora convertido en vendedor de puerta en puerta. Esa historia tenía poco en común con la relatada por Martín, quien afirmaba que el extraño era un superhéroe retirado por culpa de la gordura que no podía controlar. Los mellizos López aseguraban que el hombretón era un hombre pequeño. Un tipo flaco que cada mañana se colocaba el equipamiento necesario para alterar su imagen por completo. El más pecoso de los López decía haberlo visto trepado en un andamio para ponerse los accesorios con los que amedrentaba a todos en el edificio.
Yo reía al escuchar las historias sin confesar nunca que las revelaciones de los López me llenaban de horror.
A veces no dormía de tanto pensar cómo un hombre diminuto se convertía en un gigante, en un asesino, en un oso. Aún recuerdo cómo callábamos al verlo aparecer en la esquina.
Era retroceder en el tiempo a los días en que los humanos enfrentaban osos con las armas ridículas de la prehistoria. Nuestros antepasados carecían de ubicación satelital, cañones de mira telescópica o equipos de batidores arreando a la presa hasta que resulta imposible fallar el disparo. En la actualidad ya no tiene chiste matar osos, pero en aquel pretérito sitio eran invencibles y nosotros nos alejábamos entre gritos horribles para buscar refugio en algún rincón del pensamiento. El sitio donde aguardaban otros miedos como la cima de la montaña sugerida por el hombre trepado en un andamio para transformarse en oso. Entonces bastaba verlo tomar un salmón con una sola garra para dudar de la propia cordura.

Fábula matinal
Frota ansioso los zapatos como si fuera posible triplicar el brillo que ya deslumbra a los que circulamos por la acera. El espíritu lúdico del lustrador de calzado resplandece como si fuera el director de una orquesta bien plantada sobre la tierra. Distingo choclos prófugos de la infancia, mocasines para modelos de yates, tacones hendidos como paradojas sobre plataformas voluminosas y botas vaqueras para inadaptados citadinos. De verdad contrastan con el aire fúnebre de unos bostonianos tristes o el dejo exquisito de unas sandalias etéreas como los suspiros que provocan; artefactos destinados a resaltar una piel femenina que imagino suculenta sobre tacones altísimos como un acantilado pecaminoso.
Olvido el rumbo y el trabajo insoportable. Sólo pienso en la propietaria de tales aderezos. Me instalo sobre mi viejo portafolio y espero encandilado en la mañana linda donde imagino se oculta una princesa.

De Minos a más
Era cretense, porque había nacido en la isla más grande de las tantas que forman parte de Grecia, pero prefería decir que era un desgraciado y un cretino, porque de tanto ser marinero un día no regresó jamás. Cuenta a quienes lo escuchan que no volvió harto de los turistas y de los extranjeros que se arraigan allá en insípido coloniaje que nada bueno aporta. Lo considera un azote al que sólo sobreviven discotecas y festejos eternos. Así que ahora no permanece demasiado tiempo en un lugar para no molestar a quienes lo hospedan. Piensa que así habrá menos historias de exiliados. Vagabundea en un bote endeble y de brutal apariencia de tan maltrecho que luce. De tanto sol tiene el rostro vidriado por arrugas pertinaces.
En su interior desea que ocurra un milagro. Sueña volver a la Creta minoica. Una Creta aislada de Roma, Grecia y los incontables piratas que nunca terminan de repartir el botín que representan.

Death in two legs
Laura viste un bikini rojo y se aproxima a la alberca de un hotel muy concurrido. Los hombres unifican miradas como si quisieran desnudarla.
Ella siente que la devoran con los ojos y se oculta tras una toalla abandonada en el piso antiderrapante.
Los testigos abuchean, baten palmas y silban mientras miran a la mujer ocultarse entre las plantas que recrean una selva. Los más aventurados suponen que no volverá, pues se le veía angustiada e incómoda. Algunos bañistas lamentan haber sido admiradores tan burdos e impacientes. Simples acechadores de banqueta incapaces de capturar una presa tan apetecible. Intercambian miradas hambrientas. No pueden ocultar el mal humor y el desprecio provocado por los compañeros de balneario y cacería.
Dos horas transcurren sin apariciones suculentas. El aburrimiento agobia a los hombres desparramados bajo el sol implacable. El personal de servicio va y viene entre ellos para llevarles bebidas alcohólicas y platos previos a la comida.
Tapas, botanas y picadas revelan el ambiente cosmopolita creado por los comensales empeñados en saciar el apetito insubordinado por tanto sol y tanto trópico de sol enrojecido.
Laura los sorprende un rato después. Ahora se muestra sobre sandalias altísimas en vez de las chancletas abandonadas en la habitación cercana. El bikini luce más breve. Los hombres apuran tragos, abandonan esposas, hunden el vientre, se humedecen los labios y lanzan miradas más hambrientas que en el primer encuentro.
Laura no se abochorna y camina sin prisa iluminada por el sol que se encuentra en lo más alto del cielo.
Los tacones repiquetean primitivos como si una legión de batidores africanos iniciara una persecución entre la jungla.
Laura dibuja sonrisas a su paso. Gira una vez y gira dos veces antes de comenzar a bailar ante los hombres que la miran con ojos tan abiertos como las bocas ansiosas por aproximarse al cuerpo bellísimo.
La mujer se manifiesta en movimientos cada vez más atrevidos. Sólo mantiene inmóvil la mano derecha apretujada en torno de un frasquito de vidrio. Laura baila hasta advertir espuma sobre los labios del bañista más cercano. Él parece excitado. Ella sonríe maliciosa, el hombre babea absorto. Laura abre el dispensador de donde extrae varias tabletas de arsénico para engullirlas al instante sin un sorbo de agua.
El baile se intensifica ante la multitud incapaz de pensar en las consecuencias mortales del apetito colectivo.
Los hombres no dejan de relamerse los labios.
Ávidos se agitan mientras saborean el último giro de la belleza devorada sin pudor alguno.
Laura se desploma y el derrumbe crece hasta volverse colectivo y doloroso.
Los sobrevivientes perciben un aroma de almendras imponiéndose al cloro habitual de la alberca.