REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 09 | 2020
   

Confabulario

El torito


Valeria Carrara

     Para los transnochadores,
     los copa pesada,
     los músicos
     y gente que labora en lugares de recreación nocturna.

Hacía frio, era noviembre y el bar estuvo a reventar. Yo, con mis pies y mi garganta cansados por una larga faena de canto y baile, salí de aquel lugar donde cada noche canto con mi banda de rock. Conducía hacia mi casa, cuando vi de frente un puesto de control del alcoholímetro, específicamente sobre Gutenberg. No había nada que temer, me habría tomado tres o cuatro tragos en un lapso de seis horas, mismos que los clientes mandan como cortesía. No tuve opción, me paré a la señal que me hicieron.
−Buenas noches señorita, ¿de dónde viene?− Preguntó el oficial.
−De trabajar.− Respondí.
–Bien, ¿está de acuerdo que le hagamos una pruebita?
−Sí, claro.
Bajé del auto e hice la prueba; soplé una vez como me indicaron… inmediatamente me pidió que soplara de nuevo. Mi sorpresa fue demasiada cuando me informaron que pasaba del rango permitido y que tendrían que proceder con la sanción del alcoholímetro. ¡Pero cómo era posible!, estaba tan agotada y necesitaba llegar a casa con mis hijos. A la patrulla me subieron junto con una chica, que después supe, se llamaba Diana y tenía veinte años; estaba asustadísima y al hablar se le notaba claramente el exceso de alcohol. Después de dos horas de ir y venir, declarar, firmar y resignarme, y que a pesar de que el médico legista me dijo que me veía en buenas condiciones, llegamos al famoso Torito. Nos formaron fuera de un portón muy grande donde nos recibió una persona que con cara de duda, me preguntó que si yo llegué hasta ahí por la prueba del alcoholímetro, le contesté que sí. “Seguro le sopló dos veces” comentó, a lo que respondí afirmativamente. El personaje me dijo que a la próxima no lo hiciera a menos que el oficial le cambiara el filtro a dicho instrumento. Cuestión que me hizo sentir una boba.
Pasamos por una revisión donde tuve que dejar mis pertenencias, menos el celular, que hábilmente metí en mi ropa interior; no estaba dispuesta a estar veinte horas sin comunicación con mi familia.
Ya en mi respectiva celda, el frío era insoportable, nos dieron algunos cobertores que nadie quiso usar por temor a las pulgas; tomé mi cobertor y el de Diana sin importarme que algún bicho me atacara mientras intentaba dormir.
Ya en la madrugada, descubrí que mis demás compañeras eran chicas de Polanco y sus alrededores, mujeres bien vestidas que aún conservaban el rastro del perfume caro, aunque el maquillaje ya empezaba a escurrirles por la cara, unas por el llanto y otras por la santa borrachera.
A las seis de la mañana pasó la celadora gritando: “¡Chicas a desayunar!”. Solté la carcajada, en ese momento me sentí como en un internado para señoritas. Y era tanto el fastidio, desánimo y urgencia por salir, que nadie tuvo la energía para ir hacia el comedor. En mi caso, el estómago lo tenía encogido, el sólo hecho de pensar en los alimentos que pudieran dar ahí, me estremeció. A Diana la tenía en la misma celda llorando sin parar y yo con ganas de estrangularla para que se callara.
Con cautela, hice varias llamadas en el transcurso de la mañana para no sentirme tan sola, creo, y claro le presté varias veces el celular a Dianita que no dejaba de repetir que sus padres la matarían de vuelta a casa.
Como a eso de las 10 a.m. nos sacaron al patio, había opción de meterse a la biblioteca o jugar básquetbol. Las mujeres, que seríamos unas ocho, nos quedamos paradas en medio de la sobria, gris y desolada construcción; no queríamos nada de nada. Algunas empezaron a hacer migas entre ellas, veían y criticaban a los hombres que nos triplicaban en cantidad y que, de igual forma, estaban parados viéndonos y sonriendo con cierta expresión burlona. No faltó el tipo bien vestido, aunque desaliñado ya por las circunstancias, que gritando se dirigió a una de mis compañeras: “Oye amiga, ¿estabas en el Fifty Friends verdad?” Ella contestó que sí, que también recordaba haberlo visto. El amigo de la camisa desfajada le propuso que si volvían a encontrarse en algún lugar, dirían que se habían conocido en Miami, para no hacer mención de este penoso acontecimiento. Todos los que escuchábamos, reímos; hasta los vigilantes.
El tiempo pasó muy lento y debo reconocer que la experiencia no me pareció tan penosa como lo hubiera imaginado, pues ya había escuchado cosas terribles que pasaban ahí. Cumplí mi condena, me fui a casa oliendo a humedad y desánimo, con un solo café en el estómago que por fin conseguí y con muchas ganas de abrazar a mi familia.
Ahora pienso que las medidas son buenas, más no los que la ejercen con abuso y ventaja hacia la gente mal informada. ¡Es una pena!