REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 09 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Convocaciones, desolaciones e invocaciones, de Ethel Krauze


Kyra Galván

Hace muchos años, Ethel y yo –quienes compartimos el llamado literario a muy temprana edad – tuvimos la suerte y el destino de ser publicadas por primera vez, en una antología titulado “Un tren de luz” junto a la escritora Beatriz Novaro, editada por Publicaciones de la Revista Punto de Partida, también de la UNAM. Fue como nuestro bautizo en las letras y a la vez, en cierto modo, creo yo, el primer reconocimiento anticipado a la calidad de nuestra incipiente obra poética. Y por supuesto, ya desde entonces la poesía de Ethel era una referencia, una fuerza de la palabra que había que tenerse en cuenta. Nos conocimos entonces, pero luego la vida fue separándonos y cada quien trasegó por los caminos que habían de caminarse. Fue hasta hace pocos meses que volvimos a vernos en circunstancias muy diferentes. Ella, habiendo tomado la formación académica en la literatura y yo dándole la vuelta por miedo a perder la creatividad, hemos vuelto a coincidir en nuestras vidas, después de muchos años, con harta alegría, encontrando muchísimos puntos en común de manera personal y profesional, ahora ella como mi maestra en los cursos de Maestría, donde ha sido una pionera abriendo caminos para unir lo que por muchos años estuvo separado. Y me refiero precisamente al estudio de la teoría literaria y a la creatividad. Por lo que para mí es un honor pero a la vez es un reto presentar a mi maestra a quien sobra decir que admiro con creces.
Convocaciones, desolaciones e invocaciones: tres palabras que riman, tres palabras con cuatro sílabas que suman doce, como el círculo cósmico del zodiaco y que en términos rítmicos, tienen una métrica perfecta, con acento en la primera sílaba. Ya desde aquí, Ethel nos está demostrando un conocimiento y un manejo del lenguaje y de las reglas del arte poético. Obviamente hay oficio, hay oído, pero también hay una sensibilidad exacerbada pues la pronunciación de las tres palabras es suave, es aliterada, es un seseo hipnótico que nos hechiza.
De esta manera, siguiendo las técnicas educativas que nos ha sugerido Ethel en sus seminarios, esto es, buscar las definiciones de los conceptos antes de poder hablar de ellos, me pareció muy adecuado y propicio para esta presentación, ir primero al diccionario, cotejar el resultado con mis conocimientos previos y luego hablarles a ustedes del significado de las tres palabras que conforman el título de esta colección de poemas.
El resultado fue que con esta simple aproximación, se me abrió prácticamente todo el sentido del libro, pues como siempre, Ethel es hábil y precisa manejando las palabras, no sólo con la experiencia del científico sino al mismo tiempo, con la maestría del artista experimentado.
Así tenemos que Convocar, se refiere a la acción de citar en una hora y lugar a alguien para participar en algo. Hoy, Ethel nos convoca aquí, - a su público lector - en esta librería, para escuchar su poesía.
Desolación, se refiere a un sentimiento de hundimiento, vacío, angustia o tristeza, provocado por el dolor. También habla de ruina, destrucción, arrasamiento o devastación. Proviene del latín desolare que quiere decir, quitar todo solaz. Por lo que no es casualidad que en esta sección se agrupen los poemas de pérdida: el poema escrito a la muerte de su madre, hecho que todos los que hemos pasado por un trance similar, sabemos que nos marca de manera definitiva y el poema “Ayotzinapa”, que muestra el dolor y la indignación que un país entero ha sentido a partir del secuestro, la tortura bestial y el asesinato de 43 estudiantes normalistas en el estado de Guerrero.
La palabra invocar, por su parte, denomina la acción de llamar, demandar, pedir, exigir. Pero también tiene una connotación relacionada con la magia y con la religión que puede tomar diferentes formas. Puede concebirse como una vía de comunicación, a través de la súplica o la oración, con un ser sobrenatural o con un dios o dioses. Pero también tiene la acepción de ser una forma de conjuro mágico entre el suplicante y los seres de otras esferas espirituales para pactar, mediante una negociación, cierto resultado, que puede tomar diferentes formas, como es – para poner un par de ejemplos - el hacer que alguien se enamore de nosotros o el ayudar a salvar a un ser querido de la muerte y que es exactamente de esto último de lo que se trata esta sección.
En la primera sección de Convocaciones encontramos los poemas amorosos, dentro de los que destacan, en mi opinión, un conjunto de siete sonetos, número cabalístico, en donde encuentro una influencia común si no a todas las escritoras mexicanas al menos sí a las que la han leído y se han empapado en ella: me refiero nada menos que a nuestra bisabuela: Sor Juana Inés de la Cruz; y sobre todo en el soneto # 1(pg. 17) que tiene una clara influencia de la poesía barroca:

“Se llama, llama, amor, esta dulzura
que pacífica enciende nuestras sienes
y se vuelve voraz, mientras sostienes
el temblor que revela mi cintura.”
o
“Se nombra lumbre, amor, esta locura
de sabernos heridos y sin bienes,
pero ricos en sendos parabienes
que en el cuerpo y el alma hacen hondura.”

O en el soneto #7, “¿De qué está hecha la vid y sus sabores? (pg. 21), que me remitió a la pieza musical “Arribo de la reina de Saba” que forma parte del “Oratorio de Salomón” de Haendel”, cuanto que en su cadencioso ritmo nombra a la vid, al mar y a la flama de amor, y por lo tanto, a la alegría de estar viva.
Luego vienen unos deliciosos poemas eróticos dedicados a la pareja, que la autora nos convoca a leerlos y a disfrutarlos y en donde ella misma asume no sólo su femineidad con gusto y placer sino la masculinidad del otro, alzándose con sus palabras a reiterar lo que en su vida hace: apoderarse de su ser como mujer orgullosa de luchar por los derechos de otras mujeres. Con delicadeza muy lejana a la vulgaridad nos invita a la aventura amorosa:
“Qué bueno/que Dios me haya dotado de una concha entre las piernas;/ y en la concha una perla;/ y en la perla,/ el brillo extasiado de mi grito.// Me regaló el frenesí/ para decir que sí./ Sí. Sí quiero. /Sí me gusta./ Sí de nuevo.”
En Desolaciones, Ethel nos regala como aperitivos, unos poemas con efectos rítmicos en cascada haciendo uso de la anáfora como:
“Después del fin
anidaré
anidaré
anidaré en tus brazos de fantasma,
en tu cuerpo de agua.” (pg.31)

Y es en esta parte, donde encuentro influencias sutilmente rastreables en su poesía, un poco de Gorostiza aquí, un poco de Góngora por allá, que por supuesto, en una escritora como Ethel, con tantos años de oficio y trayectoria están asimiladas dentro de una voz propia y clara. Como cuando dice:
“Cuando el mundo era un espacio bueno
donde acampar,
una luna en el porche,
una barca de niebla en la laguna,
una tierra posible donde arar.”

En cambio, en el poema a su madre, encuentro rastros de León Felipe y de Federico García Lorca:
“No me obligues
a cumplir
este último rito
inevitable,
como tú inevitable,
como tú,
madre.

No quiero verte
¿recuerdas?
dile a la luna que venga,
Federico,
que no quiero verte en la piedra sin tu sangre,
te lo devuelvo, madre,
el primer poema
que me explicaste
con tu voz
de gardenia
para llevarme al loco amor
que aún me quema.”

En invocaciones, debo decir, mi sección favorita del libro, Ethel Krauze escribe un largo poema, que aunque parte de otro aún más largo –según me explicó la autora- dedicado a su esposo, que enfermo, pasa por el trance sutil y peligroso entre la vida y la muerte. De ahí el sentido profundo y desesperado de la invocación. Es aquí donde creo que la lírica de Ethel se explaya en un ritmo profundo de dulzura inesperada y de dolor auténtico ante la perspectiva que a veces nos presenta la vida de perder a un ser querido, a un ser que es nuestra vida propia. Encuentro de nuevo a Sor Juana en esta sección. A la Sor Juana de Primero Sueño y un eco de Pita Amor en sus Décimas a Dios, cuando dice:
“Dios del pulso y del oro de la vida,
creador de todos los instantes,
haz con tu infinita matemática
que los números se acoplen,
que las cifras concuerden,
que en la sangre de mi esposo
vuelva a fluir la melodía,
tu música, Señor,
la vibración de tu presencia.”

Podría citar de esta sección muchos fragmentos, porque este fragmento de poema que es Invocaciones, es un largo aliento, dolido y bello de un momento de desesperación y agobio, de cuando nos damos cuenta que en realidad somos hojas al viento, barcos a la deriva, que nada en esta vida, nos confirma que tenemos un control real sobre la enfermedad o sobre la vida y la muerte. Es aquí donde encontramos imágenes krauzianas únicas, que nos deslumbran con su simplicidad y a la vez su riqueza, como en:
“¿No ves que hay pájaros bordados/ en la encajería del cielo?”, que me recuerda también a García Lorca cuando dice: “Mamá, bórdame en tu almohada!”
O en: “le rezaste a la espuma/ de la nube primera/ al círculo del agua/ que inundó /la materia / con su savia.”, donde la autora nos lleva a tiempos primigenios, a los orígenes del Universo porque finalmente todos nosotros somos nebulosas recicladas, moléculas cósmicas que cambian de forma a través del paso perpetuo del tiempo.
Es pues, Convocaciones, desolaciones e invocaciones una unidad nacida de la necesidad de decir poesía, de citar al selecto público que goza oyéndola, de expresarla en palabras como las de Ethel Krauze, de contar las cuitas, los dolores del corazón que pueden ser privados, íntimos, pero también pueden ser indignaciones públicas, comunitarias. Y de un llamado a los dioses cuando nuestro vulnerable y en cierto modo, ínfimo destino se ve amenazado por la debilidad de nuestro ser humano.
Finalmente, digo que no podemos negarle el epíteto de espléndido a este libro, y prefiero que sea Ethel quien nos deleite leyendo de él.