REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

La desconocida historia de la fuga de Elena Garro


Rafael Cabrera

Dos datos nada menores para recordar a la escritora: su novela Los recuerdos del porvenir se publicó hace medio siglo y el 22 de agosto se cumplen 15 años de su muerte. Su obra aún se ensombrece por la etiqueta de “traidora” que se le colgó después del movimiento del 1968, lo que la orilló a huir de México, viaje del que, de muchas maneras, nunca regresaría.
A cuatro décadas de distancia, hablan por primera vez quienes en 1972 la ocultaron y ayudaron a cruzar ilegalmente hacia EU junto con la hija que tuvo con Octavio Paz. En su éxodo se deshizo de casa, manuscritos y hasta un retrato de ella dedicado por Jorge Luis Borges y otros. Ella afirmó entonces que un estudiante de la UNAM le advirtió que planeaban matarla. Él, ahora un exitoso abogado, proporciona su versión. Ésta es la historia no conocida de la fuga de Elena Garro.
Raúl Urgellés extiende con firmeza su mano derecha y despliega una sonrisa ensayada. El abogado es casi una réplica del académico René Drucker. Mientras invita a pasar a la sala de juntas de su despacho, se mueve con esa prisa casi natural de los abogados, como si con cada segundo estuviera perdiendo dinero.
—Así que quiere saber sobre la escritora Elena Garro... Yo la traté poco, hace muchos años.
Urgellés y un grupo de amigos eran parte de las pocas personas que visitaban a Garro y su hija, Helena Paz, en un apartamento del edificio marcado con el número 222 de la calle Taine, en Polanco. Era 1972 y la escritora vivía en el ostracismo, luego de haber sido acusada por el gobierno mexicano de ser parte de los instigadores del movimiento estudiantil de 1968.
—Yo, la verdad, me aburría un poco, porque ella siempre quería jugar el I Ching. Estaba muy angustiada por su situación y la de su hija. No tenían dinero, su familia y sus amigos no las frecuentaban. Estaban aisladas...
El I Ching, también llamado El libro de las mutaciones, es un antiguo libro adivinatorio chino mediante el cual se cree que es posible predecir el futuro. A través de la combinación de los 64 hexagramas que lo integran, se describe la situación presente de quien lo consulta y cómo se resolverá el futuro si se adopta la posición correcta.
Sin embargo, fue por otra vía cómo Garro tomó la decisión que la dejó marcada de por vida.
La mañana del 29 de septiembre de 1972 madre e hija tenían lista su huida de México. El plan estaba listo y debían ser puntuales. A las 6 de la mañana el timbre sonó tres veces. Era el chofer que, enviado por un par de amigos, las llevaría a Estados Unidos.
Sólo había una condición: debían cruzar antes de medianoche la frontera con Texas, donde un grupo de policías fronterizos las dejaría pasar sin pedirles papeles migratorios.
¿Por qué decidieron salir ilegalmente del país? Garro aseguró en su momento que “alguien”, sin mencionar ningún nombre en particular, le advirtió que se había orquestado una operación para asesinarla.
Ese “alguien” fue Raúl Urgellés. El mismo hombre que ahora sonríe apoltronado sobre una silla de cuero negro.
Lo que ocurrió a la escritora Elena Garro y a su hija en los días posteriores a la matanza de Tlatelolco es conocido y es el origen de su leyenda negra: el líder del Consejo Nacional de Huelga, Sócrates Amado Campos Lemus, la acusó de ser una infiltrada en el movimiento estudiantil, apoyada por el ex presidente del PRI, Carlos Madrazo, y otros políticos, para desestabilizar al gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.
La acusación causó conmoción, pero la reacción de Garro escandalizó. Tras huir de su casa, se ocultó en un departamento, en la colonia Juárez, donde dio una conferencia para refutar a Sócrates: no fue ella, sino los intelectuales de izquierda quienes movilizaron a los jóvenes.
Ella aseguró después que en la conferencia no dijo nombres, pero al día siguiente algunos diarios señalaron a José Revueltas, Rosario Castellanos, Leonora Carrington, Heberto Castillo, Carlos Monsiváis...
La comunidad intelectual le dio la espalda y la acusó de traidora. Un halo maldito se tendió sobre ella.
Luego de sus declaraciones fue detenida por la policía política, la Dirección Federal de Seguridad (DFS). Según sus diarios, la tuvieron en un sótano y en el Hotel Casa Blanca, cercano al Monumento a la Revolución.
Desde ahí, su hija Helena escribió la polémica carta contra su padre, Octavio Paz, en la cual lo criticaba por renunciar como embajador de México en la India.
Tras esos acontecimientos, la biografía de Garro se volvió mínima y confusa, pero fue dejando pistas en su obra, diarios y entrevistas. Fue a la investigadora Lucía Melgar a quien contó qué hizo tras salir de la DFS: “Me fui a un convento, allí en la (Colonia) Florida”.
No dio más datos. Pero el convento sí existe. Es más: aún vive una de las monjas que las albergó. Se trata del Monasterio de la Virgen Dolorosa, en la calle Hortensia número 71.
-Yo las conocí —confesó al teléfono la hermana María de Lourdes. La señora Garro y su hija estuvieron aquí hace muchos años, las escondimos...
Después de gestionar un permiso con la madre superiora, la hermana pudo hablar. El convento es una residencia con muros de cantera y un gran jardín al centro.
La hermana espera en una habitación adornada con helechos, un Sagrado Corazón y veladoras en vasos de color rojo que generan una atmósfera naranja y cálida. Es bajita, morena y su rostro, con profundas arrugas, se encuentra enmarcado por el hábito café, del cual asoman mechones de cabello grisáceo.
“La hermana Celina, que ya falleció, fue quien las trajo. Tenía unos donativos por Polanco y las Lomas, y suponemos que por ahí las conoció. Su deseo era quedarse con nosotras, estar en un sitio seguro, pero no había espacio”.
“Estaban muy asustadas y las ayudamos a rentar un apartamento amueblado en un edificio que acababan de construir al lado”, cuenta.
Garro y Helena se volvieron parte de la vida de las religiosas, quienes les llevaban de comer o las invitaban al convento.
“Supimos que andaban escondiéndose por algo del movimiento de 1968. Nunca supimos bien qué, hasta ellas estaban confundidas. Siempre estaban temerosas, sentían que las vigilaban. Nunca nos dimos cuenta en qué nos estábamos metiendo, porque nos decían que la policía y los políticos las perseguían. Para nosotras fue natural ayudarlas sin pensar en las consecuencias”, narra la hermana.
Pero así como llegaron, un día desaparecieron: “Estuvieron en ese departamento unas semanas y un día se fueron, ni se despidieron. Dijeron que nos iban a dejar sus datos, pero nunca supimos nada”.
Tiempo después, Garro envió un agradecimiento: cinco muebles que aún conserva el convento. Un trinchador se colocó en la sacristía; un secreter y una cajonera lucen en el amplio comedor, y dos mesas se acomodaron en las habitaciones de las monjas.
Además, envió un regalo que fue más una molestia. “También nos mandó una alfombra muy bonita y la pusimos en la capilla del Santísimo, pero olía muy fuerte a la orina de sus gatos y nunca pudimos quitar el olor. Mejor la tiramos”, recuerda con una discreta sonrisa.
Durante aquella época, Garro se fue deshaciendo de sus pertenencias. La falta de dinero y de trabajo era su obsesión. A eso se sumó la muerte de Carlos Madrazo en el sospechoso avionazo en un cerro cercano a Monterrey.
Para enfrentar las carencias, remató uno de sus objetos más preciados: el retrato que le hizo Juan Soriano. Después vendería otros dos retratos de ella: uno, autoría de José Antonio Peláez, y otro de Ramón Gaya, ambos exiliados españoles.
Según sus diarios, Garro entregó el Soriano al mercante catalán Ricardo Mestre, El Anarquista, quien logró colocarlo por escasos 8 mil pesos. Años después, el cuadro se reintegró a la colección de la Fundación Juan Soriano.
¿Qué pasó con los retratos de Gaya y Peláez? Del primero, se desconocen rastros y, al parecer, se vendió en España. Del de Peláez se tiene registro gracias a que fue rescatado en dos volúmenes publicados por la UNAM y la SEP, aunque originalmente se publicó en el libro 21 Mujeres de México, editado en 1956.
En ese volumen, Peláez reunió retratos de las divas y artistas de la época: Lola Álvarez Bravo, Guadalupe Amor, Frida Kahlo, Isabela Corona, Lupe Marín y Dolores del Río, entre otras. Como si la larga lista de musas no bastara, el libro iba acompañado de textos sobre estas mujeres escritos por Diego Rivera, Octavio Paz, Rodolfo Usigli, Luis Cardoza y Aragón y otros.
De Peláez no se conserva mucha información, salvo una noticia que data de 2001, en la que se reseñaba una exposición de su obra en las instalaciones de la Universidad Autónoma Metropolitana. El organizador era su sobrino, Sergio Peláez Farell, quien fungía como director de comunicación de dicha universidad.
Tras varias búsquedas, su hermano Julio Peláez Farell, pintor como su tío, accedió a hablar.
—No es un libro como tal, es más una carpeta, y es inconseguible. Se editó en los cincuenta y no ha vuelto a editarse. Yo conservo el ejemplar de la familia...
Dentro de la carpeta, los retratos están sueltos y pueden manejarse individualmente. Un texto de Alfonso Reyes acompaña el retrato de Pita Amor. Las líneas de Rivera van unidas al de Kahlo. Pero el de Garro destaca. Aunque el texto que lo acompaña es escueto, fue escrito a cuatro plumas: Jorge Luis Borges, José Bianco, José Bergamín y su amante, Adolfo Bioy Casares. Los textos, brevísimos, de una línea, casi como versos, muestran sus impresiones sobre Elena y que habían quedado olvidados durante más de medio siglo.
Estas son las dedicatorias, acompañadas por las firmas de sus autores:
Elena, la más feliz aventura de la creación. Adolfo Bioy Casares.
Elena, “one of the unhappy few”. José Bianco.
Elena, no conocida y ya extrañada. Jorge Luis Borges.
Elena, la cabeza a pájaros, el arte de birlibirloque, pajarita de papel. José Bergamín.
El destino del retrato original se desconoce: “Mi tío regaló los originales a cada una. No sabemos qué pasó con el de Garro, porque ella vivió en condiciones muy difíciles y seguro lo vendió. Cuando estaba en su exilio o autoexilio, no me queda claro, buscó a mi padre y a mi tío, y le enviaron algo de dinero”.
A la investigadora Gabriela Mora, Garro le proporcionó una pista: lo habría vendido por 4 mil pesetas a Federico Álvarez Arregui. ¿Quién es él? Se trata del director de la revista Literatura Mexicana, editada por el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM. En respuesta a un mail, Álvarez Arregui sólo confirmó que convivió con Garro en España, en los setenta: “No sé quien haya inventado semejante historia. Desgraciadamente, yo no tengo ningún cuadro de Elena Garro. Fue una maravillosa escritora”.
Entre 1970 y 1971 se supo poco de las Elenas. Se conoce que estuvieron en Monterrey y Torreón, e incluso en Houston y Nueva York, pero no existen detalles. Hacia 1972 se instalaron en Taine 222 gracias al apoyo de una pareja amiga, los Solana.
Una sobrina del matrimonio, Carmen Arruza Solana, es la actual dueña del edificio y accedió a contar su versión. Las recuerda aterradas y fantasiosas.
“Estaban paranoicas, decían que las perseguían y vigilaban. Acusaron a Pancho, el portero, de ser espía del gobierno. ¡El hombre tenía 60 años y apenas podía hablar y estar de pie! Estaban muy solas. Helena Paz estaba muy enferma y la señora Garro fumaba demasiado. Había mucha angustia de su parte y eso las hacía ver cosas que no eran reales”.
De un día para otro, Garro y su hija desaparecieron sin despedirse ni entregar el departamento, igual que lo que pasó en el convento.
“Mi tía me contó que vino una mudanza por sus cosas y ellas se fueron sin decir adiós. Después supimos que estaban en Nueva York y que Helena Paz tenía cáncer”. A su juicio, madre e hija eran “un par de mujeres asustadas, que exageraban y en muchos casos convencían a los demás de sus dichos”.
En ese mismo departamento las visitaban los estudiantes de la UNAM, según anotó Garro en sus diarios, editados por su biógrafa, Patricia Rosas Lopátegui. Entre los nombres que dejó Elena, hay uno que destaca: Ruperto El Pato Patiño Manffer, ex director de la Facultad de Derecho de la UNAM.
Patiño Manffer estudió en la facultad hace más de 40 años. Cursaba la mitad de la carrera cuando irrumpió el movimiento estudiantil. Como muchos jóvenes, se sumó a las marchas. Su sobrenombre trascendió hasta convertirse en un personaje de la literatura de Garro. En el relato “El niño perdido”, de Andamos huyendo Lola, aparece un grupo de estudiantes que ayudan a las protagonistas, Lelinca y Lucía, los alter ego de Elena y de su hija, entre ellos un joven identificado precisamente como El Pato.
Sentado en su oficina, con una gran barba entrecana, Patiño Manffer ríe y admite ser el personaje del cuento. Narra por primera vez: -Con unos amigos teníamos un club de lecturas. Una vez fuimos a la oficina del ingeniero Norberto Aguirre Palancares, que era el encargado de Asuntos Agrarios, y ahí conocimos a Elena Garro y a su hija.
Según el universitario, Garro se sentía menospreciada por no poder publicar y por la falta de dinero. Durante sus pláticas, dio su versión del 68:
—Sostenía que los estudiantes fuimos usados. “Los engañaron, los agarraron de peones”. Aseguraba que el pleito fue entre el gobierno, el PM y los grupos de poder, y usaron a la universidad y los jóvenes. “A los jóvenes es muy fácil convencerlos cuando se pone por delante un ideal”, recuerdo que dijo y me impactó mucho. Y llegó a tener algo de razón...
Junto a Patiño Manffer y Federico Zamora, había otros dos jóvenes que formaban el grupo de amigos. Raúl Méndez, de quien no se tienen pistas, y “Raúl Urgillez”, como lo anotó Garro en sus diarios. Pero El Pato corrige: el apellido correcto es Urgellés y, según escribió Garro, fue quien le advirtió que iban a matarla.
Así llegó septiembre del 72. Además de enviar en avión a sus gatos a Argentina, donde fueron recibidos por Borges, Bioy Casares y Bianco, Garro decidió firmar su testamento para proteger su obra en caso de muerte. Tanto era su miedo.
En un libro que recoge su correspondencia con la escritora, la académica Gabriela Mora reveló que Elena acudió a la Notaria 35, en el Centro Histórico del DF, y dejó como beneficiario de toda su obra a Adolfo Bioy Casares, a quien llamó el amor de su vida.
¿Existe el testamento? La vía para confirmarlo es el Archivo de Notarías, que depende de la Consejería Jurídica del Gobierno del DF. La respuesta fue tajante: no importa que Garro haya fallecido en 1998 ni que se hubiera hecho valer su último testamento, el documento de 1972 sólo pueden conocerlo su hija o el apoderado. Tras insistir, se abrió una pequeña posibilidad: confirmar si existía o no el papel, sin ahondar en su contenido. Y así ocurrió. Días después, un funcionario de la Consejería estaba al teléfono.
—El documento sí está en el archivo, con la misma fecha.
Elena no había mentido. Por ley, el documento podrá ser público hasta que pasen 30 años de su muerte, es decir, en 2028.
¿Quiénes le ayudaron a salir de México? Garro fue dejando pistas, algunas maquilladas, hasta que confesó en una carta a Mora: Roberto Balderas, dueño de Transportes Balderas, y su socio José Luis Castillo Sentíes, sobrino del entonces regente del DF, Octavo Sentíes, fueron sus cómplices.
Roberto Balderas hijo, actual encargado de la empresa, aceptó hablar. Es corpulento, de baja estatura y un rostro duro que parece examinar cada palabra.
-Supimos muchos años después esa historia. Mi papá nos la contó con discreción, quizás para no involucrarnos o tener un problema con el gobierno.
La ayuda consistió en pasar a Garro y su hija a EU sin papeles, gracias a los contactos que tenía en la aduana. Además, la empresa se encargó de vaciar su casa y de guardar sus pertenencias en una bodega.
“Antes era muy fácil pasar a gente sin papeles, no como ahora. Él debió verlo como un servicio especial porque puso su auto, un Ford Galaxy del 69. Cruzaron el puente de Nuevo Laredo y de ahí fueron a Houston, donde el chofer las dejó”, explica.
En julio de 1997 falleció Balderas padre, cuando Garro y su hija tenían cuatro años de haberse reinstalado en Cuernavaca y aún no recuperaban sus pertenencias. Después de la muerte de Garro su hija buscó obtenerlas.
-Le comentamos que habría que buscar y quizá no las tendríamos, pues el contrato decía que si en tres meses no se pagaba el adeudo, teníamos derecho a venderlas... Y habían casi pasado 30 años.
Un día, el encargado del almacén subió a la oficina de Balderas. Había encontrado algo.
—Había cajas y cajas de libros, fotos, papeles y recortes de periódicos sobre el movimiento de 1968, hasta trastes de cocina...
El hombre tomó un libro y se sentó a leer sobre una de las enormes básculas industriales del almacén.
—Era su diario de joven, tenía 17 o 18 años, y el tema principal era que no se quería casar con Octavio Paz. Le interesaba otro hombre, no recuerdo cómo se llamaba. Era un libro pequeño de hojas delgadas y con letra manuscrita muy fina. Me conmovió, había mucha tristeza.
Cuando Balderas informó a Helena del hallazgo, ella dijo que no tenía dinero para pagarle. Pero insistió tanto que sólo cubrió el costo de la gasolina para que llevaran sus cosas a Morelos.
La historia de la familia Balderas con Garro no acaba ahí. Roberto aconsejó hablar con su madre, Lidia Balmas de Balderas, quien sabía más.
La viuda de Roberto Balderas es una mujer de más de 70 años, de cabello blanco ensortijado y de memoria y hablar lúcidos. Frente a ella, sobre el escritorio, había una bolsa transparente de la cual se asomaban unos documentos envejecidos.
—Conservé este expediente porque es muy interesante... —dice mientras desdobla los papeles.
Eran las pruebas de la fuga de Elena Garro: la orden original para vaciar su casa el 28 de septiembre de 1972, firmada por Castillo Sentíes. Y un inventario de sus pertenencias: 56 cajas, piezas de sus muebles, sus libreros, refrigerador, trastes...
Pero eso no era todo, también tres cartas que Garro envió a la familia y que no se conocían.
La orden del servicio aún está sujeta con un broche y lleva una etiqueta con el nombre “Elena Paz Garro”. La hoja inicial dice: “Recoger en punto de las 3:00 PM de la dirección antes mencionada, llevar 8 cajas libros, mismos que recogerán y traerán a bodega también junto con 45 cajas que se encuentran ahí”.
Son tres las cartas que Garro envió a Roberto Balderas. La primera, fechada el 25 de diciembre de 1976, muestra desesperación:

Estimado Señor Balderas:
Sé que le debo a usted dinero por el almacenaje de mis muebles, libros, etc. No tengo dinero para pagarlo pero en su almacén dejé varias maletas que contienen plata sterling. (…)
Le digo esto porque estoy pasando por un verdadero calvario, a mi hija la operaron por cuarta vez este año que termina y ahora está escupiendo sangre. Es decir, tose y echa chorros de sangre. Como es mexicana no tiene derecho al seguro social, y yo no tengo ni para darle de comer, estoy desesperada pues hace ya más de 8 años que no trabajo y que llevo una vida que no le deseo ni a mi peor enemigo.
¿Quiere usted coger la plata, venderla lo mejor que pueda, cobrarse lo que le debo y enviarme el resto? (...) No le propongo nada perjudicial para usted, sino tratar de pagarle y que usted me ayude por caridad de Cristo (...)
Elena Garro.

La segunda carta fue escrita el 30 de diciembre de ese mismo año y la última el 5 de enero de 1977. Ambas son breves y sólo reflejan la carencia económica que vivieron en España, al grado de llegar a un asilo para indigentes.
Elena Garro escribió en su diario, en 1974: “Hoy, hace también dos años, en este día que era jueves, estaba preparando mi huida de México. Raúl Urgillez (sic) me había dicho que iban a matarme. Helenita estaba en cama con hemorragias tremendas. La casa de Taine estaba quieta. Nadie nos visitaba”.
¿Qué fue de Raúl Urgellés? Gracias al apoyo de Ruperto Patiño Manffer, fue posible localizarlo. Ahora tiene más de 50 años, es abogado y despacha en Polanco. La entrevista se realiza en su oficina, a donde llega vistiendo un traje negro.
En 1972, Elena tenía 55 años. Su belleza se había transformado en un rostro desolado y su cabello rubio comenzaba a tornarse entrecano. Helena Paz iba a cumplir 33 años y le acababan de diagnosticar cáncer de matriz.
Urgellés recuerda desmejorada a la escritora: “Parecía una anciana. Fumaba y fumaba, y el departamento tenía un mal olor por el cigarro y los gatos que andaban en todos lados. Sabía que fue muy elegante y con dinero, y eso contrastaba con su imagen descuidada”.
El abogado se deja llevar por el gusto de contar su juventud: sus años en la Facultad de Derecho, sus amigos y cómo vivió el movimiento estudiantil y los Juegos Olímpicos de 1968. Luce despreocupado sobre su silla de cuero, reclinado y con las manos cruzadas detrás de la nuca.
En un momento invita a pasar a su privado. Ahí, adosada a una de las paredes, señala una foto en blanco y negro de tres jóvenes con patillas pobladas, lentes de pasta, suéteres de cuello de tortuga y sacos, de pana con parches en los codos. La moda de finales de los sesenta. Eran él, Patiño Manffer y otro de sus amigos. Al fondo se veían las islas de CU.
Al volver a la sala de juntas, el tema llega a la plática: la huida de Garro y los motivos que ella narró. Urgellés escucha atento y toma el libro que recoge el apunte de la escritora donde lo involucró en su escape. Coloca un dedo sobre la línea y lee en silencio.
—Ella escribió que se fue de México porque usted le advirtió que iban a matarla...
Urgellés abre los ojos con espanto y su mirada se pierde en un recuerdo que parece materializarse frente a él. Con rapidez agacha la cabeza y la oculta entre sus brazos, como si estuviera asustado. Tendido sobre la mesa de vidrio, recuerda a un niño regañado. No dice ni una palabra y así pasa más de un minuto hasta que se endereza. Su pecho se inflama y luego exhala. En un mismo movimiento, abre los ojos y la boca:
-No puedo decir que le dije eso pero tampoco puedo negarlo.
En su cuerpo se aprecia un dejo de pesadumbre. De la afabilidad de minutos antes, ahora luce malhumorado y su voz se vuelve seca, como si muchos años le hubieran caído de golpe:
—Nunca supe de una conspiración para matar a la señora Garro, eso sería algo muy grave. Pero sí pude decirle que por los problemas en que estaba metida, su vida corría peligro y podrían matarla. Pero nunca para asustarla. Nunca pensé que yo tuviera una responsabilidad así...
Hacerle otras preguntas resulta inútil. A cada una, Urgellés sólo atina a responder con monosílabos o movimientos de cabeza, como si hubiera algo que nunca contará. Ahora sus ojos brillan con reproche, a punto del llanto.
Ya no hay manera de sacarle más palabras...
* Segmentos de este texto forman parte de una investigación académica realizada durante 2011 por el autor.

EMEEQUIS, 19 de agosto de 2013, Pp. 22 al 29
ILUSTRACIÓN: MARCOS GONZÁLEZ