REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Cinco días en septiembre (4/4)


Salvador Quiauhtlazollin

23 DE SEPTIEMBRE
Me sentía muy mal al despertar, pero temprano fui al derrumbe de Xola y Andalucía. El hedor era insoportable, una mezcla repulsiva de cadaverina y desinfectante. Unos soldados rociaron una sustancia parecida al ambarino líquido que se riega en la cinta El Año de la Peste, y con ello, crearon una atmósfera putrefacta que impregnó mi colonia por semanas. Fue hasta noviembre que el miasma se desvaneció por completo.
Seguí paleando y paleando. La panadería enfrente del edificio se había convertido en un improvisado centro de control, y ahí se concentraban ahora los soldados y el Ministerio Público. Los condominios se habían colapsado formando un pastel mil hojas macabro, y se anunció que pronto vendrían los franceses -sin los famosos perros, pero con un equipo híper sensible para captar los más mínimos susurros-, con la esperanza de oír a algún sobreviviente.
Mi malestar seguía en aumento, y no comprendía por qué estaba tan indispuesto, hasta que deduje que la vacuna antitetánica de alguna forma reaccionaba con mi química interior, así como el vinagre reacciona con un hidróxido. Pronto olvidé esta incomodidad e inicié mi involuntario viaje a la Estigia. Permítanme ser su Virgilio en el primer círculo.
Del terremoto de 1985 se ha hablado del heroísmo de voluntarios, rescatistas y topos, de la abnegación de los deudos, de los miles de damnificados y de la imbecilidad innata de muchos funcionarios (que sigue sin cambio sexenio a sexenio, como si fuera requisito para ser de la casta gubernamental). De lo que poco, poquísimo se ha hablado, es de algo sumamente prosaico en su naturaleza, pero altamente significativo en su ámbito social: de los cadáveres. Abundan fotos de muertos a los que desafortunadamente decapitó una trabe o empaló un castillo, pero éstas son muy vistosas excepciones. Sin pretender ser hiperbólico, explicaré cómo rescatábamos a la inmensa mayoría de los fallecidos:
Primero hay que aclarar que la gente murió aplastada entre losas, no entre escombros. Así que paleábamos horas y sacábamos toneladas de cascajo, pero siempre terminábamos chocando contra una pesada losa. De inmediato, se formaban dos equipos de voluntarios: unos terminábamos de limpiar la revoltura, mientras otros cortaban las varillas con seguetas. En el caso de este conjunto, este segundo equipo tenía poco trabajo, porque se repetía el esquema de corrupción imperante, y en este inmueble colapsado, las varillas no eran fémures de la construcción, sino viles carricitos que evocaban a la célebre Popotitos. Pero daba pavor constatar cómo el desfalco en el presupuesto de materiales, había acarreado al inframundo a nuestro plano terrenal.
Una vez cortadas las losas, otro equipo las levantaba con sendas palancas de fierro forjado. Y siempre, maquillado de polvo y astillas de vidrio, aparecía el cadáver. La anatomía simétrica que heredamos de las estrellas de mar es maravillosa, pues siempre tiende a mantener su forma. Pero el aplastamiento destruye el sistema óseo, lo que hace que los músculos se distiendan como una bolsa que contuviera diez manzanas y fuera arrojada de un sexto piso. Las facciones, aflojadas y ennegrecidas por la putrefacción, se desfiguran, formando una máscara irreconocible, y sólo la ropa permitía saber si el finado era hombre o mujer. Y al momento de serles retirados el peso, los cuerpos recuperan presión interior como batracios reventados, lo que les da un aura de carne antropomórfica sin sostén pero rehumedecida; como un maniquí chambonamente ensamblado con esos filamentosos trozos de vísceras que los mexicanos comemos como pancita.
Hablando de entrañas, afortunadamente por salud mental, no me tocó ver ningún eviscerado, pero lo que sí observé es que todos los que extrajimos murieron con los ojos cerrados. Esto, en lugar de tranquilizarnos internamente, nos causaba zozobra: es imposible no imaginarse a la víctima inmóvil, esperando que pase el sismo, mientras sube su angustia al oír el crepitar de su vivienda, para repentinamente, al escuchar el quiebre de los castillos y el desplome de la losa, comprender que es el final y que sólo hay tiempo para cerrar fuertemente los párpados mientras la masa que fue su morada destroza inmisericorde su esqueleto. Después, sólo un fulgor, y luego la penumbra.
Los restos eran después recogidos por dos voluntarios, siempre los mismos, cubiertos con guantes de látex y triple tapabocas. Con cada uno de ellos se seguía igual procedimiento. Y también una especie de ceremonia fúnebre: con cada difunto, todos los voluntarios dejábamos lo que estábamos haciendo, y desde cualquier lugar de la ruina donde estuviéramos, íbamos a donde se descubrían las losas para rodear el levantamiento del fallecido. Sólo acudíamos los voluntarios, los familiares nunca subían, a pesar de estar desesperados por noticias. Nadie decía absolutamente nada, pero todos aguardábamos hasta que el cuerpo era bajado en una lona empapada de secreciones viscosas. Entonces, nos desbandábamos y continuábamos con nuestra labor.
A eso de las cuatro de la tarde llegaron los franceses. Todos bajamos de la obra. Colocaron sus adminículos. Los transeúntes, las amas de casa y muchos adolescentes, formaron un abultado corrillo de curiosos. Los galos pidieron silencio. Se escuchaban todavía murmullos. Taisez-vous! Taisez-vous! ¡Cállense el hocico! Silencio total.
Rien! Nada. Más intentos. El mutismo era sepulcral. Nada, nada, nada. Sigan con sus labores. Y continuamos.
El sol moría al poniente muy, muy amarillo. Sentía calambres. Me acuclillé. Al interior me corroía un desconsuelo inabarcable. Perdí la noción del tiempo viendo el ir y venir de los rescatistas. Entonces vino el rompimiento, ese instante que al decir de Thomas Harris, exige una muerte parcial, a la que sigue un renacimiento para existir con algo que en nuestra esencia se ha quebrado para siempre. Saboreé mis lágrimas hasta que llegué a casa.
No podía mantener el equilibrio. La náuseas me doblaban, los músculos me picoteaban como si cien mil sanguijuelas me succionaran. Ni cuando me dio el dengue me sentí tan mal. Me desplomé en el sofá cama mientras en el televisor iniciaba una emisión repetida de Video rock. Me pareció oír cantar a Bruce Sprinsgteen, pero podía ser también una quimera, como esas pesadillas espeluznantes que me atenazaron impíamente esa noche. La luz mercurial bañaba mi rostro descompuesto, mientras transcurrían los últimos minutos del día que dejé de ser un voluntario más, como miles, en la peor tragedia que vivió la Ciudad de México en el siglo XX.

EPÍLOGO
Martes 24 de septiembre de 1985. Todavía el malestar quebraba mi equilibrio, pero al menos alcancé a mantenerme bajo la ducha lo suficiente para limpiarme los últimos granos de polvo. Percibí el inconfundible efluvio de la descomposición. Pensé que era mi tapabocas, pero no: el barrio entero había sido cubierto por el manto pestífero. Entonces oí que mi hermana gritó: ¡Mi abuelita! Se había descolgado de California en el primer vuelo que alcanzó. Allá los informativos dieron la noticia de un Distrito Federal completamente aniquilado, un páramo de escombros enseñoreado por la Muerte. Mi abuelita lloraba con alivio mientras nos abrazaba con una fuerza que jamás había sentido.
Un día después, ya había teléfono. Marqué a casa de mi amigo Martín Gil. Su mamá me contestó expectante, pero serena. Sin embargo, rompió en llanto cuando no pudo ocultar la zozobra que le causaba que no hubieran localizado a su hijo entre despojos de una secundaria. Sólo pude balbucear palabras incoherentes de consuelo. Supongo que la impotencia de la lejanía me hizo quedar como un fantoche estúpido.
Una semana después, las rutinas se retomaron. Muchos ya estaban en la escuela, otros pronto la pisaríamos. La colonia seguía apestando, pero las ruinas prácticamente se veían como una cicatriz que ya no supuraba. La inmensa mayoría de los rescatistas ya no trabajaba, los trascabos tragaban cascajo y el resto de los ex-voluntarios seguíamos las nuevas del temblor en la televisión. Un rato sí y otro también aparecían los adustos rostros de los funcionarios, que informaban de logros de la sociedad civil como si fueran propios. Sus facciones nunca se alteraban, y aunque algunos tenían una voz ridículamente chillona, parecían siempre mascullar el mismo monólogo. En su descargo, y a pesar de su acartonamiento en el cinescopio, puedo decir que por lo menos se tomaban a sí mismos y a su auditorio en serio. Los que ahora detentan el poder son fotogénicos funcionarios que no dudan en mirar directamente a la cámara con una socarrona sonrisita que parece decirnos: “Te voy a fregar, te va a gustar y me lo vas a agradecer”. Yo, buen estudiante premiado con la mejor escuela del país, seguía siendo la mar de ordenado. Hoy, dado a la molicie, me sorprende recordar que todos los días me paraba a las cinco y media de la mañana.
Un mes después, tomé una de las mejores decisiones de mi vida y empecé a jalar en el Gimnasio Cañón, que hoy sigue teniendo el mismo mobiliario, los mismos aparatos, las mismas pesas, los mismos bordones y las mismas fotos de negros mamados que en 1985.
Un año después, la gente se había tragado un mundial presuroso, donde la selección jugó como nunca y perdió como siempre. La crisis era brutal.
Dos años después, mi amigo Neza y yo hicimos un periódico mural escolar llamado La Mermelada. El nombre de nuestras cartulinas satíricas hacía alusión a uno de los muchos chistes de mal gusto, pero innegable gracia, que contábamos los voluntarios entre techos y muros destrozados.
Un lustro después, la mayoría de los baldíos que el sismo dejó estaban ocupados, unos por conejeras con reminiscencias de vecindades, otros con negocios. Pero la plusvalía predial es implacable, y hoy han quintuplicado su valor.
Diez años después, recordé el sismo desde un noticiero que conducía a las 4 de la madrugada desde la calle Montecito.
Veinte años después, ya no quedaban huellas de la destrucción: los últimos baldíos fueron engullidos por desarrolladoras voraces que aprovechaban sin miramientos el bando que permitió repoblar las delegaciones centrales.
Un cuarto de siglo después (más o menos), el edificio de Xola y Andalucía de donde retiramos decenas de cadáveres, es un café de chinos de franquicia, un carísimo merendero donde los viandantes se zambuten con deleite bísquets y cuernitos. Las noticias nos dejan claro que desde los días del temblor, gracias a la crisis económica permanente, el tejido social se destruyó y acciones solidarias como las del terremoto, cuando los imperativos categóricos guiaban instintivamente a la mayoría de los mexicanos… eran cosa de un lejano pasado. La prueba es que cada vez que un huracán azotó la costa, los ciudadanos se entregaron sin vergüenza a la rapacería y el saqueo, encabezados incluso por presidentes municipales. La solidaridad es simplemente cosa de likes y sentencias moralinas en 140 caracteres.
Y treinta años después, hoy, estoy compartiendo con ustedes, gracias a la trama informática planetaria y a través de redes sociales dignas de la ciencia ficción, lo que viví hace tres décadas. Una historia mínima, personalísima y sin ningún sesgo de arrojo, abnegación o entrega; pero al fin y al cabo, la historia verídica de un adolescente que no oculta nada y que salió a las calles crispadas porque tenía que salir. La narración de un minúsculo tranco de la vida de uno más de los millones que construyeron a partir de un jueves, a las 7:19, un nuevo destino. Millones que jamás olvidaremos las sensaciones, los aromas, las miradas, los hechos, los sentimientos y las burradas que hicimos minuto a minuto en esos inolvidables, vertiginosos y estremecedores cinco días de septiembre de 1985.