REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 11 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

Porfirio Díaz en la visión de Justo Sierra


Justo Sierra

Don Justo Sierra es sin duda uno de los pensadores más brillantes que ha dado México. A pesar de los tiempos que le tocaron vivir (pleno porfirismo) consiguió un lugar destacado en la historia patria. Sus libros siguen siendo leídos y considerados en sus juicios. En suma, fue un intelectual, un maestro que supo entender al país y sentar las bases para mejor explicarlo. Fue autor de miles de páginas memorables que por fortuna hoy podemos encontrarlas en libros magníficos. En su obra fundamental, Evolución política del pueblo mexicano, don Justo Sierra analiza los últimos años del siglo XIX mexicano. Esto es, reflexiona sobre el largo régimen de Porfirio Díaz. El balance es positivo. Ha dado grandes pasos para modernizar al país y ha logrado un período de paz muy largo dentro de la complicada historia de México. Vale la pena leerlo para matizar mejor a Porfirio Díaz, para dejar de presentarlo como el brutal tirano que destruyó al país. Claro está, don Justo no acabó de entender que la ausencia de democracia y las injusticias sociales pesaban más que los aciertos del general Díaz. Si el capítulo final de la obra citada es un frío análisis de la vida del dictador, el tiempo vería derrumbarse la figura heroica de un general victorioso ante la inmensa fuerza de la más grande revolución social que ha visto el continente.
A continuación presentamos a nuestros lectores esas últimas páginas del libro mencionado. Vale la pena de ser leídas, nos dan una mejor idea de una figura compleja y polémica que de héroe pasó al peor villano y que sigue siendo discutida, cuando vemos los penosos resultados de la Revolución Mexicana.
El Búho

Porfirio Díaz *
Justo Sierra

El país (México) estaba desquiciado; la guerra civil había, entre grandes charcos de sangre, amontonado escombros y miserias por todas partes; todo había venido por tierra; abajo, para el pueblo rural, se había recrudecido la leva, una de las enfermedades endémicas del trabajo mexicano (las otras son el alcohol y la ignorancia), que dispersaba al pueblo de los campos en el ejército, como carne de cañón; en la guerrilla, como elemento de regresión a la vida de la horda salvaje, y en la gavilla, la escuela nómada de todos los vicios antisociales. El pueblo urbano o en las fábricas, paradas por el miedo a la guerra o por la inutilidad de producir para mercados atestados, o en los talleres sin ocupación, de las ciudades, se entregaba a la holganza o se escapaba rumbo a la bola o se dejaba llevar en cuerda al cuartel. La burguesía, exprimida sin piedad o por los régulos locales o por los gobiernos en lucha, escondía su dinero y retraía sus simpatías; había visto la caída del gobierno central con gusto (exceptuando en dos o tres estados en que el lerdismo significaba la emancipación de odiadas tiranías locales); pero había sido indiferente a la tentativa del señor Iglesias, que le parecía una sutileza constitucional con todas las apariencias de un pronunciamiento de abogados y literatos, y se sentía asaltada de recelos y temores hondos ante aquella masa heterogénea de apetitos insaciables, de resentimientos implacables y de intereses inconfesables, señoreada de la República con el nombre de revolución tuxtepecana, en que se habían resumido todos los elementos de desorden removidos por la guerra civil. Creía en la buena fe del jefe de la revolución, creía en su probidad, pero lo suponía, entonces como antes, irremediablemente subalternado a las ambiciones muy enérgicas, pero muy estrechas, de un grupo de sus consejeros; y si le concedía dotes administrativas, persistía en negarle dotes políticas; este hombre, se repetía en los grupos urbanos, en nuestra guisa familiar de condensar las opiniones, este hombre no sacará al buey de la barranca.
Eso era la sociedad. Los factores oficiales eran pésimos: el ejército federal que, desorientado, perplejo, descontento de sí mismo, se había dividido entre las dos banderas que se apellidaban constitucionales, pero que en su inmensa mayoría se había mantenido fiel al deber, ahora ingresaba en masa en el ejército de la victoriosa revolución y se sentía humillado, comprimido, impaciente, pronto a sacudir lo que reputaba una cadena y un yugo; sus principales jefes, o lo habían abandonado, o veían desdeñosos la turba que los rodeaba con el secreto deseo del desquite. El tropel revolucionario se disponía a despojar al ejército legal de todos sus grados y prerrogativas y lanzarlo a la calle desarmado, desnudo y castigado, y exigía del jefe de la revolución este botín de guerra.
En cuanto a la falange burocrática, mínimamente pagada, cuando lo estaba, apenas cumplía con su deber; hacía la censura despiadada de las costumbres y la ignorancia de los vencedores, organizaba la gran conspiración inferior de los servidores infieles, o desertaba; los jefes improvisados del gobierno efímero que había surgido de la revuelta, solicitaban públicamente empleados para los puestos administrativos y solían recibir despectivas repulsas.
En el exterior, las peripecias y el final de la guerra civil habían causado una penosa impresión. Estaba probado; México era un país ingobernable, los Estados Unidos debían poner coto a tanto desmán, ya que Europa era impotente para renovar la tentativa. Los sociologistas nos tomaban como ejemplo de la incapacidad orgánica de los grupos nacionales que se habían formado en América con los despojos del dominio colonial de España, y el ministro de los Estados Unidos asumía una actitud de tutor altivo y descontento ante el ejecutivo revolucionario.
La Constitución había quedado sepultada bajo los escombros de la legalidad: las reformas que la revolución había proclamado eran netamente jacobinas: ni Senado ni reelección, es decir, omnipotencia de la Cámara popular, debilitación del Poder Ejecutivo por la forzosa renovación incesante de su jefe. Quedaba la Corte para proteger el derecho individual. Pero ¿cuándo un tribunal ha servido de valladar positivo al despotismo del poder político, si ese tribunal está también sometido a la elección popular, perennemente suplantada en México por los prestidigitadores oficiales?
Y para colmo de inconvenientes, la prensa, o hacía cruelmente la oposición, o regañaba y aleccionaba incesantemente al gobierno cuando le era adicta, convergiendo ambas en la exigencia del cumplimiento estricto de las promesas de los planes revolucionarios, entre las que dos descollaban como supremas aspiraciones del país: el respeto al sufragio libre, es decir, el abandono de las elecciones locales y generales a los gobernadores y sus agentes, y la abolición del impuesto del timbre, promesa popularísima, cuyo cumplimiento equivaldría al suicidio financiero de la administración.
El deseo verdadero del país, el rumor que escapaba de todas las hendiduras de aquel enorme hacinamiento de ruinas legales, políticas y sociales, el anhelo infinito del pueblo mexicano que se manifestaba por todos los órganos de expresión pública y privada de un extremo a otro de la república, en el taller, en la fábrica, en la hacienda, en la escuela, en el templo, era el de la paz. Ese sentimiento fue en realidad el que desarmó la resistencia del vicepresidente de la República, a pesar de su autoridad constitucional. Nadie quería la continuación de la guerra, con excepción de los que sólo podían vivir del desorden, de los incalificables en cualquier situación normal. Todo se sacrificaba a la paz: la Constitución, las ambiciones políticas, todo, la paz sobre todo. Pocas veces se habrá visto en la historia de un pueblo una aspiración más premiosa, más unánime, más resuelta.
Sobre ese sentimiento bien percibido, bien analizado por el jefe de la revolución triunfante, fundó éste su autoridad; ese sentimiento coincidía con un propósito tan hondo y tan firme como la aspiración nacional: hacer imposible otra revuelta general. Con la consecución de este propósito, que consideraba, ya lo dijimos antes, como un servicio y un deber supremo a un tiempo, pensaba rescatar ante la historia la terrible responsabilidad contraída en dos tremendas luchas fratricidas: la sangre de sus hermanos le sería perdonada si en ella y de ella hacía brotar el árbol de la paz definitiva.
Complicar en esa obra, que parecía irrealizable ensueño, todos los intereses superiores e inferiores, era el camino para lograrla; el caudillo creía que para eso era preciso que se tuviera fe en él y que se le temiera. La fe y el temor, dos sentimientos que, por ser profundamente humanos, han sido el fundamento de todas las religiones, tenían que ser los resortes de la política nueva. Sin desperdiciar un día ni descuidar una oportunidad, hacia allá ha marchado durante 25 años el presidente Díaz; ha fundado la religión política de la paz.
A raíz de la desaparición del estado legal, parecía imposible la vuelta a un régimen normal; todos lo repetimos, fiaban en la energía, en el ascendiente, en la rectitud del caudillo triunfante; nadie le suponía verdaderas aptitudes políticas y de gobierno; sí se seguía con interés la marcha de tres de sus consejeros, los tres oráculos del gobierno nuevo (los señores Vallarta, Benítez y Tagle); a éstos se concedía mucho talento, pero mucha pasión. La vuelta al orden constitucional era el primer paso político; urgía para ello reconstituir los órganos legales del gobierno. Sólo un poder había sido respetado a medias, la Suprema Corte de Justicia; para los demás era precisa la renovación.
Una elección hecha bajo los auspicios de las autoridades revolucionarias y en medio de la abstención real del país político, dio, si no legitimidad, sí legalidad al caudillo; fue presidente de la República: su acción fue más desembarazada y más firme. Pero al mismo tiempo se dibujó bien el peligro; los partidarios del presidente derrocado, explotando el prestigio de nombres venerados en el ejército, promovieron, fuera y dentro del país, conspiraciones que en todas partes chispeaban conatos de incendio, para el cual había en todas ellas inmenso combustible acumulado. Los amagos exteriores en la frontera americana fueron neutralizados a fuerza de buena suerte: todos se condensaron dentro, y, a punto de estallar en terrible conflagración, fueron apagados en sangre: el siniestro estaba conjurado. La emoción fue extraordinaria: hubo protestas y dolor; muchos inocentes parecían sacrificados, pero la actitud del presidente sorprendió; el temor, gran resorte de gobierno, que no es lícito confundir con el terror, instrumento de despotismo puro, se generalizó en el país. La paz era un hecho; ¿sería duradera?
En este país, ya lo dijimos, propiamente no hay clases cerradas, porque las que así se llaman sólo están separadas entre sí por los móviles aledaños del dinero y la “buena educación”; aquí no hay más clase en marcha que la burguesía; ella absorbe todos los elementos activos de los grupos inferiores. En éstos comprendemos lo que podría llamarse una plebe intelectual. Esta plebe, desde el triunfo definitivo de la Reforma, quedó formada: con buen número de descendientes de las antiguas familias criollas, que no se han desamortizado mentalmente, sino que viven en lo pasado y vienen con pasmosa lentitud hacia el mundo actual; y segundo, con los analfabetos. Ambos grupos están sometidos al imperio de las supersticiones, y, además, el segundo, al del alcohol; pero en ambos la burguesía hace todos los días prosélitos, asimilándose a unos por medio del presupuesto, y a otros por medio de la escuela. La división de razas, que parece compilar esta clasificación, en realidad va neutralizando su influencia sobre el retardo de la evolución social, porque se ha formado entre la raza conquistada y la indígena una zona cada día más amplia de proporciones mezcladas que, como hemos solido afirmar, son la verdadera familia nacional; en ella tiene su centro y sus raíces la burguesía dominante. No es inútil consignar, sin embargo, que todas estas consideraciones sobre la distribución de la masa social serían totalmente ficticias y constituirían verdaderas mentiras sociológicas, si se tornaran en un sentido absoluto; no, hay una filtración constante entre las separaciones sociales, una ósmosis, diría un físico; así, por ejemplo, la burguesía no ha logrado emanciparse ni del alcohol ni de la superstición. Son estos microbios sociopatogénicos que pululan por colonias en donde el medio de cultivo les es propicio.
Esta burguesía que ha absorbido a las antiguas oligarquías, la reformista y la reaccionaria, cuyo génesis hemos estudiado en otra parte, esta burguesía tomó conciencia de su ser, comprendió a dónde debía ir y por qué camino, para llegar a ser dueña de sí misma, el día en que se sintió gobernada por un carácter que lo nivelaría todo para llegar a un resultado: la paz. Ejército, clero, reliquias reaccionarias; liberales, reformistas, sociólogos, jacobinos, y, bajo el aspecto social, capitalistas y obreros, tanto en el orden intelectual como en el económico, formaron el núcleo de un partido que, como era natural, como sucederá siempre, tomó por común denominador un nombre, una personalidad: Porfirio Díaz. La burguesía mexicana, bajo su aspecto actual, es obra de este repúblico, porque él determinó la condición esencial de su organización: un gobierno resuelto a no dejarse discutir, es, a su vez, la creadora del general Díaz; la inmensa autoridad de este gobernante, esa autoridad de árbitro, no sólo político, sino social, que le ha permitido desarrollar y le permitirá asegurar su obra no contra la crisis, pero sí acaso contra los siniestros, es obra de la burguesía mexicana.
Nunca la paz ha revestido con mayor claridad, que al día siguiente del triunfo de la revuelta tuxtepecana, el carácter de una primordial necesidad nacional. He aquí por qué el desenvolvimiento industrial de los Estados Unidos, que era ya colosal hace 25 años, exigía como condición obligatoria el desenvolvimiento concomitante de la industria ferroviaria, a riesgo de paralizarse. El go ahead americano no consentiría esto, y por una complejidad de fenómenos económicos que huelga analizar aquí, entraba necesariamente en el cálculo de los empresarios de los grandes sistemas de comunicación que se habían acercado a nuestras fronteras, completarlos en México, que, desde el punto de vista de las comunicaciones, era considerado como formando una región sola con el suroeste de los Estados Unidos. El resultado financiero de este englobamiento de nuestro país en la inmensa red férrea americana, se confiaba a la esperanza de dominar industrialmente nuestros mercados.
Esta ingente necesidad norteamericana podía satisfacerse, o declarando ingobernable e impacificable al país y penetrando en él en son de protección para realizar las miras de los ferrocarrilistas, o pacífica y normalmente si se llegaba a adquirir la convicción de que existía en México un gobierno con quien tratar y contratar, cuya acción pudiera hacerse sentir en forma de garantía al trabajador y a la empresa en el país entero y cuya viabilidad fuera bastante a empeñar la palabra de varias generaciones. La guerra civil era, pues, desde aquel momento, no sólo un grave, el más grave de los males nacionales, sino un peligro, el mayor y más inmediato de los peligros internacionales. El señor Lerdo trató de conjurarlo acudiendo a la concurrencia del capital europeo; era inútil, fue inútil; el capital europeo sólo vendría a México en largos años, endosando a la empresa americana. La virtud política del presidente Díaz consistió en comprender esta situación y, convencido de que nuestra historia y nuestras condiciones sociales nos ponían en el caso de dejarnos enganchar por la formidable locomotora yanqui y partir rumbo al porvenir, en preferir hacerlo bajo los auspicios, la vigilancia, la policía y la acción del gobierno mexicano, para que así fuésemos unos asociados libres obligados al orden y la paz y para hacernos respetar y para mantener nuestra nacionalidad íntegra y realizar el progreso.
Muchos de los que han intentado llevar a cabo el análisis psicológico del presidente Díaz, que sin ser ni el arcángel apocalíptico que esfuma Tolstoi, ni el tirano de melodramática grandeza del cuento fantástico de Bunge, es un hombre extraordinario en la genuina acepción del vocablo, encuentran en su espíritu una grave deficiencia: en el proceso de sus voliciones, como se dice en la escuela, de sus determinaciones, hay una perceptible inversión lógica: la resolución es rápida, la deliberación sucede a este primer acto de voluntad, y esta deliberación interior es lenta y laboriosa, y suele atenuar, modificar, nulificar a veces la resolución primera. De las consecuencias de esta conformación de espíritu, que es propia quizás de todos los individuos de la familia mezclada a que pertenecemos la mayoría de los mexicanos, provienen las imputaciones de maquiavelismo o perfidia política (engañar para persuadir, dividir para gobernar) que se le han dirigido. Y mucho habría que decir, y no lo diremos ahora, sobre estas imputaciones que, nada menos por ser contrarias directamente a las cualidades que todos reconocen en el hombre privado, no significan, en lo que de verdad tuvieren, otra cosa que recursos reflexivos de defensa y reparo respecto de exigencias y solicitaciones multiplicadas. Por medio de ellas, en efecto, se ponen en contacto con el poder los individuos de esta sociedad mexicana que de la idiosincrasia de la raza indígena y de la educación colonial y de la anarquía perenne de las épocas de revuelta, ha heredado el recelo, el disimulo, la desconfianza infinita con que mira a los gobernantes y recibe sus determinaciones; lo que criticamos es, probablemente, el reflejo de nosotros mismos en el criticado.
Sea de eso lo que se quiera, será siempre una verdad que la primitiva resolución del caudillo revolucionario en el asunto de los ferrocarriles internacionales, fue pronta, fue segura, no se desnaturalizó luego, fue el primer día lo que ahora es; y se necesitaba por cierto sobreponerse a la angustia del porvenir con ánimo inmensamente audaz y sereno y tener inquebrantable fe en el destino de la patria, y pedir con singular energía moral una fuente de fuerza y de grandeza a lo que parecía el camino obligado de nuestra servidumbre económica, para haber abierto nuestras fronteras al riel y a la industria americana. ¡Y en qué momentos! Uno de los invencibles temores del señor Lerdo, y justificado y racional a fe, era el semillero de peligrosísimos conflictos con los Estados Unidos que acaso surgirían del compromiso de pagar subvenciones que el estado de nuestro erario jamás podría cumplir. El señor Díaz, fiando la seguridad de evitar esos conflictos precisamente a la transformación económica, por ende financiera, que el país sufriría a consecuencia de la realización de los ferrocarriles proyectados, se atrevió a contraer obligaciones nacionales que importaban muchos millones de pesos, en momentos en que nuestro erario estaba exhausto y no había dinero en las arcas para pagar los haberes del ejército.
Efectivamente, la cuestión financiera amenazaba paralizar todo el impulso del presidente hacia las mejoras materiales de carácter nacional; desorganizada completamente la frontera del norte por la complacencia o debilidad de las autoridades locales para con los reyes del contrabando, éste tomaba proporciones colosales; las plazas del interior de la República se inundaban de efectos mercantiles fraudulentamente importados, y el crac de las rentas aduanales había producido una especie de pavoroso malestar, porque se juzgaba irremediable. Vino a complicarlo todo la lucha política, no la que buscaba el favor del país elector, ni alfabeto ni inteligente, que vota en segundo grado, sino la que disputaba la preponderancia en el ánimo del presidente, que tenía ya suficiente autoridad moral para que una indicación suya fuese acatada por los colegios electorales. Pero el término presidencial se acercaba; el general Díaz tiró entonces las muletas de Sixto V, rompió resueltamente con sus consejeros íntimos que querían imponerle un candidato; escogió el suyo, lo puso de hecho a la cabeza del ejército, y en medio de una situación preñada de amenazas, pero no exenta de esperanzas, dejó el poder a uno de los más audaces, de los más bravos, de los más leales de sus colaboradores revolucionarios. La nación estaba perpleja ante el nuevo presidente. El general González era todo un soldado. ¿Era un hombre de gobierno?
Hubo una gran esperanza; el nuevo ministerio se componía de ciudadanos probos, el expresidente Díaz formaba parte de él; hubo claramente un movimiento de ascensión. Las grandes empresas ferroviarias internacionales parecían sembradoras de dólares en el surco inmenso que acotaban los rieles desde la frontera al centro del país; la cosecha inmediata consistía en el trabajo remuneratorio como jamás lo había sido para el bracero y el obrero mexicano; observóse, al compás de la plenitud de las arcas fiscales, a los empleados contentos, al ejército mimado y al espíritu de empresa subido al rojo blanco por el foco de calor, de patriotismo, de amor a la fortuna y amor al progreso que el nuevo ministro de Fomento, Pacheco, llevaba en el alma. Al arrimo de esa situación se proyectó todo: colonizaciones, irrigaciones, canalizaciones, quiméricos ferrocarriles interoceánicos en Tehuantepec, formación artificial de puertos que no existían en el Golfo, esbozos de marinas nacionales, creadas de golpe, y poderosas instituciones bancarias en que parecía que el capital mexicano debía afluir para abrir paso a la industria y al comercio en el nuevo período que apuntaba en el horizonte. Por desgracia, al hecho positivo de la construcción de las vías férreas, que, para ser productivas, exigían otras y otras, y una red entera que fuese cubriendo el suelo nacional, se adunaba lo precario, por transitorio, del auge creado por el dinero americano invertido en las construcciones, auge que a algunos financieros pareció indefinido. A la sombra de esa engañosa bonanza, el desorden y la imprevisión administrativa se hicieron habituales; el interés del país fue, en manos de los especuladores, un instrumento de medro personal; un vértigo de negocios se apoderó de muchos y hubo más de un funcionario público que realizase, como por ensalmo, pingüe fortuna poniendo al servicio de los negociantes sus influencias y sus codicias.
A nada de esto era extraño el presidente nuevo: hombre de perfecto buen sentido, incapaz ni de temor ni de duplicidad, se sobre ponía en él, a todo, no sé qué espíritu de aventura y de conquista que llevaba incorporado en su sangre española y que se había educado y fomentado en más de 20 años de incesante brega militar en que había derrochado su sangre y su bravura. El general González es, en el sentir del que esto escribe, aunque todos estos juicios sobre acontecimientos de ayer son revisables, un ejemplar de atavismo: así debieron ser los compañeros de Cortés y Pizarro y Almagro; física y moralmente así. De temple heroico, capaces de altas acciones y de concupiscencias soberbias, lo que habían conquistado era suyo y se erizaban altivos y sañudos ante el monarca, así fuese Carlos V o Felipe II, para disputar su derecho y el precio de su sangre. El presidente creía haber conquistado a ese precio, en los campos de Tecoac, el puesto en que se hallaba; era suyo y lo explotaba a su guisa.
Concluyó el período de gastos de las construcciones ferroviarias, cesó el pactolo de correr, vino la escasez del erario y luego su impotencia para pagar los más necesarios servicios administrativos; crecieron las tergiversaciones, los expedientes, el recurso cotidiano a maniobras inconfesables; y los negocios, sin embargo, no cesaban. La protesta de que se hacía la prensa eco, bien reflexivo y victorioso, o frenético y desmandado más allá de todo límite de pudor y de equidad, partía del fondo de esa especie de irreducible honradez y amor a la justicia que constituye la sustancia primitiva de la conciencia social mexicana. No cabía negarlo; cuando se abrió el periodo electoral ya no fue posible tomar medida alguna; una moneda nueva que acaso tenía sus ventajas, fue considerada como moneda falsa, y en rabiosa asonada popular, que parecía más bien un arqueo, una náusea social, fue regurgitada y tomada imposible; un contrato necesarísimo en principio, aunque censurable en sus cláusulas, pero que era condición sine qua non del restablecimiento de nuestro crédito exterior, el reconocimiento de la deuda inglesa, fue juzgado como indenominable atentado; supusiéronse, con evidente exageración, negocios fabulosos hechos a la sombra del convenio, y como era en las postrimerías administrativas de aquella situación, y como el presidente electo era el general Díaz, y todos consideraban rotos los compromisos con los que se iban y no volverían, porque efectivamente no podían volver, una oposición parlamentaria nació y creció como el mar al soplo del huracán, la sociedad se arremolinó encrespada en torno de los tribunos parlamentarios, ahogó las explicaciones de los defensores del gobierno con la elocuencia de los oradores, que a veces fue admirable, con los gritos sin término de imberbes energúmenos que arrastraban a las masas estudiantiles y populares, y con el ruido de los aplausos y las exclamaciones de entusiasmo de las señoras y los hombres de orden.
En medio de esta lección dada al gobierno que salía y al que iba a entrar, que mostraba cuán rápidamente podía alejarse el poder de la conciencia pública y cuán lejos estaba todavía el pueblo de la educación política, comenzó la nueva administración del general Díaz, desde entonces indefinidamente refrenada, más que por el voto, por la voluntad nacional.
Algo así como una colérica unanimidad había vuelto al antiguo caudillo de la revolución al poder; los acontecimientos de la capital parecían indicio cierto detestado precario de la paz y de la facilidad con que podría caerse en las viejas rodadas de la guerra civil; la anarquía administrativa y la penuria financiera daban a la situación visos de semejanza con la del periodo final de la legalidad en 1876, y a todos parecía que se habían perdido ocho años y que habría que recomenzarlo todo; la opinión imponía el poder al presidente Díaz como quien exige el cumplimiento de un deber, como una responsabilidad que se hacía efectiva.
En la enorme bancarrota política de 1884, el pasivo era abrumador; había que rehacer nuestro crédito en el exterior, sin el cual no habríamos podido encontrar las sumas necesarias para llevar a cabo las grandes obras del porvenir, haciendo recaer la obligación principal sobre el porvenir así favorecido, y esa obra parecía imposible vista la impopularidad ciega del reconocimiento de la deuda inglesa, clave de ese crédito; había que rehacer la desorganizada hacienda y era preciso comenzar por una suspensión parcial de pagos; había que prestigiar la justicia, que imponer el respeto a la ley, que deshacer ciertas vagas coaliciones de los gobiernos locales, señal segura de debilidad morbosa en la autoridad del centro; había que dar garantías serias, tangibles, constantes al trabajo en su forma industrial, agrícola, mercantil... tal era el pasivo. En su activo contaba la nueva administración con los grandes ferrocarriles hechos y con el nombre del general Díaz. Pero para que el presidente pudiera llevar a cabo la gran tarea que se imponía, necesitaba una máxima suma de autoridad entre las manos, no sólo de autoridad legal, sino de autoridad política que le permitiera asumir la dirección efectiva de los cuerpos políticos: cámaras legisladoras y gobiernos de los estados; de autoridad social, constituyéndose en supremo juez de paz de la sociedad mexicana con el asentimiento general, ése que no se ordena, sino que sólo puede fluir de la fe de todos en la rectitud arbitral del ciudadano a quien se confía la facultad de dirimir los conflictos; y de autoridad moral, ese poder indefinible, íntimamente ligado con eso que equivale a lo que los astrónomos llaman la ecuación personal, el modo de ser característico de un individuo que se exterioriza por la claridad absoluta de la vida del hogar (y el del general Díaz ha estado siempre iluminado por virtudes profundas y dulces, capaces de servir de mira y ejemplo) y por la condición singularísima de no llegar jamás al envanecimiento ni al orgullo a pesar del poder, de la lisonja y de la suerte; tales fueron los elementos inestimables de esa autoridad moral.
Con estos factores, la obra marchó no sin graves tropiezos; la exigencia general del país y fuera del país, en cuantos habían entrado en contacto con los asuntos nuestros, en los tenedores de obligaciones mexicanas, en los anticipadores del ya enorme capital invertido en las vías férreas, era clara, apremiante, imponente; exigíase la seguridad plena de que el general Díaz había de continuar su obra hasta dejarla a salvo de accidentes fatales. A esta seguridad dio satisfacción, dentro de lo humanamente previsible, el restablecimiento, primero parcial y luego total y absoluto del primitivo texto de la Constitución, que permitía indefinidamente la reelección del presidente de la República.
Con esta medida había quedado extinguido el programa de la revolución tuxtepecana: sus dogmas que, bajo la apariencia de principios democráticos, envolvían, como todos los credos jacobinos, la satisfacción de una pasión momentánea, satisfacción propicia a calentar la lucha y precipitar el triunfo, y el desconocimiento absoluto de las necesidades normales de la nación, habían muerto uno por uno: era un programa negativo fundamentalmente compuesto de tres aboliciones: el Senado, el timbre, la reelección; ninguna había podido quedar en pie. Ni siquiera había suscitado un grupo dominante de hombres nuevos, sino muy a medias: vencidos y vencedores se distribuían en paz el presupuesto. No había resultado de aquella honda y sangrienta conmoción, más que una situación nueva; pero esta situación nueva era una transformación: era el advenimiento normal del capital extranjero a la explotación de las riquezas amortizadas del país; y era ésta, no huelga decirlo aquí, la última de las tres grandes desamortizaciones de nuestra historia: la de la Independencia, que dio vida a nuestra personalidad nacional; la de la Reforma, que dio vida a nuestra personalidad social, y la de la paz, que dio vida a nuestra personalidad internacional; son ellas las tres etapas de nuestra evolución total. Para realizar la última, que dio todo su valor a las anteriores, hubimos de necesitar, lo repetiremos siempre, como todos los pueblos en las horas de las crisis supremas, como los pueblos de Cromwell y Napoleón, es cierto; pero también como los pueblos de Washington y Lincoln y de Bismarck, de Cavour y de Juárez; un hombre, una conciencia, una voluntad que unificase las fuerzas morales y las trasmutase en impulso normal; este hombre fue el presidente Díaz.
Una ambición, es verdad, ¿capaz de subalternarlo todo a la conservación del poder? Juzgará la posteridad. Pero ese poder que ha sido y será en todos los tiempos el imán irresistible, no de los superhombres del pensamiento quizás, pero sí de los superhombres de la acción, ese poder era un desiderátum de la nación; no hay en México un solo ciudadano que lo niegue ni lo dude siquiera. Y esa nación que en masa aclama al hombre, ha compuesto el poder de este hombre con una serie de delegaciones, de abdicaciones si se quiere, extra legales, pues pertenecen al orden social, sin que él lo solicitase, pero sin que esquivase esta formidable responsabilidad ni un momento; y ¿eso es peligroso? Terriblemente peligroso para lo porvenir, porque imprime hábitos contrarios al gobierno de sí mismos, sin los cuales puede haber grandes hombres, pero no grandes pueblos. Pero México tiene confianza en ese porvenir, como en su estrella el presidente; y cree que, realizada sin temor posible de que se altere y desvanezca la condición suprema de la paz, todo vendrá luego, vendrá a su hora. ¡Que no se equivoque!
Sin violar, pues, una sola fórmula legal, el presidente Díaz ha sido investido, por la voluntad de sus conciudadanos y por el aplauso de los extraños, de una magistratura vitalicia de hecho; hasta hoy por un conjunto de circunstancias que no nos es lícito analizar aquí, no ha sido posible a él mismo poner en planta su programa de transición entre un estado de cosas y otro que sea su continuación en cierto orden de hechos. Esta investidura, la sumisión del pueblo en todos sus órganos oficiales, de la sociedad en todos sus elementos vivos, a la voluntad del presidente, puede bautizársele con el nombre de dictadura social, de cesarismo espontáneo, de lo que se quiera; la verdad es que tiene caracteres singulares que no permiten clasificarla lógicamente en las formas clásicas del despotismo. Es un gobierno personal que amplía, defiende y robustece al gobierno legal; no se trata de un poder que se ve alto por la creciente depresión del país, como parecen afirmar los fantaseadores de sociología hispanoamericana, sino de un poder que se ha elevado en un país, que se ha elevado proporcionalmente también, y elevado, no sólo en el orden material, sino en el moral, porque ese fenómeno es hijo de la voluntad nacional de salir definitivamente de la anarquía. Por eso si el gobierno nuestro es eminentemente autoritario, no puede, a riesgo de perecer, dejar de ser constitucional, y se ha atribuido a un hombre, no sólo para realizar la paz y dirigir la transformación económica, sino para ponerlo en condiciones de neutralizar los despotismos de los otros poderes, extinguir los cacicazgos y desarmar las tiranías locales. Para justificar la omnímoda autoridad del jefe actual de la República, habrá que aplicarle, como metro, la diferencia entre lo que se ha exigido de ella y lo que se ha obtenido.
En suma, la evolución política de México ha sido sacrificada a las otras fases de su evolución social; basta para demostrarlo este hecho palmario, irrecusable: no existe un solo partido político, agrupación viviente organizada, no en derredor de un hombre, sino en torno de un programa. Cuantos pasos se han dado por estos derroteros, se han detenido al entrar en contacto con el recelo del gobierno y la apatía general: eran, pues, tentativas facticias. El día que un partido llegara a mantenerse organizado, la evolución política reemprendería su marcha, y el hombre, necesario en las democracias más que en las aristocracias, vendría luego; la función crearía un órgano.
Pero si comparamos la situación de México precisamente en el instante en que se abrió el paréntesis de su evolución política y el momento actual, habrá que convenir, y en esto nos anticipamos con firme seguridad al fallo de nuestros pósteros, en que la transformación ha sido sorprendente. Sólo para los que hemos presenciado los sucesos y hemos sido testigos del cambio, tiene éste todo su valor: las páginas del gran libro que hoy cerramos lo demuestran copiosamente: era un ensueño —al que los más optimistas asignaban un siglo para pasar a la realidad—, una paz de 10 a 20 años; la nuestra lleva largo un cuarto de siglo; era un ensueño cubrir al país con un sistema ferroviario que uniera los puertos y el centro con el interior y lo ligara con el mundo, que sirviera de surco infinito de fierro en donde arrojado como simiente el capital extraño, produjese mieses óptimas de riqueza propia; era un ensueño la aparición de una industria nacional en condiciones de crecimiento rápido, y todo se ha realizado, y todo se mueve, y todo está en marcha y México, su evolución social se ha escrito para demostrarlo así, y queda demostrado.
La obra innegable de la administración actual por severamente que se juzgue, no consiste en haber hecho el cambio, que acaso un conjunto de fenómenos exteriores hacían forzoso y fatal, sino en haberlo aprovechado admirablemente y haberlo facilitado concienzudamente. En esta obra nada ha sido más fecundo para el país —y la historia lo consignará en bronce—, que la íntima colaboración de los inquebrantables propósitos del presidente de las convicciones y aptitudes singulares del que en la gestión de las finanzas mexicanas representa los anhelos por aplicar a la administración los procedimientos de la ciencia. A esa colaboración se debe la organización de nuestro crédito, el equilibrio de nuestros presupuestos, la libertad de nuestro comercio interior y el progreso concomitante de las rentas públicas. A ella se deberá, se debe ya quizás, que se neutralicen, y por ventura se tornen favorables para nosotros, los resultados del fenómeno perturbador de la depreciación del metal blanco, que fue el más rico de nuestros productos consumibles y exportables, fenómeno que si por un lado ha sido, con la facilidad de las comunicaciones y la explotación de las fuerzas naturales, un factor soberanamente enérgico de nuestra vida industrial, por otro amenazaba, por las fluctuaciones del cambio, aislar, circunscribir y asfixiar nuestra evolución mercantil. El haber es, pues, imponderable en el balance que se haga de las pérdidas y ganancias al fin de la era actual.
Existe, lo repetimos, una evolución social mexicana; nuestro progreso, compuesto de elementos exteriores, revela, al análisis, una reacción del elemento social sobre esos elementos para asimilárselos, para aprovecharlos en desenvolvimiento e intensidad de vida. Así nuestra personalidad nacional, al ponerse en relación directa con el mundo, se ha fortificado, ha crecido. Esa evolución es incipiente sin duda: en comparación de nuestro estado anterior al último tercio del pasado siglo, el camino recorrido es inmenso; y aun en comparación del camino recorrido en el mismo lapso de tiempo por nuestros vecinos, y ése debe ser virilmente nuestro punto de mira y referencia perpetua, sin ilusiones, que serían mortales, pero sin desalientos, que serían cobardes, nuestro progreso ha dejado de ser insignificante.
Nos falta devolver la vida a la tierra, la madre de las razas fuertes que han sabido fecundarla, por medio de la irrigación; nos falta, por este medio con más seguridad que por otro alguno, atraer al inmigrante de sangre europea, que es el único con quien debemos procurar el cruzamiento de nuestros grupos indígenas, si no queremos pasar del medio de civilización, en que nuestra nacionalidad ha crecido, a otro medio inferior, lo que no sería una evolución, sino una regresión. Nos falta producir un cambio completo en la mentalidad del indígena por medio de la escuela educativa. Ésta, desde el punto de vista mexicano, es la obra suprema que se presenta a un tiempo con caracteres de urgente e ingente. Obra magna y rápida, porque o ella, o la muerte.
Convertir al terrígena en un valor social (y sólo por nuestra apatía no lo es), convertirlo en el principal colono de una tierra intensivamente cultivada; identificar su espíritu y el nuestro por medio de la unidad de idioma, de aspiraciones, de amores y de odios, de criterio mental y de criterio moral; encender ante él el ideal divino de una patria para todos, de una patria grande y feliz; crear, en suma, el alma nacional, ésta es la meta asignada al esfuerzo del porvenir, ése es el programa de la educación nacional. Todo cuanto conspire a realizarlo, y sólo eso, es lo patriótico; todo obstáculo que tienda a retardarlo o desvirtuarlo, es casi una infidencia, es una obra mala, es el enemigo.
El enemigo es íntimo; es la probabilidad de pasar del idioma indígena al idioma extranjero en nuestras fronteras, obstruyendo el paso a la lengua nacional; es la superstición que sólo la escuela laica, con su espíritu humano y científico, puede combatir con éxito; es la irreligiosidad cívica de los impíos que, abusando del sentimiento religioso inextirpable en los mexicanos, persisten en oponer a los principios, que son la base de nuestra vida moderna, los que han sido la base religiosa de nuestro ser moral; es el escepticismo de los que, al dudar de que lleguemos a ser aptos para la libertad, nos condenan a muerte.
Y así queda definido el deber; educar, quiere decir fortificar; la libertad, médula de leones, sólo ha sido, individual y colectivamente, el patrimonio de los fuertes; los débiles jamás han sido libres. Toda la evolución social mexicana habrá sido abortiva y frustránea si no llega a ese fin total: la libertad.

*Tomado de Justo Sierra. Evolución política del pueblo mexicano. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Cien de México. 1ra edición. P.p. 391 al 406.