REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 11 | 2019
   

De nuestra portada

Periodismo cultural: alcances y fronteras*


René Avilés Fabila

Cuando ingresé en el periodismo lo hice a través de una página cultural, fue en El Día, recién formado por Enrique Ramírez y Ramírez, en la época del presidente Adolfo López Mateos. La dirigía Arturo Cantú, un intelectual regiomontano especializado en José Gorostiza y admirador de Alfonso Reyes. Con él colaboramos Raymundo Ramos, Arturo Azuela, José Agustín, Gerardo de la Torre y yo. Dentro del mismo diario estaba un suplemento cultural original: El gallo ilustrado. Las diferencias entre una sección y un suplemento cultural ya estaban delimitadas: la primera, fundamentalmente informativa, manejaba reporteros para cubrir los sucesos y espectáculos que su política editorial indicara, mientras que la segunda quedaba como hasta hoy, abierta a la creación y a materiales periodísticos de mayor envergadura: crítica cinematográfica y literaria; digamos, de mayor profundidad y relevancia. Los géneros periodísticos se complementaban con literatura: ensayos, relatos y poemas. En ambos casos el diseño y la presencia bienhechora de los dibujantes y artistas plásticos contaba y sigue contando y una política editorial que dependía de los gustos o definiciones del director.

Poco más adelante me acerqué al legendario suplemento de El Nacional, donde el poeta español Juan Rejano inauguraba una segunda etapa: Revista mexicana de cultura. Rejano era un hombre generoso y amigo de promover nuevas figuras. De su trabajo resultaron periodistas como Manuel Blanco, Humberto Musacchio y Jesús Luis Benítez. Fue una gran escuela de periodismo donde se nos permitía experimentar. Aunque hoy soy articulista de fondo en diversos diarios y revistas, arranqué dentro del periodismo cultural dadas las afinidades que encontraba entre éste y la literatura, mi principal vocación. Si bien me casé con la literatura desde muy joven, pronto supe del placer que produce un amor pasional con el periodismo, algo que concede resultados inmediatos y no de largo plazo como una novela o un libro de poemas.

En esos tiempos el periodismo no era tan especializado y riguroso. Uno podía ingresar a un diario y pasar de una sección a otra en espera de llegar a la más ambicionada: la política, la primera plana. La cultura y el arte apenas recibían atención y en los diarios ocupaban algún espacio. Con el tiempo las especializaciones fueron consolidándose y exigiendo periodistas dueños de los contenidos propuestos. El cultural no es un tema reciente, tiene su antigüedad, pero quienes lo hacían no eran necesariamente expertos, con frecuencia eran personas que iban y venían de una sección a otra. Un buen diario debe contar con páginas culturales y, desde luego, con un suplemento del mismo tenor. Sin embargo el camino no ha sido fácil. A la fecha, de los periódicos existentes, sólo unos cuantos tienen suplemento cultural y la información sobre el tema aparece mezclada con espectáculos o sociales. Esta costumbre encontró un decidido apoyo en el viejo Excélsior, donde la periodista Ana Cecilia Treviño, Bambi, directora de Sociales, optó por mezclar hábilmente la parte frívola con elementos culturales, de este modo privilegió el coctel de una exposición pictórica o la presentación de un libro que había contado con invitados afamados, intelectuales y artistas. A esta nueva sección le puso B, con algún dejo de orgullo profesional, pues la primera suele ser la A.

México tiene una enorme tradición en materia de suplementos culturales. Pareciera que el decano de todos ellos está en la revista Siempre! desde que su director fundador, José Pagés Llergo, le diera generoso asilo al que dirigió Fernando Benítez en el Novedades y que había sido cancelado por considerarlo proclive a las posturas izquierdistas y críticas. Hablo, desde luego, de México en la cultura que hoy se llama La cultura en México, otro suplemento exitoso donde colaboré, bajo las instrucciones de Benítez y José Emilio Pacheco, con entrevistas y notas sobre libros. Este suplemento pudo agrupar (los tiempos lo permitían) a lo más distinguido de la cultura nacional: entre sus artistas plásticos estaban Vicente Rojo, Fernando García Ponce y José Luis Cuevas y en sus páginas escribían Juan García Ponce, Carlos Fuentes, Gastón García Cantú, José Emilio Pacheco. Juan Vicente Melo, Luis Guillermo Piazza y Carlos Monsiváis, por citar a un puñado. Otros suplementos legendarios han sido Sábado, asimismo creado por Fernando Benítez en Unomásuno, cuyo último director fue Huberto Batis y El Búho, en el antiguo Excélsior, que formé yo mismo y terminó por un acto de censura luego de trece años de logros y varios premios nacionales.

Los suplementos aparecen y desaparecen. Recuerdo que Comala no duró mucho tiempo, estaba dentro de El Financiero y lo dirigía Humberto Musacchio. Más adelante retiraron Confabulario de El Universal. Les siguió Arena. A cambio, escasos han surgido y sólo algunos han dejado huella perdurable o ejemplar.

Hoy el camino del periodismo cultural es incierto, se refleja en revistas marginales o a través de Internet. Los medios electrónicos y escritos que podríamos llamar establecidos lo limitan. Salvo los canales 11 y 22, a veces el 34 del Estado de México, la televisión comercial lo omite, es el gran ausente. Si Carlos Fuentes cumple años, entonces tanto el Estado como los medios hacen un ruido exagerado, luego vuelven al silencio.

La queja está en que no dan dinero. Entiendo: los medios son empresas que buscan ganancias, pero no hay duda que la cultura es capaz también de producir dinero y dar resultados positivos para que el diario o una revista tengan éxito. El México actual es resultado de un proceso donde la cultura es menos apreciada por el gran público lector y desdeñada por la televisión comercial. El Estado, en nuevas manos, muestra menos interés por promover la cultura que hace cien años con Justo Sierra, y hace menos con José Vasconcelos y todavía mucho menos con Jaime Torres Bodet. Todavía en los periodos de Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, el gobierno federal invirtió en infraestructura cultural. Los jóvenes egresados de universidades que aspiran a convertirse en periodistas culturales, ¿a dónde van a encontrar trabajo? Lo sorprendente es que el país tiene una descomunal oferta cultural que apenas es cubierta y dada a conocer, orientada por las raquíticas aficiones culturales del poder. Habrá que añadir que hemos carecido inalterablemente de una política cultural, el presupuesto es gastado conforme las aficiones y simpatías de la burocracia.

Es necesario revertir el proceso y mostrar que la cultura es muy importante y se requiere para el desarrollo armónico del país. La educación podría ser un antídoto para evitar el crimen organizado. Europa es grande porque le ha dado plena importancia a la educación y la cultura y los medios de comunicación han secundado la medida. Eso mismo debemos hacer en México.

Para la década de los sesenta en Estados Unidos comenzaron a aparecer narradores importantes que gustaban de trabajar en diarios y revistas. Tom Wolfe acuña el término Nuevo Periodismo para señalar a la mezcla de dos lenguajes: el periodístico y el literario. Esto aparece como una novedad asombrosa y así lo manifiestan multitud de literatos y periodistas. Rysarzd Kapuscinski en su libro Los cinco sentidos del periodismo. Entre nosotros Marco Aurelio Carballo con tino, ha señalado que siempre ha habido escritores que anhelan ser periodistas y periodistas que exigen ser literatos y, entonces, ambos lenguajes se fusionan en uno. En el México del siglo XIX ante los inauditos hechos políticos, una multitud de escritores de literatura se convirtieron en periodistas para mejor dar la batalla contra los conservadores primero y más adelante contra la invasión norteamericana y la intervención francesa. Algunas de las mejores características del Nuevo Periodismo, la ironía, el buen humor, el lenguaje coloquial y una sintaxis audaz, se dieron en la segunda mitad del siglo XIX mexicano. Escritores como Ignacio Ramírez, el Nigromante e Ignacio Manuel Altamirano convirtieron el acartonado periodismo en ágiles notas que de pronto estaban más cerca de la creación que del informe de hechos preciso, justo. Durante los años de la Revolución Mexicana ocurrió otro tanto. De este modo fue apareciendo nuestro Nuevo Periodismo. La novela de la Revolución Mexicana contiene tantos elementos autobiográficos y periodísticos que resulta imposible no ver la mezcla de diarismo y creación literaria. Algunas obras como las Memorias de Pancho Villa de Martín Luis Guzmán son falsas autobiografías y la mayor parte de las novelas de José Vasconcelos no son otra cosa que autobiografías. Hay, pues, deliberada combinación de géneros con tal de lograr obras maestras. La sombra del caudillo es un claro y soberbio ejemplo de ello.

Los antecedentes pueden remontarse mucho más atrás. Hay quienes citan El diario del año de la peste de Daniel Defoe (1722), como precursora y los tenemos que van a dos libros de rapiña: Las cartas de relación de Hernán Cortés y La crónica de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo, ambos vistos como empresas de "comunicadores". Kapuscinski hace su lista en la que incluye a poetas como Eliot y Wordsworth y narradores como Balzac, Dostoyevski, Orwell y Malaparte. Ello equivale a dar como hechos informativos o periodísticos, seguramente históricos, libros de memorias, diarios, crónicas de viajes, autobiografías, etcétera. En tal sentido, Michel Tournier, en El vuelo del vampiro, los separa y explica que los anteriores son parte del género documental. Pero como reacción podríamos decir que muchos de esos libros "documentales" con frecuencia son parte de la ficción del escritor, de su imaginación, a veces en forma deliberada, otras como resultado de recuerdos imprecisos o borrosos. La historia es asimismo inexacta por más que la consideremos una ciencia. Por siglos aceptamos la existencia del ave Roc sólo porque el llamado padre de la historia, Herodoto, la citaba en sus Nueve libros de Historia. Sabemos, por añadidura, que la historia es variable y sufre modificaciones según las simpatías personales del "científico social" que analiza al personaje: no es lo mismo el Benito Juárez de Francisco Bulnes o de José Vasconcelos que los de Héctor Pérez Martínez y Ralph Roeder. Para los primeros es un canalla, un héroe impecable para los segundos. Ello nos lleva a una complejidad aún mayor que produce una riqueza que debemos explotar sin miramientos. Hace algunos años dicté una conferencia magistral en una universidad de Estados Unidos, el tema era discutible y fascinante: la autobiografía como ficción. En este trabajo lo central era despojar de precisiones a los géneros autobiográficos y darles una atractiva ambigüedad o una falsedad definitiva. No es posible confiar en libros autobiográficos que han sido escritos en la vejez o en diarios de mitómanos (los artistas suelen serlo), pero sí creer en ellos por su belleza. La autobiografía y sus posibles variantes padecen egocentrismo y un deseo de verse a sí mismos como ejes de todas las acciones, lo cual es normal. Por regla general se trata de personajes que al verse rodeados de éxito piensan que es su deber, o necesidad, redactar la historia de sus acciones. De este modo Churchill pasó de la política al mundo de la historia y enseguida, gracias el premio Nobel, a la literatura. Antes de intentar el Nuevo Periodismo me parece indispensable sumergirse en la lectura de un libro fascinante: Doce cuentos peregrinos de Gabriel García Márquez, estudiar en particular el prólogo, "Por qué doce, por qué cuentos y por qué peregrinos". Allí está una llave para la tarea de mezclar géneros: el narrador explica cómo un cuento se convierte en artículo o en guión cinematográfico o sigue el camino inverso.

Citado por el joven periodista José Garza, de Monterrey, en un libro ameno, Cuaderno de reportero, García Márquez precisa: "El periodismo es un género literario y así hay que asumirlo y desenvolverlo; hay una dignidad del periodista fundada en el hecho de que es un escritor; hay que vivir para ser escritores." Continuando con la idea del colombiano-mexicano, es posible añadir que toda la literatura, como bien precisa Roland Barthes, "está penetrada de socialidad. Los materiales que utiliza provienen esencialmente de la sociedad, de la historia de la sociedad. Resulta inconcebible escribir el texto más mínimo sin que por él, de un modo u otro, pase la historia y, desde luego, la sociedad con sus divisiones, sus conflictos, sus problemas…" ¿Acaso no sucede lo mismo con el periodismo? Quizá un límite pudiera ser la sutil diferencia entre fantasía y realidad, la primera aplicada a la literatura y la segunda al periodismo, pero con asombrosa frecuencia se confunden ambas cuestiones, la línea fronteriza se hace cada vez más delgada ante los ojos del periodista agudo e inteligente, en consecuencia ante los del lector. No hay texto, por más fantasioso que sea, que no posea elementos tomados de la realidad. Al revés, la realidad inmediata puede estar llena de fantasía.

En Tom Wolfe hay aportaciones notables: dejar de considerar al periodismo como un género menor y negarse a la canonización de la novela como el género supremo o rey. Mientras Wolfe respinga contra el periodismo convencional y la literatura como sinónimo de arte sublime, Norman Mailer experimenta y seduce con Los ejércitos de la noche donde plantea un mismo tema bajo dos enfoques diametralmente distintos: la novela como historia y la historia como novela. Los resultados son asombrosos y nos recuerdan que en México el antropólogo norteamericano Oscar Lewis había novelado su trabajo científico Los hijos de Sánchez y que Ricardo Pozas había hecho lo propio con el notable libro Juan Pérez Jolote; ambas obras hoy las leemos como historia, como antropología sí, pero también como literatura, no sólo por el esfuerzo de novelar sus investigaciones sino por la buena manufactura de los textos.

Con la aparición de la obra magna de Truman Capote, A sangre fría, lo que él mismo señala como un nuevo género (non fiction) que no es reportaje y al mismo tiempo acaba con la novela tradicional, las cosas se enriquecen o se hacen más complejas para definir. Casi al mismo tiempo, novelistas como Norman Mailer escriben grandes reportajes como El combate donde aparecen nuevas propuestas para enriquecer tanto a la literatura como al periodismo. Sin embargo, la dinámica e intransigente propuesta de Tom Wolfe no parece contar con el decidido apoyo de su generación, a lo sumo la ven como un fenómeno aislado, para justificar, critica Mailer, su propio trabajo. En un libro que escribí a petición de la Carrera de Comunicación Social de la UAM-X, La incómoda frontera entre el periodismo y la literatura, recojo una multitud de opiniones de literatos y periodistas que no dejan lugar a dudas de las dificultades de encontrar una precisión al tema. Algunos (como José Camilo Cela y Antonio Gala) dicen que periodismo y literatura son la misma cosa, puesto que usan la palabra escrita, pero otros rechazan tal posibilidad y afirman que la literatura es superior al diarismo, que éste es efímero e incapaz de alcanzar los grandes niveles de calidad que posee una novela o un cuento. Entre estos aparece Ernest Hemingway, quien a pesar de sus recomendaciones a los jóvenes escritores de abandonar el periodismo a tiempo, él nunca dejó de hacerlo o de utilizar sus experiencias como corresponsal de guerra o de hombre intrépido en la confección de su propia literatura. En sus páginas memorables siempre hay un realismo proveniente de su trabajo de comunicador. La verdad es que son otros los terrenos de las diferencias entre ambas tareas: el periodismo debe apegarse a la verdad de los hechos, en tanto que la literatura carece de límites. Por otro lado, la última es ficción, el primero es realidad y así lo indica Mario Vargas Llosa en un ensayo notable: "La verdad de las mentiras". Pero en ambos casos debe prevalecer la osadía de un nuevo y más rico lenguaje y seguramente una estructura menos convencional. Por desgracia, las libertades e intromisiones literarias no son muy del agrado de los directores de secciones políticas o económicas, suelen ser excesivamente celosos de las tradiciones y en ellas el reportaje es el reportaje y el artículo de fondo no va más allá de los límites que le conocemos. En consecuencia es en el suplemento o la revista cultural donde pueden darse mejor las innovaciones y la riqueza de la literatura puede mejorar al periodismo.

En el Taller de la Fundación para un Nuevo Periodismo que creara, entre otros, Gabriel García Márquez, se ha trabajado seriamente tomando en cuenta las aportaciones de la literatura al diarismo. Allí es posible darle al trabajo cotidiano de informar matices menos rígidos y más lúdicos. México ha sido receptivo a las buenas propuestas y de Truman Capote y Norman Mailer se ha pasado a las reacciones de Ricardo Garibay, Las glorias del gran Púas; de Vicente Leñero, Los albañiles y Los periodistas; de Elena Poniatowska, Hasta no verte, Jesús mío. De tal modo podemos decir que también en México hay un Nuevo Periodismo. El problema es que se manifiesta más bien a través de libros y no en la tarea cotidiana del informador. No es fácil que un director general o de sección admita trabajos que han sido redactados fuera de los cánones de las definiciones tradicionales, aceptadas por los manuales o en las versiones de periodistas más o menos acartonados.
¿Cómo formarse en el periodismo cultural? Los caminos pueden ser diversos. Pero hay uno que conduce de la mejor forma posible a este diálogo entre escritores y lectores: la cultura, el arte. Decía Kapuscinski que se aprendía más política en un museo que en los escenarios naturales de tal actividad. Siguiendo esta lógica, el joven periodista que se asuma colaborador de secciones y suplementos culturales deberá ser dueño de una amplia cultura. Las visitas a museos y galerías, a espectáculos de alta cultura y manifestaciones populares, los conciertos y los recitales, la literatura y la cinematografía, la lectura y el trato con los autores, son un camino formidable que nada tiene de aburrido.

Desde su nacimiento, el periodismo se ha debatido entre la ciencia (social) y el arte, a veces fue una cosa, a veces fue otra. Desde entonces existió la preocupación de fusionar el arte y la ciencia con la ética y la verdad. La lucha no ha sido fácil ni breve, a la fecha no hay tantas personas que entiendan una idea del multicitado Kapuscinsky: el periodismo no es para cínicos, en cambio, es arte.

El mundo es cambiante, lo es en consecuencia el periodismo. Si antes sus avances se daban con lentitud, hoy, en un mundo globalizado básicamente a través de la comunicación, son más acelerados. El mundo se reduce a gran velocidad (es en efecto la aldea global) aprovechando los medios de comunicación que han encontrado un enorme apoyo en la tecnología. Internet, desde luego, puede ser arte, sentido de la ética, espíritu de justicia, todo depende quién maneje la computadora. Esto nos lleva a un dilema: ¿qué clase de periodistas necesitamos? ¿Los queremos improvisados, superficiales, frívolos, que se limiten al boletín y a las generalidades, o los requerimos convertidos en rigurosos investigadores como Sherlock Holmes o Hércules Poirot, hurgando hasta en los detalles más nimios para ajustarse a la verdad y dándole a su prosa el sentido estético que manejaron Melville, Proust y Hemingway?
El periodismo no es sólo la noticia, es la historia de todo un proceso y sus efectos, donde hay seres humanos, dramas, conflictos y resultados preocupantes. De este modo, en la década de los sesenta, trabajaron periodistas-literatos como Norman Mailer, Truman Capote y, desde luego, Tom Wolfe, para desatar una revolución que aún avanza y recupera los mejores elementos del pasado que lo hicieron posible: los novelistas y sus obras de ficción basadas en realidades que inquietan.

La globalización conlleva desafíos que debemos vencer. Uno es la frivolidad, la innegable tendencia a ser superficial en aras de la rapidez y el entretenimiento fácil. Estamos convirtiendo a los lectores en televidentes que apenas reflexionan, que son receptores de emisiones estúpidas. Un profesor universitario afirma que por ahora tenemos no lectores sino consumidores. En todo caso, no leen, miran. Tengo una minificción donde un niño permanece horas ante el horno de microondas en espera de que comience un programa. En un artículo reciente, el investigador Hugo Enrique Sáez (UAM-X), explica: “En la pantalla se da la batalla entre los valores deseables por quienes operan y controlan los resortes del poder, y los valores de quienes están subordinados en el orden social. La pantalla de la televisión en especial se emplea como una fuente emisora de mensajes seductores, que no son necesariamente unilaterales dado que los medios de comunicación masiva no son impermeables a los valores de las clases sociales subalternas.” La televisión y la Internet (que han provocado nuevos vocablos y códigos distintos) están más interesados por ahora en crear consumidores que lectores críticos, se regodean, en consecuencia, con los espectáculos superficiales y redes sociales que gradualmente muestran su poder subversivo.

Entre los medios escritos y la televisión, está la radiofonía que se esfuerza por reponerse del éxito de las pantallas y arriesga buscando mejores comunicadores. Pero es en la prensa tradicional donde todavía aparece el mejor periodismo. Es verdad, algún día será alcanzado por la tecnología y desaparecerá, mientras tanto nuestro deber es cuidarlo y mejorarlo. Tenemos que arropar la tarea informativa con el arte y la moral. Imposible dejar de lado que la comunicación se ubica en medio de la sociedad y el poder. A la primera se le sirve, al segundo se le critica sin cortapisas. No hay otra tarea ni más función que la de informar con agudeza y profundidad, hacer un periodismo de intensidad que a veces exige secreto o discreción sobre las fuentes.

Los medios electrónicos ganan terreno, vivimos la época de las pantallas y los espectadores pasivos. La prensa escrita -dicen- cede, pierde espacios. Puede ser, lo veremos a largo plazo. Por ahora, insisto, hay algo que vence a la rapidez electrónica: la prensa escrita. Si bien radio, televisión e Internet nos muestran la noticia en el momento mismo en que se da, es el periodismo escrito quien explica el fenómeno y lo analiza minuciosamente. Vemos una declaración de Obama, pero ¿dónde está la reacción seria, profunda, a sus palabras? No en esa misma pantalla. Surge como resultado de la experiencia de quienes ejercen el análisis y la reflexión por escrito. En toda lógica periodística, los famosos cinco sentidos de Kapuscinsky son seis, pues al estar, ver, oír, compartir y pensar, siempre habrá que añadir escribir. Por ello recomendaba leer poesía, literatura, para embellecer las herramientas del seco y a veces rudo oficio periodístico o teatro para conocer la precisión del diálogo que usaremos en las entrevistas. Sin esta acción no hay periodismo grande, desaparece la intensidad del texto. Los medios televisivos o radiofónicos parecen sólo necesitar gratas presencias y voces, pero atrás de cada uno de aquellos que trabajan para los glamorosos medios electrónicos, siempre hay un complejo trabajo escrito. Sin la escritura, podemos resumir, el periodismo es palabrería y poca reflexión, verborrea y escasa profundidad en los fenómenos informativos.

La tarea de comunicar le concede, a quien bien la realiza, una
recompensa ilimitada: el agradecimiento y el respeto de una sociedad orientada correctamente. Ahora bien, ¿de dónde sale el periodista ideal que apenas hemos esbozado? Puede formarse en las salas de redacción, como hasta hace un tiempo, pero asimismo egresan de las universidades, donde el joven recibe no sólo los elementos académicos sino también una clara idea del código de ética que debe llevar como escudo y divisa. La corrupción tiene que cesar del todo. El informador serio se debe a la sociedad y darnos su esfuerzo ético y estético, dejando la arrogancia de lado, allí está su mayor compromiso, no con el político todopoderoso, los partidos ni con el Estado. Tendrá que encontrar su sitio junto a los mayores intereses de la nación.

Imposible concluir sin decir unas líneas sobre El Búho: nació como revista cuando lo eliminaron brutalmente del viejo Excélsior. La censura fue contra un artículo mío criticando a Ernesto Zedillo. Al irme (si toleras un acto de censura, toleras los siguientes) me acompañó la casi totalidad de periodistas, colaboradores e ilustradores, unos 70 en total y sólo se quedaron dos o tres esperando los restos del cadáver. El muerto insepulto se llamó Arena. Escribí un artículo titulado “El callado zarpazo a la libertad de expresión”, no hubo dónde publicarlo. Dos semanas después, en casa de Martha Chapa y con testigos como José Luis Cuevas, Raúl Anguiano, Beatriz Espejo, Bernardo Ruiz, Sebastián (quien diseñó el logotipo), Jorge Ruiz Dueñas, Dionicio Morales, Alberto Dallal, Carlos Bracho y Emmanuel Carballo, el mismo grupo del suplemento constituyó la revista. Jamás pudimos vender más allá de cincuenta o cien ejemplares, no sabíamos el negocio y optamos por regalarla. Desde entonces la revista es gratuita, sus 5 mil ejemplares viajan cada mes a través principalmente de Educal. Llevamos 13 años pagándola con nuestro trabajo, nadie cobra y la portada se le entrega a un artista plástico de relevancia. Está también en Internet. Casi no obtenemos publicidad, no es un negocio, es una hermosa terquedad para promover la lectura y el afecto por la cultura. Podríamos decir que El Búho es un proyecto alternativo, independiente, con buenos resultados: se agota de inmediato porque la regalamos y en consecuencia exitosa y pobre. La hace posible Rosario Casco Montoya, mi esposa, quien de principio a fin la edita.

Falta pensar en revistas y publicaciones culturales a través de Internet, el modo en que ahora los jóvenes interesados en el arte despegan, pero eso ya es tema de otra plática.

*Ponencia leída en el “Primer encuentro de revistas culturales”. Organizado por el Instituto Queretano para la Cultura y las Artes y Conaculta. Llevado a cabo en Querétaro, Querétaro, del 17-19 de agosto de 2011.