REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
22 | 09 | 2020
   

Confabulario

La cabaña


Valeria Carrara

El verde que rodeaba la cabaña era intenso, casi todo el año se mantenía así debido a las frecuentes lluvias que siempre traían consigo una oleada de nostalgia a la vieja. Las montañas rodeaban un pequeño lago siempre a tope en el que vivían peces pequeños de hermosos colores; la casita de troncos se veía minúscula en medio del valle, y su fumarola siempre encendida, le daba aún más vida al paisaje.
La vieja lo decidió muchos años atrás; el día que cumplió los sesenta años, tomó algunos libros, hojas, plumas, algo de ropa y partió con su cachorro a las montañas. Quería encontrar respuestas.
Deseaba no sentirse tan sola y platicaba con sus hijos a través del bosque; en el búho veía al mayor, misterioso, quieto, con voz profunda y mirada penetrante, inteligente y elegante. El lago era el segundo, lleno de vida, fresco, con fuerza, en ocasiones escandaloso y en otras con sonidos de arrullo. Y a la más pequeña la veía en los arrendajos, graciosos y coloridos, en su grácil canto y aleteo, siempre volando de aquí para allá sin descanso. Pero no, su hija no podría ser un pájaro, era tan bella que debía tener una forma más humana. Pensaba que podría ser un hada, desde el día que nació y vieron que una de sus orejitas, desdoblada y rígida, terminaba en punta. A su amado esposo lo imaginaba como aquel robusto roble, el que le daba protección a la cabaña con sus largas y tupidas ramas cuando llovía sin freno. Siempre de pie, su apoyo y mejor amigo.

Los días pasaban casi todos iguales; los rayos del sol se filtraban por la ventana del dormitorio y el perro daba aviso con su cansado ladrido, de que era momento de dar la ronda matutina. La vieja se levantaba lentamente, pasaba un cepillo con suaves cerdas y mango de marfil por su escaso cabello cano, se montaba en sus botas y salían al fresco. Recolectaba maderos secos para la chimenea y frutos que limpiaba con su roída chalina. Se sentaban a la orilla del lago por horas a veces, a comer, a pensar y a esperar. ¿Qué esperaba? Un milagro, una respuesta a tantas preguntas hechas durante décadas. Ella siempre tuvo la idea de que la muerte no llegaba hasta que una misión era cumplida, no se explicaba qué la hacía seguir con vida.
Durante esos años en la cabaña, había destinado gran tiempo en estudiar un libro de fantasía, El lenguaje de las hadas; cada palabra la sabía de memoria esperando el momento de poderlas utilizar cuando esos seres maravillosos se presentaran ante ella. Había leído también que estas criaturas se deleitaban con bayas silvestres sumergidas en miel de abeja. Conseguía la miel, junto con otras providencias, cada mes que bajaba al pueblo, donde terminaba la cordillera. Así, cada que se metía el sol, la vieja rodeaba la cabaña con recipientes llenos del manjar de las hadas, y sigilosa, cantaba arrullos para atraerlas. Cuando comenzaba a ver luces titilantes, se alegraba, cantaba con más orgullo, pero pasados algunos minutos, se daba cuenta que eran las luciérnagas de cada noche. Al amanecer, algunas veces aparecían los frutillos roídos y los trastos de cabeza o movidos en algún otro sitio. Todo parecía indicar que eran mordiditas de ratones.
De repente la melancolía llegaba de golpe, terrible, la sacudía, y ella imploraba tranquilidad. Lloraba y le venían dulces y amargos recuerdos, cuando ella era ágil aún y salía con su familia a los campos de paseo o de campamento. Todos reían alrededor de la fogata, embadurnados de repelente para insectos. Amaban la naturaleza y disfrutaban con mucho respeto de ella. Resonaban en su cabeza las risas de sus hijos, volvía a sentir el calor de su corpulento esposo que la abrazaba en esas noches al aire libre. Luego la terrible llamada que cambió todo. Ella esperaba a su cuarto hijo; la noticia la tiró al piso, y en un gemido salió de entre sus piernas líquido y sangre. La familia que con tanto esmero construyó, se había desmoronado. Todo, ya no existía en unos instantes. Ese día cumplía años.

Pasó veintitantos años recluida en una institución psiquiátrica, sin que nadie la visitara. Se fue acostumbrando de a poco a su soledad y no compartía con nadie sus hermosos recuerdos. El día que regresó a casa, todo estaba como lo había dejado. Cada cuadro, cada traste, cada almohada en las camas bien tendidas, sus recetas médicas sobre la mesa, los perfumes que coleccionaba su esposo, la guitarra eléctrica de un hijo, los libros del otro, las zapatillas de ballet de la niña y la cuna del que nunca llegó. Le costaba creer que habían pasado tantos años ya, que hubiera podido permanecer ese hogar intacto, sin las voces y el estrépito de las pisadas de sus hijos al correr de aquí para allá. Sin los aromas de sus guisos, sin las peleas, sin las reuniones de cada mes. Ella y su soledad, ya no podían coexistir ahí.
Una tarde regando su jardín, encontró un cachorrito de días o semanas de nacido, muriendo de frío, flaco y con los ojitos entreabiertos. Sin pensarlo, le dio cobijo y lo alimentó con jeringas al principio, luego con mamila y el perro comenzó a restablecerse y a crecer. Ya tenía un motivo para vivir, pero era tiempo de cambiar de aires.

La vieja abrió los ojos, el sol ya no entraba por su ventana. ¿Qué hora sería? Tarde, pensó. Aún acostada miró hacia sus pies donde siempre dormía el perro pero no estaba. Extrañada se levantó y comenzó a llamarle caminando descalza sobre los maderos de la casita. Abrió la puerta y salió mientras le gritaba. Llegó hasta el lago donde siempre descansaban, y ahí estaba, echado con un madero en el hocico. Pensó que su compañero había tratado de hacer la labor matutina solo, considerando la terrible noche que ella pasó. Lo acarició con ternura y estaba frío y tieso. Lo llamó nuevamente, le levantaba la cabeza y trataba de despertarlo. Su anciano perro ya no respiraba. Se quedó hasta el anochecer con él, acariciando su lomo, agradeciéndole tantos años de lealtad, de haberla acompañado en su nueva vida, de enseñarle el valor de un amigo incondicional. Cuando comenzó a clarear, lo empujó al lago, levantó su mano y se despidió.
Ahora tenía que volver a pasar de la tristeza a la resignación, había olvidado ya cómo se hacía eso. Buscó al búho, y no lo encontró. Le habló al lago, pero no respondió, estaba quieto, callado. Los arrendajos no cantaron. Al roble se le cayeron las hojas protectoras por el otoño. Y las hadas seguían sin aparecer.
Sintió su cabeza pesada, el pecho le dolía, cerró los ojos y se quedó dormida.

Algunas caricias le hicieron abandonar el sueño, comenzaba a abrir sus ojos, pero había un destello de luz tan intenso que los cerró enseguida. Parpadeó varias veces hasta que se acostumbró a esas chispas en movimiento. Recostada en una cama cómoda, conocida para ella, se incorporó y extrañada se dio cuenta que estaba en su antigua casa, la que abandonó con todo y sus objetos de familia, al mismo tiempo que las lucecitas comenzaban a desaparecer. Comenzó a hablar sola, a reír y a llorar. Llamó su atención la argolla de oro blanco de casada que se encontraba en el buró. Después de su reclusión en aquella clínica, no se atrevió a moverla de allí. Se estremeció y lo colocó en su dedo. A un lado encontró una pequeña nota que con manos temblorosas tomó…
Mi dulce amor, hoy en tu cumpleaños, queremos hacerte la mujer más feliz del mundo porque lo mereces. Tus hijos y yo saldremos. ¿Recuerdas que te dije que hay una cabaña mágica en las afueras de la ciudad que está en venta? Será nuestro refugio cuando estemos viejos y los chicos hayan partido. Sólo para ti y para mí preciosa. Antes de que la conozcas quiero acondicionarla. No desesperes, regresamos al anochecer y te llevaré a cenar.
Te amamos.

Nunca quiso mover nada de su lugar y ahora, tanto tiempo después, supo por qué había salido su familia esa mañana sin avisar. Por qué el accidente había sido en carretera. Y lo más extraño y maravilloso, la cabaña que ella eligió para vivir, era la misma que su esposo quiso regalarle.
Esa conexión que sentía en aquel bosque no era fantasía, realmente su familia estaba ahí. La vieja pertenecía a ese lugar y las hadas le habían dado la oportunidad de encontrar las respuestas que calmarían su triste corazón. Todo comenzaba a tener sentido.
Leyó tantas veces la nota hasta quedar dormida, se sentía débil.

Despertó con la nota estrujada dentro de su puño aferrado. Sintió nuevamente las caricias y vio los destellos titilantes. Estaba en su cabaña. Salió de ella y escuchó al búho muy cerca, el viento mecía con fuerza las ramas del roble, los pájaros cantaban en parvada y el lago cristalino le murmuraba bellos sonidos. Caminando, con los brazos abiertos, feliz de encontrarse nuevamente en el bosque, suspiraba. Sus pies, poco a poco, la sedujeron a meterse al agua, que siempre estaba fría, ahora era tibia, la envolvía, la cobijaba. Comenzó a cantar sus arrullos para las hadas, se sentía muy agradecida y se fue sumergiendo hasta que su voz quedó atrapada para siempre en el lago.