REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 11 | 2019
   

De nuestra portada

Sismo neoliberal sacude a América Latina


Hugo Enrique Sáez A.

Bajo el rótulo populismo (deformando su significado original) en los medios de programación de masas se practican ejecuciones públicas de opositores o de gobiernos insumisos al poder plutocrático del planeta, operación con la que se logra deformar la visión del mundo en amplias capas de la población políticamente analfabeta. El resultado está a la vista: el cínico Macri es votado en Argentina, la impresentable hija de Fujimori gana la primera vuelta en Perú, Roussef se tambalea en Brasil acribillada por acusaciones que a nadie le importan y por el voto comprado de legisladores corruptos. Peña Nieto en México se divierte comprando un avión de lujo que ni el presidente Obama posee. Y la ignorancia de los dirigentes de arriba -con ayuda de expertos inmorales- se aprovecha de la ignorancia de los de abajo. Sabemos por experiencia que la ignorancia es abono de cultivo para dominar a sectores sociales subalternos que terminan convirtiéndose en portavoces inconscientes del unilateral discurso del bloque que ostenta el poder mediante el control del Estado, de la propiedad privada de la riqueza, y de las fuerzas militares y policiales, cuyo proceder brutal no respeta límites legales ni éticos. La ofensiva de conquista de los pueblos es mundial y se desarrolla en todos los frentes: militar, político, económico, social y cultural.
Precisamente, en el terreno cultural, sobresale el desvío intencionado de la atención pública hacia anécdotas pueriles del espectáculo, que se sincroniza con el espionaje de la información no acorde con los intereses políticos y económicos dominantes. Según el informe de Reporteros sin Fronteras (RSF) sobre la situación del periodismo en 2015, el deterioro de la libertad de prensa en América Latina es cada vez más grave. El criterio para evaluarla en los 180 países del mundo considerados se apoya en varios indicadores: pluralismo, independencia de los medios, autocensura, marco legal, transparencia, infraestructura y agresiones. Se supone que los países clasificados en los primeros lugares respetan más los derechos a la libre expresión de los periodistas, y a medida que se asciende en la escala numérica, el control y la agresión sobre las publicaciones y sus autores se tornan más sanguinarios. Llama la atención que en Estados Unidos (lugar 41), con Estatua de la Libertad y todo, exista una cibervigilancia que explica la presión oficial sobre los medios, o que Canadá haya descendido 10 posiciones (ahora en lugar 18) antes del reciente cambio de gobierno. Aun así, sus respectivas calificaciones en esta materia continúan siendo privilegiadas en comparación con los restantes miembros del continente americano.
Así, el gobierno de Peña Nieto critica con crudeza a Venezuela (139) por su violencia institucional, pero tanto el secuestro y el crimen de reporteros como el férreo control de la prensa en radio y televisión colocan a México (149) en desventaja frente a los desatinos de Maduro. De acuerdo con la información de esta organización no gubernamental (ONG), los resultados de América Latina se sitúan por detrás de África, continente donde no abundan la democracia ni los recursos mínimos para la supervivencia. En Argentina (54) durante 2015 Cristina Fernández de Kirchner fue presidenta hasta el 10 de diciembre, y la pata coja del sistema era la concentración de los medios, que sin censura alguna difamaban y satirizaban su figura. Clarín, por ejemplo, presentaba una realidad catastrófica del país, sin mayores matices, y ahora, como cómplice el gobierno neoliberal, vende la imagen de un futuro venturoso… para dentro de 4 o 5 años. En sus páginas son nulos los datos sobre los tarifazos en servicios, los despidos en masa, la caída de los salarios, la inflación galopante y menos aún sobre el escándalo que una solitaria Página 12 calificó como Panamacri.
Los políticos de derecha entienden la información como un servicio de consumo imaginario cuya responsabilidad debería de estar en manos de productores del espectáculo dedicados a insuflar conformismo evasivo entre el público respecto de las condiciones de crisis y guerra de todos contra todos que representan la intervención del capital internacional en países formalmente independientes, la delincuencia organizada como mafia y las consecuentes migraciones por razones económicas o bien para resguardar la vida amenazada en zonas calientes. Que el público se entusiasme con los deportes y que no se despegue de las novelas rosa como modelo de romance, parece ser el mensaje. Entonces, la frustración producto de un sistema económico desigual se descarga en víctimas sustitutas: el que porta la camiseta rival o la pareja inerme.
Ahora bien, las desapariciones y crímenes de periodistas en México van aparejadas con una violencia generalizada en la que cada vez resulta más difícil identificar las diferencias entre crimen organizado y gobierno desorganizado. Las agresiones lanzadas en contra de informadores independientes, un sector clave para tener una sociedad informada, sólo reflejan el lamentable estado de los derechos humanos donde se imponen las “leyes” de la economía por encima de las leyes constitucionales. Quienes no aceptan dádivas del gobierno en turno son señaladas como perjudiciales para la salud pública, rara avis. En otras palabras, el homo economicus se constituye en modelo por encima del sujeto ciudadano.
Precisamente, refiriéndose al núcleo teórico del neoliberalismo, Victoria Camps (El gobierno de las emociones, pág. 274) afirma:
La teoría de la “mano invisible” no le presupone al individuo ninguna motivación moral para actuar en beneficio del bien común. Solo un cálculo utilitario basta para actuar correctamente, pues es bueno o justo lo que resulta útil al conjunto social. Pero sabemos que esa premisa no es cierta. El cálculo utilitario que solo busca el beneficio propio deja sin cubrir muchos bienes públicos que todo Estado de derecho debería proporcionar. Por ello no puede satisfacernos la visión del ser humano como mero homo economicus desinteresado por todo aquello que no le concierne individualmente o corporativamente.
No somos jueces sino jugadores de un sistema cuyas reglas no hemos diseñado. No obstante, me niego a ajustar mi conducta de acuerdo con el productivismo ciego, la acumulación sin fin y el desprecio hacia los que consideran absurdo un régimen social concebido como una carrera olímpica en todos los ámbitos, desde el familiar hasta el profesional, en la que se impone el sujeto individual colonizado por el homo economicus. Por la sumisión a protagonizar ese sujeto, se distorsionan hasta la percepción y las emociones. Pregunto yo: ¿quién disfruta lo que está haciendo para vivir, aunque la recompensa sea mínima? Estoy seguro de que es una persona sincera y que disfruta incluso optando por construir un refugio en la calle. En contrapartida, ¿quién disfruta sólo los beneficios de lo que hace, sin importarle la simulación y el engaño que invierte al efectuar tareas absurdas o criminales? En días pasados leí el caso de una modelo que abandonó la profesión cansada de alimentarse sólo de ensaladas, y que había descubierto la paz en un trabajo más sencillo y sin dietas. Eso sí, sufría el acoso del marido, quien le reprochaba el hecho de que sus ingresos ya no eran de miles de dólares. Muy cerca me topo a diario con ese egoísmo asocial de los que calculan hasta el saludo, en nombre de pagar la deuda que la religión capitalista impone: si no te sacrificas para producir en abundancia, quedas fuera del sistema. En nuestro entorno de trabajo, en el transporte o en el vecindario siempre nos molestan y agreden individuos trepadores que están colonizados por la promesa de un futuro radiante de lujos si consideran que la desenfrenada carrera capitalista por apropiarse de todos los bienes posibles, es la única vía posible hacia el éxito. Las leyes de la economía productivista se imponen a las leyes civiles. Se diseñan mentalidades proclives a utilizar todos los medios para experimentar el sueño de algún día instalarse en un paraíso fiscal, o por lo menos comprarse un Ferrari.
En este contexto, la tarea a resolver es construir una red de refugios de paz y placer para resistir el acoso permanente y no quedar excluido de los bienes necesarios para amanecer mañana. Quizá suene utópica la propuesta, al provenir de alguien identificado con el marxismo como instrumento de análisis y transformación del mundo. Me explico. La muerte del ideal expresado en el Manifiesto del Partido Comunista se viene anunciando prácticamente desde que el texto se publicó en 1848. Tras la extinción de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, entre marzo de 1990 y diciembre de 1991, las campanas de las catedrales de Wall Street y Washington tocaron a vuelo para celebrar el funeral definitivo del virus que infectaba a la sociedad de la libre competencia. Sin embargo, los enterradores prematuros desconocen la historia y por eso se apresuran a esgrimir la cruz para espantar al Drácula comunista designándolo con múltiples nombres que invitan al desprecio y a su persecución: subversivos, terroristas, populistas, rojillos, inadaptados sociales, marginales, hippies, vagabundos, loosers. Y esos oscuros verdugos del pensamiento y de la práctica rebelde se reproducen como clones entre los arribistas del sistema, prontos a obedecer órdenes con tal de “progresar”. A una chica que participa con intensidad en la oposición al gobierno de Macri en Argentina la insultaron en el supermercado llamándola “militonta”. Ante tanta ignorancia y violencia, conviene puntualizar que el núcleo de la concepción teórica y política marxista que se basa en luchar por una futura sociedad comunista, sigue latiendo en la mente y en el corazón de quienes estamos convencidos de que el capitalismo es un sistema que no sólo explota sino que también lleva al exterminio de la vida en el planeta. Claro, adaptando esa herramienta a la situación actual.
La palabra comunismo encierra múltiples significados, más allá de la vulgar acepción que la vincula con la inmoralidad y la ilegalidad. Por supuesto, el desarrollo de las ciencias sociales y los cambios ocurridos a partir de la globalización iniciada en la década de 1970, nos obligan a renovar las herramientas de análisis y las formas de organización. Así, el marxismo leninismo clásico, en una coyuntura de severa represión, sustantivó la idea de clase social, como si el proletariado se tratara de un bloque homogéneo de familias dispuestas a levantarse en armas para eliminar a sus amos en un momento revolucionario y la burguesía fuera sólo una banda de delincuentes. Por supuesto, no se trata de desconocer, condenar o criticar las acciones políticas que protagonizaran heroicos militantes de la Primera Internacional, en las que muchos fueron masacrados, como la Comuna de París a manos del genocida Thiers. La historia se comprende en el marco de valores y acciones vigentes en la época correspondiente. En su momento, se hizo lo que se pudo, no lo que se quería. Precisamente, las conclusiones de Marx sobre esos dos meses de 1871 en que la insurrección popular gobernó la ciudad de París, sirvieron de inspiración para que Lenin elaborara el proyecto de revolución socialista que, según sus convicciones, paulatinamente conduciría a la extinción de las clases sociales. No obstante, no es lo mismo ejercer el poder en un territorio inmenso y heterogéneo como la Rusia déspota de los zares, que pelear en el estrecho margen de París eligiendo directamente a los representantes, porque dirigentes y dirigidos se conocen cara a cara, y los dirigentes podrían destituirse en cualquier momento que lo decidiera la asamblea. Hoy la situación es diferente a ambas coyunturas, y ya no es posible identificar la revolución con un punto de transformación radical sin regreso, además de que la democracia tampoco se basa en la representación del pueblo, ya que los gobernantes representan a los intereses económicos hegemónicos que les pagan. Ante una sociedad heterogénea y amplia, Gramsci identificó la necesidad de que las huestes de las clases subalternas pasaran de la guerra de movimientos -en la que rápidamente se derrumban las estructuras de poder que no han contaminado a la sociedad civil- a la guerra de posiciones, en que se trata de construir un sujeto social amplio con una cultura diferente que vaya ocupando refugios solidarios en todos los espacios, para desplazar a los siervos de la cultura consumista. En otras palabras, la complejidad de las estructuras económicas y políticas nos obliga a gestar redes no partidarias con las clases subalternas, con personas que padecen la explotación y no necesitan de “militantes” sino de compañeros de viaje. Por otra parte, la lucha no se restringe al estrecho límite nacional: los de abajo de todos los continentes se levantan en contra de los que arriba manejan el planeta.
En suma, la explotación no se reduce a sumir en la miseria a la mayoría de la población, ya que el sistema no se reproduciría sin usar los medios de comunicación para pro-du-cir (porque en la era neoliberal todo se produce) un cuerpo dócil y un deseo alucinante de liberación por el mismo medio que el explotador exhibe como blasón: el dinero. Por consiguiente, las condiciones para la extorsión de la conducta están dadas de antemano si desde arriba se procede a cooptar líderes de barrio, de la producción fabril, de las instituciones escolares, o de empleados burocráticos, así como desclasados. Los modelos de líderes honestos que no claudican inspiran la acción para contrarrestar a los líderes burócratas. Yo a esos líderes los identifico en los lugares que he trabajado y habitado. No necesitamos acudir sólo a Nelson Mandela o al Che Guevara, figuras emblemáticas pero lejanas a nuestra experiencia diaria.
Los partidos y los sindicatos continúan existiendo, aunque por sus funciones se dedican casi con exclusividad a disciplinar a las masas como mérito para escalar en el sistema de poder en el bloque histórico de dominación. En ambos casos, esas instituciones están sometidas a la tutela de los intereses del capital financiero, sector dominante en el capitalismo mundial. Los especuladores llamados “buitres” -sobre todo el siniestro Paul Singer- han extorsionado y financiado políticos opositores a Cristina Kirchner en Argentina y a Dilma Roussef en Brasil. ¿Qué hacer en las elecciones como ciudadanos? Dedicar el voto a explotar y ampliar las contradicciones entre los sectores dominantes. La lucha desde abajo no se ilusiona con promesas gratuitas que invitan al seguidismo de una dirección política creada por los medios de programación de masas. Se requiere la unión con personas que tenemos relación cara a cara, con amistad desinteresada, y tejer un entramado de alianzas con otros sectores, sin buscar homogeneidad ideológica ni vanguardias esclarecidas. El poder económico político hegemónico se construye con intereses comunes unidos por complicidades mutuas. Los de abajo se unen por solidaridad gratuita, por sentimientos comunes.