REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

Tranco I
Tomaba yo mi mezcal “Embajador” del agave Tobalá, y unos chapulines que en una mesa a mi vera lucían plenos y danzaban orondos en un molcajete, en otro platillo de barro lucían unas rodajas de naranja agria y en otro recipiente estaban las rotundas tlayudas y claro, un queso Oaxaca que me hacía también muchos ojitos. Así que morder el queso, echar en la tortilla unos chapulines, rociarlos con salsa picosa y adornarlos con unos pedazos de aguacate, y ¡zas! A la boca. Y luego darle un sorbo al mezcal y pensar en muchas cosas. Pensar en lo que este México era cuando todo nos pertenecía, cuando éramos dueños del petróleo, cuando la minería era propiedad de la nación, cuando todavía éramos dueños de las playas y los mares, cuando teníamos algo de vergüenza revolucionaria. Pero para que no se me atragantara el banquete, para seguir gozando del espíritu que del mezcal salía al infinito, para sentir el sabor de los humildes chapulines y saber que todavía en algunas cocinas mexicanas existe el molcajete y el metate, para seguir gozando eso, digo, recordé los hechos y las batallas y los actos guerreros de Morelos, y para que el aguacate no fuera solitario pensé en las luchas interminables de mi general Escobedo, y en la carreta en donde Juárez llevaba el honor, en donde guardaba la soberanía nacional. Y para que los Flores Magón no sintieran que su lucha fue en vano, la tlayuda y los chapulines me ayudaban a enviarles el mensaje de solidaridad y de que sus múltiples batallas permanecían en la mente de algunos mexicanos ilustres, pero que por desgracia los gobiernos que se han instalado, a través de las trampas, del fraude electoral, y que han dado un portazo a todos los luchadores a todas las mujeres que dieron su vida para tener un México digno: La Corregidora, Hidalgo, Allende, Morelos, Juárez, Zapata, Lázaro, ellos están, para solaz de los políticos entreguistas, bien, muy bien cubiertos por dos metros bajo tierra. Un gran trago de mezcal suavizó un poco la rabia que empezaba a poner mi cara del color de un jitomate. Y como no quería sucumbir y caer en la más profunda desolación, tomé el teléfono y le marqué a Mi Oficina a mi querida amiga María, estaba ocupada y el aparato, invento del hombre blanco, me pidió que le dejara un recado. Ni tardo ni perezoso lo hice: “María, todo el día estuve pensando en ti, en tu palabra sabia, en tu boca más sabia todavía, pensé en tus besos, en tus abrazos que me llevan a pensar en la inmortalidad… pero lo que quiero decirte es que esta noche pasaré por ti. Que iré por las calles, tomándote de la cintura, apretándote a mi cuerpo, y que mientras existas existirá mi amor a ti y a los que nos queda de este México.”
El mezcal estaba haciendo sus efectos. El sol comenzaba a hundirse en el horizonte. El molcajete estaba ya vacío, sólo algunas morusas quedaban solitarias en la mesa. Y a Zapata le mandé un mensaje, le dije: “Zapata, en el México de hoy la tierra es de los fraccionadores ambiciosos, el campo carece del apoyo suficiente, en las tiendas se venden productos del campo de Estados Unidos o de otros países, lo siento, amigo Zapata, es mejor que ya no estés aquí por estos lares, si estuvieras desearías tomar otra vez el fusil… Y luego le dije a Lázaro Cárdenas: “Tata, ya el petróleo no es nuestro, los canallas en el poder lo han entregado al capital extranjero. No resucites, no vengas a esta tierra que antes era mexicana, es mejor que sigas allá… así no sufrirás otro descalabro…” Y cuando el sol no se veía a lo lejos, cuando faltaba una hora para irme corriendo por María, tuve tiempo de hablar con Lucio, y con Genero, y les dije a esos hermanos revolucionarios que la lucha no sigue ahora, que parece que el pueblo mexica está feliz con que le pongan la bota sobre el cuello… votan y siguen votando por la derecha que representan los priistas y los panistas. Así, que adiós, Lucio, adiós Genaro”. Apuré el último trago de mi mezcalito, me puse mi chamarra de cuero, una que quiero mucho pues fue regalo de mi María del alma. La luna comenzaba a aparecer por allá, por entre los árboles, me encomendé a ella, a la luna lunera, y tomé el autobús que me llevaría a Mi Oficina. En el trayecto, adormilado por el traqueteo del camión, no quise pensar ya en nada que se relacionara con la política que implementan los polacos mexicas, no, para nada. Pensé en los versos de Sor Juana, y claro que a María, esa noche, se los diría a su oído, y le diría versos de López Velarde: “Yo tuve en tierra adentro/ una novia muy pobre/ llamábase María…” Y también le diría lo que Amado Nervo dice: “El día que me quieras tendrá más luz que junio./ La noche que me quieras será de plenilunio…(un beso sorpresivo le plantaré a María en la boca) y seguiré con Amado: que dice que: “habrá juntas más rosas/ que en todo el mes de mayo” (Nuevo abrazo y nuevo beso) y seguiré dando guerra con la palabra de López Velarde, y María, que lo conoce y lo conoce bien, navegará conmigo en las aguas profundas del amor. Cuando a su casa lleguemos no habrá rincón que no conozca de nuestras caricias y de nuestros “arrumacos”. Todos los muebles saben del peso de nuestros cuerpos, todo el piso está lleno de nuestro sudor, las sillas añoran nuestras palabras, cada libro de su estante tiene marcadas nuestras huellas. El aire que allí se respira es el aire que ya pasó por nuestros brazos. Las sábanas ya tienen la dimensión exacta de nuestras piernas. Hogar del amor profundo. Hogar de las caricias fulminantes…
Eso sí vale. María, para mí, vale más que el Usumacinta… de verdad…
Abur
Carlos Bracho
www.carlosbracho.com