REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

La crisis de los partidos y la disputa por la agenda política en el Estado democrático


Francisco J. Carmona Villagómez

“La democracia moderna descansa sobre los partidos políticos,
cuya significación crece con el fortalecimiento
progresivo de los principios democráticos”
Hans Kelsen

Un tema a debate para los estudiosos es la función civilizatoria de la política. Se dice que ante los desafíos que enfrenta la humanidad se le debe prestigiar, por ser la herramienta que puede racionalizar la disputa por el poder y lograr acuerdos ante los antagonismos de nuestro tiempo.
Para ello, se requieren institutos políticos eficaces que estén en contacto con los problemas que enfrenta la sociedad. Así, los partidos cumplen un doble propósito: vinculan al ciudadano en la toma de decisiones al ser el instrumento de la representación política y, son el cauce del poder en el Estado democrático.
Sin embargo, los cambios sociales han transformado a esas asociaciones. Por ejemplo, los partidos de masas, caracterizados por fuertes fundamentos ideológicos, se han vuelto más pragmáticos en búsqueda del llamado centro político, lo que ha generado inercias entre sus bases y un desfasamiento de su oferta política frente a sus tradicionales clientelas; por su parte, los partidos de cuadros, han tenido que modificar sus normas internas, para acceder a nuevos simpatizantes, modificando el perfil de sus afiliados. Esta mutación, aunado a los recurrentes escándalos de corrupción, provocó una imagen poco favorable para los partidos, porque se les percibe seducidos por los beneficios que confiere el ejercicio del poder y cada vez más lejanos de los compromisos sociales que enarbolaban.
Esta pérdida de identidad ha motivado que algunos piensen que estos entes puedan ser desplazados por los movimientos sociales y la irrupción de nuevos liderazgos. Esa apreciación ha hecho creer que asistimos a una crisis de estos organismos, pero pese a lo cuestionado que pudieran parecer sus estrategias, aún continúan siendo los principales protagonistas del quehacer político, pero ahora, no son los únicos actores que impactan en el diseño de las políticas públicas.
Sobre todo, porque -como afirma Habermas- 1 no podemos dejar de considerar que los movimientos sociales o los grupos de interés persiguen a diferencia de los partidos, fines ofensivos y defensivos. “Ofensivos, porque ponen sobre la mesa de la discusión los temas cuya relevancia sí están afectando a ciertos intereses dentro de la sociedad, de definir problemas y contribuir a su solución, de suministrar nuevas informaciones e interpretar de otro modo los valores, con el fin de provocar una revulsión en los estados de ánimo, que calen en la formación de una voluntad política organizada que ejerce presión sobre los parlamentos, los tribunales, los gobiernos, e incluso sobre los propios partidos, a favor de determinadas políticas públicas. Defensivamente, porque tratan de mantener sus estructuras asociativas y contender frente a las entidades existentes y que en ocasiones les son antagónicas -los partidos-”.
También, la crisis de los partidos ha hecho evidente las debilidades institucionales de la democracia; es decir, el conflicto entre los contenidos éticos de la política y la dificultad que significa competir por el poder bajo esta racionalidad.
Quizás por esta razón, para los partidos es importante la percepción que de ellos se tiene. Sustentar su legitimidad les significa no sólo poseer un mayor reconocimiento, sino que exista una mejor conexión con el votante. Máxime que estos actores al estar sujetos a la competencia y depender su permanencia en la escena política de los resultados, deben actuar estratégicamente con miras a conservar o adquirir la simpatía de los electores. En esa pugna, el éxito de los partidos se mide por el asentimiento de los ciudadanos a sus dirigentes y candidatos, a sus plataformas y estructuras partidistas, por medio de los votos logrados en los comicios, ya que con los votos los electores expresan sus preferencias y castigos.
Dichas decisiones guardan cierta similitud a los actos electivos que tienen las personas en el mercado. Es lo que Elster ha sostenido en la teoría económica de la democracia 2, al imperar la lógica del éxito de una proposición como la principal razón de la participación política. Empero, esa posición instrumentalista ha desnaturalizado los contenidos éticos de la política y afectando el tipo de relación que se da en los partidos entre dirigentes y militantes, también incide en las formas de organización y la vinculación de estos institutos con la sociedad.
Así, la crisis que viven los partidos, es en buena medida un problema de representatividad, porque si estos entes dejan de ser el conducto formal de las demandas, su utilidad se vuelve precaria, volviendo estéril el ejercicio del poder. Ante ello, los partidos pueden ser rebasados por otras organizaciones, por sus propias clientelas o por el empoderamiento de algunos actores que llenan los vacíos que genera un sistema de partidos desligado de las personas y sus necesidades -para evitarlo- se requieren institutos políticos eficientes con prácticas responsables, que respeten sus equilibrios internos y sean consecuentes con sus principios.
Sin embargo, como señala el Informe de Democracia en América Latina 2004 del PNUD 3, en la vida interna de los partidos estas condiciones distan de cumplirse en algunos países de la región. Esa situación es preocupante, porque una merma en la credibilidad del sistema de partidos, puede retrasar la consolidación de la democracia al quedar pendientes, ciertas calidades democráticas que apuestan a la normalidad de las instituciones y a la racionalidad en el ejercicio del poder.
Por eso, el rendimiento democrático de los partidos, no sólo tiene la finalidad de generar un ánimo de estabilidad y predictibilidad, también significa la posibilidad de recrear experiencias democráticas que derroten las prácticas autoritarias, porque partidos fuertes y democráticos son el anclaje necesario para la estabilidad política y la viabilidad del compromiso democrático entre los actores sociales 4.
Se pueden considerar como debilidades institucionales de los partidos, a la falta de contenido de sus propuestas, la merma en la credibilidad de los liderazgos y la dificultad de la clase política para construir consensos. Así, el resurgimiento de los nuevos populismos, la falta de coherencia programática, el oportunismo y, la violación a los derechos de los militantes, constituyen, el rostro agreste de los partidos.
Para recuperarlos como espacios de interlocución, se debe garantizar el ejercicio de los derechos políticos, construir las condiciones para el diálogo y el consenso, hacer posible el debate interno, la apertura a nuevos liderazgos y formas de participación, propiciar la transparencia, dejar de lado las mezquindades y el carácter patrimonialista con que la partidocracia ha errado la conducción de los partidos 5, porque sólo de esa manera mantendrán su utilidad pública.

Notas
1 Habermas, Jürgen. Factibilidad y validez. Sobre el derecho y el Estado de democrático de derecho en términos de la teoría del discurso. Trotta, Madrid, Quinta edición, 2008, p. 451.
2 Conforme a esta teoría, los electores con sus votos convierten sus intereses en demandas, mientras que políticos y partidos consiguen cargos o posiciones y tratan, por todos los medios, de conservarlos, intercambiando votos por ofertas políticas. Elster, John, La democracia deliberativa, Gedisa, Barcelona, 2001, p. 49.
3 Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo. La democracia en América Latina, hacia una democracia de ciudadanos, Alfaguara, Buenos Aires, Argentina, diciembre de 2004, p. 177.
4 La ruptura de compromiso democrático se presenta por el mal funcionamiento de las instituciones y por la fractura del vínculo de confianza entre la sociedad y la clase gobernante, o entre el sistema de partidos y las estructuras del régimen democrático. Cfr. Morlino, Leonardo. Democracias y Democratizaciones, Centro de Estudios de Política Comparada, Colección de Teoría Política, México, 2005.
5 La partidocracia ocurre cuando los partidos establecen prácticas clientelares, destinan recursos públicos a fines distintos y pueden, en casos extremos, aliarse con grupos contrarios a los principios democráticos o encabezar regímenes violatorios de los derechos humanos. Cárdenas Gracia, Jaime, op. cit., p. 9.