REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
12 | 12 | 2019
   

Letras, libros y revistas

El lenguaje común y corriente de Juan Villoro


Gerardo Ugalde

Si algo me gusta de un autor es que no le importe escribir de tal modo, como si su estilo no dependiera de florituras, sino de una parquedad injustificada, he encontrado a varios que gozan de una prosa sobria. Dos argentinos y un mexicano: Borges y su amigo, Bioy, así como el buen Juan Villoro. He tenido la fortuna de leer tres libros de cuentos de él y una novela. Es un hombre que ha desarrollado tanto en su estilo como en sus temáticas un modo que compararía paradójicamente con el neorrealismo de Fellini, sobre todo con su película Los inútiles. Tal vez la maestría de este autor es contar con naturalidad realidades asombrosas, una lección ejemplar, no sólo de modestia, sino de una claridad intelectual esencial. En muchos de los autores noveles se comete el pecado de contar todo con un lenguaje extraordinario, como si la falta de talento se pudiera justificar con un lenguaje rebuscado. En El disparo de argón, su primera novela, demuestra que para contar una historia no hay que recurrir más que al lenguaje que uno maneja en la vida diaria. A lo cotidiano. Si como siempre se predica, la forma es fondo, Villoro ejecuta en una trama de más de doscientas páginas una novela negra de alcances patéticos, en el buen sentido de la palabra, conmueve pero no sorprende, nos lleva de la mano con un tierno paternalismo que admiro en él y en Luis Spota, otro narrador mexicano, un poco ya olvidado, pero quien puede ser un predecesor de Juanito. Tal vez porque los dos son cronistas, y esta característica los define en su voz narrativa, si acaso esto último existe.
Como sea, seguiré leyendo a Villoro, a quien considero mi maestro de estilo, puede ser que hasta yo me considere su imitador, ya que ambos profesamos el culto de la calvicie digna y el amor por el futbol, no como una religión, sino como una mera imitación de la vida misma. Por ahí tengo un ejemplar del Arrecife que me fue obsequiado a petición mía, esperando que mis lecturas me lleven a él como el hambre me lanza hacia una torta ahogada de tripa y riñón.