REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
07 | 12 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

Tranco I
Resulta que el maestro Bracho es un enamorado empedernido, enamorado y toda la cosa, y son motivos varios los que se lo provocan, claro, y lo que se le vaya acumulando en la semana o en los meses y en los años. Y bien enamorado ¿de qué o de quién? Sí, es bueno hacerse esta pregunta, tratar de indagar los porqués. Nos encanta el chisme, nos cuadra saber secretos ajenos. Pero la respuesta, creemos en este siete veces H. Consejo, y pensándolo bien, la valoramos todas y todos los que formamos este epónimo H. Consejo, sí, bien dicho, la valoramos y desde luego que la respetamos en todo lo que vale esa actitud querendona del maestro, y por eso mismo, por esa noble circunstancia -de que eso es propiedad de él-, dejaremos que nuestro amable y nunca bien ponderado escritor sea el que haga la contestación correspondiente. Dejemos, pues, que su pluma certera nos lleve a cubrir este aparente mar cenagoso -sí, porque meterse en las redes amorosas es meterse a eso, en un mar inaudito-, porque tratar de definir el amor o saber cómo son los amantes o indagar a los enamorados es tarea, si no te Titanes, sí de hombres cabales y mujeres enteras. Pero basta, basta de palabras, nos urge saber, así como a ustedes, abundantes y numerosas lectoras de esta sección sin par, y dejemos ya este espacio de Búhos quejumbrosos y despiertos a don Carlos:
Estaba yo con María. Mi Oficina era el lugar. La ringlera de tequilas me hacía ojitos en mi mesa que mira a la calle. Evidentemente mi voz vibra cada vez que algo le digo. Le decía “te quiero”, “te amo”. Y claro, ella, pispireta y bulliciosa, de soslayo me dirigía su mirada de aceptación. Yo, a eso, a esa respuesta, le hacía más ojitos a María, que esa tarde estaba más chula que un día de fiesta en Xochimilco. El calor la había echo que se vistiera de telas ligeras y por lo tanto su cuerpo lucía como debe lucir el cuerpo de toda mujer plena. Cuerpo que siempre me hace temblar, que me hace pensar en las once mil vírgenes del cielo, y aquí en la Tierra me lleva al centro de los sueños. Mis ojos no se cansaban de mirar sus piernas, sus brazos, sus mejillas, su boca sensual y que es digna de contar historias que bullen en su mente. Así que, en vista de estos detalles, va para ustedes, amigas insumisas, amigas que jamás se cansan de amar, de dar cariño, de dar su cuerpo y su alma, de dar ese primer amor, va mi explicación: Sí, amo a María, amo todo lo que ella representa. Y lo que representa me hace correr la sangre por mis venas a velocidad de colibrí en celo. Bueno. No agrego más a lo que para mí es María. Te lo confirmo, María, eres mi primer amor. Sí, a lo hecho, pecho.
Y a propósito de amores, amigas no pripanistas, establecido lo que es mi amor primigenio, digo que mi segundo amor son las flores. Las flores. Ni modo, soy gente sencilla del campo. Me crié entre surcos sembrados y viendo árboles floridos y bosques de encinos y robles y de pájaros que le cantaban a la salida del sol y siempre gozando ese espectáculo natural, maravillado con el sonido de las hojas al caer. Sí, escucharon bien: amo las flores, amo las margaritas para jugar al te amo, no te amo; amo las dalias que siempre me salvan cuando María cumple años o celebra su santo. Ah, y el zempoalxochitl para las conmemorar las ceremonias implantadas por los pueblos que nacieron antes que nosotros; las amapolas, sencillas como es sencillo el girar de la luna; geranios silvestres que huelen a llanos y montes; y qué decir de las rosas rubicundas, las rosas rojas que son las que señalan el grado de amor que provocan los besos de ella; amo las flores humildes del campo que inundan con sus colores todas las extensiones que la vista abarca. Lo dicho, al ver estas flores, todas, al tenerlas en la mano, al contemplarlas, al respirar y sentir su aroma, al sentir que están vivas, soy feliz, feliz como una lombriz. ¿Otro motivo para amar? Sí, ¿por qué no? Amo la lluvia. La lluvia cuando inunda los sembradíos y los hace crecer, los hace florecer; más amo la lluvia cuando María y yo caminamos sin rumbo fijo y que nuestra ropa va quedando tendida por donde nuestros pies pasaron, y cuando le quito a María la flor que adorna su cabello negro, y después tendidos en el pasto húmedo entrar de lleno a su mundo consentido, entrar a los secretos que ella guarda celosa y allí, vencidas las débiles resistencias, repasar todas las lecciones, hoja por hoja, renglón por renglón, que Venus nos ha enseñado. Ella, María, y yo somos adoradores, seguidores fieles y somos como alumnos aprovechados y listos para aplicar todos los recursos, todas las materias que esa diosa nos brinda. Y luego a su oído decirle con voz queda que la noche es oscura, pero que si abre sus ojos la luz iluminará toda mi alma.
Sí, amo la lluvia y admiro los truenos que hacen que nos abracemos más, y me sobresaltan los relámpagos, que cuando suenan, cuando aparecen esas luces en los cielos, yo aprovecho para abrazar a María con fuerza sacada del miedo. Y así, los dos, viajar por la extensión de nuestras pieles, viajar por el ilusorio mundo de las flores, viajar, en fin, por el mundo del amor.
Vale. Abur.