REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 07 | 2019
   

Confabulario

Ascensis


Rosa Martha Jasso

Agobiada por un sol inclemente, la ciudad calcinada crepita bajo el espeso manto de la tarde. Los cuerpos se desplazan con premura. Bajo los pies se eleva un vaho ominoso y maloliente. Urge llegar. Los pasos se detienen de pronto, vadean, oscilan de un lado a otro. Una turba bloquea el paso en el asfalto ardiente. Hay gritos, voces, algunos gruñen. Hombres adultos y chiquillos se arremolinan dando golpes ciegos, furiosos, la ira y la algarabía los envuelve. Suenan golpes secos en el aire asfixiante, coces, silban al surcar el viento. El asunto debe ser monstruoso, innombrable, atroz. Surge un impulso incontrolable de fugarse. De pronto la parálisis. Entre la urdimbre de piernas y brazos dislocados, como un relámpago, se percibe una mirada, pétrea, penetrante; insoslayable. Emergen dos ojos negros en la acera, pulidos como una gema. Dos cristales oscuros centelleantes. Están endurecidos por el miedo. No hay escapatoria. Están clavados, como cuchillos. Hacen enmudecer. Nuestros cuerpos se mueven como en un remedo de película muda. Cómo derribar el odio con que todos atacan a matar, a muerte. Se han erigido como los peores enemigos. Cierran el paso, atajan cualquier hendidura para el escape. Hay algo más, es un rostro, pasmado, estupefacto. El pequeño hocico haciendo muecas. Dos pequeñas orejas echadas hacia atrás, pegadas a los pelos erizados. Una cola alargada y levemente segmentada se arrastra con parsimonia amenazante en un vaivén sin esperanza. Al aventurar con lentitud milimétricos y pasmosos movimientos, su piel finísima se estira y estallan un sin fin de destellos policrómicos, como si alguien arrojara un puño de minúsculas piedras de ámbar, y se ensartaran una a una en la punta de los pelos enceguecidas por el sol. Una lluvia de astillas doradas la envuelve y la sumerge en un halo irreal. Hay que salvarla. Retrocede en la pequeña retícula de tierra donde se erige un árbol. Las bestias salvajes persisten en su afán. ¿Cómo alguien puede destruir de un solo golpe tanta belleza? Unos brazos corpulentos acorralan le escena. No hay retorno. Sólo se escucha el silbido sordo del odio. A empujones se cierra el cerco aun más. Todo cesa de pronto. Queda todo atrás. Algunos corazones laten con fuerza mientras los ahoga el llanto. Con el hociquillo abierto mostrando apenas unos aguzados dientes de alabastro y los ojos, negros, centelleantes, pulidos como dos gemas de cristal perfectas, se eleva en la bruma vaporosa hacia el sol que la engulle en el oro ensangrentado del ocaso. Era una rata espléndida.

Julio 19, 2016. Ciudad de México.