REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
17 | 11 | 2019
   

Confabulario

Mi visión de las cosas


Fernanda Riva Palacio

Estoy a punto de contarle cómo comenzó lo que yo considero uno de los capítulos más importantes de mi vida. No decidí nombrar a este periodo de esta forma sólo porque fue cuando me mudé de casa de mis padres y terminé la universidad, desde luego que no. Lo que pasa es que ocurrieron una serie de eventos un tanto azarosos, por llamarlos de algún modo, que resultaron en el cambio drástico sobre mi visión de las cosas.
En primer lugar, conseguí un trabajo como asistente de editor en una revista nueva en el país. El trabajo era muy sencillo, el sueldo era bastante decente y, si tomaba el empleo, tendría pocas responsabilidades laborales. Pensé que después de mi excepcional debut en la vida universitaria sería un ligero desperdicio iniciar lo que pudiera ser una prometedora carrera en un lugar así; sin embargo, acepté pensando que serían unas merecidas vacaciones. En cuanto recibí la noticia de que el empleo era mío, no tardé ni un día en irme de casa de mis padres.
Como todo fue muy rápido, decidí que lo mejor sería rentar un departamento amueblado. Después de instalarme en el departamento, procedí a disfrutar de una vida con el mínimo indispensable de responsabilidades. Descubrí que trabajar en la revista, además de gustarme, era muy sencillo y representaba una especie de pasatiempo para mí. Fuera como fuere, mi sencillo trabajo acompañado de mi falta de hijos, relación amorosa o tan siquiera de una mascota, me llevaron a ser responsable sólo de mí. Todo lo que hacía comenzó a girar en torno a mi; comencé a velar el cien por ciento del tiempo por mi bienestar emocional y físico. Empecé a ir seis días a la semana al gimnasio para mantener una buena figura, sólo comía comida orgánica, dejé de fumar y adquirí un estilo de vida que cualquiera consideraría saludable. Me convertí en la personificación de la salud, de la autosuficiencia, de la independencia y, casi de manera inevitable, del egoísmo.
Y así fue como comenzó lo que yo llamaría etapa uno de mi problema: el aburrimiento. De pronto todo me aburría. Querido lector, no puedo ni empezar a describirle lo horrendo que era el aburrimiento que comencé a sentir. Mi trabajo me aburría, el condominio donde vivía me aburría… En fin, toda mi vida me aburría. Mi trabajo era muy fácil, así que estaba en la categoría de aburrido. No podía renunciar y emplearme en otro lugar ya que tenía un contrato con esa revista que debía cumplir. Yo no había escogido los muebles de mi departamento, así que mi vivienda tenía un aire impersonal que también cayó en la categoría de aburrido. Ejemplos como estos podría darle sobre cada uno de los aspectos de mi vida diaria. Traté de divertirme de todas las formas posibles: fui a todos los conciertos que pude, funciones de cine, clubes nocturnos y cualquier otro tipo de entretenimiento que se pueda imaginar. Cada vez que empezaba alguna actividad o pasatiempo nuevo, me divertía por un tiempo, pero luego se tornaba aburrido.
Descubrí que este pequeño problema de aburrimiento había estado conmigo toda la vida. Siempre he sido una persona en sumo sociable, siempre he tenido muchos amigos que me llaman y me buscan, pero ninguno especial o importante. Creo que con ninguna persona había logrado entablar una relación duradera ni profunda ya que mis “amigos” eran entretenimiento, nada más. Entretenimiento efímero y vacío era todo lo que conseguía.
Fue en este punto de mi existencia cuando conocí a Alfredo. Es una verdadera pérdida de tiempo tratar de describirlo porque casi no me acuerdo de su fisco. Lo conocí en una fiesta de la revista. Una vez al mes, el departamento de mercadotecnia organizaba una fiesta para empleados. Más que ser una fiesta para promover la sana convivencia entre compañeros de trabajo, lo que se suponía debía ser, era un evento para conseguir patrocinadores.
En una ocasión, estaba deambulando por el salón donde ocurrían aquellos eventos, cuando vi un grupo de personas dispuestas en un círculo alrededor de alguien o de algo. Desde donde estaba no podía ver qué era aquello que parecía tenerlos tan entretenidos, así que decidí acercarme. Y ahí estaba él, parado en medio de toda aquella tempestad, siendo el centro de entretenimiento, siendo lo que era cuando lo conocí: un espectáculo.
Su voz me llamó la atención. De pronto tuve un sentimiento de familiaridad hacia esa voz. La había escuchado varias veces, la pregunta era dónde. Entre más hablaba, una frase en particular resonaba en alguna parte en el fondo de mi cabeza. Alguien entre la multitud dijo algo como “Alfredo, cuéntanos más” y fue ahí cuando un “97.5, todas las mañanas con Alfredo Taipés” resonó en mi cabeza tan claro como cuando lo escuchaba todos los días por la radio.
Aquel hombre era el locutor de un programa de radio más o menos popular donde se hablaba de sexo, drogas y problemas de alcoholismo durante la adolescencia. Se suponía que este tipo daba a los padres una serie de consejos para no tener los “típicos problemas con el hijo adolescente”. Desde luego que no era así. Debo decir que aquella difusión era todo menos seria; se escuchaban malas palabras, burlas y todo tipo de vulgaridades para referirse a lo que debían ser temas serios. Teniendo en cuenta la naturaleza del programa, me sorprendió que el famoso Alfredo Taipés fuera un hombre de unos treinta y tantos años y no un adolescente hablándole a los padres de otros adolescentes.
Casi en automático, mi boca profirió, con un tono bastante alto, un “es Alfredo Taipés”. Él dejó de hablar y dijo algo como “si, ése soy yo”. Yo me quedé callada, él hizo un chiste sobre mi silencio y luego se acercó a hablar conmigo para hacerme sentir menos incómoda.
Descubrí que el tipo era mucho menos vulgar e infantil de lo que parecía. En realidad, me pareció muy educado y respetuoso. Casi al final de la fiesta me pidió mi número y yo, con mucho gusto, se lo di. No tardó ni veinticuatro horas en llamarme. De pronto, aquella voz que había escuchado casi todos los días durante un año adquirió una presencia física, una personalidad y un nombre. Esa voz se convirtió en Alfredo.
Así comenzó la segunda etapa de mi problema: la esperanza. No tiene idea de cuán emocionada estaba con esto. Alfredo era algo nuevo, impredecible y, sobre todo, interesante. Gracias a él, todas las cosas que solían parecerme en sumo aburridas, si bien no se tornaron divertidas, se volvieron intrascendentes. Por fin tenía algo relevante en mi vida, algo significativo, en pocas palabras, algo que valía la pena.
Lo importante es que después de salir durante varios meses me pidió que fuera su novia y yo acepté. Siendo demasiado sincera, no tengo ni la menor idea de por qué me lo pidió ni tampoco sé por qué acepté; salimos muchos meses sin tener una relación formal y todo iba bien. Es justo por eso que no entiendo por qué a los dos nos pareció algo inteligente cambiar la naturaleza de nuestra relación. Supongo que solo fue porque era lo que seguía, el siguiente paso lógico dentro de una relación que lleva muchos meses sin llegar a ningún lado. Por supuesto no me molestaba en lo absoluto estar con él; es más, he de aceptar que su compañía me divertía mucho. Era divertido en todos los aspectos, podía sostener una plática amena e interesante sobre casi cualquier tema y, sobretodo, siempre estaba muy seguro y confiado de sí mismo.
Alfredo era del tipo de persona sociable y divertida, pero nada más. Podíamos platicar durante horas sobre muchísimos temas, pero luego de eso nada. No me mal entienda, todos los temas de los que hablaba los tenía dominados casi como si hubiera estudiado para un examen; sin embargo, eran sólo eso, palabrería muy bien memorizada y estructurada. Entre más hablaba con él y más lo conocía, más me daba cuenta de lo perdido que estaba. Sabía de todo un poco y se jactaba de eso, pero nada le apasionaba de verdad. Ya hacia el final de nuestra relación, cuando lo escuchaba hablar me imaginaba su cerebro como una esfera llena de paja por que eso era justo todo el “conocimiento” que presumía tener. ¡Paja, paja, paja y nada más, ocupando espacio dentro de una cabeza ya bastante aturdida!
Aunque Alfredo era un hombre desapasionado también era encantador, todo un estafador. Yo soy bastante inteligente, por supuesto me daba cuenta de esto aún cuando pensé que podía estar cerca de quererlo de verdad, pero decidí que me gustaba cómo estafaba y, justo por eso, me dejé estafar. Por supuesto amor nunca hubo ni tampoco tenía cabida en nuestra relación, pero a mí no me importaba; de hecho, creo que a él le daba igual verme una, dos o cero veces a la semana. Desde luego no le molestaba pasar el tiempo conmigo porque, igual que él, yo también tengo varias cosas que ofrecer: no soy nada fea, tengo un humor negro que le caía bastante simpático y también me considero una persona muy divertida.
Sin embargo, así como su encanto desapasionado no me era suficiente, lo que sea que le pareciera atractivo de mí tampoco le era suficiente. En diversas ocasiones, me miraba como esperando que apareciera algo repentino, algo que hiciera que un momento aceptable se tornara en algo excelente. A pesar de sus mejores esfuerzos, nunca lo encontraba. Por más que el pobre buscaba ese “algo” en mí, nunca lo conseguía y, naturalmente, yo no podía darle algo que no poseía. Así como algo en Alfredo despertaba en mí la más profunda decepción y sensación de vacío, había algo mío que a él no se le hacía suficiente. No me queda más que suponer que a él, como a mí, le gustaba la estafa en la que estábamos metidos. La nuestra era una relación de amistad con todos los privilegios sexuales que tiene la monogamia. Si tuviera que clasificar mi relación con Alfredo, diría que fue la relación más cómoda que he tenido en mi vida.
Como se lo podrá imaginar, aquella relación calló en un punto muerto, por llamarlo de algún modo. Después de varios meses, dejamos de llamarnos y de buscarnos. A pesar de esto, ninguno de los dos terminaba la relación. La verdad es que pensar en cómo sería todo si dejara de ver a Alfredo no me gustaba nada, así que me dediqué a buscar una solución. Intenté salir de la tan llamada “rutina de pareja” pero me di cuenta de que esto no iba a ser posible ya que Alfredo y yo no teníamos ninguna rutina. La famosa monotonía en la que caen las parejas después de algún tiempo a causa de la rutina no era lo que estaba acabando con nuestra relación. Por supuesto que nuestra relación era monótona, pero nuestra monotonía había sido provocada por la actitud despreocupada y desidiosa que los dos habíamos tomado para con el otro. Pensé que, contrario a lo que ocurre con varias relaciones de noviazgo, tener una rutina nos ayudaría a recobrar el interés que alguna vez habíamos demostrado los dos.
La verdad es que cuando esto se me ocurrió ya era muy tarde; a Alfredo ya no le importaba tener ninguna rutina ni estilo de vida particular conmigo. Ese esfuerzo que hacía por buscar ese “algo” en mí ya ni siquiera estaba. A mí me ofendía bastante ese desinterés y fue sólo entonces cuando me di cuenta de que tal vez yo había sido la que había demostrado un desinterés total primero. Yo había decidido que no me importaba no poder quererlo por su falta de pasión hacia la vida y su falsedad, mientras que él sí había esperado recibir algo de mí que nunca llegó.
La respuesta estaba muy clara: se había cansado de mi. Cuando me di cuenta de esto, sentí un vacío insoportable en el estómago. Veía el teléfono una y otra vez preguntándome si iba a volver a llamarme. Después de unas dos semanas de no hablar, no lo soporté más y le llamé. La verdad es que para ese momento ya no sabía qué esperar. Después de que el teléfono sonó unas dos o tres veces, me contestó con un “hola amor” como si no estuviera pasando nada. Esa respuesta me dio un poco de coraje; me pareció muy injusto que me contestara con un tono tan cínico después de semanas de no buscarme. Estuve a punto de reclamarle, pero creí que lo mejor era mantenerme calmada para no arruinar la situación. Fue entonces cuando me di cuenta de que no sabía para qué le había llamado. No tenía ningún propósito ni tampoco quería decirle nada en especial, sólo le llamé. Tal vez lo hice porque quería medir la situación, tal vez quería saber con exactitud en qué punto de la relación estábamos. Yo le respondí igual de cordial y encantadora que él. Después del clásico “¿cómo estas?” y del típico “Bien gracias” seguía el molestísimo y aún más típico silencio. Decidí que no quería que eso pasara, así que después del “bien” yo dije lo primero que me vino a la cabeza: le propuse que viviéramos juntos.
En ese momento no dudé ni me arrepentí, sólo me quedé callada al otro lado de la línea esperando una respuesta. Pasaron unos dos minutos antes de que él me respondiera “esta bien”. ¡Dos minutos! Dos minutos fue todo lo que le tomó decidirse. Admito que antes de mi llamada telefónica a mí tampoco me pasaba por la cabeza proponerle semejante cosa, pero creo que en alguno de los dos tendría que haber cabido la cordura, cosa que no pasó. En fin, nos pusimos de acuerdo para vernos y platicar los detalles de la mudanza. Sin más, colgamos el teléfono.
Golpe de realidad: estaba a punto de mudarme con alguien a quien no quería de verdad. Me di cuenta de que nuestra relación de hecho estaba avanzando, igual que al principio. Después de varios meses de noviazgo el paso siguiente era el que íbamos a dar y, tal vez, el siguiente era casarnos. Intenté apartar todo eso de mi mente porque no me iba a llevar a ningún lado, pero no pude. Puse las dos manos sobre el escritorio y las miré por largo rato. Todo iba a ser una complicación. ¿Quién se iba a mudar a casa de quién, quién iba a pagar qué …? Me dio pereza pensar en todo eso, así que decidí esperar a reunirnos para ver qué opinaba él. Lo pensé bien y me di cuenta de que lo mejor era que Alfredo pensara que yo era una mujer muy emocionada y esperanzada por lo que iba a pasar para ver cómo reaccionaba él a eso.
Mientras caminaba de regreso a casa, analicé la situación y me di cuenta de varias cosas. Primero que nada, no entendía por qué demonios estaba tan dispuesto a adquirir un compromiso cada vez mayor conmigo cuando la verdad era que ya había perdido el interés por mí. Después de semanas de no llamarme ni tampoco buscarme, no había razón por la cual hubiera aceptado de buenas a primeras vivir conmigo. De pronto caí en cuenta de que de una u otra forma éramos extraños. Yo no conocía a su familia ni él a la mía, nunca había ido a su casa y tampoco sabía su nombre completo. Como si esto no fuera suficiente, el dinero que ganaba con el programa de radio apenas le alcanzaba para vivir y tampoco había ido a la universidad, así que me imaginé que yo iba a tener que trabajar por los dos. Yo misma acababa de tornar la relación más cómoda que había tenido en mi vida en la relación más rara, incómoda y molesta que se puede tener.
Pues bien, resulta que la madre de Alfredo vivía en otro estado, se enfermó de gravedad y él tuvo que ir a verla. Ahora que lo pienso, no sé por qué no me pareció sospechoso que eso pasara justo después de nuestra pequeña llamada telefónica. La verdad es que me sentí más que encantada de que se fuera por un mes completo a cuidar de su madre moribunda en lo que yo pensaba bien qué era lo que iba a hacer con el problema en el que me había metido. En lugar de sentarme a reflexionar como debí haber hecho, salí a la calle y compré una botella de ginebra. Pensé que tenía que aprovechar lo que quizá sería uno de mis últimos meses de libertad total y que tenía que hacer todo lo que se me viniera en gana.
Regresé al edificio y llamé al elevador. Cuando se abrieron las puertas, yo tenía en la mano una botella de ginebra y en la otra un cigarro humeante. Dentro del elevador había un hombre, más bien un muchacho, que me miró un poco asustado. Yo entré con actitud de diva de Hollywood casi sin notar su presencia. Como era de esperarse, el detector de humo comenzó a sonar provocando que el elevador se detuviera. En ese momento tiré lo más rápido que pude el cigarro como queriendo esconderlo, pero ya era muy tarde. La patética actriz de Hollywood que había tomado mi lugar por unos diez minutos desapareció con una rapidez asombrosa dejándome sola y atascada en un elevador. Nunca en mi vida me había sentido más patética y ridícula.
Con un bufido de nariz, el muchacho se sentó en el piso y aventó la mochila a un lado. La verdad no estaba muy segura sobre si estaba muy molesto nada más porque el elevador se había atascado, o si era algo más y mi imprudencia era lo que había terminado por arruinar su día. De cualquier forma, no nos quedaba mucho que hacer además de esperar a que el portero utilizara sus magníficas habilidades de indagación para darse cuenta de que estábamos atascados. ¿Cuánto tardaría esto? Ni idea.
Y fue así como conocí al sujeto número dos: Adolfo. Por increíble que parezca, un accidente o cualquier situación provocada por el azar puede desencadenar algo mucho más grande, tal vez un problema en el que uno se puede quedar atascado. El punto es que después de más o menos una hora, el elevador comenzó a subir. Cuando esto ocurrió, el muchacho seguía sentado en el piso, mientras yo veía mi reflejo en la puerta del elevador con expresión melancólica.
Después de esto, me encontraba a aquel muchacho casi diario, lo cual es lógico ya que vivíamos en el mismo edificio. Debo admitir que en un principio era bastante incómodo encontrarme con él y me avergonzaba tan sólo verlo. Él notaba mi vergüenza; parecía disfrutarla y tomarla como una especie de venganza. A pesar de esto, aquel azaroso incidente nos había unido. Ahora yo no sólo era la vecina irrelevante de ese muchacho, ahora yo era la desconocida que había dejado una impresión en él. Todos los días lo veía y me daba cuenta de que me recordaba; me daba cuenta de que, por algún motivo, mi presencia le parecía significativa.
Con toda sinceridad, por más vanidoso que uno sea, esta situación sería incómoda, por no decir rara, para cualquiera. Como él no me dejaba de observar y no dejaba de provocar que el ambiente se pusiera extraño cada vez que nos encontrábamos (sobre todo en el elevador), decidí empezar a saludarlo. Un día, sin más, le dije un animado “hola” y le di un beso en la mejilla a manera de saludo. Él me respondió con naturalidad e hizo lo mismo. Poco a poco esto se volvió una costumbre.
Comencé a notar que hacía un esfuerzo por toparse conmigo. Desde luego esperaba topármelo de vez en cuando, pero todos los días era demasiada coincidencia. Poco a poco, el clásico beso de saludo en la mejilla se fue poniendo más cariñoso hasta que un día comenzamos una relación. Así como así, comenzamos a salir, a ir al departamento del otro… Supongo que no le tengo que explicar lo demás que se empezó a dar de forma espontánea. No me mal entienda, no hubo una declaración de amor, ni una propuesta formal ni nada por el estilo. Un día lo invité a pasar a mi departamento y él me siguió la corriente.
Y así empezó la tercera etapa de mi problema: la ambición. Siendo franca, lo hice porque su compañía me hacía sentir bien. No hubo una razón emocional profunda, no quería extrañar a Alfredo, no quería darle celos para recobrar aquel genuino interés que yo despertaba en él; es más, esto no tenía nada que ver con Alfredo, en lo absoluto. Sólo pensé que si Alfredo me hacía sentir bien, por qué no tener a alguien más que me hiciera sentir igual de bien.
El día que todo empezó, Adolfo y yo estábamos platicando en el pasillo afuera de mi departamento cuando se me ocurrió invitarlo a entrar. Él abrió mucho los ojos y asintió. Después de eso, su única contribución fue seguirme la corriente y hacer lo que pensó me iba a complacer. Sí, intentó hacer todo para complacerme y debo decir que le salió muy bien. Sin embargo, ya acabado el asunto en cuestión, lo noté muy inseguro. Después de su inseguridad no hubo nada más, silencio total. Debo decir que tanto su inseguridad como su silencio me parecieron extraños, pero no me incomodaba. Fue bastante reconfortante cuando Adolfo se quedó callado mientras yo miraba al techo sin pensar en nada en especial. Supongo que tanto el silencio como la inseguridad se derivaron de su edad. ¡Oh, claro! Es que aún no le he contado quién era Adolfo.
Pues bien, la verdad es que no sé a ciencia cierta quién era, así que le daré los detalles sobre mi percepción de él. Adolfo era un estudiante de arquitectura. Cuando lo conocí, él estaba en primer semestre de la carrera y yo la había terminado hacía dos años. Siempre me pareció que era un muchacho inteligente y con un futuro prometedor. De vez en cuando, él iba a mi departamento sin ningún motivo aparente. Me preguntaba si no me molestaba que se quedara un rato a hacer cualquier trabajo de la escuela que tuviera que hacer y yo siempre accedía. Encontramos una agradable compañía en el silencio. Como ya le dije, era callado pero siempre parecía estar pensando en algo. Eso me gustaba mucho de él. A diferencia de Alfredo, Adolfo no tenía que decir muchas cosas para darse a entender. Era una persona bastante transparente, cosa que aúno a su juventud. Lo que comenzó siendo una relación puramente corporal, se fue transformado poco a poco en algo más. No sé decirle con exactitud qué era aquello, sólo sé que su presencia me calmaba y me hacía sentir tranquila. De vez en cuando, levantaba la cabeza de sus deberes para mirarme por unos instantes. Era una mirada rápida, casi fugaz, pero con mucho significado. A mí me encantaban esos minúsculos momentos por los cuales me sentía bien en exceso. Le aseguro que no es mi vanidad hablando cuando le digo que estoy segura de que este muchacho sentía algo por mí. No sé si me apreciaba a tal punto de estar enamorado, pero su cariño era sincero.
Un buen día, como salido de la nada, me preguntó si tenía otra relación. Fue ahí cuando descubrí uno de los pensamientos de Adolfo. En silencio, había estado reflexionando, analizándome, pensando en todo lo que no le decía hasta que calló en cuenta de que era muy probable que yo tuviera otra relación. Tras reflexionar unos instantes, me di cuenta de que de nada serviría mentirle. Además, algo en su tono de voz, muy calmado, me indicó que de alguna u otra forma ya sabía la respuesta, sólo estaba esperando a que yo se lo confirmara y así lo hice. Después de eso, sólo asintió y nada cambió entre nosotros. Él siguió viéndome igual, tratándome igual y yendo de vez en cuando a mi departamento a hacer sus deberes.
Es muy triste admitir que mi comprensión sobre estas dos relaciones es limitada. Así como no entiendo varias cosas de Alfredo, tampoco entiendo por qué Adolfo se quedó conmigo sabiendo que no era más que mi segunda opción, por decirlo de manera elegante. Sea como sea, es así como apareció el sujeto tres en mi vida: la combinación de Alfredo y Adolfo. A veces, cuando pensaba en ellos, no veía a dos personas distintas. Es más, ni siquiera me imaginaba a una persona en específico. Por individual, no encontraba a ninguno de los dos importante, ni tampoco desarrollé un amor singular hacia ellos por separado. Yo estaba enamorada de la idea de los dos, de lo que yo pensaba que eran los dos. Pensaba en ellos como si fueran uno solo, como un sólo ente que no tenía una forma definida, pero que me hacía feliz en extremo y que me hacía sentir insoportablemente bien.
Como se lo podrá imaginar, cuando Alfredo regresó no pude dejar a ninguno de los dos. Lo único que me quedaba era prolongar lo más que se pudiera mi relación con los dos al mismo tiempo. Como Adolfo ya estaba enterado de que yo tenía otra relación, pensé que sería mucho más sencillo mentirle sólo a uno. Después de considerarlo un poco, me di cuenta de que, si era cuidadosa, no iba a ser difícil mantener ambas relaciones. Tal y como lo había previsto, no fue complicado. Alfredo no hacía muchas preguntas mientras que Adolfo parecía aceptar con mucha naturalidad el hecho de que no fuera el único con quien sostenía una relación amorosa. Debo decir que la actitud de Adolfo me ayudó muchísimo y me impulsó a seguir con ambas relaciones. Era una especie de mentira compartida; los dos estábamos conscientes del engaño y habíamos escogido participar en él. La mejor parte era que lo tomábamos como algo natural en su totalidad. Mientras que Alfredo y yo nos engañábamos con palabrería falsa y estábamos enredados en una relación igualmente falsa, Adolfo estaba consciente de cómo eran las cosas en realidad y las aceptaba. Sí, es verdad que la realidad era en parte un engaño, pero dentro de ese engaño encontramos sinceridad.
Todo siguió igual hasta que la famosa plática con Alfredo llegó. Acordamos que él se mudaría conmigo en diciembre, lo que me daba tres meses para estar con Adolfo. Esta vez estaba convencida de que ya viviendo juntos sería en sumo complicado seguir con ambas relaciones. Además, Alfredo había insistido mucho en mudarse a mi departamento. Esto significaba que ahora los tres íbamos a vivir en el mismo edificio, lo que haría las cosas aún más complicadas.
Empecé a idear un plan para evitar la mudanza de diciembre, pero lo único que se me ocurrió fueron maneras de retrasarla. Llegué a la penosa conclusión de que iba a tener que hacerme a la idea de dejar en definitiva a Adolfo. Esto significaba que también tendría que dejar a Alfredo, ya que mi relación con él no tenía ningún sentido sin la presencia implícita de Adolfo.
Fue entonces cuando me empecé a preguntar si en realidad me había topado con algo que valía la pena. Primero me pareció que Alfredo era un elemento muy valioso en mi vida, pero luego llegó Adolfo, otro elemento igual de valioso. Como verá, para mí lo que valía la pena era la idea de los dos. El problema es que eran personas separadas; la persona que yo tenía en la cabeza, la que estaba hecha de todas las virtudes tanto de Adolfo como de Alfredo, no existía. No importaba cuánto retrasara la mudanza, cuánto deseara que las cosas fueran diferentes, lo que quería nunca iba a pasar. Me resigné. De pronto, un día sin esperarlo, la más terrible resignación me inundó. No había construido nada, todo lo que tenía era una ficción que, como toda ficción, se había desarrollado en el plano de la verosimilitud, pero nunca podría pasar al plano de la realidad. Había acabado con mi aburrimiento, pero en su lugar había quedado algo imaginario; algo imaginario que me gustaba, que me llenaba, pero sobre todo, algo imaginario que me hacía feliz. Cuando volteé a ver mi vida, me di cuenta de que no podía comparar lo que se estaba desarrollando en el plano de la realidad con lo que se desarrollaba en el plano de la ficción. Sin embargo, no estaba ahí en realidad y nunca iba a estar ahí.
El día que me di cuenta de todo esto algo cambió. Yo me encontraba en mi departamento, lamentando mi situación cuando Adolfo me llamó. Me pidió que nos viéramos en un café bastante retirado del condominio. Antes de que pudiera preguntar cualquier cosa, colgó el teléfono. Pensé en no ir, en quedarme en mi departamento y al fin tomar una decisión. A pesar de esto, la curiosidad era demasiada. Yo no tenía nada que esconderle a Adolfo, sabía todo lo que tenía que saber y lo aceptaba. ¿Por qué, de manera tan misteriosa, estaría citándome y tratándome de una forma tan inusual? Como se lo podrá imaginar no aguanté la curiosidad y decidí ir. ¿Sabe? Ahora me doy cuenta de que siempre he sido buena para tomar decisiones precipitadas. En fin, me arreglé un poco el cabello, me puse una sudadera cualquiera y me dispuse a salir del edificio para tomar un taxi.
Después de un rato llegué a la cafetería en donde me iba a encontrar con Adolfo. No tardé mucho en encontrarlo; estaba sentado en una mesa en la terraza. Lo salude dándole un beso en la mejilla. Él sólo me miró con una ligera sonrisa, su sonrisa de siempre. “¿Para qué me querías ver?” pregunté. No me respondió. Lo único que hizo fue dirigir la mirada a la entrada de la terraza. Fue entonces cuando volteé y vi a Alfredo caminar hacia nosotros. Apreté las muelas hasta que me rechinaron los dientes. Me quedé sentada sin saber qué hacer o qué pensar. No estaba segura de lo que estaba pasando. Alfredo llegó a nuestra mesa. Se quedó parado a un lado mío sin voltear a verme, cuando dijo: “Hola, Adolfo.” Adolfo asintió sin mirarme a mí o a Alfredo. Todos nos quedamos pasmados unos instantes. Los tres teníamos la mirada perdida en algún lado. Nunca nos miramos.
Después de unos segundos de estar así, me levanté de la mesa. Mientras avanzaba a la salida, ninguno de los dos se movió. Cuando llegué a la banqueta para pedir un taxi, pude ver que ambos seguían ahí, inmóviles. De regreso a casa no me sentí triste ni con ganas de llorar; me sentía muy sola.