REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 05 | 2019
   

Arca de Noé

La violencia de género sigue…


Martha Chapa

Los años van y vienen, y las mujeres seguimos formando parte de estadísticas abrumadoras e indignantes como víctimas de la violencia y del incumplimiento de nuestros derechos humanos.
Ya sea que se trate del Día Internacional de la Mujer –que se conmemora cada 8 de marzo– o de otras fechas diversas que nos invitan a reflexionar acerca del tema, lo cierto es que abundan los discursos, las promesas e incluso los anuncios de que se tomarán nuevas medidas. La realidad es que el día a día de todas nosotras –que es lo verdaderamente esencial– sigue igual.
Somos testigos y víctimas, año con año, de un cúmulo de adversidades que, lejos de aminorarse, crecen. Ahí está, por ejemplo, el drama de miles de niñas embarazadas que se ven obligadas a contraer matrimonio a pesar de su corta edad, lo que cancela sus oportunidades educativas, laborales y de desarrollo en todos los campos. Por desgracia aún no se ha podido establecer en la ley federal que la edad mínima para casarse sea de 18 años, es decir, que solamente puedan contraer matrimonio las y los ciudadanos de esa edad.
Por fortuna, el gobierno de la Ciudad de México hace unas semanas, anunció la reforma al Código Civil que prohíbe el matrimonio de menores de edad en la capital de la república. Desde esta semana, aquí sólo se podrán casar los hombres y mujeres adultos. La reforma, se dijo, busca evitar sobre todo un perjuicio al desarrollo de las niñas, quienes por casarse a tempranísima edad abandonan la escuela o se embarazan, con riesgo para su salud. Un solo dato explica la pertinencia de esta medida: entre 2007 y 2015 se casaron en la Ciudad de México 10 272 niñas; es decir, más de diez millares de vidas truncadas en una etapa en la que no deberían tener que tomar ese tipo de decisiones. Estarán de acuerdo, apreciados lectores, en que esto constituye una forma de violencia y marginación contra esas pequeñas.
Por otra parte, en diversas plataformas se está promoviendo una solicitud para que el gobierno federal mexicano exhorte a todos los estados del país a presentar la iniciativa para la eliminación absoluta del matrimonio infantil porque constituye una grave violación a los derechos de la infancia, que se agudiza en algunas entidades en las que se ha naturalizado bajo usos y costumbres, que en realidad no son sino prácticas patriarcales que afectan el pleno desarrollo de las niñas. Los promotores de estas iniciativas aseguran que el matrimonio de menores de edad conforma una grave violación de los derechos humanos que priva a las niñas de educación, salud y perspectivas a largo plazo y contribuye a una cadena de empobrecimiento, explotación y abuso contra las mujeres desde temprana edad.
Otros datos que alimentan el abultado y escandaloso expediente de la misoginia en México se refieren a aquellas mujeres que, de manera justificada o no, son detenidas y resultan agredidas desde el punto de vista sexual y psicológico por parte de los supuestos policías que, lejos de cuidarlas y protegerlas, se convierten en sus verdugos, dentro y fuera de los separos o de espacios de reclusión temporal, ya no digamos en las prisiones.
Y qué decir de la impunidad de la que gozan los agresores de mujeres de todas las edades, pues bien sabemos que ni el 5% de las denuncias en nuestro país conducen a la sentencia de quienes cometen los delitos.
Ahora nos cuentan, por ejemplo, que habrá un silbato para pedir auxilio ante una agresión. Al respecto, al margen de que pueda ser o no una herramienta útil, digo yo que no haría falta llegar a esos grados si no existiera tanta violencia e impunidad en nuestro entorno. Por otra parte, ese instrumento sólo tendría utilidad si contáramos con buenos policías, ministerios públicos y jueces, pues en sus ámbitos es donde se suelen venir abajo los buenos deseos y las bien intencionadas iniciativas.
Y qué decir de la cultura deformante que contamina la vida social, llámese hogar, escuela o centros laborales, y que tolera la discriminación, el acoso, la intimidación y la violencia intrafamiliar.
Al respecto, no podemos negar que algunos de los contenidos de programas y publicidad que se difunden en los medios de comunicación impresos y electrónicos promueven estereotipos del papel de las mujeres en los diversos ámbitos de la sociedad. Cuidar esos mensajes contribuiría a lograr una verdadera equidad de género, que podría reforzarse con una concientización social mediante campañas especiales sobre los derechos de la mujer en todos los terrenos de la vida social, política y económica.
En síntesis, la violencia contra las mujeres seguirá en tanto no seamos capaces, como sociedad en su conjunto, de detenerla con una visión integral que abarque la educación y la cultura, pero también la justicia.
Con conciencia, esfuerzo y compromiso podemos y debemos lograrlo.

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