REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
21 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Los trancos


Carlos Bracho

Tranco I
Adolfo Marsillach, actor y escritor nacido en Barcelona en 1928, y que terminó su viaje en Madrid en 2002. Amigo mío que fue. Escribió una obra teatral que tituló: “Yo me bajo en la próxima, ¿Y usted?”. Y tomando esa idea de Adolfo, yo quisiera bajarme en la próxima, pero ya, hoy, a toda prisa, sin salida ni remilgos. Vaya que dan ganas de apearse y salir de este país (y del mundo, sí, qué caray), es que ya no quiere uno queso sino salir de la ratonera. Vea usted, lectora insumisa lo que sucede en el mundo y verá que me asiste toda la razón. Bombas aquí, metralla allá, gases y balazos acullá, cuchilladas asesinas en el metro, en las calles. Robos y secuestros a la orden del día; coches bombas explotando en los lugares más concurridos, individuos que se colocan explosivos en el cuerpo y que explotan –inmolándose con ello- en el lugar menos pensado y causando decenas de muertos. Bombardeos a pueblos, a ciudades, que destruyen viviendas y acaban con la vida de niños y niñas. Soldados que matan a narcos, narcos que responden con fuego cruzado, guerra ésta que deja miles de muertos. Y… bueno, ya no le sigo, ya le paro a mi barco cargado de quejas, ya tomo un respiro y trataré de seguir con el ánimo arriba, voy a intentar sonreír, de mantener la cara iluminada por el placer de vivir. Y creo que más vale cambiar de actitud, sí, explico el porqué de ese posible cambio: Si revisamos con detenimiento las páginas de la historia de la humanidad, nos daremos cuenta que en todas las épocas la violencia ha sentado sus reales. Los asesinatos que han cubierto de sangre dichas páginas, están allí. Desde que Caín mato a Abel, no hemos dejado que la paz se instale en este globo terráqueo. Matamos porque nos da la gana, matamos porque yo soy blanco y aquél es negro. Enarbolamos la pistola para quitar de en medio a nuestros rivales políticos. Tomamos el machete para defender, matando, a quien nos quiere quitar la tierra. Lanzamos bombas porque yo soy el guardián del mundo y esos otros son tan malos y sucios que hay que acabarlos. Matamos a esos canallas porque no piensan como nosotros. Asesinamos a esas familias porque son enemigas de la nuestra, que es la que vale, la familia que tiene categoría y poder. Y así, sigue la mata dando, sigue la matazón, sigue la pólvora llenando el aire… Y por eso digo, que ya me quiero bajar en la próxima. Sí, quiero estar en una isla desierta con María, sí, claro, con ella. Y evidentemente, como Robinson, poder sobrevivir sin angustias graves. Andar casi desnudos, bañarse en las cálidas aguas del mar a la hora en que se nos antoje, cortar cocos cuando la sed arrecie, comerse la blanca pulpa que nos dará vigor. Escuchar el canto de los pájaros que están allí en las copas de las palmeras y de los árboles. Pescar cuando el hambre arrecie. Hacer el amor en las mañanas, o en las tardes, o en las noches, debajo de la hamaca, en la hamaca, en el riachuelo que lanza su agua al mar, en el mar, en las olas, arriba de esa roca, en la arena, donde sea, como sea y a la hora que sea. Sí, amigas luchadoras, eso es vivir. Vivir alejados de las balas, de los dichos de los políticos, estar lejos de los discursos dobles y canallas del presidente en turno. Contemplar a los monos que se contonean en las alturas, y no ver a los presidentes, o a los gobernadores y mucho menos querer ver a los diputados, no, les digo que mejor será observar a esos otros seres, a esos monos que respetan la naturaleza, que viven en las alturas sin dar lata a nadie. Eso vale. Así, que si ustedes, amigas insumisas, me conceden el beneficio de su aceptación a esta salida airosa, yo se los agradezco y claro, les deseo que ustedes hagan lo mismo, sean unas robinsonas, busquen su isla, aléjense de este Estado Corrupto, y vivan a plenitud la libertad del aire de las montañas, de las olas marinas, del cielo puro y azul; y digan, como decíamos en la época en la que este gobierno nos asesinó a destajo (el año de1968), y como alzábamos la voz en las marchas, y que por las calles se escuchaba el grito de la juventud rebelde: “Haz el amor, no la guerra”.
Bueno, yo me bajo en la próxima. Camino un trecho y llego a Mi Oficina. María me recibe poniendo en mi mesa una ringlera de 5 caballitos de tequila blanco, sí, le atinó, del que raspa. Y en la rocola pondrá unas canciones de José Alfredo Jiménez, y a tomar, a brindar con los compas maestros a los que este cínico gobierno los golpea a diario y los encarcela por pedir justicia y por pedir escuelas dignas, y deja que los lords de los autos de lujo que atropellan y cometen actos criminales sean tratados con delicadeza y no merezcan ninguna pena. Sí, la cárcel para los pobres, para los ricos el yate de lujo, la libertad, el dinero, la impunidad.
Vale