REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

Homenaje a Borges


Norman Thomas di Giovanni

EN MEMORIA DE BORGES
Borges nació escritor, a lo largo de su vida no hizo más que desarrollar su literatura y su imaginación. Apenas tuvo tiempo para asomarse a otras cosas. Pocos como él han puesto tanto empeño, tanto amor y tanta pasión, en el fenómeno de la creación. Sin duda es el escritor más distinguido del castellano de los siglos XX y XXI. Cada día aparece un nuevo libro sobre él y su trabajo literario. Los investigadores buscan afanosos páginas perdidas, anotaciones y palabras dichas en una universidad o en otra. Si nos es permitido parodiar en este caso al título celebérrimo de García Márquez, Borges lleva cien años de devoción, le falta una eternidad. Cada día que transcurre encontramos algo nuevo en su obra. Aparecen nuevos libros, novedoso enfoques sobre su arte. En efecto, transformó las letras para siempre. Hay un antes y un después luego de su paso por el mundo de los mortales, quienes ahora le han concedido, algo que se les tenía reservado a los dioses, la inmortalidad. Como a Cervantes o a Shakespeare, lo seguiremos leyendo con más emoción luego de 500 o mil años. Supo, pues, hacerse un clásico a pesar de que no le fue concedido el Premio Nobel de Literatura.

El Búho se suma a los homenajes que muy merecidamente recibe cada cumpleaños o cada vez que transcurre un año de su fallecimiento.

El Búho

Las lecciones del maestro Borges
Norman Thomas di Giovanni

Hay un artículo, más bien una nota fotoperiodística, en una de esas revistas semanales argentinas, donde se me ve caminando por una calle de Buenos con Borges apoyado en mi brazo. La revista ¿sería Siete Días o Gente? Eso ya no lo recuerdo, aunque retengo con bastante claridad todos los demás detalles. Era 1969;íbamos hacia el este por la avenida Belgrano, cruzando Santiago del Estero o más probablemente Salta, a una o dos cuadras del pequeño departamento donde todavía vivía Borges con su primera mujer. Yo tengo puesto el traje de tweed marrón espigado y la corbata, concesiones a las exigencias de la Buenos Aires sobria y formal. Estamos cruzando o a punto de cruzar Salta, y Borges me aferra el brazo derecho con la desesperada fuerza de un ciego, y es evidente que la amplia foto de la revista me muestra a mí con él del brazo y no al revés: no es una foto de Borges llevado por un joven anónimo, un extranjero, un norteamericano.
Ese año, a las cuatro en punto de la tarde, cinco días a la semana, yo buscaba a Borges en su departamento de la avenida Belgrano, y con él bien afirmado en mi brazo caminábamos las diez lentas cuadras que nos separaban de la Biblioteca Nacional, en la calle México, donde nos esperaban unas horas de trabajo. Para entonces ya hacía catorce años que él dirigía la biblioteca. El puesto era, desde luego, una sinecura. Borges no era bibliotecario, y mucho menos administrador, y un fiel subdirector, José Edmundo Clemente, hacía el verdadero trabajo. Quizá una o dos veces al mes, como un ritual, una secretaria con un grueso fajo de papeles entraba en la espaciosa oficina donde Borges y yo estábamos sentados frente a frente, a los lados de una larga y sólida mesa de caoba, y levantaba una esquina de cada página para que él pusiera sus iniciales. Por mucho papeleo que hubiera, la interrupción nunca era importante. La mayoría de las veces Borges seguía hablando conmigo mientras ponía las iniciales en los papeles;pero si todo estaba saliendo bien y andaba de buen humor, cosa frecuente, se permitía hacer alguna broma bienintencionada, conmigo en inglés o con ella en español.
-Fíjese, di Giovanni, qué despiadada, cómo me hace trabajar. -A menudo la mujer ya estaba saliendo de la habitación cuando Borges se acordaba y, por pura formalidad, le preguntaba qué era exactamente lo que había firmado.
-Sólo las cuentas habituales, señor Borges -decía ella en tono tranquilizador, la personificación de la corrección y el respeto. -Ah, sí -respondía él, como si acabaran de recordarle una verdad inmutable.
Era un juego. Las secretarias, una o dos por la mañana y una o dos diferentes por la tarde, detestaban molestar a Borges, sobre todo cuando estaba trabajando, y hasta hoy sigo convencido de que aún después de oír la explicación, Borges jamás tenía ni la más remota idea de lo que firmaba. -Borges -bromeaba yo a veces-, veo desde aquí que ese fajo al que está poniendo las iniciales concede a todo el personal de la biblioteca dos semanas más de vacaciones con sueldo.
Y Borges reaccionaba con un gesto cómico, fingiendo asombro, dejaba de escribir, miraba hacia arriba tratando de localizar la cara de la secretaria y le repetía en español mi comentario.
-No, jamás, nunca, señor Borges;le juro -y, ante esos juramentos, siempre se dejaba convencer con facilidad.
Esto no quiere decir que Borges no se tomara en serio el trabajo. Claro que se lo tomaba en serio. Pero al mismo tiempo sabía que era una figura decorativa -una mera figura decorativa, diría él-, y como no conocía la pomposidad, se permitía ironizar acerca del cargo. En el fondo, por la biblioteca y el puesto no sólo sentía orgullo sino gratitud. Casi como un niño crédulo, recitaba a las visitas que la biblioteca contenía 800,000 volúmenes, que más tarde serían 900,000. Era uno de los pocos datos que Borges siempre se sabía al dedillo. Para él, los datos eran la antítesis de la esencia de la verdad, y no les encontraba ningún sentido. ése, a diferencia, por ejemplo, de su año de nacimiento, era el único que había que actualizar con frecuencia. El puesto de director de la biblioteca era el símbolo perfecto para él, y él era el símbolo perfecto para el puesto. Por cierto, ¿qué biblioteca en el mundo no se alegraría de tener a Borges de director? Desempeñaba el cargo como un maestro, como si hubiera nacido para él;mejor dicho, porque había nacido para él. Empleábamos esas tardes en la traducción al inglés de sus cuentos, poemas y ensayos. "Mis tardes están ahora por lo general dedicadas a un proyecto de largo alcance, que acaricié durante mucho tiempo -escribiría Borges meses después, a los setenta años-. Desde hace casi tres años, por fortuna, tengo al lado a mi propio traductor, y juntos vamos a publicar entre diez y doce volúmenes de mi obra en inglés, idioma que no merezco usar y que ojalá hubiera sido mi idioma de nacimiento."
Como sabía el joven periodista de Siete Días o Gente, con todo eso se hacía una buena historia: el norteamericano de Boston que había aparecido de repente y guiaba al legendario Borges por las calles de Buenos Aires y trabajaba con él en la Biblioteca Nacional. En realidad, la historia tenía un poco de todo: mezclaba lo exótico y lo familiar. Allí estaba el ilustre Tesoro Nacional, por quien competían los editores de Nueva York, que habían enviado a uno de los suyos al confín de la Tierra a vigilado. Se demostraba que Borges era una figura internacional y no un simple excéntrico de barrio, un anglófilo apasionado de los libros;eso significaba que la Argentina contaba en el mundo no sólo por los excelentes bifes y los magníficos futbolistas. Era un buen tónico para la constante duda de identidad que asalta al porteño en los mejores momentos. Y aquéllos no eran los mejores momentos. "El nacionalismo está insinuándose todo el tiempo", decía Borges con desdén. Imperaba la dictadura militar del general Onganía;pronto, multiplicándose cada semana, fueron apareciendo adustos policías federales en las esquinas, con botas altas y metralletas;pronto el rebaño fiel se puso a balar pidiendo el regreso de Perón. Cuando el horizonte estaba pasando rápidamente de plomizo a negro, entra el joven norteamericano del traje de tweed que tiene algo en común con la mitad de la población de Buenos Aires: un reconfortante apellido italiano. Por eso el artículo se refería a mí, por eso las fotos eran mías con el Tesoro Nacional apoyado en mi brazo y no de Borges conmigo apoyado en el suyo.
A menudo bromeaba con él sobre el tema. Mientras íbamos por la calle Florida hacia la casa de su madre, la gente cedía el paso, daba media vuelta, abría la boca y señalaba con el dedo. "Siempre me asombra cómo parecen reconocerme -le decía yo, en tono serio-. 'Mirá, dicen, ahí está di Giovanni con el viejo del brazo." Eso siempre lo hacía reír. Los transeúntes no dejaban de saludarlo;algunos hasta levantaban a los chicos para que los tocara. Borges siempre preguntaba el nombre a las personas, y de dónde eran. Ah, sí. Tenía un amigo allí. Fernández Ordóñez, abogado y buen poeta. Borges era un monumento vivo y los argentinos lo veneraban.
En la biblioteca entraba arrastrando los pies por la puerta giratoria, subía por la espléndida escalera de mármol y entraba primero en la oficina exterior con el gastado y desnudo suelo de madera, donde las secretarias se apiñaban ante una pequeña mesa en un rincón, junto a la ventana. Salvo por la ventana, la habitación era sombría, lóbrega y espartana. Junto a la mesa se veía una pequeña papelera de alambre. Había un solo teléfono: grande, tosco, negro, con el cable deshilachado. No importaba. Los teléfonos, como las secretarias, sólo cumplían un horario parcial. El edificio databa de 1901 y, como le gustaba contar a Borges cuando recibía visitas, había sido sede de la lotería nacional. El sanctasanctórum, la oficina de Borges, con un cielo raso extraordinariamente alto, estaba empapelado de verde con motivos parecidos a hojas de bambú y tenía paneles lustrados de caoba y suelo de parquet. Trabajábamos en la anticuada mesa de reuniones en el centro de la habitación. En un extremo estaba el escritorio que Paul Groussac, distinguido predecesor de Borges, había diseñado y hecho fabricar. Tenía forma de U. Si uno se sentaba detrás, cosa que Borges no hacía nunca, el escritorio lo rodeaba a uno. Tenía extraños cajones y raros compartimientos. Más tarde, Borges lo describió con pocas palabras en el cuento "There Are More Things".
Completaban el mobiliario de la habitación un par de estantes giratorios y un alto mueble de cajones donde Borges metía los borradores de los poemas que dictaba por la mañana a una secretaria. Dos pares de puertas llevaban directamente a un pasillo. Sólo las usábamos cuando tratábamos de librarnos de alguien que esperaba en la oficina exterior o cuando íbamos al baño enorme y austero que sólo usábamos nosotros. Al lado estaba la habitación donde había muerto Groussac, detalle que Borges contaba con morboso placer. En una época el director había vivido en la biblioteca, como lo demostraban los restos de una cocina. Pero Elsa, la flamante señora de Borges, con la que él se había casado a los sesenta y ocho años (ella tenía unos diez o doce menos), no quería saber nada del tema. Por supuesto, tenía razón. La biblioteca era un sitio sombrío, y creo que en él también yo me volvería ciego. En la mesa principal estaba el diccionario de la Real Academia Española, y a Borges y a mí nos gustaba olerle el papel y la tinta. El único sitio de todo Buenos Aires donde mi traje de tweed no servía en invierno era en la fría y húmeda caverna de la oficina de Borges. Pero a mi espalda había una chimenea grande y ornamentada, donde ardía -sin llamas- un fuego de leños de eucalipto. De vez en cuando yo me acercaba a ella y disipaba por un momento el frío glacial. Uno agradecía esas pequeñas bendiciones. Lo que el artículo de la revista no muestra es el andar de cangrejo que yo había perfeccionado, en detrimento de los músculos lumbares. Las veredas de Buenos Aires son estrechas, y para avanzar por ellas con Borges apoyado en el brazo derecho tuve que aprender a dominar el arte de caminar adelantando la cadera y el brazo izquierdos. Para colmo, la mano izquierda extendida siempre llevaba un portafolios repleto de papeles y de libros. Allí iba yo con el Tesoro Nacional apoyado en el brazo, protegiéndolo del tránsito criminal, de los baches omnipresentes y de las baldosas rotas, apartándolo de los pozos abiertos y sorteando las baldosas flojas. Y mientras tanto, despacio, al mismo paso que nosotros, los colectivos avanzaban eructando unos gases espesos y negros sobre el Tesoro, sobre mi tweed espigado, sobre su monólogo acerca de Victoria Ocampo, a quien llamaba "reina Victoria" por sus aires majestuosos, o acerca de Ernesto Sábato, apodado "el Dostoievski de Santos Lugares" por sus ataques de melancolía;sobre la música verbal de Dunbar, Coleridge o el propio Bardo, cuyos "multitudinarios mares encarnados", rematados con "que vuelven rojo el verde", nunca dejaban de emocionar a Borges: al demonio con los baches, los escollos, la mugre, el hollín, el tránsito mortífero y los farfullantes colectivos.
Una vez, catorce años después y a sesenta kilómetros de distancia, del otro lado del río, en Uruguay, en la ciudad de Colonia, donde estaba ayudando a hacer una película sobre Borges para la BBC, encontré un portón entreabierto que dejaba vislumbrar un pintoresco jardín con una enorme higuera que maduraba en el centro. No pude resistirme. Totalmente cautivado, me metí. Enseguida salió corriendo de la casa, a detenerme, un hombre con expresión severa. -Lo felicito -dije con mi español más encantador para desarmarlo-. Su jardín es una joya.
El hombre, alto, buen mozo, se me acercó con desdén: sin duda, un porteño. Entonces la agresividad le desapareció de la cara.
-Yo te conozco a vos -dijo- o Te vi caminando por la calle Florida en 1969 o 1970 con Borges del brazo.

*
Hay apuntes en una serie de diarios, los viejos calendarios de la paz de la War Resisters League a los que era aficionado en aquella época, en los que registré esas primeras semanas tan intensas en Buenos Aires, a donde llegué a mediados de noviembre de 1968. Borges no se cansaba de ofrecerme en su país la hospitalidad que me había agradecido en el mío cuando nos separamos en Cambridge, Massachusetts, siete meses antes.

él y Elsa me fueron a esperar a Ezeiza la noche que llegué y me llevaron directamente al modesto hotel que ella me había buscado en la Avenida de Mayo, a poca distancia de su departamento. Al día siguiente, después de almorzar con ellos, Borges estaba impaciente por mostrarme la Biblioteca Nacional y unos pocos lugares cercanos, en el lado sur de la ciudad, que veneraba y que había convertido en mito. Una casa del siglo pasado;un arco con un enrejado;una calle larga de casas bajas;un parque polvoriento. "Después de todo, estos sitios significan mucho para mí;son mi pasado." Conmovía la manera en que se disculpaba por la falta de grandiosidad o glamour que yo, como bostoniano, tenía derecho a esperar. Pero eso era pura cortesía. Debajo de la cortesía uno sentía su intenso orgullo personal.
Empezamos a trabajar en la biblioteca a la mañana siguiente, un sábado, cuando el edificio estaba cerrado, porque ése había sido el pacto. Yo no iría a Buenos Aires como turista;sólo iría a continuar lo que habíamos empezado en Harvard durante los meses en que nos habíamos tratado. El diario de 1968 registra que trabajamos en el poema "Heráclito".
Ese mismo día me presentó a una estudiante, María Kodama, con quien se casaría dieciséis años más tarde, sólo unas semanas antes de su muerte. Y esa noche, la segunda que pasaba en la Argentina, me llevó a cenar a la casa de Adolfo Bioy Casares, donde me fueron presentados algunos de los amigos más íntimos de Borges. ése era un acontecimiento que yo había esperado durante meses;por la calidez de la recepción de Bioy y su mujer, Silvina Ocampo, era evidente que Borges les había hablado de mí. Bioy y Silvina eran escritores -él de novelas y cuentos, ella de cuentos y poemas y también dibujante de talento, que había estudiado con Giorgio de Chirico-, y los dos habían colaborado con Borges en varios proyectos literarios. Manuel Peyrou, el novelista, también estaba allí, y hacia el final de la velada llegó Teddy Paz, uno de los hombres de letras más jóvenes. Esa noche, esa cena, fue verdaderamente auspicios a, pero no sólo para mí, pues marcó el comienzo de cuatro nuevas amistades duraderas. Bioy sacó el auto y nos llevó a casa a la una de la mañana. Después de lo que había comenzado unos meses antes, la noche se convertiría en una de las más importantes de la vida de Borges.
Durante esas últimas semanas de su estadía en Cambridge, donde había dado las conferencias Charles Eliot Norton de 1967-68 y donde habíamos preparado la edición inglesa de una selección de sus poemas, leímos juntos docenas y docenas de sus sonetos, de los que elegimos unos cien y preparamos borradores. El soneto era una forma que él privilegiaba cada vez más, puesto que podía escribirlos fácilmente en la cabeza. Yo lo sabía, pero eso no me libraba de aburrirme de las mismas catorce líneas de en decasílabos, de la inevitabilidad de los siete pares de versos rimados. Esa limitación me producía claustrofobia. Se lo dije, sin intención de alterar nada nuestro proyecto. Se lo dije por la sencilla razón de que no había visto, ni una vez, que nadie se acercara a contar le la verdad. Cada poema, cuento o ensayo que había escrito era considerado una obra maestra;cada una de sus declaraciones, sobre el tema que fuera, parecía haber hechizado a los académicos a lo largo y a lo ancho de los Estados Unidos. A mí me confesaba sus miedos, sus deficiencias. Tenía la sensación de que no volvería a escribir;la misma sensación tenía Norteamérica. El aislamiento de Borges era cruel, asfixiante y total. Estaba en lo alto de un pedestal;era un monumento. Escuchó y explicó, sin pensar, que ahora no podía hacer otra cosa que sonetos. No defendió con vehemencia su postura y yo tampoco la mía. Me limité a recordarle los títulos de algunos buenos poemas escritos durante su ceguera que no eran sonetos, y no volvimos a tocar el tema. Pero uno o dos meses después de su regreso a Buenos Aires, Elsa empezó a enviarme, a intervalos regulares, una serie de poemas que eran nuevos y frescos y entre los que no había ningún soneto. Cuando llegué a Buenos Aires, tenía conmigo diecisiete poemas que no habían aparecido en ningún libro.
-¿Son todos poemas recientes o los encontró en algún cajón? -le pregunté la mañana en que abordamos "Heráclito".
-¿Por qué? -dijo Borges, presa del pánico-. ¿No le gustan?
-Son maravillosos.
-Ah, qué alivio -dijo-. Como ve, hice lo que usted me pidió que hiciera cuando estábamos en Cambridge.
-Sí, y eso significa que usted tiene aquí la mitad de un libro nuevo.
-¡No, no! -protestó Borges, hecho una furia-. No publicaré ningún otro libro. Hace ocho años que no publico libros y no quiero que se me juzgue por estas cosas. Nunca lo había visto tan fuera de sí. Era un asunto delicado, y no insistí.
Pero a la noche siguiente, durante la cena en la casa de Bioy, en tono agresivo, Borges soltó estas palabras: "Di Giovanni tiene una idea loca. Quiere que publique un nuevo libro de poemas". Después descubriría que ésa era su manera de actuar cuando se sentía inseguro pero quería dar la impresión contraria.
-Pero, Georgie -intervino Bioy, con aquella risa contagiosa-, me parece una idea espléndida.
Silvina estuvo de acuerdo;Peyrou estuvo de acuerdo.
No hizo falta agregar una sola palabra.
Un día de la semana siguiente recibí una inesperada llamada telefónica de Borges, que con un dejo de misterio en la voz me dijo que esa mañana tenía que hacer un trámite y que nos veríamos en la biblioteca un poco más tarde. Cuando nos encontramos, alrededor del mediodía, estaba exultante.
-Fui a ver a Frías -dijo. Carlos Frías era su editor en Emecé-. Le dije: "Frías, quiero publicar un nuevo libro de poemas".
Otra vez el tono agresivo.
-A ver si adivino cuál fue la respuesta de Frías -dije, poniendo cara seria-. Aceptó.
Borges se quedó atónito y desarmado por un momento.
-Sí. ¿Cómo lo supo?
Eso resolvió todo. Se había decidido. Estaba escribiendo un nuevo libro y quería que todo el mundo supiera que estaba escribiendo un nuevo libro. -¿Así que treinta y cuatro poemas? ¿Cree usted que es un número adecuado? Es la cantidad que le di a Frías. Usted está seguro de que tenemos diecisiete. Repasemos otra vez esa lista.
Repasamos la lista de títulos, que él se aprendió de memoria, contando los poemas con los dedos. Eso significaba, le dije, que desde ese momento sólo trabajaríamos juntos por la tarde. él tendría que dedicar la mañana a dictar el nuevo libro. Borges no puso ningún reparo.
Aquello era una escaramuza. La verdadera batalla aún no se había producido -aparecen algunas pruebas en las anotaciones de mi diario-, pero yo todavía tardaría seis meses en darme cuenta. La entrada del 4 de diciembre de 1968 dice que por la tarde fuimos a Palermo, el barrio de Buenos Aires donde había crecido Borges, y caminamos por las calles antes de ir a la vuelta a comer empanadas en la casa de Olga, la prima de Elsa. "Ahora no espere nada", había dicho Borges como preámbulo, con su estilo característico.
Nos habíamos conocido hacía exactamente un año y un día. Paramos en un viejo almacén, donde dos hombres jugaban con una baraja grasienta en una sencilla mesa de madera. El lugar estaba mal iluminado y casi vacío. Borges pidió un par de cañas quemadas. Después de salir me confesó: "Pedí una chica porque la grande me hubiera derrotado." Me dijo que hacía treinta años que no andaba por ese lugar. Entonces, como un colegial entusiasta, me mostró un callejón estrecho y empedrado, y me hizo notar que era atípico porque corría en diagonal en vez de formar el lado de un cuadrado. Y en el acto se puso a narrar el "argumento de un cuento que tiene como protagonista el fantasma de Juan Muraña". (Me dice esto una entrada en una libreta de bolsillo.) Por supuesto, enseguida se lamentó de no poder escribir nunca ese cuento;todavía lograba componer poemas, pero la prosa ya estaba fuera de su alcance para siempre. Yo me mostré comprensivo.
él y Elsa fueron invitados a Israel en las primeras semanas del año nuevo, y Borges volvió cargado de pequeñas e irónicas historias sobre la Tierra Santa. Los israelíes, me dice una anotación en una libreta, eran "una pandilla de rusos o alemanes disfrazados, que juegan a ser personajes del Antiguo Testamento: Noés". Pero estaba eufórico. Trabajaba, y eso para Borges era una manera de justificar la existencia. Y lo más notable de todo era que trabajaba más que nunca en su vida. (ésa fue una observación de Bioy, que tenía cerca de cuarenta años de experiencia con los hábitos de Borges.) Pasaba las mañanas trabajando en los nuevos poemas de su libro, dictándolos a una secretaria. En febrero dedicamos las tardes a traducir y a reescribir la larga serie de ensayos en miniatura que forman El libro de los seres imaginarios. Para entonces yo había quemado mis naves y estaba decidido a quedarme en la Argentina más que los cinco meses que había planeado. Terminamos Seres imaginarios el 20 de mayo de 1969;Borges estaba tan encantado con el resultado que insistió en que cualquier traducción futura del libro tendría que basarse en nuestra versión inglesa. También insistió en que celebráramos la terminación del trabajo escribiendo algunos nuevos artículos para el libro directamente en inglés. Fabricamos cuatro, y pusimos en ellos todo tipo de tonterías, como el largo apellido holandés de uno de mis amigos y el número de mi calle y departamento en Buenos Aires. Fue todo muy divertido, una de esas situaciones de las que tanto disfrutaba Borges. Tres días más tarde dimos los últimos toques al libro con un nuevo prólogo;otros tres días más y el manuscrito volaba hacia Nueva York.
-A Norteamérica -dijo Borges al buzón, dándole una palmada cariñosa-. Siempre le digo al buzón el destino de la carta. Si no, ¿cómo podría saberlo? Las anotaciones en el calendario de la paz de ese año dicen que el 11 de junio Borges y yo trabajamos en las páginas 17-19 de un cuento suyo de 1951: "Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto", y que esa tarde tomamos un taxi hasta las oficinas de sus editores, al dos mil de Alsina, para entregar el último poema de su nuevo libro, Elogio de la sombra. Una enmienda agregada más tarde entre paréntesis deja constancia de que "después de esa fecha se entregó más material". Luego, en el prólogo al volumen, Borges diría que ése era su quinto libro de poemas, y que "a los espejos, laberintos y espadas que ya prevé mi resignado lector se han agregado dos temas nuevos: la vejez y la ética". Resultó que había algo más en el libro: un grano de arena que haría una perla. Era un cuento, no un poema en prosa, de no más de tres o cuatro páginas, sobre un hombre que se oculta en un sótano durante nueve años.
Después de nuestra excursión por Palermo, Borges siguió lamentándose de que no podía escribir los cuentos que no dejaba de elaborar mentalmente. En los meses siguientes ése fue un tema de conversación cada vez más frecuente durante nuestros paseos de ida y vuelta a la biblioteca. En cierto momento -pero mucho más adelante- empecé a llevar la cuenta de esos lamentos;en la lista que hice anoté ocho. Ese otoño dejé de escucharlo en silencio e inicié una campaña sutil de apoyo, reforzándole la confianza y demostrándole que su etapa de cuentista no había concluido ni mucho menos. Yo tenía dos naipes en la manga. Una era un cuento de cinco páginas, "La intrusa", que había dictado a su anciana madre tres años antes;la otra era el reciente "Pedro Salvadores", sobre el hombre en el sótano.
-Claro que puede -le decía-. Después de todo, la diferencia de extensión entre "La intrusa" y cualquiera de sus otros cuentos no es de más de una o dos páginas.
Quizá exageraba un poco, pero él nunca me discutió ese razonamiento. Por el contrario, mis palabras hicieron que se abriera, y empezó a usarme como caja de resonancia para otro cuento, del que me contó el argumento. Quería mi opinión acerca de algunos elementos específicos: ¿tendría que agregar otro incidente? Los personajes principales ¿eran bastante diferentes?
Yo nunca trataba de darle respuestas, sino de plantearle más interrogantes. "¿Qué otras opciones imagina?", le preguntaba una y otra vez.
Borges reflexionaba, presentaba una idea y la estudiábamos. Yo sabía que él andaba preparando algo, y estaba decidido a apuntalar su estado de ánimo sin permitirle soltar el anzuelo.
Entonces, al llegar a su puerta:
-No, creo que ya es demasiado tarde;no creo que pueda hacerlo.
-Tommyrot* -le decía yo. Su argot eduardiano, como yo lo llamaba, era una de nuestras bromas favoritas-. ¿Por qué no lo intenta? Es una buena historia. Basta con escribir "Pedro Salvadores" dos veces. Ocho páginas. Usted puede hacerlo.
La situación se prolongó varias semanas. Un día, en medio de todo eso, Manuel Peyrou llamó desde La Prensa, donde trabajaba como redactor, para decirle a Borges que el diario celebraba ese año su centenario e invitaba a todos los escritores argentinos de renombre a participar en una serie de suplementos dominicales especiales. ése fue otro momento crucial. Poco después, Borges les llevó un poema. Pero al día siguiente, en vez de sentirse bien, estaba triste.
-Me parece que lo que querían no era un poema -dijo.
-¿A qué se refiere?
-Me parece que querían un cuento.
-Claro que querían un cuento. A todos nos gustaría ver un cuento. ¿Por qué no les escribe uno? En ningún momento pensé que La Prensa estuviera descontenta con el poema;Peyrou sabía, por supuesto, que Borges había dejado más o menos de escribir cuentos en 1953. Y ahora Borges andaba con remordimientos de conciencia. La Prensa le había ofrecido la misma cantidad por un poema o por un cuento, y él sentía que los había estafado. Fuera cual fuese la verdad, ahora todas las misteriosas piezas encajaban rápidamente.
En la biblioteca era un secreto a voces que Borges estaba dictando un verdadero cuento;él sabía que yo lo sabía pero, supersticiosamente, no me decía una palabra. No hacía falta: el equipo de secretarias me daba un informe diario. Pasó por dos o tres borradores y le llevó dos o tres semanas escribirlo. Cuando lo terminó me confesó que lo había escrito, pero no se ofreció a mostrarme el resultado. Le di su tiempo.
Unos días después le mentí diciéndole que necesitaba plata. Sacó la billetera que llevaba en el bolsillo superior del saco y me preguntó cuánta necesitaba. No, me reí, y le expliqué que estaba pensando en el cuento nuevo, que yo quería traducir y vender al New Yorker, donde había estado apareciendo con regularidad lo que hacíamos. Eso ocurrió un lunes. Muy bien, dijo, pero no ese día. Yo tendría que esperar hasta el viernes.
No había ninguna razón para que no me diera el cuento allí mismo y en ese momento, pero como existía la remota posibilidad de que el viernes no llegara nunca, se engañaba creyendo que podía librarse de mi juicio. Era complicado;era caprichoso;era Borges.
Pero llegó el viernes -según mi diario era el 16 de mayo- y no se podía aplazar más la entrega. Después de la cuota vespertina de Seres imaginarios, y cuando ya estábamos a punto de salir, puso el manuscrito en mis manos y dijo: "No lo lea hasta e11unes;entonces hablaremos de él." Supongo que era un último intento desesperado;quizá pensaba que ahora tendría más suerte y que el lunes no llegaría nunca.
El cuento era "El encuentro", una historia maravillosa situada en 1910, sobre dos jóvenes adinerados que discuten por una partida de naipes y se baten a duelo con cuchillos y uno de ellos muere. Al mismo tiempo, por el lado fantástico, es un cuento sobre la vida secreta de las armas que los hombres habían elegido. Me pareció de una notable perfección, y el borrador sólo tenía un par de defectos menores. Uno era que en la oscuridad, en una casa sin luz eléctrica, dos personajes se ponen a estudiar una vitrina donde hay una colección de viejos cuchillos.
"Eso es fácil -dijo Borges mientras trabajábamos en la traducción-. Haremos que uno de ellos encienda una lámpara." Y en el acto, en inglés, me dictó una línea para corregir el descuido. En las entradas de mi diario consta que el 3 de junio trabajé hasta muy tarde pasando a máquina "The Meeting" para el New Yorker, y que a la tarde siguiente, en la biblioteca, Borges y yo tradujimos los fragmentos de material nuevo al español y los insertamos en unas galeradas que después entregamos a La Prensa, donde Peyrou nos dio a cada uno un ejemplar de El hijo rechazado, su última novela.
A las tres semanas recibimos carta de Robert Henderson del New Yorker: aceptaban "El encuentro", y esa noticia tuvo un notable efecto sobre Borges. Nada, en realidad, habría hecho tanto por mejorar1e espectacularmente la confianza. En julio, los días 17 y 18, le leí pruebas de páginas de Elogio de la sombra, y después las leí una vez más solo. Corregí nuevas pruebas el día 28. El libro fue publicado con bombos y platillos en agosto, coincidiendo con el septuagésimo cumpleaños de Borges. Tres días antes, en la noche del 22, Emecé hizo una extravagante presentación del libro en un escenario de la Galería Van Riel, donde un tal doctor E. Molina Macías (quienquiera que fuese) habló largo y tendido, y la "primera actriz" (con lo que eso pueda significar) María Rosa Gallo y los "primeros actores" (ídem) Enrique Fava y Luis Medina Castro leyeron buena parte de los poemas. El sitio estaba repleto y era una especie de circo. En el ejemplar del libro que me dio el día anterior, Borges había escrito: "Al colaborador, al amigo, al promesso sposo", porque yo me iba a casar en unos días. El domingo, el día de su cumpleaños, Elsa hizo una pequeña fiesta con una torta glaseada de azul y blanco, con la forma y los colores del propio libro. Hasta se podía leer el título. No era ése el estilo de Borges, pero igual estaba radiante. Al día siguiente fue el casamiento, con Elsa y Borges de testigos oficiales en el registro civil, y con la hermana de ella, Alicia Ibarra y su prima Olga y Teddy Paz de extras. La pobre Elsa se vio obligada a hacer una segunda fiesta en dos días, esta última para los promessi sposi. Allí estaban Silvina Ocampo y Manuel Puig;también estaba Elogio de la sombra: no el libro sino la torta, o lo que quedaba de ella. Además de la torta del casamiento. Para entonces, sensatamente, Borges se había cansado, y no asistió. Se fue a trabajar a la biblioteca.
Después de eso, todo se transformó en un torbellino. En octubre, dos días antes de que "El encuentro" apareciera en La Prensa, Borges terminó otro cuento, "Historia de Rosendo Juárez";el día que pusimos punto final a la traducción, entregamos el original en La Nación. Ahora lo que hacía Borges llegaba a mis manos en cuanto lo terminaba. En noviembre me dio "El indigno", que llevamos con nosotros para traducirlo en los Estados Unidos mientras Borges daba unas conferencias en Oklahoma y después celebrábamos charlas y lecturas en varias otras universidades. "Juan Muraña", la historia de la que me había hablado un año antes en el mismo sitio donde había ocurrido, quedó lista a mediados de enero. Ahora no había quien lo parara. A continuación vino "El duelo", pero antes de darle los toques finales ya empezó a dictar "El otro duelo". Hacía tiempo que sabía que estaba haciendo lo imposible: escribir un nuevo libro de cuentos. El 3 de marzo terminó "Guayaquil" y el 5 empezó "El informe de Brodie". El día que terminó "Brodie" empezó "El Evangelio según Marcos", cuyo primer borrador estuvo preparado en menos de una semana. La única dificultad apareció al terminar el octavo cuento. Para entonces estaba tan impaciente por ver la colección impresa que se le acabó la paciencia. Menos mal que lo que se le había acabado era la paciencia y no los cuentos. Tenía otros tres pensados, pero no podía esperar. Como todos los textos que había terminado eran muy cortos, no harían un libro de más de setenta páginas, y eso me parecía un error. Borges había estado invocando a Kipling y los Plain Tales from the Hills como modelo de brevedad, pero yo le señalé que los Plain Tales eran cuarenta y ocupaban más de trescientas páginas. Fue inútil;él quería ir a ver a Frías para decirle que pensaba publicar un libro de ocho cuentos. Y allá fue.
Levanté el teléfono, llamé a Frías y le expliqué la situación. "Dígale que no -le pedí-. Dígale que debe escribir por lo menos otros tres relatos. Los tiene en la cabeza pero no quiere trabajar."
Frías vio que yo tenía razón. Borges regresó y me contó que Emecé le pedía otros tres cuentos. Dicho sea en su honor, esa novedad no lo puso de mal humor ni por un instante. El mal humor, como la autocompasión, no estaba entre los rasgos de Borges. Comenzó a trabajar inmediatamente en los tres cuentos que le pedían, quizá dando las gracias por tener otras tres historias que contar. Nunca le hablé de mi intervención. A mediados de abril nos pusimos a releer y a ordenar el manuscrito, una semana más tarde lo entregó y a principios de agosto apareció El informe de Brodie. Desde cualquier punto de vista era un logro notable;en sí mismo, poco menos que un milagro. Después de nueve años sin escribir un libro, ahora, en un plazo de doce meses, había escrito dos. Como Turner, un pintor que él admiraba, Borges intentó de viejo algo nuevo, más libre, más personal. En muchos sentidos lo consiguió;sin lugar a dudas, la prosa de sus últimas obras es menos barroca y más responsable. Sentía que por fin había encontrado su voz. Detrás de Elogio de la sombra vendrían otros seis volúmenes de poemas;a El informe de Brodie siguieron otros diecisiete cuentos.
"Ya no considero inalcanzable la felicidad", dijo con valentía al pasar los setenta.
Ese año, cuando salió el libro, no hubo celebraciones, y tampoco torta, por supuesto. Lamentablemente, todo eso había cambiado.

* Tonterías, paparruchas. (N del T.)

La lección del maestro, Norman Thomas di Giovanni, Editorial Sudamericana "Señales", Pp. 15-34-