REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Sobre sectas y la apropiación de la voluntad


Hugo Enrique Sáez A.

1. Técnicas de sometimiento subjetivo
Una secta… ¿Qué nos imaginamos al pronunciar esta palabra? Por supuesto que de inmediato evocamos la matanza (“suicidio voluntario”) de 900 o más personas por el “reverendo Jim Jones” en Guyana, o la cruenta batalla en Waco, Texas, entre otros episodios de violencia criminal. En Internet pululan cientos de videos que ilustran otros abusos y humillaciones sufridas por personas inteligentes que se entregan a la voluntad de un jefe muy hábil en el arte de la manipulación, y por lo general con ambiciones de enriquecimiento que contrasta con la austeridad que exige a sus seguidores. Nos invade un sentimiento de lejanía frente a esos casos de culto ajenos a nuestra realidad cotidiana. Y nos cuidamos de que algún miembro de nuestra familia vaya a caer en sus redes, sobre todo en la adolescencia.
Rastreando su etimología, es probable que el término “secta” provenga del latín secta, “femenino de sectus, participio activo arcaico de sequi, ´seguir´” (Guido Gómez de Silva, Breve diccionario etimológico de la lengua española). Se trata de grupos homogeneizados y normalizados que siguen a alguien; sin pensamiento personal se va detrás de un líder o un maestro, quien representa una doctrina religiosa, cultural o civil. También se le atribuye un vínculo con el verbo latino secare, cortar o separar, dado que una característica de las sectas consiste en su aislamiento del resto de la sociedad. La palabra “insecto” proviene de ese verbo, y a veces es la condición a que son subyugados los integrantes de una secta.
Durante un congreso médico realizado en 1986 en Wisconsin, Estados Unidos, se definió a las sectas en los siguientes términos: “Movimiento totalitario caracterizado por la adscripción de personas en absoluta dependencia de las ideas del líder y de las doctrinas del grupo dirigidas por el líder, que puede presentarse bajo la forma de entidad religiosa, asociación cultural, centro científico o grupo terapéutico; y que utiliza las técnicas de control mental y de persuasión coercitiva para que todos los miembros dependan de la dinámica del grupo, y pierdan su estructura y su idea de pensamiento individual a favor de la idea colectiva y del grupo, creándose muchas veces un fenómeno de epidemia psíquica y un fenómeno de pensamiento colectivo, sin que tenga que ver la personalidad propia del individuo.” (Sectas y sectarios: Psicopatología de un fenómeno esclavizante, de Salomé Benoit y Santiago Raúl Cancrini). https://books.google.com.mx/books?id=L-
Expertos en psiquiatría estaban alarmados en aquella época por el tratamiento de numerosos pacientes con intentos de suicidio y graves afecciones de su personalidad que los mantenían en condiciones de parálisis emocional e incapacitados para estudiar o trabajar. El rasgo que los unificaba era haber sufrido el despotismo de organizaciones sectarias, que no eran necesariamente religiosas. Grupos de autoayuda o de superación personal, organizaciones políticas clandestinas, escuelas dogmáticas y empresariales, familias en proceso de desintegración, comunas autosuficientes, religiones orientalistas, figuraban entre las instituciones y organizaciones que lastimaban con severidad a sus seguidores.
Los niveles de violencia en la sociedad están alcanzando estándares que hacen peligroso el simple desplazamiento por las calles o la convivencia de las parejas bajo un mismo techo, por mencionar hechos en que la amenaza de padecer lesiones es cada vez mayor, según las estadísticas y la información periodística. En este artículo me propongo mostrar hasta qué punto algunas técnicas propias del sistema de sometimiento hipnótico ejercido en las sectas se está propagando parcial o totalmente a instituciones educativas, familiares y por el culto de Internet y las ludopatías. Quizá algunos juzguen exagerada mi posición al respecto. Las sectas suelen buscar un aislamiento físico, apartado de las ciudades, para encerrar bajo ciertos límites a sus acólitos, una operación que la escuela, el celular o la familia no llevan a cabo, salvo en casos de abierta patología, como el encierro por 18 años a que un hombre sometió a su mujer e hijos para aislarlos del “dañino mundo exterior” (historia retratada en la cinta de Ripstein, El castillo de la pureza).

2. Indicadores de las acciones sectarias
Mi tesis sobre aquella violencia en que se causa daño a la subjetividad se apoya en los siguientes supuestos. Primero, las sectas emplean una batería de técnicas para despersonalizar a los sujetos y sojuzgarlos capturando su voluntad, con efectos parecidos a los que genera la droga llamada burundanga, que suministrada a un individuo determina su acatamiento de órdenes como autómata. Segundo, de algunas de esas técnicas se apropian directivos de instituciones públicas o privadas para rodearse de ciertos adeptos y vigilar con su ayuda la conducta individual de quienes participan como subalternos. Tercero, el resultado es que quienes permanecen en la institución o del instrumento técnico, privados de voluntad propia, desarrollan el síndrome del amor esclavo hacia sus amos. Cuarto, el aislamiento no es necesariamente físico; se le sustituye por una toma de distancia frente a sus familiares y amistades; es decir, se les encierra en una burbuja moral que opera como escudo inmunitario frente a las influencias externas. Quinto, una técnica muy específica se aplica para borrar la historia individual como equivocada y prometer una vida auténtica bajo la supervisión y los valores de aquellos que ejercen la hegemonía en el interior de la institución.
Como dijo el descuartizador, vamos por partes. A continuación presento una breve lista de los síntomas que caracterizan a una secta, principalmente de tipo religioso, como la Iglesia de la Cienciología, que es un arma de reclutamiento presuntamente promovida por la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos.
• El líder, maestro, jefe, funcionario, gurú se presenta como único dueño de un conocimiento secreto y los conduce a lugares lejanos a su domicilio. Por lo tanto, la obediencia se transmuta en culto a su personalidad.
• La fuente de autoridad puede ser un escrito del líder, como en el lamentable caso de Osho, que indujo a la violencia a sus secuaces. A partir de esa “biblia casera” se extraen mantras que se repiten para adoctrinar.
• Además, se difunde la “historia sagrada” del dirigente como la máxima revelación del saber y del poder.
• Se les promete a los seguidores el aprendizaje de una disciplina que los dotará de un poder especial, y así materializarán sus sueños de grandeza para encontrar el sentido de su existencia.
• El aprendizaje cuesta dinero en abundancia. Hay sectas que inducen al hurto de objetos de valor propiedad de la familia del sujeto.
• Nada del mundo exterior tiene sentido, sólo vale la pena obedecer al líder y eliminar cualquier duda sobre el camino correcto que él señala.
• Sólo se les requiere que asuman un compromiso total con el grupo, que a menudo va acompañado de un ritual; en un caso que conozco, a una alumna se la presionó hasta que rompió frente a los demás el objeto de mayor valor para ella.
• Tienen que borrar su historia personal porque habría estado plagada de errores, y se les obliga a confesar esos “pecados”.
• Se los somete a un control minucioso de sus actividades por medio del “estado mayor” del maestro, que acumula toda la información. La cotidianidad se examina como en el panóptico.
• Dicho estado mayor suele conformarse con alguna mujer convertida en pareja sexual del amo y con espías reclutados entre los más dóciles.
• Se tiende a controlar sus vidas las 24 horas del día. Poco a poco van identificando sus puntos débiles y hacen detonar sus emociones para apropiarse de su voluntad.
• Se trata de que el sometido no piense, y para ello se le asignan tareas agotadoras desde el punto de vista físico y mental, de modo que reste poco tiempo para dormir.
• La doctrina impartida se encarga de pensar por los individuos, que se convierten en soldados uniformes de esa causa.
• Quienes manifiestan rebeldía o se resisten a esas técnicas son culpabilizados con juicios agresivos aludiendo a sus defectos o debilidades. Así se logra introducirse en la mecánica de sus emociones.
• Cuando se quiebran o lloran se los recompensa diciendo que han logrado un avance, al tiempo que se aprovecha la oportunidad para señalar a su cuerpo o a su personalidad como una barrera para avanzar. Hay algo malo en ti que nosotros eliminaremos.
• Si hay críticas externas al grupo, se las califica como una amenaza a la existencia de todos. Ya se ha logrado crear una dicotomía: nosotros frente a ellos (los equivocados, los que nos ponen en peligro).
• Las funciones corporales se condicionan mediante la respiración o el uso de la voz, o bien practicando la meditación por largas horas.
• Se obliga a que la gente permanezca en silencio mientras oye los sermones hipnóticos del gran gurú.
• Se regresa a una situación infantil de indefensión que sólo se soporta con el apoyo del grupo ya normalizado en su ideología.
• Se practica un auténtico lavado de cerebro en que la dependencia y el conformismo se valoran por encima de la autonomía y la individualidad.

3. Más allá del autoritarismo, la demolición de la identidad
Ahora bien, como se ha expuesto, las sectas en general aplican métodos de subordinación y explotación de la intimidad del individuo que a menudo se manifiestan parcialmente en instituciones como las escuelas, las familias, las oficinas y las fábricas, los medios, las entidades culturales, organizaciones religiosas, etcétera; sin que por ello las califiquemos como sectas, aunque los efectos de las técnicas de absorción de la subjetividad sean similares en cuanto al daño infligido. Poco a poco se desvanecen los límites entre el profesionalismo y la intimidad de los sujetos sociales. Así, me han comentado el caso de una estudiante de la UNAM acosada sexualmente por su profesor. Después de asistir a una de sus clases la joven se arrojó a las vías del Metro capitalino. Habrá quienes argumenten en el sentido de que esa muchacha ya arrastraba conflictos psiquiátricos. Correcto, pero el ambiente de hostilidad y acoso terminan convirtiéndose en un catalizador de sus problemas y la conducen a una decisión fatal. Y por analogía con la química, empleo el término catalizador como un elemento que “acelera” una reacción.
Hay escasa vigilancia sistemática sobre estas conductas en las instituciones educativas. Las denuncias no se presentan por temor a las represalias que adoptarían las autoridades, quienes a menudo se sostienen con mecanismos de compadrazgo con otros funcionarios que garantizan complicidad e impunidad. Pululan los relatos sobre profesores de todos los niveles que cobran por sus calificaciones, ya sea en especie monetaria o corporal. Se señala con timidez que hay estudiantes privilegiados por el solo hecho de simpatizar con el docente. En el Instituto Tecnológico de Monterrey, sede México, un notable profesor originario del Congo y doctorado en Lovaina, Bélgica, reprobó a un estudiante de su materia. El coordinador de estudios se le acercó para instarlo a que corrigiera esa calificación porque el papá de la criatura aportaba dinero a la institución. Con criterio profesional, el docente se negó a modificar la nota. Como era obvio, fue eliminado de la plantilla académica.
Culpabilizar, descalificar, ofender, amenazar son actos que la Comisión Nacional de Derechos Humanos considera violencia en una escala de 30 causas de agresión contra la integridad de las personas, en especial alterando sus emociones y despojándolas de su identidad individual. El abuso sexual, físico o verbal, se ubica en el nivel 27. Asimismo, cabe apuntar que muchas prácticas cotidianas –el bullying, por ejemplo- eran consideradas hasta hace poco como “costumbres inocuas”, e inclusive había padres que regañaban a sus hijos varones cuando se quejaban de golpes u ofensas por parte de sus compañeros. La “solución” era que se “hicieran hombres” y respondieran con mayor violencia a los golpes recibidos.
En un mundo que se inclina al totalitarismo, hoy el autoritarismo en las relaciones cara a cara se propaga en las instituciones y tiende a normalizarse, es decir, llega a considerarse normal la exigencia de acatamiento incondicional a la autoridad. El problema central de la aplicación de técnicas de pérdida de identidad estriba en que la educación y la familia se organizan como empresas que reclaman mayor rendimiento. Con miras a lograrlo, se utilizan criterios de especialización extrema basándose en la subordinación de los individuos, que optan por entregar su propia mente a los objetivos de la acumulación en todos los ámbitos. Por consiguiente, el agotamiento del cuerpo impide pensar y se entrega a una carrera en que la recompensa consiste en superar nuevos escalones hacia el éxito económico. En esa carrera que sólo tiene sentido para quien fue persuadido, una vez que se ha superado un obstáculo, surge una nueva necesidad a satisfacer. Círculo vicioso entre producir para consumir y consumir para producir.
La soberanía nacional, menguada, pero todavía existe, aunque restringida ahora por la tutela que las grandes potencias y los organismos internacionales ejercen sobre el Estado nacional como subsistema subalterno. Se transita por un proceso a escala planetaria en el que la obediencia a las leyes estatales se somete a la obediencia de las leyes económicas elaboradas por especialistas neoliberales, entendidas como la contribución a un crecimiento continuo de la producción y los servicios, mediante el aumento exponencial del rendimiento y la orientación de todas las actividades sociales, culturales y políticas a funcionar como empresa. Por supuesto, las leyes de la economía no son el producto de una elección popular, y las autoridades de las democracias modernas surgen de una propaganda diseñada de acuerdo con los preceptos de Goebbels: “Una mentira repetida muchas veces termina por convertirse en verdad”.
A su vez, las sectas criminales siguen multiplicándose y abarcan actividades que trascienden el ámbito religioso que antes se les atribuía, y se dedican a la prostitución de mujeres secuestradas y luego encerradas en tugurios bajo vigilancia para que los clientes abusen de sus cuerpos. No es tema del presente escrito explorar el campo delictivo de las sectas, que se mueven en el narcotráfico, en la economía y en la política. La sola mención de la Colonia Dignidad en Chile, dirigida por el racista Paul Schäfer en el decenio de 1970, merecería una investigación a fondo sobre el abuso sexual de niños y la tortura a opositores políticos de la dictadura militar encabezada por Augusto Pinochet.