REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
11 | 11 | 2019
   

Homenaje

La ciudad y el generoso amor de René Avilés


Hugo Enrique Sáez A.

(Discurso pronunciado en un homenaje de la UAM-X al querido René. Se publicaría en un libro junto con otros textos de quienes participamos en aquella ocasión. Como siempre, “René, topamos con la burocracia” habría dicho don Quijote, en lugar de la iglesia. Un funcionario que se dice investigador consideró que el material reunido “no calificaba” para libro del comité que presidía. Hay personas inmunes al generoso amor de las páginas del gran escritor fallecido el 9 de octubre de 2016. Dejo el artículo en presente, porque para nosotros René Avilés Fabila sigue presente en nuestras vidas)
Quise escribir, en honor al amigo, una inmaculada hagiografía que lo inmortalizara. Infructuoso esfuerzo, el modelo de marras es incorregible y su iconografía no cuadra con los cánones convencionales; los santos no sonríen, sufren; y hallar una foto suya con rostro beatífico para ilustrarla resulta una empresa destinada al fracaso. René Avilés Fabila goza de envidiable vitalidad, a diario asesta insolentes cachetadas a la solemnidad y se resiste a que lo embalsamen con la categoría de momia sagrada, a la que ya aspiran incluso antiguos y conspicuos militantes de la izquierda. Además, en abierto sacrilegio, su espíritu dionisíaco ha declarado que como miembro de la sociedad protectora de animales levanta su dedo flamígero en contra de san Jorge por andar matando dragones. Me conformo entonces con algunas pinceladas hechas de palabra que reflejen los perfiles relevantes de este escritor y catedrático mexicano.
En una época de intelectuales light y de chicas de plástico, René Avilés Fabila es una rara avis académica que desborda una implacable energía creadora, en contraste con la creciente asepsia característica de las instituciones de educación superior, y de las instituciones en general. Con el temible escalpelo de la ironía y el humor, nos incita a no permanecer callados, a que nos atrevamos a inventar un proyecto de vida propio, aun con las contradicciones y titubeos que nos salgan al paso. Si se pretende indagar su biografía, se hallarán fragmentos dispersos en innumerables artículos que analizan su obra; tanto en libros y revistas, como en wikipedia y en un número de Newsweek (febrero de 2012) que le dedicó la portada.
¿Qué hay detrás de este juego de máscaras (de lenguaje, diría Wittgenstein) en que nos sumerge su proteica figura: novelista que prefiere identificarse como escritor de cuentos; licenciado en relaciones internacionales (profesión no ejercida); becario en la Sorbona, París (en busca edípica del padre perdido, interpreto yo); periodista informado y crítico; funcionario universitario despojado de rémoras burocráticas; autor y catedrático premiado con altas preseas; analista político en Siempre! y otras publicaciones señeras; fundador de la revista El Búho, que surgió como suplemento en el diario Excelsior y que ya lleva 14 años de vida independiente; maestro sembrador de numerosos talleres literarios; experto bebedor y sommelier; apasionado investigador, al rescate, del pasado mexicano y representante distinguido de la literatura enfocada a capturar la dinámica de esa megaurbe (el DF) que se engendró a partir de la embrionaria aldea de principios del siglo XX? La enumeración emula la visión de Borges en el Aleph, con la misma restricción del nunca Nobel: “Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es”. Quizá una de las múltiples respuestas a esta danza de máscaras heterogéneas nos la proporcione la lógica de Lewis Carrol por medio de Alicia cuando confiesa “No me gustan los espárragos, porque si me gustaran tendría que comerlos, ¡y no los puedo soportar!” Soy y no soy, estoy aquí pero también estoy más allá. ¿Reflejo de la sabiduría popular mexicana encarnada en el “lo más seguro es que quién sabe”? La amorosa Rosario, su esposa, es el único puerto seguro de este siempre inquieto trashumante.
Pululan en su obra los genes de grandes hitos literarios: Jorge Luis Borges, José Revueltas, Franz Kafka (que si hubiera nacido en México habría sido un autor costumbrista, según algunas lenguas malignas), Juan José Arreola, Juan Rulfo, Julio Torri. No obstante, su inspiración ancla en la experiencia cotidiana: “Un cuento te lo puede sugerir cualquier cosa: una película, una conversación, un cuadro, una novela que leíste. Pero esta idea tengo que trabajarla, reflexionarla durante días, luego escribirla, rescribirla e incluso dejarla reposar para volver a ella, en fin, de manera que esas seis o siete líneas llevan un trabajo mucho mayor del que a primera vista alguien pudiera imaginar.” (Entrevista realizada por Mempo Giardinelli, quien quedó impactado cuando le comuniqué la repentina muerte de René). Si algo le molesta a René es que los artistas y los intelectuales vivan alejados del entorno social que los rodea, pero muy cerca de la ubre del Estado. Los casos abundan, aunque en la plática con Sergio Sarmiento éste evocó a Fernando Benítez, crítico del gobierno y del partido hegemónico, que terminó habitando una casa regalada por Carlos Hank González (“un político pobre es un pobre político”), personaje que a los pocos días de morir fue objeto de elogiosas páginas escritas por el brillante historiador. Lo que quizá no se recuerda es que el mismo político conservador, siendo alcalde de Toluca, les prestó a Fidel Castro y a Ernesto Che Guevara un campo de tiro para que entrenaran antes de embarcarse en el Granma con destino a la guerrilla en Cuba.
En medio de la presentación de uno de sus libros, ingenio de por medio, René empezó a contar que había ordenado hacer una placa de bronce con la inscripción “Aquí nació René Avilés Fabila el 15 de noviembre de 1940”. Después, dijo, se había dirigido al que fuera su solar natal y sin dificultades la había colgado en la pared del frente. Orgulloso de su hazaña, en unas semanas se habría dado una vuelta para admirar ese merecido homenaje. La placa había sido arrancada. “Ahora, cada tanto, llevo una placa de madera mucho más barata para sustituir a la que siempre quitan”. Ése fue su lapidario colofón.
Inventar citas inexistentes de autores es una práctica en sus libros, idea que, como él confiesa, se la robó a Borges. Entonces, ¿por qué no aplicarla a la vida misma, haciendo de una anécdota verbal un hecho real? Uno de sus personajes se regodea por tener una amante muy cómoda, ya que llegaba caminando a su casa. “A mi edad, no admito amantes que vivan al norte de Taxqueña”. Oliverio Girondo no soportaba a las mujeres que no supieran volar, mientras que en aquel relato se sentencia a las que equivocaron el lugar de su domicilio.
Compartir el tiempo con él es muy divertido. No puedes pasar una hora sin que su humor no ilumine el mínimo detalle en tu derredor. Pero esa diversión no es superficial, horada las banalidades y descubre que todo en este mundo es algo producido, que no hay esencias inmutables. En ese escenario se trastoca lo trágico en farsa y se trasgrede el principio de identidad. Al igual que Steinbeck, en su prosa hay pausas de un humor que acerca la literatura a los estilos de la gente común, al tiempo que escandaliza a las buenas conciencias infestadas de solemnidad. “John Wayne cruza la calle at high noon. Se desplaza con insolencia propia de quien ha matado cientos de indios y de comunistas. Abre y cierra sus manos con vigor, justo a la altura de la funda. Toma impulso y de un patadón irrumpe violentamente en el saloon. Mira a todos. Saca el arma y orina con profusión sobre la barra salpicando a uno que otro parroquiano que no atina a quitarse a tiempo.” 1
Un director de división académica, de cuyo nombre sí me acuerdo pero mejor no revelo, llegó a tal nivel de desesperación frente al indomable provocador de ideas (oficio al que nunca ha renunciado) que en una reunión de consejo académico le advirtió que a la siguiente ocasión vendría a la universidad con pistola en mano para matarlo. Al salir de esa ardiente polémica coincidimos en el pasillo y en lugar de toparme con alguien lívido de temor por la amenaza verbal recibida, su ironía rebajó el incidente a la insignificancia que merecía: “Por las dudas, a la próxima sesión vendré vestido con chaleco antibalas”.
La edición de sus obras completas por la editorial Nueva Imagen nos devolvió en 2001 un texto imprescindible, entonces agotado, El gran solitario de Palacio, novela emblemática que conserva actualidad después de cuatro décadas. De hecho, el tema del “hombre fuerte”, del déspota que abusa del poder a su antojo, se manifiesta en numerosos novelistas, desde Tirano Banderas de Valle Inclán, pasando por Yo, el supremo de Roa Bastos y El señor presidente de Asturias, hasta El otoño del patriarca de García Márquez. Por supuesto, la lista no es exhaustiva ni pretende serlo. Ahora bien, en ese extenso panorama de novelistas que han mostrado las nauseabundas entrañas del poder con claras referencias a la realidad latinoamericana, ¿qué características específicas definen la narración de René Avilés Fabila?
Primero, el contexto en que se produce. A comienzos de la década de 1970, su osadía lo lleva a escribir y publicar su “gran solitario”. Eran tiempos difíciles para el pensamiento crítico y creador. La muerte vigilaba de cerca los pasos del juicio atrevido. La “dictadura perfecta” enfocaba sus armas letales en contra de los símbolos que entonces la inquietaban. Segundo, cabe destacar su claro vínculo con una historia vivida. Una historia vivida, ésa es la impresión que dejan las páginas de la novela. Los otros autores citados operan mediante una metáfora sobre autócratas que ordenan cerrar las cortinas de las ventanas a mediodía para que la gente sienta que es de noche. Por su parte, Roa Bastos se inspiró en un tirano del siglo XIX, aunque eso le ganó las antipatías del sátrapa Stroessner en el siglo XX. La plaza de las Tres Culturas y el Campo Militar número uno son escenarios privilegiados de la prosa de este relato. Las torturas y los crímenes de estudiantes están retratados desde muy cerca de los acontecimientos en un estilo que se asemeja a la crónica periodística, enmudecida en esos años por la censura del régimen. Los policías políticos y los personajes de todas layas que componen esa tétrica corte son descritos con minuciosidad hasta en los hábitos etílicos. Tercero, el poder subversivo del humor. A ese régimen abyecto corresponde una estética igualmente abyecta, como precisamente la define el autor. El discurso de emotividad vergonzante corroe el cuerpo social, de modo que los actos privados suelen ser un remedo lamentable de las vacías ceremonias públicas, y viceversa.
Los loros son como los oradores que tanto irritaron a Julio Torri: nada más repiten lo que mal aprenden. Oradores y loros pertenecen a una especie abyecta, aunque necesaria para mantener en equilibrio la división entre inteligentes y tontos. En los actos oficiales y también particulares (bodas, quince años, graduaciones), nunca falta el orador que atosiga con lugares comunes, frases grandilocuentes, ademanes ridículos, voz estentórea, retórica obvia, demagogia, cuya función primordial es estupidizar a la familia que posee un loro. 2

En la referida novela esa estética ramplona del discurso político se materializa en el maestro de música Heladio Pérez, que dirigía la marcha de su propia inspiración “Nopales y tunas por siempre”. En el simbolismo retórico de lo “nativo” el autor del “gran solitario” identifica los estragos de una ética que se apoya en una nación inventada para justificar la atroz matanza. El orangután real que ordenó perpetrar el crimen se hizo responsable de los hechos (minimizados y tergiversados, por supuesto) aduciendo que había salvado al país de una conjura internacional, comunista, soviética, cubana. Fiel loro del senador McCarthy. La hipocresía de este tipo de moral se revela también en el hecho de vestir con mantón de tela a la broncínea Diana desnuda mientras que en privado se festina la práctica de la infidelidad del “segundo frente”.
La ironía es el mejor ácido para disolver la solemnidad del régimen y en el texto se ejerce con maestría inimitable. Los personajes que sostienen el sistema son marionetas fofas; quienes dirigen el aparato de Estado se asimilan a crueles orangutanes; un mínimo triunfo deportivo en los juegos olímpicos se convierte en un hecho histórico que se celebra con días feriados. El discurso de ese Parnaso en miniatura es satirizado por el autor remedando los estereotipados tics de la presidencia: “el movimiento estudiantil pasó a la historia como una página negra”; “se rechazará a los emisarios del pasado”; “honradez acrisolada para luchar por el progreso y el bienestar del país”. Los chistes sobre la figura del presidente que circulan por doquier, auténtico sacrificio público del déspota, fungen como un recurso protector de la gente común frente a la impunidad del poder.
Al adolescente que abandonó la fe católica y de adulto la fe comunista, hoy le sigue interesando tanto el mundo mitológico greco-latino como la Biblia, con cierta irreverencia que le hace designar al Paraíso como un exclusivo club nudista, pero le parece exagerado e improbable cumplir con los mandamientos: “…hay cosas en los mandamientos que son imposibles de llevar a cabo, por ejemplo, ni más ni menos que no desear la mujer del prójimo, porque estoy convencido de que uno pasa su vida deseando la mujer de su prójimo, aunque nunca lo diga en voz alta, máxime si es guapa, claro que si está horrenda ¡uno respeta la mujer del prójimo!, porque los prójimos y las prójimas suelen ser muy deseables.”
En sus escritos, la presencia de la tentación femenina es muy explícita, a punto tal que parafraseando a Cortázar, el título de varios volúmenes de su obra podría sintetizarse en “Todas las mujeres, la mujer”. Subtítulo: historias de amor y desamor, de la mujer que llega, que funde su cuerpo con el otro y que luego se aleja, que oscila entre la liberación y los convencionalismos, como dos polos que determinan sus acciones, al tiempo que encarnan figuras fantasmales acompañantes de nuestros sueños diurnos. “Sin amor, sin sexo, la vida no es vida, es un simulacro, es entonces el momento de apoyar el frío cañón de un revólver en la sien o ingerir suficientes somníferos para que la muerte sea tranquila y sin violencia, en un mullido sofá.” 3
Se mueve en dirección a exponer en sus cuentos personas de carne y hueso, lejos de la seducción idealizante del incienso. En esas historias resalta el erotismo que se desprende de la narración. El rito esencial del erotismo es el sacrificio. En el erotismo se disuelven los seres discontinuos y se pierde la conciencia del yo, al tiempo que se accede al infinito océano del ser. 4 Ser “un animal enfermo de muerte” (Hegel dixit) significa, precisamente, el horizonte de discontinuidad/continuidad en que transcurre la existencia. El militar se viste para matar, el hombre desnuda a la mujer para matar en ella a la ciudadana “respetable”. Nada refleja mejor la identidad que la vestimenta; en su estilo se expresa nuestro deseo de subversión o de conformismo. Recordemos que el papá de Gregorio Samsa 5 utilizaba el uniforme de velador sometido incluso en su casa. Según Bataille, de la muerte nadie tiene experiencia; en todo caso, se anticipa como límite infranqueable en la conciencia del Dasein, cuya función consiste en fijar los límites de este ser incompleto que cada quien es. No obstante, se anticipa la muerte en ese amor que al protagonista de El reino vencido bendijo en Buenos Aires. Tras varios meses de correspondencia, ella le escribe diciendo que ya no recuerda su rostro. ¡Pavoroso! Un golpe artero en una riña callejera no habría abierto una herida tan punzante.
El ser discontinuo humano piensa y siente en estos relatos, transidos de una inocultable nostalgia por la continuidad perdida con un pasado que no regresa y con la pareja que nunca es enteramente real ni permanente. El erotismo es un fenómeno esencialmente interior para romper la soledad y el aislamiento que afecta a esos seres extraños de sus cuentos y novelas. El deseo busca en el exterior su satisfacción mediante el goce. No existe un objeto emblemático y único al que se dirija el deseo, entendiendo el deseo como deseo del deseo del otro (Lacan). Depende de códigos personales y elegimos nuestro objeto por un aspecto imperceptible para los demás, imagen que en Avilés Fabila se repite con las piernas de la mujer. Cada cuerpo está en lucha con el miedo por una eventual herida o por la extinción de esa hermética mónada que habita. No hay paz en ese equilibrio inestable de las fuerzas fisiológicas que lo enferman y que lo sanan. Se está en lucha con la vida y por evitar la muerte. Ser y no ser forman la contradicción básica en la conciencia. El campo del erotismo es el campo de la violencia, y lo más violento es la muerte porque arranca al ser de la discontinuidad y lo sume en la continuidad de la nada. Es la idea más violenta que nos acecha. El erotismo de los cuerpos es una violación del ser de quienes participan en él, mas en esa fusión de los amantes se muere sin dejar de vivir.
Un canto destinado a exaltar la vida, a celebrar con alegría epicúrea los placeres de este mundo. A ese rumbo se orienta la inmensa obra que contienen las palabras escritas por René Avilés Fabila.

1 René Avilés Fabila (1982), La canción de Odette, México, 1982, pág. 76.
2 René Avilés Fabila (2001), El gran solitario de Palacio, México, Nueva Imagen, pág. 149.
3 René Avilés Fabila (2005), El reino vencido, México, Nueva Imagen-Universidad Autónoma Metropolitana, Obras Completas, pág. 355.
4 Georges Bataille (1979), El erotismo, Barcelona, Tusquets Editores.
5 Véase de Franz Kafka, La metamorfosis.