REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
19 | 07 | 2019
   

Arca de Noé

Turbocrónicas


Marco Aurelio Carballo

La barra kilométrica

La sesión de cinco horas de blablablá con media para tres cafés y exquisitas galletas había terminado. Ante la mesa, un poeta metido a periodista y yo charlamos como si fuéramos viejos amigos. Del oficio de periodista, claro, porque en la adolescencia fracasé como poeta. Él no, pero ¿de qué vivir?

Al final de la sesión en el Centro Cultural de Tijuana (Cecut) preguntaron si quería hacer algo. Años atrás hubiera pedido suave corte de tres cuartos de kilo y tres cuartos hecho, con ensalada verde, luego de tres lingotazos de whisky. El anfitrión escogería el vinillo y al final café exprés doble y postre de la región. ¿Cuál será en Tijuana? Mas primero era el deber y luego el placer: teclear una de tres columnas semanales. Iba a reducir a su mínima expresión dieciocho notas informativas.
En ese viaje evoqué la barra más grande del mundo y un salón de baile formidable lleno de viudas y divorciadas gringas. Hice el recorrido con Elva Macías, Eraclio Zepeda y Jesús Morales Bermúdez. Cuando leía sobre Tijuana esos dos sucesos venían a mi mente. Frívolo. También una frase de Elva.

Con Elva, Laco y Jesús conocí la barra y aquella pista de baile, a fines del siglo anterior, invitados por la universidad para platicar de nuestros asuntos. Poesía, narrativa y ensayo, en ese orden. Olvidé si la barra más grande del mundo tenía en su apogeo una cuadra de largo, o así, reducida después a la mitad.

El sitio para viudas y divorciadas nos impresionó. Si quiero visualizar el lugar recuerdo la pista bien iluminada y a las parejas bailando. Ellas rubias y de cabello corto con sus vestidos policromos pastel y ellos morenos, bailarines y fajadores bilingües. Alguna vez escribiré un cuento, pensé entonces. Aún no siento el impulso. La avenida Revolución decayó desde hace unos tres años a causa del narcotráfico.

También eran para mí otros tiempos. Así que me encerré en mi suite porque era suite, si bien, cuando el botones explicó lo elemental para cualquier huésped, tuve un sobresalto al ver el baño de tina. No debiera ocurrir con un ratón de hotel. Un ratón de hotel quiere saber todo de su casa aunque sea por dos noches y tres días como se dice en la jerga hotelera. Entonces recordé la frase de Elva Macías cuando les pedí unos minutos a los tres. “Ya sé que ustedes los costeños se bañan dos veces al día”, dijo.

Con el alma en los mocasines


La tarde del viernes, cuando llegué al hotel de Tijuana y el botones abrió y dijo aquí está el baño, entrando a la derecha, sentí el alma en los mocasines. La tina era circular y enorme. Yo sólo quería una simple ducha. Odio las tinas. Soy de la costa de la selva y, si de chamaco acostumbraba flotar en las pozas de los ríos de mi pueblo, tres, uno en el oeste y dos en el este, a mi edad el trámite del baño es como de soldado. Quince minutos y punto y se acabó.

Pero me distrajeron otros aspectos de la suite… Al enterarme, no recuerdo a qué hora, de que era suite, me dio lo mismo, y si lo era pues ¿qué tendría de especial? Las hay en los hoteles de mi pueblo. Una suite tiene recámara y sala. En la sala, escritorio y lámpara y una silla. Para teclear y sobre todo para corregir.

Ensombrecían la sala cortinas angostas de tela oscura por cuyas uniones como rajas entraba una luz plateada demasiado luminosa. Los sofás estaban para dormir la siesta o para ver la tele. Dos de plasma. ¿Qué vería esa noche? Fut y al día siguiente boxeo. Ahí fue donde vi correr de frente a Giovanni dos Santos por la banda izquierda como una locomotora de vapor humana. ¿Por qué la tele desaprovecha esas tomas? ¿Por qué siempre son las mismas?

La otra tele estaba frente a la camota para gente del norte de más de uno ochenta. Por equis razón, cierta noche al llegar a la casa del periodista y escritor Hugo Leonel del Río me llevó a saludar a Mirna a la alcoba. La cama enorme que parecía cama para gigantes ocupaba todo el cuarto. Mirna, de estatura normal, leía en un costado. Hasta la madrugada estuve midiendo a Hugo mientras nos zampábamos en la sala muchos pálidos jaiboles. Él es del norte y alto, pero le calculé poco menos de dos metros de estatura. Sin duda así son las camas por allá, concluí.

La tarde del viernes me recosté en la camota de la suite a leer un tomo de Sándor Márai y cuando sentí ganas de hacer pipí busqué el sitio apropiado. Me dirigí hacia donde estaba la tinota. Pero no era tina, reparé, sino un jacuzzi. Debe haber un baño normal, pensé. No estoy para zangolotearme y ser atacado con chorros de agua como en un psiquiátrico. En efecto, detrás de otra puerta estaba la regadera y el lavabo y el escusado.

¿Por qué nunca sentí emoción con el jacuzzi si era como si retozara en la poza del Coatán, del Tescuiyapa o del Cahuacán con agua del río que nunca es la misma? Por eso.

Mejor la silla eléctrica

Al girar en Balderas, querido Nano, vi que no sucedería el milagro de la cancelación. Ahí estaba la masa entrando al Teatro Metropolitan. No iba a quedarme, te dije, pues debía llevar un recibo de honorarios a La Prensa. Los actos de masas quedaron arrumbados para mí en el siglo XX, podría haber argumentado. Pero dos sentimientos retorcían mis tripas: la neurosis y que un asiento quedara vacío.

¿Cuál ha sido mi peor acto? Todos. Oigo cualquier discurso político y siento el ataque feroz de la pelagra. Entre un discurso y la silla eléctrica, prefiero la silla... Siempre escogí teclear la nota de color o hacer entrevistas. Otro redactaba la nota del discurso. Jefes de prensa pelmazos te lo subrayaban para que tú, subnormal, supieras dónde estaba la nota.

Peloduro, me dijiste luego de despedirme de Enrique. A media cuadra entré a un restaurante de plástico y con medio litro de café aguado y muchas páginas de Flaubert, el ánimo resuelto me hizo volver. Deprisa hallé el caminito por el laberinto enrejado y las edecanes evitaron cualquier desvío.

¿Será nueva la butaquería de aquel excine enorme? Sentí ganas de sacar el libro de Flaubert... Me distrajo la pantalla gigante de cierta ayuda en el reporteo. Ahora sientan a medio centenar de personajes en el escenario. Dos colegas estaban ahí, derechitas. Bien por ellas. El jefe de gobierno, twiteando, no es tan alto como en la tele, observé, y Encinas es más bien bajo de estatura.

De la galería se elevó el rugido portentoso de la masa cuando mencionaron a la Padierna y a un diputado. Esos sí están maiceados, dijo sonriendo Jorge Meléndez. El Gordoche permanecía de pie como todo reportero sagaz.

Desoí el discurso del señor almidonado con lenguaje casposo de hace siete sexenios. No oigo. No oigo. Soy un árbol seco por la lluvia ácida. ¡La señora de Wallace discurseando! Ya la cooptaron.

Enseguida, el segundo informe de la estrella, de la próxima jefa de gobierno, de blanco hasta el huesito. Buen inicio con esos convenios de la UNAM y del Poli. Ahí entendí la razón de la presencia del puma Enrique del Val. En los convenios hay nota. ¿La leeré completa, al detalle? No es tu asunto, Nano. Lo tuyo salió bien. Tu gente bien situada por los vericuetos de la alfombra raída. Aunque te remitan a los colegas si el engrudo se les enreda. Salí dominado por el sentimiento de haber cumplido… Rápido y sin furia.

En este pueblo no hay… ricos

Entonces fue cuando entró al santuario Armando Olvera Hernández (AOH), como Clint Eastwood en Por un puñado de dólares, y el tema giró trescientos sesenta grados. De la ciencia vs. las religiones (el tema de Gusgús) hacia ¡la bolsa de valores! Luego del saludo y del abrazo estilo diputado matraca, de parte de los tres, el catedrático nos dio una clase sumaria de cómo funcionan la Bolsa de Valores y de cómo él se informa leyendo diarios nacionales y los de Argentina y de España por Internet.

Le pregunté por qué no escribía en un periódico local para divulgar sus conocimientos. Nadie lo había invitado, mas aprovechaba el dominio del tema para escribir libros. Por ejemplo, uno de ellos es Un poco de historia de la Bolsa de Valores de México y algo más (UNACH-SPA, 2010). Habló de uno listo para publicarse, recién actualizado, inédito por pichicaterías de los patrocinadores.

Podrían entrevistarlo en cada crisis económica, pensé, para que un local hablara con el lenguaje local sobre equis problema financiero mundializado. Tiene experiencia en bancos, inversiones y sobre emprendedores municipales, labor frustrada por la municipalera grilla burocrática.
Desde luego hay mil preguntas qué hacerle pero ya me había pasado el tiempo (cien pesos o una hora en el santuario de la cervezura) y resolví irme mucho a… dormir la siesta. Temía la caída de un pijazo de agua que me llevara dando machincuepas al Pacífico, vía cualquier zanja infame.
Gusgús con dos vodkas en el buche decidió acompañar a AOH a lo del Chocolate, como dicen los gringos. Yo corrí a mi cuarto de hotel a dormir la mona de dos aguas minerales en las tripas, el caldo aguado, según AOH, media docena de tacos fritos, y frijoles charros.
De haberlo entrevistado tendría ya la entrada: “En este pueblo no hay... ricos”. Los verdaderos ricos, dijo, son quienes cotizan en bolsa, y los empresarios locales no alcanzan ni la tercera división, dicho sea con el respeto de 50 millones de pobresdiablos. Por supuesto las sucursales de las grandes empresas de Tapachula son inversiones foráneas. Las utilidades de Chedraui, de segunda división, vuelan a Veracruz sin ver atrás.

Armando Olvera Hernández dijo que la espumosa es más barata en la cervecería del Chocolate, pero sin botana. Deportistas, veteranos o no, y a partir de ahora Gusgús, aporreateclas, constituyen la vigoréxica clientela.

marcoaureliocarballo.blogspot.com