REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
13 | 12 | 2019
   

Confabulario

Déjà vu


Cornelia Păun Heinzel

Si alguien me hubiera dicho que era posible volver atras en el tiempo, no lo habria creido. Pero he aqui, que un dia, experimenté esa postura de una manera muy real.
Por la mañana, cuando llegué al centro de la Universidad Politécnica, llamado “El León”, mi jefe de departamento me dijo en cuanto me vio:
- Valeanu, hoy los estudiantes van a realizar las prácticas en la empresa. Va a venir rapidamente el autobús para llevarlos alli.
Obedeci inmediatamente y me dirigi al patio de la Universidad para realizar las indicaciones pertinentes. Los estudiantes alegres y comunicativos me esperaban cerca del autobús, les indiqué que subieran a él y yo hice lo mismo, ocupando la mitad del vehículo.
-Suba delante –me invitó el conductor, un anciano con figura de bonachón.
-Sí, sí, !adelante! –gritó y algunos de los estudiantes pensaban que mi presencia allí les impediria que hicieran algunas payasadas.
-No, yo me quedaré aquí –comenté, pensando que siempre me gustaba estar entre los estudiantes, me sentía mejor con ellos.
Los autobuses circulaban sin problemas por las calles de la ciudad con la finalidad de salir de Bucarest. Entonces me quedé mudo, pensé que íbamos a una empresa de Bucarest, no sabía que la empresa estaba fuera de la ciudad. Aparecieron rápidamente los campos de cultivo de cereales típicos de las llanuras rurales, en el camino, de vez en cuando veíamos un árbol frutal perdido en el campo. Pronto entramos en el primer pueblo, el asentamiento estaba lleno de mansiones señoriales, construidas una tras otra. Luego llegó un centro comercial, yo nunca había visto uno antes en la zona rural y menos de ese tamaño.
Nuestro camino continuaba por la carretera que iba cruzando los campos. En un momento dado nos salimos de ella y tomamos un camino pavimentado, pensé que llegabamos a nuestro destino, que nos deteníamos, pero no fue así. El autobús empezó a cruzar a través de los rastrojos, atravesando el campo, hasta que apareció una construccion, con algunas láminas de metal, era extraño que los trabajadores estuvieran en una construccion tan vieja pero estaba limpio. El autobús se detuvo.
-Está bien, ya hemos llegado al destino –dijo el anciano-. Ya pueden bajar.
Llegué justo frente del edificio, donde había una puerta corrediza abierta verticalmente, como en los garajes. Entré y una dama vestida elegantemente, me tendió la mano mientras se presentaba en voz alta:
-Soy Marilena Inescu, directora de “Antiguos Electronix”. ¡Bienvenidos! Espero que disfruten de nuestra compañía.
-Dan Mihail Valeanu –le dije, con curiosidad. Volviéndome y mirando dónde encontrar una silla donde sentarme y no ensuciarme la ropa, dado que los sillones estaban muy desgastados, cosa que no existe actualmente en el país, todo aquello que tenía más de veinticinco años se había desechado. Aquí, sin embargo, había sillas de otra época, de la era socialista.
La mujer adivinó mis pensamientos.
-Usted puede sentarse allí, en mi sillón –dijo ella, mostrándome una pequeña silla, elegante y en buen estado que estaba en un rincón, aunque fuese de una época anterior.
Me senté en la silla del director, de cuero, giratoria y entonces crujió bajo mi peso, me daba miedo si podía caerme y estuve estudiando cómo podía resistir.
Los estudiantes sabían lo que debían hacer, ya habían estado un par de veces en este lugar. Entraron en la cabina donde se cambiaron y se pusieron unas batas azules que llevaban impreso el nombre de la empresa “Antiguos Electronix”. Desde donde estaba sentado, tenía la vista de un área grande, y estuve analizándolo todo, el local tenía un piso arriba. A partir de ahí, algunas cabezas aparecieron mirándome, mientras me estudiaban con curiosidad. Eran los empleados del departamento de contabilidad de la empresa, que se encontraba en el piso de arriba, que se accedía a través de una escalera metálica.
Mirando a mi alrededor, me di cuenta que ese lugar era de la época socialista, las empresas actualmente estaban hechas de una manera completamente diferente, tenían otras comodidades.
Las mesas de trabajo, antiguas, estaban dispuestas en filas, como los talleres paralelos igual que en la época socialista.
En el enorme hangar donde había numerosas mesas y sillas, tan viejas, fueron asignadas a una docena de trabajadores que estaban atrapados aburridos entre componentes electrónicos. De vez en cuando, se veía a alguno caminando despacio, sin ningun propósito, otros iban soñadores a la máquina de café. No lo había visto en muchos años, desde que era estudiante, antes de la revolucion. ¡Increíble! ¡Habían pasado veinticinco años y este lugar no había cambiado! El ambiente, muebles, distribución, las personas vestidas del mismo modo, con la misma actitud… incluso la puerta corrediza que daba acceso al local, con sus escaleras metálicas, es suelo de madera, todo como lo veíamos antes y estaba exactamente igual que antes. Me fijé, que incluso los muebles eran los mismos donde había realizado las prácticas en mis años de estudiante. Las mesas, las sillas, los bancos equipados con sus abrazaderas y los accesorios, la maquinaria, incluso la plegadora y la guillotina, las tijeras para cortar la chapa en los baños galvanizados, cuando se hundían las almohadillas de texto lites.
Observé entonces que paradójicamente la gente era la misma, pero sobre las personas el tiempo había dejado su marca –sus cabellos eran blancos y las caras dispersas estaban surcadas por arrugas, más o menos, dependiendo de la persona y algunos tenían un vientre protuberante que había aumentado con el tiempo. Incluso habían disminuido de altura como si hubieran encogido. Vi cada cara, recordando cómo era un cuarto de siglo antes, con las características que todavía conservan sin cambios –ojos más borrosos, quienes habían perdido su vivacidad, la forma de la cabeza y la cara- y por supuesto el comportamiento de los empleados era el mismo.
En la hora del almuerzo, todos sacaron sus portaviandas con su comida, exactamente como en tiempos de Ceausescu.
Yo no había visto desde entonces, alguien que fuese así al trabajo, con la comida –estofado con patatas y tomates, quedaron algunos huesos con un poco de carne de cerdo. Exactamente lo mismo que se sirve a los trabajadores, después de que la carne desapareciera del supermercado y se habían vendido las raciones, se guardó uno que sabía la vendedora para el que compraba siempre algunos huesos.
En las empresas de electrónica y equipos específicos, normalmente se solían servir productos de comida rápida con coca-cola. Tal vez, de vez en cuando algún empleado, se llevaba de la casa una poco de fruta, una ensalada o un sandwich.
Los estudiantes habían encontrado el dispensador de café para no salir. El precio era barato, así que ellos introducían las monedas de una forma continua, para seleccionar café o té.
-¡Señor profesor, venga, por favor tome un café, es barato!–dijo un estudiante, mientras me entregaba un vaso de plástico con café humeante.
-Gracias, he traído uno de casa –contesté- no bebo más de un cafe al día.
-Pero, no hay ningún problema, señor profesor. Hemos bebido cinco de nosotros y estamos bien, tiene un sabor especial, no es como el que bebemos a diario.
En ese momento me di cuenta que el alumno estaba mintiendo, olí haciendo que penetrara en mis fosas nasales, dilatándose al instante para comprobar que el aroma era conocido y yo ya lo había olido antes, era olor a café de achicoria, el llamado “nechezol”. Me acerqué con curiosidad a la máquina y lo reconocí. Era el que mis colegas y yo tomábamos cuando éramos estudiantes, el café que necesitabamos en las clases prácticas.
- ¡Increíble! Me lo imaginaba, estas personas trajeron los muebles, las herramientas, las máquinas, las cajas de metal desde el centro al campo, incluso trajeron el “nechezol” de la época.
Fui al baño y sobre los lavabos había jabones de la era socialista, igual que el papel higiénico, el detergente para limpiar el inodoro. A continuación vi una puerta de la despensa que estaba abierta, allí había almacenado jabón, detergente, más papel higiénico… el mismo desde hacía veinticinco años.
Aquí, en medio del campo pantanoso, celosamente guardado por algún perro callejero había sido tele transportado a una antigua institucion socialista.
Legaron las dos y los estudiantes se reunieron rápidamente y subieron al autobús.
El coche arrancó con fuerza en el barro del pantano, dejando el hangar visitado perteneciente a otra época. Regresamos de nuevo a la civilización. Sentí melancolía mientras observaba los paisajes diferentes de los que había visto al venir, dado que el conductor eligió una ruta diferente para regresar.
Energía, alegría y exuberancia veía en los jóvenes que estaban a mi alrededor, creaban un ambiente agradable, lo que vieron fue algo nuevo para ellos y se mostraban fascinados con todo aquellos, sin saber exactamente por qué.
¿Queréis trabajar en el futuro en esta empresa? -les pregunté.
-No, señor profesor, no queremos. Nos encanta esto, sólo como práctica. Porque es diferente.
El autobús continuó, pasando por aldeas, pronto entramos en la capital y aparecieron edificios suntuosos, con altas paredes de vidrio de color donde tenían la sede las principales empresas de electrónica para ordenadores, construidos en la antigua zona industrial.
Los jóvenes vestidos con traje y corbata, en una mano llevaban una taza humeante de café o un cigarrillo surgían desde los balcones o en las entradas de la planta baja. Siendo agradable la propagacion del aroma. Era el aroma inconfundible del café natural.
-¡Increíble! Existen al mismo tiempo dos mundos, de diferentes épocas histoóicas –la comunista y la actual- a un cuarto de siglo de distancia –pensé. –Ahora regreso a la civilización.
En un momento dado, apareció la ex institución en la que habíamos hecho prácticas los estudiantes para convertirlo en un restaurante donde la mayoría de los jóvenes empleados de empresas se podían servir a diario albóndigas y de vez en cuando algunas alitas de pollo frito.
Los siguientes días, mis estudiantes en diferentes grupos me mostraban que tenían componentes electrónicos de sus bolsillos.
-Pero, ¿de dónde son? -me pregunte maravillado. Entonces me acordé de lo estresante que era para las mujeres empleadas de la limpieza en la universidad, cuando los baños fueron traidos de las instalaciones, con distintos aparatos auxiliares para el almacenamiento para el jabón, las máquinas de papel, los seca manos muy modernos. Pronto desaparecieron por completo.
En mi época, ningún estudiante hubiera tomado ni siquiera una aguja de la práctica o de la universidad –pensé. “El crecimiento en el espíritu de obtener beneficios cambió por completo a la gente”.
-De “Antiguo” señor profesor –les contensté elevando la voz.
- Bueno y ¿por qué lo tenéis? –me cuestioné a mí mismo, con curiosidad por entender su gesto.
-Nosotros le encontramos un uso. Bastó acá incluso tomó la fotografia al parecer al empleador ya fallecido y le mostró unas fotos de un hombre con traje –respondieron los alumnos.
Tomé su mano y vi la imagen del ex gerente de la institucion donde había hecho las prácticas de la universidad, el Sr. Inescu.

Nota: Esto es una historia. El parecido con personas, lugares, situaciones casi idénticas conocidas es solo pura coincidencia.