REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

Para la memoria histórica - Encarte

Juárez y su tiempo


Ralph Roeder

Benito Juárez
Este mes de marzo se conmemora el natalicio número 211 de Benito Juárez (San Pablo Guelatao, México, 1806 - Ciudad de México, 1872). Político liberal mexicano, presidente de la República entre 1858 y 1872. Tras un periodo de tres décadas en que el conservador Antonio López de Santa Anna había dominado la vida política del país, Benito Juárez se esforzó en sus mandatos en llevar a la práctica el ideario liberal, dictando leyes para hacer efectiva la reforma agraria, la libertad de prensa, la separación entre la Iglesia y el Estado y la sumisión del ejército a la autoridad civil.
Su labor modernizadora topó con inmensas dificultades: la reacción conservadora dio lugar a la guerra de Reforma (1858-1860) y los problemas económicos motivaron el impago de la deuda y la intervención francesa en México (1863-1867). No menos convulsos fueron sus últimos años, y las deserciones surgidas de su propio partido llevarían, tras su fallecimiento, a la longeva dictadura de Porfirio Díaz. Pese a que pocas de sus realizaciones fueron duraderas, su entrega a unos ideales de justicia social es justamente apreciada, y la historiografía lo reconoce como la figura capital del liberalismo mexicano en el siglo XIX.
La vida y obra de Benito Juárez nos lleva a reflexionar sobre los ideales que sostuvo, sus grandes luchas, los procesos que desde sus manos construyeron la solidez de nuestra República.
De acuerdo con el ex rector Juan Ramón de la Fuente, “Recordar a Juárez, es recordarnos que no existe cambio perdurable si no es a través de la ley, que no se puede gobernar desde la intolerancia y que la moralidad política es fundamental para tener y mantener credibilidad ante el pueblo. Por eso, lo primero es hablar con la verdad como lo hizo él: la verdad que ilumine la vida republicana, que presida el ejercicio de nuestras libertades, que dignifica nuestra vida democrática, que fortalezca el prestigio del servidor público y que rescate la credibilidad de los políticos.” En este momento estamos, por eso ahora presentamos a nuestros lectores el prólogo a la obra Juárez y su tiempo de Ralph Roeder de Raúl Noriega. En él podemos observar la importancia que tiene Juárez en la situación actual de México. Los invitamos a leer este interesante.

El Búho

JUÁREZ Y SU TIEMPO
RALPH ROEDER


Prólogo a la edición anterior
Raúl Noriega

Desde las perspectivas del tiempo, cien años, para una Nación, son el ayer inmediato, tan cercano y presente que confluye en la actualidad y forma parte de ella.
Sin embargo, si en la sucesión de los días que hicieron la centuria, en viaje hacia el pasado, se pulsa el palpitar de las tendencias colectivas, si se calibran episodios y se definen etapas y se llega hasta la captura de los instantes supremos, aquellos de crisis y decisión, en los que un sí o un no modifican los caminos de la Historia, el tiempo minimizado se agranda hasta dar la sensación profunda y misteriosa de que el péndulo trasciende los límites, no de uno, sino de muchos, interminables siglos…
Cien años, los últimos cien años de la vida de México. La Nación habrá de peregrinar por ellos bordeando el pantano de las décadas de dictadura, para tomar de cada año su lección, y hará examen de conciencia frente a las vicisitudes que la Patria y sus hijos padecieron y tomará fuerzas de las victorias y los progresos logrados. Un peregrinar que será doloroso, las ofensas, los errores, los despojosos, las traiciones y los desastres provocan ira y asco; y apena hasta la exasperación tanto infortunio, porque de antemano se sabe irremediable, a pesar de sacrificios y heroísmos.
Ya el año pasado enmarcó el homenaje a la Constitución de 1857 y al Pensamiento Liberal Mexicano; en ese homenaje participaron ciudadanos de todas las tendencias, en reconocimiento del legado político-jurídico que no sólo dio estructura a la República sino también principios que hasta el presente permanecen inalterables. Y en 1958 y en los que sigan hasta 1967, las actuales generaciones recorrerán los cruentos episodios de la Guerra de Tres Años y de la dramática emisión de las Leyes de Reforma y las etapas trágicas de la Intervención y el Imperio.
Así, paso a paso, recogiendo en el recuerdo cada fragmento de experiencia, México volverá a vivir los capítulos de una Historia en cuyas páginas aún están frescas la sangre y la tinta con que fueron escritas.
La Historia es experiencia; y aun cuando mucho se ha dicho que ésta en política es inútil, a la hora de los juicios, la culpa es mayor para aquellos que ignoran sus advertencias y también para los que, conociéndolas, se acomodan a las facilidades de la contemporización y de las concesiones, como si no supieran que los límites de éstas son los mismos que los del principio de la entrega y la traición. La Historia de la segunda mitad del siglo XIX es aún escuela de revolucionarismo para quienes anhelan para México todas las formas de progreso; y advertencia para quienes, fuera de toda lógica, predican la contrarrevolución y trabajan abierta o subrepticiamente pretendiendo la revalidación de situaciones de conservatismo, retroceso o dictadura.
De todos los libros escritos por mexicanos acerca de Juárez, seguramente es el de don Justo Sierra el que mejor puede equipararse con el que el lector tiene en sus manos. En sus obras don Justo y Roeder expresan sus capacidades de estetas e investigadores y por ello logran no sólo fieles, sino hermosas reconstrucciones; y en ambos, la vocación filosófica les permite resumir, en una breve frase, la idea que a otros autores les implica el gasto de muchas páginas, y encontrar las fórmulas recónditas que explican el ser y el no ser en lo individual y la capacidad de influencia en el devenir colectivo.
Por otra parte, si el maestro Sierra aventaja a Roeder en un conocimiento más profundo del medio, Roeder, en cambio, presenta mayor amplitud de perspectiva y así ambas obras se complementan, ya que si la de don Justo tuvo la virtud de despejar las sombras intencionalmente puestas sobre la figura de Juárez, respondiendo con ello a la urgencia planteada por la opinión pública de nuestro país, de borrar las manchas que un Bulnes le arrojó, Roeder aporta con su libro un testimonio vibrante a la opinión pública internacional, que desbarata definitivamente los prejuicios y las mentiras que sobre el México liberal se fabricaron para influir sobre los intelectuales de otras latitudes, ya no sólo sobre los altos fines del movimiento reformista constitucional mexicano del siglo XIX, sino sobre la reforma social y económica de nuestra Revolución, pues la obra de los liberales de la centuria pasada no es otra cosa que el prólogo de la reivindicación que nuestro pueblo exigió y ha realizado a partir de 1910.
Roeder no oculta, porque no persigue la mentira de la historia objetiva, ni su pasión ni sus simpatías, a pesar de que siempre es absolutamente objetivo. Investigador minucioso, no sólo en archivos y bibliotecas, sino también mediante entrevistas y viajes, acumula datos precisos alrededor de cada tema, mas el acopio de testimonios no lo detiene en lanzar el desafío que implica para el historiador la exposición de un juicio.
En ese castellano suyo en que ofrece la presente versión, labrada pacientemente, en frases cortadas que definen el estilo literario que lo hizo mundialmente célebre con la tetralogía en que configuró una visión panorámica y magistral del Renacimiento, persigue pistas de intrigas diplomáticas, cuenta anécdotas, narra acciones de guerra y redacta ensayos sobre temas palpitantes de nuestra nacionalidad, para dejar a través de descripciones y narraciones, que se animan con vida plena, no sólo las imágenes de los sujetos de la Historia, sino también la razón de la dinámica de los acontecimientos y así logra, mediante su técnica de exposición, el ideal de todo historiador: hacer inolvidable su relato.
El México de Juárez, en su niñez, es el México insurgente de Hidalgo, Morelos y Guerrero; el México de Fray Servando, el Dr. Mora y Gámez Parias el de su juventud, y el de su madurez, el México de Santa Anna y Miramón. En el curso de su existencia, Juárez vivió el crecimiento doloroso de una Nación que pugna por arrancarse las supervivencias coloniales desenfrenadas que la ahogan, coronadas por un clero ultramontano, desesperado por conservar fueros y privilegios, con una cauda caciquil y militarista que no mira otro interés que no sea el de apoderarse de los raquíticos frutos del Erario Público.
Así, Juárez vive las primeras décadas de la vida independiente del país, que son a manera de crisol en que se funden las antiguas estructuras de la Colonia, la organización social en castas, los poderes teocráticos y las tendencias de gobierno absolutista. El precio de esa transformación lo paga México padeciendo despojos territoriales, motines, asonadas, saqueos y rapiñas que debilitan a la República hasta el agotamiento.
El lector verá cómo los factores humanos de tantas desgracias se materializan en personajes dignos de integrar una galería de criminales del orden común; y advertirá también cómo, frente a esa galería de abyectos, se alza una constelación de personalidades en las que a su vez cristaliza lo mejor de las esencias anímicas del pueblo, y que a lo largo de su existencia, demuestran que la función política no es cuestión de ideas solamente, sino de conducta que coincida con las ideas.
Y Juárez es una de estas personalidades. Sus hechos, sus cartas y sus escritos, como ejemplos, persisten ante todos aquellos que tienen en sus manos responsabilidades públicas.
Así como Ocampo rehusó arrodillarse ante su pelotón de fusilamiento para estar "al nivel de las balas", Juárez volvió su vida al nivel de los demás, sin buscar nunca las alturas del heroísmo o del apostolado.
De convicciones inalterables, sufre en su propia carne y en su conciencia sus errores y sus faltas, y en el torbellino de la lucha armada, en el centro de las tempestades políticas, él no es otra cosa que un HOMBRE, un hombre con letras mayúsculas, que sigue imperturbable el camino que se ha trazado, sin que lo alteren jamás las miserias de sus adversarios, ni siquiera la de aquellos manchados con el sello de la deslealtad. Tampoco lo trastornan nunca los incidentes, fundamentales para otros, que provocan las cosas enanas de la vida.
Si Cuauhtémoc es el último gesto histórico de la Nación indígena vencida, Juárez es el ademán vital de la resurrección que coloca a México en un plano de igualdad política con las potencias de su tiempo. Su personalidad tiene la virtud de repeler los detritus mentales de algunos retrasados que bien pudieran consumir sus ocios en tareas más honrosas y que fingen ignorar que, cuando todavía el eco de los disparos en el patíbulo del Cerro de las Campanas circundaba al mundo, de todas las latitudes de la tierra se alzaron voces que aclamaban el triunfo de la República y el fin de un Imperio filibustero, voces que hacían justicia al indio mexicano que había hecho posible tan magna y ejemplar hazaña.
En el libro de Roeder hay un personaje que está presente en todo el desarrollo, aun cuando la mención parezca ocasional; ese personaje, amigo invariablemente fiel, aliado constante de Juárez en el que siempre halló estímulo y aliento, es el Pueblo de México.
¿Qué define a ese personaje, el más importante de la Historia, a quien tanto se invoca en discursos, proclamas y manifiestos? ¿Qué lo caracteriza? No es Pueblo -y valga decirlo sin respeto a la gramática, sino a la manera campirana nuestra-, no es Pueblo ni la aristocracia ni la plebe, porque ambas carecen de conciencia patria y la vida gandula las identifica como parásitos. Tampoco es Pueblo la élite intelectual que se nutre de ideas ajenas y desprecia cuanto forma el ambiente que la rodea; ni es Pueblo quien despoja al Pueblo de su pan, le arrebata su tierra, lo mantiene en la ignorancia o lo engaña.
El Pueblo de Juárez; el Pueblo de siempre, es aquél que, disperso y sufrido, lleva sobre sus espaldas el sustentamiento de la Nación y que no tiene más patrimonio que su trabajo, o que identifica sus intereses con los de la Patria; el que sirve a los demás sin explotarlos, y en los momentos críticos, sin condiciones, aporta su vida y cuanto posee a la causa de una idea noble o a la defensa del país. A Juárez y a su Pueblo jamás los alteraron ni las victorias ni las derrotas, ni los elogios ni las diatribas. Combatiendo contra fuerzas siempre más grandes, actuaron sin calcular ni precaverse de fracasos, sino en aras de un deber impuesto por la obligación de supervivir a cualquier desastre. Juárez y su Pueblo, invulnerables a la desgracia y al desaliento, fueron una sola voluntad de vencer cuanta adversidad interna o externa se opusiera a su destino. Juárez y su Pueblo resultaban insoportables, ya no sólo a sus enemigos, sino aun a algunos liberales de su tiempo, porque inertes en ocasiones, sufrían impasibles ambiciones y aberraciones de la politiquería y el militarismo.
Y es que ambos sabían e intuían lo que era válido y lo que era nulo, lo permanente y lo transitorio, lo positivo y lo negativo en hombres y acontecimientos.
Esta identidad indica por qué la epopeya de Juárez es la epopeya del pueblo de México.
La distancia entre la Nación en 1857 y la nuestra de hoy, tiene diversas dimensiones. De la República de aquella época a la actual, hay distancias cuyas medidas de crecimiento nos las dan las estadísticas de todo orden. Esas cifras son por sí mismas la expresión de la magnitud de los esfuerzos logrados.
Mas si nuestras cifras se comparan con las de otras naciones, advertimos que la proporción de debilidad quizá sea aún mayor ahora que la del México de aquel entonces. No en vano la Nación quedó sujeta durante más de treinta años a un régimen con ambiciones limitadas, exclusivamente, al mantenimiento de una paz infecunda, asesina de la libertad.
Aparte de las cifras que pueden permitirnos comparaciones, y que corresponden a realidades palpables físicamente, hay situaciones que no pueden ser cuantificadas con números: son aquéllas que radican sus orígenes en la mentalidad y el sentimiento de los mexicanos contemporáneos. Y si los números que denotan progreso material nos llevan a la decisión de acumular esfuerzos para superar nuestras presentes debilidades, a fin de no exponernos a riesgos irremediables, lo no cuantificable matemáticamente, en cambio, sí supera en mucho a la República de hace cien años. Los vestigios del Virreinato -sus formas múltiples de feudalismo cimarrón-, las amenazas de pérdidas territoriales, la anárquica disparidad de criterios políticos, la debilidad gubernativa, han desaparecido para dar lugar a un estado de consenso nacional a favor de todo lo que significa progreso cultural y material, perfeccionamiento de leyes e instituciones. Esta distancia la marca la noción de superioridad que da al mexicano medio actual el conocimiento de la situación verdadera de países considerados antes como ejemplos de bienestar, organización y adelanto, así como el conocimiento de las situaciones negativas en que se hallan grandes núcleos de compatriotas, que deben ser rescatados de siglos de retraso.
El mexicano que conoce la Historia de su Patria sabe que la Carta de 1857 y el impulso iconoclasta de las Leyes de Reforma son los antecedentes directos de la Revolución de 1910 y de la Constitución de 1917 y que el Porfiriato significa la frustración del ideario liberal y el resurgimiento de nuevas formas de coloniaje.
Sólo unos cuantos, impotentes para crear algo positivo, pueden renegar de sí mismos y volver los ojos hacia las figuras sombrías de un Hernán Cortés o un Iturbide, e invocar con falsos argumentos las bondades de un Maximiliano o de un Porfirio Díaz, ansiando que reencarnen en una "mano firme", cuando las fallas propias de la condición humana plantean dificultades o problemas en el desarrollo de los programas previstos, o simplemente las situaciones no se desenvuelven de acuerdo con sus intereses de clase o grupo.
Los mexicanos de hoy han aprendido la lección de Juárez, la que enseña que la Ley Civil, cuando corresponde al sentimiento del Pueblo, es más poderosa que la Excomunión y que la Espada; saben que la Ley Constitucional es capaz de normar y encauzar la existencia de la Nación y que ningún tipo de dictadura, de no ser la de la Ley, puede imperar en México. Ello a pesar de quienes fingen no tener fe en la Constitución.
De las muchas reflexiones que la lectura de este libro provocará en sus lectores, dos se destacan por su interés presente y futuro. Una de ellas se refiere a la polémica centralismo-federalismo; la otra al régimen preponderantemente presidencialista que caracteriza al Estado Mexicano moderno y que se inicia bajo el mandato del presidente Juárez. La polémica centralismo-federalismo quedó legalmente liquidada con el pacto constitucional de 1857; mas la dinámica de la vida de la Nación proyecta, cada vez más acentuada, la tendencia hacia la coordinación económica integral que se explica por la disparidad del potencial humano y de los recursos naturales de las entidades que componen la Federación.
En algunas de las entidades que han logrado mayores desarrollos, se han alzado voces, fruto del egoísmo y de la falta de meditación, requiriendo la aplicación de los impuestos federales que en ellas se recaudan, para beneficio exclusivo de la población de esas jurisdicciones, como si esas entidades formaran nacionalidades aisladas, sin relación filial alguna con las entidades de desarrollo limitado, y como si no formaran parte de una misma patria, con obligación de ayudar a los menos dotados actualmente, los cuales, por otra parte, son tributarios de su progreso.
La única posibilidad de neutralizar estas tendencias negativas radica en la gestión presidencial, única capaz de armonizar el desarrollo equilibrado de la Nación y de hacer aplicar programas que las entidades federales están incapacitadas para llevar a cabo.
En lo político, el mismo régimen presidencialista ha actuado a manera de realizador fundamental de los principios sociales y económicos que la Revolución sustenta. Por otra parte, el régimen presidencial está limitado ya no solo por los mandatos constitucionales, sino por la misma opinión pública. No ha habido ni habrá presidente que se atreva a abolir el derecho de huelga, ni a desbaratar el sistema ejidal, ni a poner tácita o implícitamente la riqueza petrolera en manos extrañas, como tampoco ha habido presidente que se haya atrevido a violar la Constitución, ni a usar -aquellos que las han tenido- las facultades extraordinarias, sino en la medida que las emergencias lo han requerido.
Las posibilidades de dar vigor al régimen federal tanto en lo político como en lo económico, radican en el régimen municipal, ya que en tanto éste no sea autónomo y popular, con ingresos bastantes para cumplir su cometido, no sólo como administrador, sino también como promotor de progreso cultural y cívico y de mejoramiento material en las circunscripciones municipales, los gobiernos de los estados, a su vez, estarán incapacitados para ejercer a plenitud las facultades que para ellos requieren quienes gustan disertar sobre temas de Derecho Público.
El camino "corre entre dos mundos", dice Roeder al principiar su narración, el camino de la sierra que lleva hasta Guelatao.
Dos mundos, el occidental y el indígena. Los mismos que el relato cruza a través de todo el libro y que forman los contrastes y las contradicciones, sin explicación aparente, del México en el que Juárez; vivió y en el que vivimos nosotros...

Juárez y su México, Ralph Roeder, Fondo de Cultura Económica, Primera Edición 1972, Pp. 1 al 8.