REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
18 | 11 | 2019
   

Letras, libros y revistas

Mesita de noche


Patricia Zama

En la casa de Georgetown
El norteamericano William Blatty (1928-2017) fallecido recientemente escribió la novela, el guión y dirigió la película El exorcista (1973), que ha alimentado las pesadillas de millones de lectores y espectadores. Aquí un fragmento del primer capítulo:
“Como el maldito y fugaz destello de explosiones solares que sólo impresionan borrosamente los ojos de los ciegos, el comienzo del horror pasó casi inadvertido: de hecho fue quedando olvidado en la locura de lo que vino después, y quizá no lo relacionó de ningún modo con el horror mismo. Era difícil de juzgar.
“La casa era alquilada. Acogedora. Hermética. Una casa de ladrillo, colonial, cubierta de hiedra, en la zona de Georgetown, en Washington D. C. Al otro lado de la calle había una franja de “campus” perteneciente a la Georgetown University; detrás, un escarpado terraplén que caía en pendiente vertical sobre la bulliciosa calle M y, más lejos, el fangoso río Potomac. El primero de abril, por la mañana temprano, la casa estaba en silencio. Chris MacNeil se hallaba incorporada en la cama, repasando el texto de la filmación del día siguiente; Regan, su hija, dormía en su habitación, al final del pasillo, y los sirvientes, Willie y Karl, ambos de edad madura, ocupaban una estancia, contigua a la despensa, en la planta baja.
“Aproximadamente a las 12.25 de la noche, Chris apartó la mirada del guión, y frunció el ceño con perplejidad. Oyó ruidos extraños.
“Eran raros. Apagados. Agrupados rítmicamente. Un código insólito de golpecitos producidos por un muerto… Escuchó durante un momento y luego dejó de prestar atención; pero como los ruidos proseguían, no se podía concentrar. Arrojó violentamente el manuscrito sobre la cama… Salió al pasillo y miró a su alrededor. Parecían provenir del dormitorio de Regan...
“Caminó lentamente por el corredor, y de pronto los golpes se oyeron más fuertes, más rápidos. Al empujar la puerta y entrar en la habitación, cesaron de pronto...
“La niña de once años dormía, firmemente abrazada a un gran oso de felpa de ojos redondos. Arruinado. Descolorido después de muchos años de asfixiarlo, de cubrirlo de tiernos besos húmedos.
“Chris se acercó suavemente al lecho y se inclinó murmurando:

—Rags, ¿estás despierta?
 —Respiración rítmica. Pesada. Profunda.
Chris paseó la vista por el cuarto. La débil luz del pasillo llegaba mortecina y se astillaba sobre los cuadros pintados por Regan, sobre sus esculturas, sobre otros animales de felpa...”

Alejandría
Este 2017 se cumplen 60 años de la aparición de Justin, la primera novela de El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, cuya acertada estructura y audaz erotismo siguen cautivando lectores. Aquí las primeras líneas:
“Otra vez hay mar gruesa y el viento sopla en ráfagas excitantes: en pleno invierno se sienten ya los anticipos de la primavera. Un cielo nacarado, caliente y límpido hasta mediodía, grillos en los rincones umbrosos, y ahora el viento penetrando en los grandes plátanos, escudriñándolos…
“Me he refugiado en esta isla con algunos libros y la niña, la hija de Melissa. No sé por qué empleo la palabra refugiado. Los isleños dicen bromeando que solamente un enfermo puede elegir este lugar perdido para restablecerse. Bueno, digamos, si se prefiere, que he venido aquí para curarme.
“De noche, cuando el viento brama y la niña duerme apaciblemente en su camita de madera junto a la chimenea resonante enciendo una lámpara y doy vueltas en la habitación pensando en mis amigos, en Justin y Nessim, en Melissa y Baltazar. Retrocedo paso a paso en el camino del recuerdo para llegar a la ciudad donde vivimos todos un lapso tan breve, la ciudad que se sirvió de nosotros como si fuéramos su flora, que nos envolvió en conflictos que eran suyos y creíamos equivocadamente nuestros, la amada Alejandría.
“¡He tenido que venir tan lejos para comprenderlo todo! En este desolado promontorio que Arcturo arranca noche a noche de las tinieblas, lejos del polvo calcinado de aquellas tardes de verano, veo al fin que ninguno de nosotros puede ser juzgado por lo que ocurrió entonces. La ciudad es la que debe ser juzgada, aunque seamos sus hijos quienes paguemos el precio.
“En esencia, ¿qué es esa ciudad, la nuestra? ¿Qué resume la palabra Alejandría? Evoco enseguida innumerables calles donde se arremolina el polvo. Hoy es de las moscas y los mendigos, y entre ambas especies, de todos aquellos que llevan una existencia vicaria.
“Cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones; el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta, más allá de la escollera. Pero hay más de cinco sexos y sólo el griego del pueblo es capaz de distinguirlos. La mercadería sexual al alcance de la mano es desconcertante por su variedad y profusión. Es imposible confundir Alejandría con un lugar placentero […]”

A cincuenta años de Cien años de soledad
En mayo de 1967, con una portada improvisada, salieron de la Editorial Sudamericana los primeros ejemplares de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. Un mes después empezó a circular la edición con portada de Vicente Rojo que permanece en la memoria colectiva. Para conmemorar el 50 aniversario de ese acontecimiento, en Cartagena de Indias, Colombia, al Hay Festival, llegaron desde distintos países escritores, actores, músicos y periodistas, además de la gente del pueblo, y durante tres días se hizo una lectura corrida de la novela. Aquí las primeras líneas:
“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas, había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafres se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. ‘Las cosas, tienen vida propia –pregonaba el gitano con áspero acento–, todo es cuestión de despertarles el ánima.’ José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra.”

Detective ramblero
Desde la muerte de Manuel Vázquez Montalbán en 2003, cada febrero Las Ramblas se visten de novela negra para recordar al autor consentido de Barcelona, creador del investigador Pepe Carvalho. Publicada por primera vez en 1979, Los mares del Sur (Planeta) es la más vendida de sus novelas. Aquí algunos fragmentos que delinean al personaje.
“–Los detectives privados somos los termómetros de la moral establecida, Biscuter. Yo te digo que esta sociedad está podrida. No cree en nada.
“...Carvalho no hablaba con Biscuter. Interrogaba a las paredes verdes de su despacho o a alguien supuestamente sentado más allá de su mesa de oficina años cuarenta, barnices suaves oscurecidos durante treinta años, como si hubieran estado siempre a remojo de aquella penumbra de despacho ramblero...
“–Los detectives privados somos tan útiles como los traperos. Rescatamos de la basura lo que aún no es basura. O lo que bien visto podría dejar de ser considerado basura.
“...Por el dictáfono le dijeron que la señora Stuart Pedrell había llegado. Casi sin transición se abrió la puerta y entró en el despacho una mujer de cuarenta y cinco años que hizo daño en el pecho de Carvalho. Entró sin mirarle e impuso su madura esbeltez como si fuera la única presencia digna de atención. Las presentaciones de Viladecans sólo sirvieron para que la mujer morena, de facciones grandes y en el comienzo de la maceración, acentuara la distancia hacia Carvalho. Un ‘encantada’ fugaz fue todo lo que le mereció el detective, y Carvalho le respondió mirándole obsesivamente los senos hasta que ella se vio obligada a palparse el busto, en busca de alguna posible indiscreción en la indumentaria...
“–Mi marido se fue en plena crisis. No era un hombre en sus cabales. Cuando estaba sereno, lo cual era un milagro, se colgaba de cualquiera para contarle la historia de Gauguin. También él quería ser Gauguin. Dejarlo todo y marcharse a los mares del Sur. Es decir, dejarme a mí, a sus hijos, sus negocios, su mundo social, lo que se dice todo.
“...Charo también bebió mientras Carvalho enmendaba sus frustrados forcejeos en la chimenea y encendía un impresionante fuego con la ayuda de un libro que había seleccionado de su mellada biblioteca: Maurice de Forster.
“...Carvalho resumió en una frase veinte años. Había estado en Estados Unidos y ejercía como detective privado.”

Algo tiene diferente
A los sesenta y seis años de edad murió la semana pasada Eusebio Ruvalcaba (1951-2017), poeta, narrador, tallerista y melómano. Con su novela Un hilito de sangre, lectura obligada para adolescentes, conquistó a cientos de miles de lectores fieles que lo siguieron en su columna del mismo título. Aquí un fragmento de su cuento “Aquel cuyos ojos se colman de lágrimas”:
“Es simpático, agradable e invariablemente dan ganas de invitarlo a las reuniones. Su más o menos fino sentido del humor se manifiesta a la primera oportunidad. Por ejemplo, alguien cuenta un chiste o menciona una anécdota graciosa de algún personaje público, y entonces él ríe a carcajadas. Su risa contagia. En el acto las mujeres reparan en él. Algo tiene diferente, quizá es más distinguido, o ha corrido más mundo. Pero la vida la tiene en un puño, piensan.
“Acepta la primera copa. Su garganta no reconoce preferencias. Le da lo mismo si le ofrecen vino, tequila, ron o whisky. Apura el contenido y pide la segunda. Para enseguida consumir la tercera. Se ha agudizado su inteligencia, su sensibilidad ahora es más fina. Comenta con certeza y gracia algún acontecimiento próximo, la última película que ha visto o el descubrimiento de algunas ruinas. Utiliza el sarcasmo con maestría. No es excesivo en sus apreciaciones. Más de un hombre lo escucha con interés. La verdad, con dos copas y media es mucho más interesante. Deja que los demás charlen, que la conversación tome el rumbo dictado por el azar. Porque respeta el azar. Piensa que la mitad de la vida de los hombres la constituye la suerte, justo aquello que no está en las manos de nadie. Escucha en la misma medida [...] Una copa más. Vierte el contenido hasta la boca del vaso. La bebida está a punto de derramarse, pero camina muy derecho. Piensa que acaso alguien lo observe. Piensa que es tan fácil hacer el ridículo [...] Ve alejarse a la chica. Es hermosa; aunque, lo demuestra con un arqueo de cejas, todas las mujeres son hermosas cuando son atentas [...] Se siente abrumado, que alguien repare en él lo abruma. Por un gesto aún más trivial, sería capaz de dar la vida. Quizá por un elote, reflexiona y una gran carcajada está a punto de rubricar su pensamiento. Pero algo le impide reírse como acostumbra: las lágrimas, que de pronto colman su rostro. No se las explica”.

Novedades en la mesa
En camas separadas (Tusquets) es un libro de ensayos acerca de historia y literatura. La edición fue coordinada por David Miklos y participan, entre otros, Antonio Saborit y Susana Quintanilla... El camino de ida (Anagrama) es la última novela publicada en vida del argentino Ricardo Piglia, fallecido el pasado 6 de enero a los 75 años de edad. Se espera la edición definitiva de sus diarios, que escribió durante 60 años y que aparecerán con el sello de Anagrama… Tierra Roja (Planeta) la nueva novela de Pedro Ángel Palou es un mosaico histórico de la época posrevolucionaria, cuando asciende al poder el general Lázaro Cárdenas… La casa de los veinte mil libros (Periférica) de Sasha Abramsky cuenta la historia de una pareja de libreros judíos y la época en la que se dedicaron al cultivo del pensamiento… Un lector maniático es el protagonista de Quien pierde paga (Plaza y Janés), la más reciente novela de Stephen King… En Brújula (Random House), de Mathias Enard, premio Goncourt 2015, un musicólogo vienés recorre su propia infancia en una noche de insomnio… Basada en hechos reales es la nueva novela de Delphine de Vigan (Anagrama)… El nuevo caso del comisario veneciano Brunetti no es un asesinato, sino un crimen, a raíz del cual Manuela, la víctima, sufre un daño cerebral que le impide madurar en Las aguas de la eterna juventud (Seix Barral) la más reciente novela de la norteamericana Donna Leon… “El amor eterno es para inteligentes”, dice el neurofisiólogo Rodolfo Llinas (Bogotá 1934), autor de El cerebro y el mito del yo (Norma), cuya edición en español fue prologada por Gabriel García Márquez... Para Georges Simenon, el criminal es la primera víctima del crimen, dijo su hijo y albacea, John Simenon, durante el festival BCNegra que se llevó a cabo en Barcelona, y también mencionó que la novela que más le gusta, de las escritas por su padre es La nieve estaba sucia (Tusquets)… En el volumen Soconusco Blues se publica la poesía reunida del chiapaneco Hernán Becerra Pino. Contiene los poemarios “Donde muere el caracol”, “Copainalá”, “La poesía y el derecho”, “Cartas de Marsella” e “Isla de Aguas”. Fue publicado en 2014 por el Conaculta de Chiapas…