REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
11 | 08 | 2020
   

Letras, libros y revistas

Hemingway: en busca de un lector inteligente


María Eugenia Merino

Resultaría sumamente simplista atribuir la maestría de Hemingway en el manejo de la prosa a aquella anécdota de que perfeccionó su escritura creativa gracias al periodismo, donde “aprendió” a afinar su redacción con frases cortas y directas, y a eliminar todo aquello que fuera superfluo: lugares comunes, adjetivos innecesarios, ripios y adornos de cualquier tipo, hasta lograr pulirla como se pule una joya -como según él mismo calificó sus historias-. Aunque la anécdota pudiera ser cierta, si vamos a creerle al propio Hemingway, su maestría va más allá de la mera redacción.

Se han generalizado expresiones como el “estilo de Hemingway”, la “literatura hemingwayana”, los “personajes y héroes de Hemingway”, la “teoría del iceberg” que a él se atribuye y hasta los “daiquirís de Hemingway” (dobles y sin azúcar). Se cuentan sus hazañas en el ruedo y en el cuadrilátero, frente a animales salvajes y en la pesca mayor; sus aventuras alrededor del mundo como periodista, como escritor y como buen bebedor y buen vividor, que disfrutaba lo mismo de las mujeres que de un habano. Su fama se acrecentó cuando recibió el Nobel por El viejo y el mar. Él mismo contribuyó a su leyenda no sólo con su vida, sino también con su muerte.

Aunque quizá más conocido por sus novelas -muchas de ellas llevadas al cine-, Ernest Hemingway fue un excelente cuentista.“Colinas como elefantes blancos” y “Un lugar limpio bien iluminado” están considerados como sus cuentos más depurados, donde su manejo del diálogo se hace más patente y donde el autor -que conoce a la perfección su historia y sus personajesha dejado en manos de un narrador, que poco o casi nada sabe de lo que está sucediendo, la tarea de “contarnos” solamente aquello que desde su trinchera de observador puede registrar. Se trata de un narrador totalmente externo y ajeno a la historia llamado “por fuera” o “du dehors” por Alberto Paredes.

Ambas historias se cuentan y avanzan casi exclusivamente por el diálogo, sin acotaciones, dejando al narrador en su mero papel de espectador de la acción, de receptor y transmisor de las voces de los personajes, sin posibilidades de comprender o racionalizar la historia, pero pasándonos al costo las “pistas” que el autor nos hace llegar para que seamos nosotros, los lectores, quienes descifremos lo que está sucediendo, basados sólo en los parlamentos y -muy importanteen la imaginería y los símbolos que Hemingway nos medio oculta o nos medio descubre en las escasas descripciones del narrador, y con las cuales podremos completar el rompecabezas propuesto por Hemingway, quien apela a un lector inteligente que interprete las señales que va poniendo a nuestro alcance para completar la historia a cabalidad.
Se dice que cuando Hemingway presentó por primera vez “Colinas como elefantes blancos” para su publicación fue rechazado porque “no cuenta una historia a la manera tradicional y no tiene argumento...” y tampoco tiene “caracterización tradicional de personajes”; quizás este rechazo original se debió “al hecho de que ninguno de los editores que lo leyeron tenía idea de lo que sucedía en la historia” . Incluso en un principio fue excluido de casi todas la antologías, y fue hasta bien entrada la década de 1990 cuando se convirtió en uno de sus cuentos más antologados.

“Colinas como elefantes blancos”

El cuento abre con una mínima descripción del paisaje -que se refuerza a la mitad de la narración-que resulta esencial para la comprensión de la historia. Es de las poquísimas cosas que nos deja saber el narrador:

Las colinas al otro lado del valle del Ebro eran largas y blancas. De este lado no había sombra ni árboles y la estación estaba entre dos líneas de rieles bajo el sol... El americano y la muchacha que lo acompañaba se sentaron a una mesa en la sombra...
.....
...La muchacha estaba mirando hacia la hilera de cortinas; bajo el sol eran blancas y la campiña era marrón y seca.
-Parecen elefantes blancosdijo ella.
-Nunca he visto unoel hombre bebió su cerveza.
-No, no lo encontrarías.


Aquí se ha establecido un contraste entre los personajes, de los cuales sólo sabemos que son un hombre norteamericano y una muchacha a la que en alguna ocasión se dirigirá con el sobrenombre de Jig. Entre “el hombre” y “la muchacha” deducimos una diferencia de edad. Esperan el tren procedente de Barcelona con destino a Madrid, mientras beben cerveza y anís, que “sabe como a orozuz”, dice ella; a un lado se encuentra su equipaje: unas maletas con etiquetas de diversos hoteles. Entretanto, discuten -a lo largo de todo el cuentoacerca de una “operación” que el hombre quiere que ella se practique, tratando de convencerla una y otra y otra vez de que no es peligrosa, que estará bien y no debe tener miedo pues es algo sencillo: “sólo dejarán pasar aire”, pero que no debe hacerlo si no es su deseo, y sin embargo continúa insistiendo en que lo haga.

Más adelante, el contraste se enfatiza: “Más allá, en el otro lado, había campos de grano y árboles a lo largo de las riberas del Ebro”. Es decir, más allá -quizás en el futuro de la parejahay agua, vegetación, sembradíos, fertilidad, vida; de este lado, calor, tierra reseca, esterilidad.

Mientras la conversación sigue, la tensión entre ambos se ha vuelto tan opresiva que puede sentirse tanto como el calor del sol de este lado de la estación. Ella trata de parecer decidida pero lo cuestiona y duda a ratos; intenta desviar la plática -tratando de ser agradablecon una figura retórica que el hombre no entiende. En un momento dado, dice, señalando hacia los campos de grano: “Y podríamos tener todo esto”... “Podríamos tenerlo todo y cada día lo haremos más imposible”... “Y una vez que nos lo quitan, no podemos recuperarlo”.

Hasta aquí, el misterio acerca de la “operación” por la cual discuten ha dejado de ser eso, un misterio: el hombre está tratando de convencerla para que se practique un aborto.
Veamos sus posturas:

Ella habla de “elefantes blancos”, una metáfora -que en algunas traducciones se pierde al cambiar la posición del adjetivo: “blancos elefantes”de algo en lo que se ha invertido mucho esfuerzo, tiempo e ilusiones, y que al final resulta en algo de muy poca valía. Su comentario de que “todo sabe a orozuz; en especial todas las cosas por las que has esperado mucho, como a ajenjo” se refiere al sabor amargo del orozuz, tan amargo como su decepción ante la actitud del hombre, y a las propiedades abortivas del ajenjo. “Eso es todo lo que hacemos, ¿no?: mirar las cosas y probar nuevas bebidas” nos lleva a deducir la vida superficial que la pareja ha llevado durante las últimas semanas o meses en que han estado viajando juntos. El mundo “ya no es nuestro”... “y una vez que nos lo quitan, no podemos recuperarlo” nos permiten ver que ella ya ha advertido que nunca podrá cumplir su deseo de tener ese hijo; pero lo más importante es que se ha dado cuenta de que, sin importar cuál sea la decisión que tome -abortar o no-, las cosas entre ellos nunca podrán ser iguales.

Por su parte, el hombre no advierte la belleza de las colinas fértiles, reconoce no haber visto nunca un elefante blanco y ni siquiera nota que ella habla en sentido metafórico. “Pasémosla bien”, “¿Tomamos otro trago?”, “Estaremos bien después, igual que como estábamos antes” son frases que pintan su desapego y despreocupación por los sentimientos de su compañera, y sobre todo, su insistencia en el aborto, porque un hijo los ataría y ya no podrían vivir y viajar como antes.

En este punto, la muchacha dice: “¿Podemos tal vez dejar de hablar?”, pero el acoso del hombre continúa hasta que ella exclama: “Por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, por favor, ¿podrías dejar de hablar?”

Siete veces de un por favor que demuestran su hartazgo por la situación y la discusión que no los lleva a ningún lado.

Luego, el tren se aproxima y ellos se preparan para abordarlo. Ella le dice que está “bien”, tratando de calmarlo.

Al parecer, nada se ha resuelto entre ellos, la tensión sigue ahí, ella se siente herida por la actitud de él... pero... esto es “al parecer”, y también esto es lo que hace la diferencia entre la aparente viñeta sobre la escena que acabamos de presenciar, y el verdadero cuento que Hemingway nos ha presentado: hay una evolución.

El lector se preguntará: ¿Evolución?... ¿Cuál?, ¿en dónde?, si sólo hemos sido testigos de una discusión que parece no llevar a ningún lado, como si no tuviera fin ni objetivo. Sin embargo, si bien es cierto que al final no se nos dice cómo se ha resuelto la situación de la pareja, sí sabemos que el personaje de la muchacha ha sufrido un cambio: se ha percatado de cómo están las cosas entre ellos, de que probablemente él no la ama y sólo está interesado en pasarla bien y no en tener un hijo y formar una familia. Como personaje, ella ha evolucionado.

La tensión dramática presente a lo largo de toda la historia no desemboca en una acción, sino en un cambio del personaje; ella es quien ha tomado una decisión, aunque yo lector no sepa cuál es, y deba conformarme con imaginar cuál sería según todas las pistas que me dieron.

El cambio es real; ahí está la evolución y la toma de conciencia del personaje; no se trata sólo de una anécdota ni de una mera escena estática -algo que no entendieron aquellos editores que desdeñaron su publicación-, sino de un cuento redondo, de excelente factura.

La tarea del narrador tradicional de acotar, describir, narrar acciones, interpretar y, en ocasiones, hasta juzgar ha quedado reducida a su mínima expresión: “el hombre bebió su cerveza”, “la muchacha no dijo nada”, “se había quitado el sombrero y lo puso sobre la mesa”, “preguntó una mujer desde la puerta”... No hay descripciones físicas de los personajes ni acotaciones, sólo sabemos que él es un hombre norteamericano y ella una muchacha; el narrador nunca nos explica si ella está enfadada o si responde con desgano, si él alza la voz... Por ello no es de extrañar que una lectura superficial pueda dejar al lector del cuento sin entender que sucede, porque no se ha percatado de que las pistas están tanto en el diálogo como en las poquísimas intervenciones del narrador. ¿Por qué Hemingway no habló abiertamente del aborto?

En primer lugar, nuestro autor ha estado en España, conoce de cerca la moral tradicionalista católica y su época y circunstancia fue de costumbres bastante puritanas, por lo que el aborto era algo no sólo inmoral sino clandestino, fuera de la ley, y bastante riesgoso, y no se podía hablar directamente del tema. Segundo, quizá porque Hemingway quiso apelar a la inteligencia de un lector atento y cuidadoso que supiera leer entre líneas e interpretar los pequeños indicios que el autor desliza en su prosa. Y en tercero y último, porque, a final de cuentas, la pareja sabe de lo que está hablando y no necesita mencionarlo; sin embargo, aun cuando lo que discuten es el dilema de si abortar o no, esto es lo que menos importa, al menos no como para considerarlo el meollo del relato.
En “Colinas como elefantes blancos”, Hemingway nos presenta la historia de la desintegración de una pareja. Éste es, también, el cuento que mejor ejemplifica su ya famosa teoría del iceberg: sumida en las aguas profundas del océano subyacen los pormenores de la anécdota: es claro que la discusión ha comenzado tiempo atrás, llevan ventilando el asunto por un periodo más o menos largo, quizá semanas, de ahí el fastidio de la muchacha de hablar lo mismo y lo mismo repetidamente. Sabemos que su estilo de vida es superficial -viajes, lugares y bebidas nuevasy despreocupada, por lo que un hijo la cambiaría de manera radical, y están en un momento de crisis.

A lo que el lector asiste es al momento del desquebrajamiento, poco menos de cuarenta minutos mientras esperan la llegada del tren; ésta es, tal vez, su última pelea. Más tarde o más temprano, la pareja tendrá que tomar una decisión. El mero hecho de estar en una estación donde hay cruce de trenes implica -simbólicamentedecidir cuál camino tomar.

Los diálogos cobran vital importancia porque a través de ellos nos percatamos de que el hombre es despreocupado, un poco cínico, pertinaz -por decir lo menosy egoísta; puesto que no hay acotaciones, cada parlamento lleva implícita una tensión que nos hace imaginar hasta el tono en que son dichos; son los diálogos los que nos llevan a suponer que ella no parece muy segura de querer abortar.

Hacia el final del cuento, se da la peripecia: aunque pareciera que la conversación continúa en el mismo tono, sin posibilidades de solución, la muchacha, que ya había dicho siete veces “por favor, cállate”, dando muestra de su fastidio, ahora dice: “simplemente, sé cosas”; nos percatamos de que ha empezado a tomar control de su vida y de sus emociones, condición que la lleva a decidir por sí misma en el cierre del cuento, cuando dice “estoy bien”. La decisión está tomada; me toca a mí, lector -si he interpretado correctamente las pistas-, descifrar cuál ha sido.

“Un lugar limpio bien iluminado”

También calificado por algunos como “viñeta”, éste es un cuento profundo donde el autor reflexiona sobre temas que le fueron muy cercanos durante toda su vida, como la depresión, el vacío, la pérdida de la fe, el deterioro que llega con la vejez, el sentido -o sin sentidode la vida y el suicidio.

Cuento también lleno de metáforas y simbolismos que permiten que el lenguaje aparentemente realista, llano y simple adquiera matices intensos y hasta perturbadores. De él dice Anthony Burgess: “...relato corto, magistral... aquí nos da filosofía en palabras. La vida es demasiado corta para todo, excepto para la única cosa que puede desafiar a la muerte: la dignidad humana”.

Al igual que en el cuento anterior, Hemingway hace gala del manejo del diálogo para conducir la historia, dejándole al narrador unas cuantas descripciones que también tendrán peso en la interpretación del significado del relato.

Una historia que nos habla de la nada, esa condición de vacío espiritual donde no queda lugar hacia dónde volver la vista, donde la fe ya no alcanza y la esperanza se ha perdido, y aun así, el ser humano se empeña en no perder su dignidad, bastión último para enfrentarse al mundo hostil que lo rodea.
En este cuento no necesitamos pistas para entender la historia; ésta queda bastante clara. Su fuerza reside en su poder para hacernos reflexionar sobre el vacío de nuestra existencia, la pérdida de la fe, de los valores más elementales y del sentido de la vida. “Cuando todo ha fallado, el hombre debe tener algo en qué apoyarse, de otra manera, la única opción es el suicidio, y el suicidio es el final de todo”, dice James L. Roberts.

La anécdota de “Un lugar limpio bien iluminado” es mínima; podríamos decir que no hay historia, o que es una historia en la que no pasa nada:

Un viejo, sordo, bebe en un café español atendido por dos meseros: uno joven y otro viejo. Es de madrugada y el joven, impaciente por retirarse a su casa a dormir con su mujer, trata mal al viejo parroquiano; en cambio, el mesero mayor lo defiende atribuyendo su manera de beber a la soledad. Ambos meseros recuerdan que el anciano trató de suicidarse días atrás, y el joven no entiende qué razones pudo haber tenido para hacerlo pues era un hombre con dinero; además, se burla de su condición de hombre mayor diciendo: “Un viejo es una cosa asquerosa”. Cuando por fin se retira el anciano, tratando de guardar la compostura al caminar a pesar de lo mucho que ha bebido, los meseros cierran el local y, al apagar la luz antes de salir, hablando consigo mismo, el mesero mayor concluye que lo que necesita es la luz y un lugar limpio y agradable que le permita conservar su dignidad.

Éste es el corazón de la historia.

Al final del día -como al final de la vida-, los hombres solos necesitan la luz que aleje la oscuridad, las tinieblas de la noche, lo atemorizante de la nada que llega envuelta en sombras; necesitan un lugar donde ahuyentar las horas que se alargan interminablemente antes de que el sueño llegue.
El mesero joven no lo entiende, él no tiene ese problema, pero su compañero conoce bien esa soledad y ese temor nocturno, pues él mismo, al salir de su trabajo y dirigirse a su casa, busca también un lugar limpio bien iluminado para retrasar la llegada a su solitaria habitación, antes de que sus propias tinieblas lo atrapen.

Cuando medita en todo ello, el mesero viejo repite una parodia del Padrenuestro donde la palabra nada, en español en el original, sustituye a la mayoría de los vocablos: “Nada muestra que estás en la nada, nada sea tu nombre, nada tu reino, nada tu voluntad...” Y así, este hombre solitario, que “Ahora, sin pensarlo más, iría a casa a su habitación; se acostaría en la cama y, por último, se dormiría”, se consuela: “Después de todo -se dijo a sí mismo-, es probable que sólo sea insomnio. Muchos lo padecen”. En México diríamos “mal de muchos, remedio de tontos”.

Con “Colinas como elefantes blancos” y “Un lugar limpio bien iluminado”, Hemingway nos ha entregado una caja de rompecabezas con todas las piezas necesarias para armar una historia apenas esbozada por el autor, quien pide, exige, un lector comprometido que se atreva a ser parte del texto, que interprete las señales, que participe con sus propias conclusiones. Un lector ideal, diría yo, que no se contente con una lectura superficial, con una historia digerida que no lo obliga a pensar, sino, por el contrario, que se sienta obligado a ser la pieza faltante del rompecabezas, la verdadera vuelta de tuerca del cuento