REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
15 | 11 | 2019
   

De nuestra portada

"Recordanzas" con René Avilés Fabila


Martha Fernández

Dormirás muchas horas todavía
sobre la orilla vieja
y encontrarás una mañana pura
amarrada tu barca a otra ribera
Antonio Machado

René, como sabemos quiénes lo hemos leído, fue un escritor notable que supo imprimir a su obra su propia personalidad, sus nostalgias, sus momentos festivos, sus amores y desamores, sus afectos y desafectos, con impecable estilo literario y con un extraordinario manejo del humor, de la ironía y del sarcasmo. Pero hoy quiero referirme y recordar no al escritor de fama y prestigio nacionales e internacionales, sino a René, mi amigo, con quien compartí aventuras y desventuras personales y culturales. Un hombre cálido, que gustaba vestir como dandi, y comer y beber como monarca. Que sabía ser amigo de sus amigos, gracias a su muy claro sentido de la lealtad. Que tuvo una muy vasta cultura y una sensibilidad única para el arte; que estuvo dotado de un inteligente sentido del humor y una sonrisa encantadora. Mi amigo, a quien conocí simplemente porque era generoso y comenzó a publicar mis artículos en la sección “La cultura al día” que fundó y dirigió en el periódico Excélsior, sin conocerme siquiera, sólo porque nuestro amigo Alberto Dallal, me había invitado a participar ahí. Cuando después de meses por fin, nos vimos personalmente, él mismo me invitó a seguir colaborando, primero en esa sección y después en el Suplemento Cultural El Búho, que también fundó y dirigió en el mismo periódico y con el que obtuvo el Premio Nacional de Periodismo el año de 1991.
Le agradecí y le agradeceré siempre que me haya abierto las puertas del periodismo cultural. Yo jamás había incursionado en ese mundo. Ahí aprendí a escribir para el público en general y no sólo para los especialistas. Disfruté mucho esa época; fue un “jefe” muy tolerante y apoyador. Recuerdo una ocasión, cuando se suscitó una polémica relacionada con el edificio del ex Arzobispado de México, René me dio una plana completa para que pudiera defenderme del arquitecto Sergio Zaldívar (hoy amigo mío), quien me había acusado públicamente de mentir sobre su proyecto de convertir ese monumento en restaurante.
Como funcionario, al parecer era muy exigente con las personas que trabajaban con él, pero nunca perdió su calidad humana. El día que lo vi por primera vez, fungía como Director General de Difusión Cultural de la UNAM, un cargo de enorme importancia en la institución y, sin embargo, me recibió con una amplia sonrisa. Siempre sonreía. No recuerdo de qué hablamos en concreto en aquella ocasión; seguramente de todo y de nada, pero sí recuerdo que no paré de reír desde que lo saludé hasta que me despedí.
Cuando fue Jefe de Publicaciones en el entonces Departamento del Distrito Federal, se ganó el respeto, pero también el cariño de sus colaboradores, quienes bromeaban con él y en torno suyo. En una ocasión que llegó vestido con una chamarra de piel, las secretarias corrieron la voz: “el licenciado viene vestido de pleonasmo”; cuando René se enteró, se sonrió burlonamente, pero dejó que la ocurrencia siguiera difundiéndose. En otra oportunidad, él mismo me involucró en una broma con un grupo de personas que lo visitaban: “Les presento -dijo- a Martha Fernández, una investigadora que tiene proyectos muy interesantes… en los que nadie cree”.
En esa dependencia me editó las primeras obras que publiqué fuera del ámbito universitario: dos libros y un estudio introductorio. El título de uno de esos libros: La ciudad de México de Gran Tenochtitlan a mancha urbana, 2 René lo convirtió en una frase que repitió muchas veces en sus artículos periodísticos, citándome, desde luego, por lo que yo siempre le decía: “gracias a ti, no moriré en el anonimato”.
Desde aquellos lejanos años ochenta del siglo XX, tuvimos por costumbre recorrer el Centro Histórico de la ciudad de México. Él amaba ese sitio que le traía muchos recuerdos y a mí me encanta porque mi especialidad es, precisamente, la arquitectura virreinal. En diversas ocasiones nos acompañó el arquitecto Luis Ortiz Macedo (o nosotros lo acompañamos a él). Recorrimos varios sitios, pero ahora quiero recordar uno en particular: la todavía muy hermosa plaza de Santo Domingo, de la que René escribió en su Antigua grandeza mexicana: “ha conservado su intimidad poética y su discreta mezcla de severos edificios y cordiales arcos, donde una heroína de la Independencia la preside”, 3 se refirió, claro, a la Corregidora Josefa Ortiz de Domínguez, y agregó:

el sitio fue grandioso en la Gran Tenochtitlan, en la Nueva España sufrió profundas transformaciones que le dieron una belleza distinta, hoy es un símbolo de nuestra historia que ha sabido conservar su discreta elegancia, encanto y donosura, un ejemplo del barroco que en tierras mexicanas consiguió una interesante singularidad. 4

Así que mientras el arquitecto Ortiz Macedo explicaba cómo había construido las arcadas que están junto a la iglesia, tratando de imitar la portería que tuvo el convento de los Predicadores, hasta antes de la Reforma juarista, René platicaba de los personajes que habían vivido por ese rumbo o que simplemente habían visitado el Centro Histórico, como Leona Vicario y Andrés Quintana Roo, quienes habitaron la casa que hoy ocupa la Coordinación Nacional de Literatura del INBA; los lugares donde habían vivido Manuel Gutiérrez Nájera, Ignacio Manuel Altamirano, Xavier Villaurrutia y Sor Juana Inés de la Cruz, entre otros.
Pero en realidad lo que resultó más interesante y conmovedor fueron sus recuerdos en la Secretaría de Educación Pública que ocupa dos edificios: la ex Aduana de Santo Domingo y el claustro de lo que fue el convento de monjas de la Encarnación. Nos platicó que desde niño acompañaba a su mamá, la maestra doña Clemencia Fabila, a las oficinas, entre los murales de Siqueiros y Rivera, que siempre le impresionaron. Obviamente, habló también de la ideología de esos artistas, que él mismo compartía y que es indispensable para comprender su obra, de manera que se preguntó y nos preguntó: “¿Podríamos, por ejemplo, analizar la estética de Siqueiros, dejando de lado su militancia política, su ideología?”. En El libro de mi madre, cuenta que, al salir de la Secretaría, su mamá lo llevaba “a comer perros calientes a Sidralí, en las calles de Palma, un sitio hoy desaparecido.” 5
También nos contó, cómo recordaba la oficina de su padre, el maestro René Avilés Rojas, junto a la de Martín Luis Guzmán y cómo entre ambos, habían ideado y creado el libro de texto gratuito, que todavía hoy se reparte en las escuelas públicas de educación básica. Pese a lo alejado que René estuvo de su padre, nos dijo con orgullo: “yo no era hijo de un comerciante, sino de un escritor y maestro ilustre”.
El arquitecto Ortiz Macedo, también habló del momento en el que al Palacio de la Inquisición (hoy Museo de Medicina y Protomedicato de la UNAM) le habían retirado el tercer piso, que había levantado la Universidad cuando fue Escuela de Medicina. Ocurrió el año de 1968, momento en que se remodeló la plaza. Y mientras él y yo nos deleitábamos con las cualidades artísticas del edificio, René pensaba más bien en las historias de tormentos que se vivieron en el inmueble durante la época virreinal, justo cuando funcionaba el Santo Oficio de la Inquisición, de manera que para él era un edificio lúgubre porque

en su interior -decía- reinó el dolor y la tragedia, el espanto, el miedo a la tortura sin límite para extraer confesiones. Era un lugar de calabozos y salas de interrogatorios, de instrumentos de tortura y sufrimiento. Dueño de misteriosos túneles y bóvedas o cuevas enigmáticas que sólo conocían los temibles inquisidores para ocultar sus aberraciones y los cuerpos de sus incontables víctimas, como publicó años más tarde. 6 Claro que René también recordó -no podía ser de otra manera-la famosa leyenda de La mulata de Córdoba, que logró escapar de las cárceles inquisitoriales, en un bergantín pintado por ella misma en la pared de su mazmorra, narrada por don Artemio del Valle-Arizpe. 7

Alguna otra ocasión, también visitamos la Librería Porrúa; la original, la del Centro. Estaba en aquel momento en malas condiciones; nos dolimos de lo que parecía descuido, abandono, como si se tratara de una librería en crisis, por eso cuando se inició su remodelación en el año 2008, se entusiasmó tanto que me escribió:

es una maravilla, le hicieron enormes y significativas reformas y ahora será un palacio moderno dentro de una antigua edificación. La vista es impresionante y tendrá restaurante, cafetería, local para computadoras y todo lo imaginable. Me dijeron que, además, están abriendo librerías por todo el país, una incluida a dos pasos de la UAM…
Por ese lugar -continuó- han pasado todos los escritores de México, mi papá tiene un libro sobre Ignacio Ramírez y yo les di el prólogo para una reedición de la China Mendoza. No tienen idea del valor de sus archivos. En un momento en que todas las editoriales importantes están en manos extranjeras (menos el Fondo y la UNAM), el que crezca enormidades y se modernice Porrúa es muy buena cosa. Como verás, me entusiasmé a tal grado, que se me olvidó ir a la Normal a grabar un programa sobre el 68, qué pena, pero los libros y su mundo son apasionantes. 8

Recientemente visité la librería y comí en su restaurante, en efecto, la vista es impresionante: las torres de la Catedral, el palacio del marqués del Apartado, Templo Mayor, la cúpula de Santa Teresa la Antigua… Su contemplación me dio oportunidad de recordar esas palabras de René y, desde luego, imaginarlo en su muy querida Prepa 7, edificio porfiriano que hoy es sede del Palacio de la Autonomía de la UNAM y que también se puede admirar desde la Librería Porrúa.
Pero quizá uno de los recuerdos más conmovedores que tengo de los paseos con René, no fue al Centro Histórico, sino a Villa de Cortés. Como tuve oportunidad de explicar hace poco tiempo, 9 la idea fue visitar el lugar para tomar fotos y, si así lo deseaba, ilustrara la siguiente edición de su novela El reino vencido. En ese libro, llama a la colonia Ciudad Jardín y, aunque me confesó que se había arrepentido de cambiarle el nombre, en realidad pienso que, en su imaginario, ese lugar, ubicado a un costado de Calzada de Tlalpan, fue realmente un jardín para él. Así lo describió él mismo en su novela:

El recuerdo más hermoso que me queda es el de la calle donde pasé más de veinte años, de los tres o cuatro hasta los veinticinco, cuando abandoné esa casa para siempre. La colonia en tal época era el punto más remoto de una ciudad poco poblada que crecía con tranquilidad. Era un lugar arbolado, con jardines y fuentes y con familias que recién comenzaban, de tal forma que viví rodeado de niños que conmigo crecieron, se hicieron adolescentes y cuando todos llegamos a ser adultos inició la dispersión y así, quizá, el final de un lugar que yo vi como una especie de edén y que hoy siento como un paraíso perdido.10

En esa colonia, me dijo entre divertido y nostálgico, habían vivido muchos artistas de la llamada “Época de Oro” del cine nacional, como Lilia Prado, Magda Guzmán y su hermano “El Flaco” Roberto Guzmán, Gabilondo Soler, “Cri-Cri” y Andrés Soler. En la novela, agregó que como su colonia estaba a medio camino de lo que era el “Hollywood mexicano, los Estudios Churubusco y alguna otra empresa de cine como Clasa Films Mundiales”, era frecuente que otros artistas como Jorge Negrete, Luis Aguilar, el Indio Fernández y Columba Domínguez, fueran a visitar a sus colegas que vivían ahí. 11 En alguna ocasión también me escribió: “Otro día, cuanto esté ebrio, te contaré mis hazañas con lindas damiselas del cine mexicano. Hoy seré un caballero o un charro negro, con su cuaco retozón y sonando sus espuelas, chirrin, chirrin…, con sus pistolas de cacha plateada.” 12
Cuando llegamos a su colonia, me dijo, de entrada, que él había sido el “reyecito” de ese lugar. Claro, comenté, un niño listo, inteligente, guapito… “Uy no -me interrumpió- de eso me di cuenta hasta los… seis años y medio”. Estacionamos el auto frente a la casa de las Garzas, que aparece en la novela; así la bautizaron, explica, porque en sus jardines “paseaban tres garzas”, 13 que ahora están fabricadas de algún material deleznable. Del otro lado de la calle, la casa de su amigo Sergio López Villafañe, quien lo rescató con su triciclo de un lote baldío, cuando su mamá lo corrió de su casa, a los tres años de edad. A unos pasos de distancia, la casa donde vivió René, con algunas características del estilo arquitectónico de moda en ese tiempo: el colonial californiano. De inmediato me señaló el balcón: “ahí estaba la recámara de mis abuelos”, me dijo. A mi abuelo, lo adoré, me explicó, “tanto, que cuando perdió la vista y siendo aficionado al cine, lo acompañé como lazarillo, no a ver, sino a escuchar las películas mexicanas”, aunque René realmente las detestaba. Alguna vez me comentó, con justificada razón:

Los valores que trató de endilgarme el cine mexicano fueron espantosos. El Indio Fernández, en películas de corte revolucionario, te soplaba al señor cura, al ranchero rico, al campesino jodido pero contento porque el amo canta[ba] rancheras y no lo hacía mal. Y siempre un altar, siempre Dolores o María rezando… Yo soy ateo… Mientras los gringos hacían personajes policiacos memorables con Bogart interpretando novelas de Hammer, aquí veía yo a Clavillazo haciendo Peter Pérez. Mi extranjerismo se hizo sólido… Luego me pasé al comunismo y allí me dijeron que éramos internacionalistas y que los obreros no tenían patria. Me sentí reconfortado, total, si me gustaban las mujeres de cualquier nacionalidad, ¿por qué no sus países? 14

De su casa pasamos a ver las fuentes que todavía se conservan. Ambas son art déco, aunque imagino que de diferentes autores. Ahí me contó varias travesuras infantiles que solía planear con sus amigos, como la de hacer “trampas”, o sea, hoyos en el jardín cubiertos con pasto, para que se cayeran los transeúntes, y claro que también me narró algunas aventuras de él y de sus compañeros adolescentes, ya desprovistas de toda inocencia.
Su entusiasmo fue tal al visitar su “paraíso perdido”, que me mostró la iglesia donde hizo su Primera Comunión y entró conmigo para ver y fotografiar el interior. El templo, debo decir, es bastante feo y desangelado, pero no era el edificio, sino sus “recordanzas”, los recuerdos de su infancia, de sus abuelos y de sus amigos, algunos ya fallecidos, lo que impulsó a René a entrar a ese lugar. Fue un paseo único, memorable, especialmente por la emoción que reflejaba René con su mirada y sus gestos.
Esos y otros paseos fueron muy enriquecedores para mí, muy divertidos y muy entrañables. Fue un privilegio haber sido amiga de René Avilés Fabila. Por ello y por la profunda huella que me dejó tu amistad, René querido, gracias; siempre de echaré de menos; tu ausencia nunca dejará de ser tristeza y angustia y dolor, porque como bien dicen en Sevilla: “algo se muere en el alma, cuando un amigo se va”, sobre todo, cuando ese amigo, ha sido tan especial como tú.



Recordanzas es el título de dos libros de René Avilés Fabila que me tomé la libertad de utilizar como un recuerdo respetuoso de un término creado por él. Tales libros son: Recordanzas, México, Nueva Imagen, 2003 y Nuevas recordanzas, México, Nueva Imagen, 2003.
2 Martha Fernández: La ciudad de México de Gran Tenochtitlan a mancha urbana, prólogo de René Avilés Fabila, México, Departamento del Distrito Federal, 1987 (Colección Distrito Federal: 14).
3 René Avilés Fabila: Antigua grandeza mexicana. Nostalgias del ombligo del mundo, prólogo de Martha Fernández, México, Editorial Porrúa, 2010, p. 17.
4 Ibidem, p. 22.
5 René Avilés Fabila: El libro de mi madre, México, Miguel Ángel Porrúa, Varia Literaria Pirul, 2003, p. 27.
6 René Avilés Fabila: Antigua grandeza mexicana, pp. 27-28.
7 Artemio del Valle-Arizpe: Historia, tradiciones y leyendas de las calles de México, t. I, prólogo de Jermán Argueta, México, Lectorum, 2008, pp. 57-61.
8 Correo electrónico enviado por René Avilés Fabila a Martha Fernández, el 15 de agosto de 2008.
9 Martha Fernández: “René Avilés Fabila (1940-2016). Intelectual destacado y un amigo de excepción. Culturalmente incorrecto”, en Revista Electrónica Imágenes del Instituto de Investigaciones Estéticas, Universidad Nacional Autónoma de México. Sección “Rastros y efectos”. A partir del 4 de noviembre de 2016. Enlace: http://www.revistaimagenes.esteticas.unam.mx/node/106
10 René Avilés Fabila: El reino vencido, México, Nueva Imagen, Universidad Autónoma Metropolitana, 2005, pp. 19-20.
11 Ibidem, p. 24.
12 Correo electrónico enviado por René Avilés Fabila a Martha Fernández, el 24 de diciembre de 2007.
13 René Avilés Fabila: El reino vencido, p. 23.
14 Correo electrónico enviado por René Avilés Fabila a Martha Fernández, el 24 de diciembre de 2007.