REVISTA DIGITAL DE PROMOCIÓN CULTURAL                     Director: René Avilés Fabila
23 | 07 | 2019
   

De nuestra portada

Totalitarismo y guerra mundial


Hugo Enrique Sáez A.

La guerra sistémica que azota al mundo en esta segunda década del siglo XXI se desarrolla en muchos frentes y con diferentes tipos de armas, que derivan de la lucha por obtener la supremacía en el terreno de las finanzas y de la producción, con lo que el bloque de poder garantiza la hegemonía política y cultural. La exacerbada violencia en el planeta exige elaborar nuevas categorías que redefinan el concepto de guerra, así como las correspondientes nociones de estado nación, legalidad, frente de combate y fuerzas beligerantes, relaciones comerciales y economía transnacional, armas y tecnologías de destrucción masiva, víctimas militares y civiles, espacio físico y virtual. Una síntesis esclarecedora dice así: “La guerra del siglo XXI es gris. Y sin tregua. No se declara, no se inicia con una acción hostil, con un Pearl Harbor, ni concluye con un Tratado de Versalles. Sus victorias y derrotas son ambiguas. Los nuevos conflictos carecen de frente de batalla y reglas de enfrentamiento. Hoy la guerra no se desarrolla en un espacio preciso, no sabe de fronteras y apenas de banderas. Incluso es difícil culpar a alguien por haberla provocado: puede ser un pirata informático, un oscuro equipo de operaciones especiales o un dron sin nacionalidad. El mundo libre, con sus ejércitos, rígidos y estancos, no está preparado para plantarle cara.” (El País, 12-02-2017)
En la línea del darwinismo social, se trata de que se está desarrollando una brutal agresión de la oligarquía plutocrática del planeta en contra de los débiles; razón que explica la tremenda desigualdad en la relación de fuerzas. Los que ejercen el poder político y económico disponen de una desbordante cantidad de recursos militares, tecnológicos, legales, monetarios. En contraste, los pobres, los hambrientos, las etnias explotadas, los marginados de cualquier clase, los enfermos sin asistencia médica, los desempleados, los activistas conscientes, los que viven en la calle o en aldeas perdidas, a veces sólo disponen de la opción de escapar de las zonas calientes y buscar el sustento de cualquier manera. En otros casos, su frente de lucha es salir a las calles para manifestar su desesperación y su hastío. Con frecuencias se los infiltra con elementos de la policía que los invitan a cometer saqueos para que los medios de comunicación exhiban esos actos y el público pasivo y cautivo del poder asimila las protestas a la obra de delincuentes.
El Estado de base democrática tiende a extinguirse poco a poco a partir del decenio de 1980, en que gobernaron Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en el Reino Unido. La principal transformación que se introdujo en esa época fue la necesidad de que los gobiernos controlaran los indicadores macroeconómicos (crecimiento del PIB, inflación, etc.), por lo que la administración de la economía se constituyó en la política central del Estado. A partir del ministerio respectivo se regulaba al resto del gobierno en función de pautas económicas.
Mediante el control vertical, la concepción totalitaria del poder asimila la función del Estado a la función de la empresa. El Estado se basa en el derecho, mientras que el totalitarismo actual se dedica a la administración de esa institución como empresa en consonancia con la acumulación capitalista. Un asesor del gobierno de Mauricio Macri recomendó recientemente que desde el gobierno se generara la sensación de “incertidumbre” entre la población sometida y que los afectados terminaran por disfrutar esa situación. La minimización de políticas sociales, las alzas desmedidas de servicios públicos, el desempleo de millones de trabajadores, la discriminación étnica y de todo tipo, son líneas de acción gubernamental que marchan en esa dirección.
En ese contexto, es válido interrogarse: ¿existe la justicia -ese valor artificial del derecho y de la filosofía- entre los animales que hablan, llamados humanos? Un breve repaso histórico puede orientarnos hacia la respuesta. Los acuerdos de Bretton Woods firmados en 1944 dieron lugar a la fundación del Fondo Monetario Internacional y al establecimiento del dólar como patrón de intercambio comercial y financiero a escala internacional. El orden de la posguerra se mantuvo hasta 1972, en que nuevos actores de fuerte crecimiento económico (Japón y la República Federal de Alemania) modificaron el escenario mundial, al obligar que Estados Unidos asumiera un papel más agresivo en el escenario mundial. Con posterioridad, se supone que la caída del muro de Berlín, seguida de la posterior extinción de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) habrían marcado el fin de la llamada “guerra fría”, en la que se enfrentaban dos sistemas económico-sociales, el capitalismo de “libre competencia” y el “socialismo real” (en realidad, una especie de capitalismo de Estado). Por una parte, se celebraba entonces “el fin de la historia” (Francis Fukuyama), entendida la frase en el sentido de una expansión inexorable del capitalismo como único modo de producción en el mundo y el desarrollo de sus mecanismos de competencia sin oposición en todos los países. Por otro, se formulaba un decálogo de medidas necesarias para que dicha expansión se generara a partir del “Consenso de Washington” (Williamson). Un moderno “arco de triunfo” (las comidas rápidas de McDonald´s) se instalaba en Moscú. Quedaban atrás las brutales guerras mundiales del siglo XX y se iniciaría, presuntamente, una fase de la historia sin esos criminales conflictos.
No obstante, una nueva forma de violencia comenzó a desatarse en el planeta, que incluso afectó el territorio de Estados Unidos en septiembre de 2001, cuando dos aviones piloteados por suicidas del grupo Al Qaeda derribaron las Torres Gemelas de Nueva York. Desde que las tropas de Doroteo Arango (Pancho Villa) atacaran Columbus en marzo de 1916, ninguna organización militar extranjera se había atrevido a intervenir en el territorio de la gran potencia capitalista. Como se expone en el presente artículo, nos hallamos en medio de una guerra no declarada que se manifiesta en todo el sistema mundial, sin respetar fronteras, sin trincheras definidas, sin distinciones entre zona de operaciones y zona neutral. Los muertos de las Torres Gemelas, por ejemplo, eran turistas y trabajadores en su inmensa mayoría. Los jefes no habían llegado a sus oficinas. Los dos edificios constituían a la vez un objeto físico y un objeto simbólico. “El objeto arquitectónico ha sido destruido, pero es el objeto simbólico el que estaba en la mira y el que se quería aniquilar”, es lo que reflexionó Jean Baudrillard. Por ende, se pelea con símbolos que representan valores económicos, políticos, culturales y sociales.
Los jefes de Estado, los banqueros, los políticos, los terratenientes, los ricos de Forbes, miran de lejos las masacres y mandan a las zonas calientes a individuos que ni siquiera comprenden las razones del conflicto en que se hallan inmersos. En la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, un millón setecientos mil naturales de la India fueron obligados a formar parte del ejército inglés. Muchos murieron de frío al no estar acostumbrados a las temperaturas invernales de Europa. A su vez, Francia echó mano de sus colonias africanas para conformar sus huestes. Es sabido que veteranos estadunidenses de la invasión a Vietnam sufren trastornos mentales que los impulsan al suicidio o a convertirse en francotiradores despiadados de lugares públicos. En las nuevas formas de la guerra sistémica, las víctimas a menudo son civiles ajenos a los intereses nacionales o a las ideologías que se enfrentaban en la guerra fría. Luego, es necesario modificar un concepto arcaico de la guerra, como parcialmente lo sugiere este autor.
Se dice que los Estados son esenciales para la creación de redes terroristas transnacionales, pero ¿no será precisamente la falta de Estado, la inexistencia de estructuras estatales que funcionen, el humus de las actividades terroristas? ¿No podría ser que la imputación a Estados y hombres en las sombras siga teniendo su origen en un pensamiento militar y que estemos en el umbral de una individualización de la guerra en la que ya no “guerreen” Estados contra Estados sino individuos contra Estados? (Ulrich Beck)

En efecto, así se describe una dimensión parcial de la guerra sistémica. En esta sociedad del riesgo también “guerrean” organizaciones criminales en contra de estados, y viceversa, o bien individuos contra otros individuos, a los que se ha convertido en meros objetivos vacíos. En suma, la guerra es al mismo tiempo militar y civil; los enemigos se definen a partir de una lucha por recursos de índole diversa. Las viviendas se blindan; las cámaras en las calles registran crímenes atroces; los individuos se equipan con armas altamente mortíferas.
La falta de acciones del Estado para apaciguar la violencia se relaciona con un hecho central de esta fase de la historia: el poder en su máxima expresión se trasladó de los políticos a las corporaciones y a los sistemas de información, en un proceso iniciado por los gobiernos de Reagan y Thatcher. Por encima de los estados nacionales se erige una trama compleja de organizaciones internacionales que intervienen en el control de las políticas en áreas diversas, ya sea de las reglas del comercio, de los contenidos y estándares de la educación.
Las reformas económicas que se pusieron en práctica en diversos países a partir de la década de 1980 fueron sintetizadas por el economista John Williamson en una lista de diez políticas de ajuste que luego se aplicarían en América Latina como expresión del “Consenso de Washington”, término con que se aludía al complejo integrado por los organismos internacionales [Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial (BM)] radicados en la capital estadunidense, el Congreso y la Reserva Federal de este país, así como otras instituciones y expertos. El ajuste modificaría la estructura del Estado de Bienestar, que para los economistas neoliberales se erigía como un obstáculo para la libre competencia, por las excesivas regulaciones que imponía, orientadas a trabar y desincentivar las inversiones extranjeras. Reagan (presidente locutor de las empresas trasnacionales) había dicho que no se debía castigar a los “exitosos” (o sea, los ricos) con mayores impuestos. En el nuevo esquema se privilegiaría el impuesto al valor agregado (IVA), que cualquiera paga incluso al adquirir un refresco.
Se presentaba una figura monstruosa del Estado de Bienestar y se retornaba a la vieja propuesta de Adam Smith: dejar que la armonía social surgiera de una “mano invisible” que premia el éxito y castiga el fracaso. Se consideraba que la base impositiva era ineficiente porque los gobiernos hacían gastos excesivos con lo recaudado y su apropiación privada permitía la proliferación de corruptos. Además, la apertura comercial de las fronteras se exigía como condición para el ingreso de inversiones, así como de productos y servicios, sobre todo tecnológicos, que posibilitarían un desarrollo “modernizador”. Los elevados aranceles y la restricción de importaciones habrían creado una burguesía nacional incompetente, a la que se reemplazaría por empresas dinámicas y centradas en la productividad.
Entre las medidas recomendadas se resaltaban como indispensables la privatización de empresas estatales y la desregulación de los mercados, el descenso de los aranceles a niveles mínimos, así como el reordenamiento del gasto social, que debería asumirse privatizando la salud y la educación. Así, los gobiernos debían olvidarse del problema de la equidad y limitarse a diseñar políticas para contener a la población desfavorecida en rangos controlables con planes de apoyo que de forma simultánea sirvieran para obtener el consenso de amplias mayorías en situación de pobreza. Por supuesto, la “seguridad pública” continuaría siendo una función esencial del Estado, en prevención de disturbios y rebeldías surgidos del previsible incremento de la precariedad en diversos sectores sociales.
La expansión de los mercados globales para las finanzas y los servicios especializados, la necesidad de redes de servicios transnacionales debida a las fuertes alzas de la inversión internacional, el papel cada vez menos decisivo de los gobiernos nacionales en la regulación de la actividad económica internacional y el subsiguiente auge de otros contextos institucionales, y en especial el de los mercados globales y las sedes centrales corporativas, apuntan a la existencia de una serie de redes de ciudades transnacionales en las que se concentra el poder mundial, más allá de las fronteras políticas entre los estados nacionales. La socióloga holandesa Saskia Sassen designa este nuevo poder como “ciudad global”, concepto en el que se abarca el funcionamiento de 40 ciudades del mundo bastante diversas que concentran una suma inaudita de recursos económicos y tecnológicos. Sobresalen en su estudio metrópolis como Nueva York, Londres, Frankfurt, Shanghái, Tokio, y las únicas latinoamericanas son Sao Paulo en Brasil y la Ciudad de México. La interacción empresarial, financiera y de servicios las unifica como un territorio económico-político supranacional cuyos movimientos impactan en todo el planeta. Hay que despedirse de la idea de democracia como un gobierno que representa los intereses del pueblo, dado que las corporaciones financieras toman decisiones en función del crecimiento de sus fortunas, sin consultar a los ciudadanos, mientras que los softwares del complejo tecnológico se dedican a construir el futuro, ignorado por las grandes mayorías del planeta.
Con todo, no se piense que la prosperidad económica en estas ciudades sea homogénea ni equitativa; al contrario, junto a ingresos millonarios de directivos en las empresas monopolísticas y en las financieras, se advierte la brecha con quienes desempeñan funciones subalternas, como la limpieza y otros servicios manuales, al tiempo que se detecta en estas mega urbes el surgimiento del trabajo informal en forma creciente, destinado a satisfacer una demanda efectiva representada por los sectores de menores ingresos, imposibilitados de acceder a consumos provistos por las empresas de consumo suntuario.
El efecto de las transformaciones económicas y financieras se resintió en otras áreas de la sociedad, como la cultura y la educación. Al asignarse al Estado nación una función desreguladora del mercado, empezó a desligarse de la cultura y la educación como pilares para la construcción de la comunidad nacional y se los clasificó en el orden de los servicios. Como afirma Hugo Aboites en una entrevista, se asimiló la educación al concepto de instrucción y se la equiparó a cualquier tipo de servicio, desde la limpieza a la cosmetología. Por supuesto, la impartición de este servicio tendió a convertirse en una mercancía que se ofrece en diversos mercados, con lo que el Estado comenzó a retraerse tanto en el gasto social como en la dirección del proceso educativo y cultural. Por supuesto, estas políticas están condicionadas por exigencias de organismos supranacionales, en este caso, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, por sus siglas en inglés). No se trata de negar el derecho a instalar buenas escuelas de paga, que está consagrado en las constituciones. El fenómeno de la privatización es mucho más amplio, y lo que se cuestiona es el efecto nocivo sobre el tejido social que ejercen varias prácticas de la iniciativa privada al influir sobre los procesos educativos subordinándolos a sus objetivos particulares.
Asimismo, como complemento de las reformas económicas impulsadas por las nuevas tecnologías, se continuó desarrollando la agresión armada entre países. Un misil militar en contra de poblaciones de Iraq, Afganistán, Siria, Palestina, causa miles de muertos anónimos calcinados desde la distancia. Se trata de la milenaria violencia de las armas, que se desarrollaron en la etapa inicial del homo sapiens con fines de caza y defensa, y se han ido sofisticando hasta producir bombas atómicas que, si se llegaran a emplear, destruirían la vida en el planeta en cuestión de algunos minutos. Ahora a los misiles utilizados en las guerras se añaden los drones que bombardean objetivos poblados fuera de las zonas de guerra en Pakistán, Siria, Irak, Afganistán, Libia, Yemen y Somalia. Según la Dirección Nacional de Inteligencia de los Estados Unidos, entre 2009 y 2015 se planearon y se llevaron a cabo 473 operaciones de ese tipo en las que murieron alrededor de 116 civiles (La Jornada, 3 de julio de 2016). Además, los “combatientes” abatidos sumarían 2581 “terroristas”, según dicho informe.
El periodista de investigación Jeremy Scahill presentó recientemente un libro en el que expone las nuevas formas de agresión bélica que se plantean mediante la tecnología de los drones. Con total impunidad se los introduce en territorios “soberanos” para exterminar presuntos terroristas o enemigos del gobierno de los Estados Unidos, aunque se comprobó que el 90% de las víctimas no eran los objetivos buscados. “Según Scahill, el primer ataque con drones fuera de una zona de guerra se produjo hace ahora más de doce años. Sin embargo, no fue sino hasta mayo de 2013 cuando la Casa Blanca sacó un conjunto de estándares y procedimientos para dirigir dichos ataques". Estas directrices eran poco específicas, se aseguraba que el gobierno sólo atacaría "con intenciones letales fuera de las áreas que se denominaban de “hostilidades activas" si un objetivo representaba "una amenaza inminente y continua" para Estados Unidos, sin especificar qué procedimientos internos se llevaban a cabo para matar a "un sospechoso" que no ha sido imputado como tal ni juzgado.”(eldiarioes, 14/05/2016).
Según un informe conjunto del Centro de Monitoreo de Desplazamientos Internos (IDMC) y el Consejo Noruego para Refugiados (NRC), durante 2015 casi 41 millones de personas se vieron obligadas a desplazarse de sus lugares de residencia a causa de la violencia y de la guerra. Así, en ese mismo año 27.8 millones de hombres, mujeres y niños abandonaron sus hogares huyendo de condiciones de extrema inseguridad o a causa de catástrofes naturales, y la cifra resultó todo un récord en un solo año. Unos 8.6 millones de personas de 28 países abandonaron sus casas por la guerra y la violencia. En especial esa cifra se elevó entre los desplazados internos de los países árabes y del norte de África. La guerra es mundial, nos involucra a todos, de una forma u otra, por la inseguridad que no cesa.